Romeo y Julieta Untold: La última congregación 5. Romeo #4
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5. Romeo #4

Me vuelvo hacia la orilla. El Rápido y su compañera están ocupados en el arte amatorio.

Debo decir que lo están haciendo con cierto fervor.

Los entreveo entre la lluvia. La mujer está apoyada contra el muro, con los senos fuera del corsé y la falda remangada.

Los muslos blancos parecen brillar cuando los relámpagos la iluminan.

El hombre manda golpes repetidos con la pelvis, poco a poco y cada vez más rápido.

Ningún beso, ninguna mirada, apostaría que ni siquiera se susurran frases dulces.

Comprendo la fascinación por el sexo, oigo grandes cosas de él, no solo de parte de Terencio.

Me imagino que muchos Iniciados están pasando las últimas cadencias de despreocupación en los burdeles de la calle Cappello; con la muerte a la vuelta de la esquina, nadie quiere irse virgen.

Pero yo siempre he dado un valor diferente a ese acto. Ergo, virgen moriré.

La luna desaparece de nuevo del cielo y las nubes regresan, más negras que la noche anterior, y aunque no veamos a los dos Rápidos con claridad, los oímos fácilmente gracias al viento que ha vuelto a soplar, cada vez más fuerte, trayéndonos sus voces.

No cabe duda de que se están divirtiendo.

Nosotros sofocamos las risas como niños que miran algo prohibido por el ojo de una cerradura.

Un relámpago ilumina Verona de nuevo y yo vislumbro dos figuras más que descienden los escalones que llevan a la orilla.

Veo brillar el acero de sus espadas. El hombre también se ha percatado, aparta a la mujer a un lado y se coloca delante.

Ruge, es un grito, pero parece haber salido de la boca de un león.

Miro a mi primo. Ha entendido a la perfección lo que quiero hacer. Y no está contento.

—No. ¡Ni hablar! —dice, pero yo ya he desenvainado mi espada y me he bajado de un brinco del parapeto. Él se detiene frente a mí.

—Son escaramuzas entre Rápidos. A nosotros, los Iniciados, no nos está permitido interferir. No quiero acabar en la prisión de Mantua.

—Pues yo no quiero quedarme de brazos cruzados: es un sirviente mío. —Estoy buscando su comprensión y puede que también su espada.

Benvolio no se mueve, y baja la cabeza.

—Si nos ven, si nos hieren de gravedad…, nos saltaremos la Congregación, Romeo. —Mi primo me mira fijamente, las palabras le salen a duras penas—. Yo no tengo un solasterio entero para la próxima Temporada como tú.

No había caído en eso. ¡Qué estúpido soy!

Benvolio nació antes que nosotros; en la última Congregación era demasiado joven para la Academia, si no entra en esta, será demasiado mayor para la próxima.

Nadie recluta a un Iniciado cuando solo le faltan seis latelunas para su decimoctavo solasterio.

Es demasiado peligroso. Benvolio solo tiene esta posibilidad.

La Congregación nos da miedo a todos, pero aquello en lo que te transformas, si no estás Vinculado, o muerto en el intento, es peor que la misma muerte.

Nosotros nunca hablamos de esta eventualidad.

Ningún Iniciado lo hace. Pero todos tenemos muy presente en lo que podríamos convertirnos.

Benvolio aprovecha el momento de titubeo y me apremia.

—Folco Capuleto se quedó fuera en la anterior Congregación porque mató a un Rápido por una pelea estúpida un lateluna antes de la llamada.

¡Folco Capuleto! No uno cualquiera. Llegará a su decimoctavo dentro de unos pocos latelunas.

Si su casa no logró salvarlo, piensa en lo que podría hacer la nuestra, que no tiene ningún peso.

Me estremezco con la idea de que Benvolio pueda acabar igual.

Cuando yo era un niño y medía la mitad de la sombra de mi padre, asistí a una ejecución.

Eran dos hermanos de los desiertos del Sur.

De aquella tierra árida que no conoce la lluvia.

Se convirtieron en fugitivos poco después de la ceremonia del Primer Paso.

Los hallaron y los llevaron a Verona, en presencia del Coro y la Lectora.

A veces, las ejecuciones son públicas, para desalentar a los que creen que pueden huir de la Congregación.

De pequeños nos llevan a mirar a los chicos que lloran y se desesperan, para que podamos temer la Abnubilación más que a la misma Academia.

La Lectora los rozó con los dedos, luego blandió un puñal y lo hundió en sus espaldas atravesando su segundo corazón.

El que bombea el poder. Vi cómo sus ojos se tornaban vacuos y sus expresiones desaparecían entre preguntas que jamás obtuvieron respuesta.

La Abnubilación no te mata. Te convierte en un Rápido, con solo un puñado de solasterios para vivir y la memoria molida. Te exilian de tu raza y olvidas.

Olvidas quién eres y de dónde has venido. Sin nuestra memoria, somos el eco de lo que fuimos y ya no somos más. Sin nuestros recuerdos, probamos el verdadero sabor de la muerte, que es el olvido. Es un destino infame.

Le pongo una mano en el hombro.

—Quédate aquí, primo, solo son dos tipejos. Los haremos huir en un esimio. —Lo miro con franqueza.

Terencio ya está a mi lado, con la mano lista en la empuñadura de Lumioscura, su espada a dos manos.

—Yo estoy contigo, hermano. Un buen duelo me la pone igual de dura que un buen revolcón. —No dice nada más y ya se está dirigiendo hacia la emboscada. Miro a Benvolio, que alza los ojos al cielo, niega con la cabeza y resopla.

Y yo con inconsciencia corro a hacer algo estúpido e insensato antes de entrar en la Academia.