Romeo y Julieta Untold: La última congregación 6. Romeo #3
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6. Romeo #3

Me giro, se me contrae el estómago, el sabor ácido de la ira me sube a la garganta, me viene una arcada.

Teobaldo está de pie frente a mí. La lluvia torrencial y los relámpagos vuelven aterradora su figura.

Un gruñido le deforma la boca. Y a mí me invade una calma irreal.

Contemplo la lluvia que cae del cielo. Parece la cólera de los dioses enfurecidos azotándonos, y los árboles hinchados de agua y viento se arrodillan con adoración.

A mi lado, el estruendo de mis amigos que siguen luchando.

La luna ha vuelto a iluminarnos. Miro las nubes que se han apartado, tal vez para permitir que Teobaldo observe cómo muero, o para que yo pueda contemplar el cielo por última vez.

La hoja desciende. Yo pienso en Domiciana y en Rosalina, en las carreras que ya no echaré con mi hermana y en todos los besos que no he podido dar.

Octava campanada.

La espada se detiene en mitad del aire. El cuerpo de Teobaldo se contrae y de su pierna sobresale un pedazo de acero brillante que se tiñe de rojo. Oigo el chirrido de la hoja que se retira contra sus huesos y él cae al suelo.

Ahora que Teobaldo no me tapa la vista, veo que detrás de él hay un Iniciado.

Es alto y esbelto como el trigo en el campo, de pelo muy rubio y rizado, que le cae ligeramente por el cuello y ondea al viento.

Sobre sus pómulos altos y pronunciados, gotas de lluvia.

Los ojos parecen el cielo en este momento, negro y con destellos de luna blancos.

Tiene una presencia elegante, confiada. Su rostro parece esculpido por uno de nuestros artistas que tallan el mármol.

Creo que jamás he visto a uno de mi raza tan perfecto.

Él también lleva puesto el uniforme de la Academia, que le queda como un guante.

Parece algo mayor que nosotros, quizá seis o siete latelunas.

En medio de este delirio actúa con la calma de quien se toma un hidromiel en compañía de nuestra diosa.

Resopla al comprobar que su hoja no se ha estropeado.

Luego me sonríe, coloca un pie bajo mi espada y la impulsa hacia arriba.

La hoja se alza por los aires, él la agarra al vuelo y me la tiende.

La cojo, incapaz de decir nada a causa del asombro.

Quisiera darle las gracias, me ha salvado la vida, pero él ya ha vuelto a la trifulca para echar una mano a Benvolio.

Cuando se gira, veo la orquídea bordada en su uniforme: pertenece a la casa de Escalo, la Primera Voz del Coro.

Está emparentado con el cargo más alto de nuestra raza.

La suya es una casa antigua y poderosa, pero no hay soberbia en él.

Al recién llegado le bastan dos estocadas para desarmar a la Seca; luego dirige la mirada hacia Teobaldo.

En un batimiento, los enemigos valoran sus posibilidades.

Teobaldo hace una seña a los suyos. Dan media vuelta y huyen.

El Achaparrado, antes de escapar, nos mira y emite un nuevo gruñido.

Me pregunto si tiene otras palabras en su vocabulario.

Estamos vivos. Rotos, heridos, lacerados, pero vivos.

Novena campanada.

Nos quedamos solos con los cuatro cadáveres.

La mujer tampoco está. Nuestro misterioso salvador ha envainado la espada y está de pie en medio de la lluvia y el viento, observándonos con serenidad.

Dejo los agradecimientos y las presentaciones para más tarde y corro hacia el Rápido, que yace en el suelo en un charco de sangre.

Todavía está vivo, aunque no le queda mucho, puede que solo algunos momentos de agonía. No debería ser posible para un Rápido.

Una punzada de compasión hace que me acurruque a su lado. Su mirada se suaviza. Poco a poco alza una mano y me toca el rostro, ensuciándome de sangre.

Décima campanada.

No conozco las oraciones que los Rápidos dicen a su dios, así que pronuncio la Extremacción, las palabras que acompañan a nuestra raza en el Último Paso.

Sin embargo, para él no habrá Restitución; la nada lo aguarda frotándose las manos.

Continúo igualmente con mi oración y la boca del Rápido se ensancha en una mueca; podría ser una sonrisa.

Con la mano se toca el cuello. Hay un pequeño cordón de cuero con un colgante de hierro en forma de rombo, ahora cubierto de sangre.

Intenta quitárselo, pero no lo consigue.

Nunca había visto a un Rápido resistir tanto a la muerte.

Intenta hablar, pero la sangre en la garganta se lo impide.

Le acerco mi oído y el hedor de su aliento me arrolla, apesta como la muerte que lleva encima; me llegan sus efluvios, junto con sus palabras: «Esconde lo que eres», me dice usando el Extremoidioma. «Esconde lo que eres. Yo volveré».

Undécima campanada.

La mirada del Rápido se apacigua. Me mira fijamente y veo que sus ojos pasan del azul al castaño. Su mirada cambia por completo y le leo el miedo: está muriendo y parece que no entiende por qué.

Me aprieta la mano con más fuerza y en su fin recita las últimas palabras de la Extremacción: «… Os nutro y me elevo en vuestro abrazo…».

Y después, con el último latido de su corazón, perfectamente sincronizado con la última campanada de Marangona, el Rápido abandona este mundo.

Duodécima campanada.

De alguna parte en la noche se oye ladrar a un perro.

Luego Verona regresa al silencio.

Aparto mi mano del Rápido.

¿Cómo es que hablaba en Extremoidioma? ¿Por qué conocía nuestras oraciones? Recuerdo las palabras de mi abuelo. Recuerdo lo que me ha dicho el Rápido, si es que de verdad lo era.

Y se me encoge el estómago.