Romeo y Julieta Untold: La última congregación 6. Romeo #2
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6. Romeo #2

El Picado se prepara para lanzar de nuevo. El puñal cruza el aire como un rayo y está a punto de dar en el blanco cuando el Rápido, con su espada, desvía el golpe y el arma acaba en el río. Es sumamente hábil para ser un sirviente.

Mi adversario aprovecha mi distracción, gira la espada e intenta un golpe con el filo del arma.

Lo paro. Hago rotar mi hoja alrededor de la suya buscando desarmarlo.

No lo logro. Él trata de dar una estocada baja.

Salto a un lado viéndola venir, pero la espada me corta la pierna.

La piel se lacera. Doy dos pasos atrás. Cojeo, la sangre sigue manando.

El olor no es diferente al del Morenito, que yace cadáver.

Tercera campanada.

La Seca se une a la trifulca atacando a Terencio. Ahora son tres contra uno. Mi amigo parece una furia, lanza ataques a diestro y siniestro, casi en sincronía con los relámpagos que desgarran el cielo.

El Rápido hace ademán de acudir a mi lado para echarme una mano.

—A mí no —grito—, ve con Terencio.

Veo que vacila.

—Terencio —grito de nuevo.

De golpe y porrazo, unos espasmos recorren su cuerpo.

Tiembla tan fuerte que miro el suelo para asegurarme de que no se trata de un terremoto.

Cierra los ojos. Y yo pienso: «Está muerto».

El Picado arremete contra él, con la hoja alzada.

El Rápido se cambia la espada de mano. Se la pasa a la izquierda.

No lo entiendo. No es zurdo. Y, sin embargo, por cómo la empuña parece que sí.

La hace rotar dos veces. Y siempre con los ojos cerrados, degüella de un corte limpio la cabeza del Picado, que se cae rodando por el barro; cuando se detiene, sus labios todavía se mueven en un lamento que se apaga al cabo de poco.

El Rápido abre los ojos y me mira. Algo ha cambiado en él.

No solo el modo de moverse, o de luchar, es algo más.

Una sensación. Nuestras miradas se cruzan; por un batimiento, me quedo sin aliento.

Sus iris son de un gris resplandeciente, son aquellas mañanas de invierno cuando el vapor emana del agua del río.

Me guiña un ojo, clava la espada en la tierra y junta las manos refregándolas lentamente una con otra.

Y nuestros enemigos se convierten en otra cosa.

El Alto empieza a emitir un gruñido. Vi a un perro hacer eso hace algunos latelunas.

Babeaba, enseñaba los colmillos, había perdido el juicio.

Y así me parece el Alto ahora, sin una pizca de humanidad en su interior.

Si alguna vez hubo alguna. Se estremece intentando sacarse de encima algo invisible.

La Seca y el Achaparrado también empiezan a comportarse de un modo singular.

De improviso, el Alto blande la espada y arremete contra sus amigos.

Cuarta campanada.

No doy crédito. Nuestros enemigos empiezan a batirse en duelo entre ellos con mucha más vehemencia de la que nos dedicaban a nosotros.

El Zurdo corre hacia la Seca, con ímpetu, demasiado ímpetu. Convencido de poder derrotar a una espada lista para la Academia. Su carrera y su ilusión se ven truncadas por la hoja que lo atraviesa en el centro del pecho. Entra y sale en un batimiento, y él muere sin producir ni un sonido.

La Seca clava la espada de nuevo en el cadáver, una, dos, tres veces.

Estoy horrorizado. Lo estamos todos excepto…

Aquella idea que no lograba asir se me presenta en la mente de improviso y me giro hacia la Rápida. Ella no grita, no ha gritado en ningún momento. Está tranquila, demasiado tranquila… Oh, diosa.

Grito para avisar a mis compañeros.

Quinta campanada.

Es demasiado tarde.

Con un movimiento vertiginoso, la mujer le abre la garganta al Rápido. La sangre sale a borbotones de la herida y él se desploma en el suelo.

Mis enemigos vuelven en sí. Se miran unos a otros estupefactos. En nuestra cara, la misma expresión muda. Por un batimiento nos quedamos quietos, pero luego reanudamos la batalla.

Ahora somos tres contra tres. Pero estamos agotados. Mojados. Cubiertos de sangre y de barro. Nuestros enemigos atacan para matarnos, nosotros tratamos de defendernos sin segar vidas. Es difícil.

Benvolio está herido, la Seca es excelente en el combate. A mi primo le queda poco de vida. Terencio me mira, mientras sigue luchando contra el Achaparrado.

—¡¿Me lo puedo cargar?!

Lo dice, pero no lo hace. Ninguno de nosotros lo hará, y será nuestro fin.

Sexta campanada.

El Alto carga contra mí. Lo esquivo de lado, pero él ha entendido mi juego y me espera en la llegada y me embiste con toda su fuerza.

Hueso contra hueso, carne contra carne, hierro contra hierro.

Yo pierdo el equilibrio y me caigo. Mi espada se aleja rodando, pero en el choque el Alto también ha perdido la suya, que acaba en el río.

Ambos miramos la salvación, que yace a pocos pasos de nosotros.

Nos lanzamos hacia ella. Aferro la empuñadura con todo mi empeño.

En un batimiento, él me viene encima. Sujeta la hoja intentando arrebatármela.

Rodamos juntos por el barro; no veo casi nada más, solo noto sus golpes en mi mano mientras espera que yo suelte la presa.

Se los devuelvo con toda la fuerza que me queda en el cuerpo.

A mi enemigo se le cae la máscara y lo reconozco.

Séptima campanada.

Teobaldo Capuleto. Debí de haberlo entendido enseguida: son todos Capuleto.

El mundo está patas arriba mientras nosotros luchamos.

Estoy en un vórtice de movimientos frenéticos, rabia, dolor, sangre, lluvia.

Teobaldo me aferra el cuello y con fuerza estrella mi frente contra el suelo. La oscuridad me devora.