Romeo y Julieta Untold: La última congregación 6. Romeo
10%

6. Romeo

Romeo

La tierra es resbaladiza. Terencio y yo corremos y en varias ocasiones no acabamos en el suelo por los pelos. La noche no ayuda. La lluvia no ayuda. El barro no ayuda.

Una perra con tres cachorritos detrás aparece de la nada y se cruza de improviso en mi camino. En el intento de esquivarla me caigo, y ella me enseña los dientes y da dos pasos atrás para proteger a su camada.

Terencio me agarra de la solapa y me ayuda a levantarme.

—¿Qué tal si dejamos lo de jugar con los perros para más tarde?

Se precipita hacia delante antes de que yo pueda replicarle con algún insulto elaborado.

Cuando llegamos a la orilla del río, vemos al Rápido blandir la espada al aire intentando tener a raya a los dos asaltantes.

No ataca. Creo que no quiere arriesgarse a dejar a la mujer a la merced de uno de esos dos.

Cuando nos ve, abre los ojos como platos, asombrado.

No leo miedo, ni alivio, solo contrariedad.

No lo entiendo, ¿acaso no quiere que lo salvemos?

Terencio desenvaina su Lumioscura y juega haciéndola rotar con una sola mano, convencido de que mostrando algunos hábiles trucos del arte de la espada ellos huirán ¡pies, para qué os quiero!

Cosa que no sucede. Al contrario, se ríen de sus proezas, mostrando los dientes amarillos, o al menos los que les quedan.

Uno, con el rostro picado por la viruela, blande dos puñales.

El otro empuña la espada con la izquierda.

Deben de ser sicarios, asesinos a sueldo; alguien les ha pagado para matar a mi sirviente. Me pregunto por qué.

—Probemos con la diplomacia —susurro a Terencio.

Él esboza una ancha sonrisa que le hace brillar los ojos.

—Os haremos pasar por el filo de la espada.

Os abriremos el vientre desde la ingle al omoplato, solo para darnos el gusto de contemplar vuestro corazón mientras se detiene.

Os sacaremos los ojos para meterlos en el lugar de vuestros testículos, suponiendo que todavía tengáis, y luego dibujaremos la flor de nuestra casa a filo de espada, para hacer saber a todo el mundo que hemos sido nosotros los que hemos puesto fin a vuestras miserables vidas.

Lo miro pasmado. Él se encoge de hombros. Bueno, la diplomacia se ha ido a tomar por culo en la calle Cappello, así que me pongo en guardia.

Los dos Rápidos no están buscando un conflicto. Están esperando. Eso no encaja.

Cuatro sombras emergen de la oscuridad con las espadas desenvainadas. Tienen el rostro cubierto por máscaras hechas de finísimo hierro entrelazado y una larga capa cubre sus hombros y les cae por la espalda ocultando la casa, pero el uniforme es inconfundible, así como sus Marcas recién aparecidas.

No son Rápidos.

Son Iniciados.

Lanzo una mirada a Terencio. Él también ha entendido que nos hemos metido en un lío monumental.

—Es una trampa —me dice desplazándose a mi lado.

Sí, así es. Y yo he mordido el anzuelo. Miro el ratón que yace muerto con la baba en la boca a pocos pasos de nosotros. A él también le han tendido una trampa. ¿Correremos la misma suerte? Me pregunto cómo se las han arreglado para saber que esta noche estaríamos aquí.

El más alto de los cuatro avanza. Camina con la confianza de tener la certeza de que el sol sale todos los días. Es él quien manda. Maneja la espada como si fuera una extensión de su brazo. El arma tiene una hoja larga, no muy pesada. Apuesto a que está pensando cómo sería hundírnosla.

—Vaya, vaya, hay que ver con quién se cruza uno en las noches veronesas.

El hermoso Romeo. Las chicas tienen razón: guapísimo y a la vez honorable.

Estaba convencido de que no te resistirías a alguien en apuros, aunque fuera un Rápido.

—Habla en Extremoidioma; los engreídos como él no usan la lengua del vulgo.

Su voz es profunda, me parece que la conozco, pero de algún modo la está falseando.

—Exacto. Tal como lo ha dicho —gruñe el segundo Iniciado.

Da un paso adelante y se coloca al lado del Alto.

Le llega al hombro, es achaparrado y paticorto, pero a ojo sus músculos pesan tanto como los de Terencio.

Por otra parte, su cerebro debe de ser ligero como una pluma.

Rechina los dientes emitiendo un gruñido grave.

Me echaría a reír si estuviéramos en otra situación.

Detrás del Achaparrado hay un morenito unos palmos más alto.

Es grácil y huesudo. Crecido tal vez con excesiva prisa para su edad, ahora tiene que lidiar con piernas y brazos demasiado largos.

La mano que sostiene la espada tiembla. Tiene miedo.

Intenta ocultarlo, por supuesto, mostrando seguridad, pero la mano que temblequea alrededor de la empuñadura deja el engaño al descubierto.

La última es una chica que se parece a la espada que blande, estrecha y afilada. Se mantiene unos pasos por detrás, y en la otra mano sostiene un puñal «cinco dedos». No muestra arrogancia, no tiembla como el Morenito. Observa y estudia la situación.

Terencio da un paso atrás. Mi amigo está un poco como una cabra, sí, pero sabe perfectamente que, si bien el castigo por matar a un Rápido es severo, si acabas con uno de tu raza ni siquiera pasas por la prisión: se te ajusticia directamente.

Una ley que se hizo a medida para los Montesco y los Capuleto, después de la enésima masacre dos centurios atrás.

Y tanto da que seas un Extrema Sangre. Imagínate si eres un Iniciado.

—Esta payasada acaba aquí.

Me giro y veo a Benvolio. Tiene la espada desenvainada y se coloca a mi lado.

Con la cabeza se aparta el mechón de pelo mojado que le cae delante del rostro.

Me siento feliz y a la vez triste de tenerlo junto a mí.

Puede que no hubiera arriesgado la Academia por un Rápido, pero por nosotros dos daría la vida.

—No sé quiénes sois y tampoco qué hacéis aquí.

Pero la Ley es clara. No se combate contra los de nuestra raza.

—Habla usando la lengua vulgar: quiere que los Rápidos lo entiendan.

Baja el arma mientras Terencio usa también la otra mano para empuñar mejor la Lumioscura.

La diferencia entre ellos dos radica precisamente en esto: uno se sirve de leyes y palabras; el otro, de rabia y espada.

El Alto ladea la cabeza.

—Ah, y yo que creía que conocías mejor la Ley —se ríe socarronamente—, que dice «solo si no se está en peligro de muerte…», y a mí me parece que aquí lo estamos.

La Seca se acerca al Morenito y de un golpe de hoja le abre el tórax.

Alguien chilla desde el puente, alzo la cabeza y veo una figura que huye en la oscuridad.

Me pregunto si hay otros enemigos escondidos en la penumbra como cuervos listos para darse un festín con nosotros.

Instintivamente, damos un paso adelante hacia el Morenito, queremos protegerlo, aunque sea un enemigo.

Por un batimiento vuelvo a pensar en antes, en cómo temblaba frente a nosotros.

El Morenito se lleva las manos a la herida, como si intentase de algún modo volver a pegar los bordes de su propia carne, pero no es ningún Traslador.

La sangre sale a abundantes borbotones. Su cuerpo empieza a bambolearse en una extraña danza.

Su rostro está encarado hacia nosotros; alarga una mano y nos señala.

Ha sido traicionado por sus amigos y a nosotros, sus enemigos, nos pregunta por qué.

Una respuesta que conocemos. Él será el motivo de nuestra muerte.

Nos cargarán la culpa a nosotros. Están a salvo de la Ley y nosotros estamos perdidos.

Se desploma en el suelo.

Incluso desde aquí, incluso en la oscuridad, puedo ver sus dos corazones a través de la laceración en el pecho: uno que todavía late y el otro, blanco, que no latirá nunca más.

La sangre apesta a hierro y óxido. Amargo como el sabor que se te queda en la lengua cuando muerdes una moneda para saber si es falsa. Sin embargo, en la muerte no hay nada falso. Nosotros lo estamos aprendiendo esta noche.

El Achaparrado y el Alto ni siquiera han pestañeado. Estaba todo preparado.

No será un duelo, sino una ejecución.

La saliva desaparece de mi garganta, solo queda un grumo de pesar, no por mí, que sabía que la Congregación podría ser mi fin, sino por Benvolio, que la anhela desde hace solasterios, y por Terencio, que de todos es el favorito. En cambio, moriremos aquí.

—Montescos, Montescos, no creía que fuerais tan crueles. —La voz de la Seca es sutil como ella, un poco estridente, decididamente molesta. Antes de que podamos hacer nada, se acerca al Morenito, ahora moribundo, le clava el puñal en el ojo y luego lo gira.

El Iniciado emplea su último aliento para gritar.

Hay algo que no me convence, y no es solo la crueldad de la situación. Es otra cosa, una idea que no logro asir.

Marangona, en lo alto del campanario, empieza a repicar las campanas.

Y mientras el sonido reverbera en las calles de Verona, aferrándose a los callejones y rebotando su eco de balcón en balcón, yo entro en mi decimosexto solasterio de existencia.

Lo hago blandiendo una espada, lo hago intentando defender mi vida, que, con toda probabilidad, acabará hoy mismo.

Primera campanada.

En un abrir y cerrar de ojos, el Alto brinca hacia delante, dirige la espada hacia mí, yo me giro sobre mí mismo y la esquivo por los pelos.

Respondo golpeando una, dos, tres veces; la espada del Alto para cada ataque.

Sus golpes son duros y despiadados. Cada vez que nuestras armas se cruzan, mis fuerzas flaquean.

Intento echar un vistazo a mis compañeros.

Terencio está ocupado contra dos: el Achaparrado y el Zurdo.

Para golpes uno tras otro y devuelve otros tantos.

Benvolio combate contra el Picado, que juega con el puñal que tiene en la mano; el otro está clavado en el hombro de mi primo.

Los golpes de la batalla resuenan en mi oído confundiéndose con el estrépito de los míos.

Segunda campanada.