5. Romeo #3
Benvolio tiene un cierto rubor en las mejillas, todavía no sé si por el apretón de antes o porque lo hemos pillado.
En cualquier caso, regala un poco de vida a su tono cetrino.
Él parece uno de esos monstruos que viven en los relatos de los Rápidos, esos que beben sangre y salen de noche y que te horripilan y esperas no cruzarte con ellos.
Los ojos violáceos y el pelo negro ayudan a tomarlo por una criatura de la noche.
No obstante, el físico y la piel del color de la luna y la fijación en el estudio pueden ser letales. No quisiera tenerlo en contra.
Terencio se gira hacia mí. Recibo un gran manotazo en el hombro que por poco no me hace volar del parapeto.
—Y tú, amigo mío, ¿vienes conmigo a darte un buen revolcón?
—No. Se quedará aquí bajo la lluvia, querido Terencio. Él no folla, sino que ama —responde Benvolio en mi lugar, poniendo una vocecita angelical.
Niego con la cabeza y me quedo callado. Era mejor hablar de peinados, era mejor hablar de política, era mejor hablar de muerte.
Quizá la de Benvolio, a quien en este momento deseo estrangular.
Terencio es un maldito cotilla; en breve, esta noticia correrá por toda Verona.
Y de hecho, el coloso de Rodi abre mucho sus ojos negrísimos.
—¿Por qué en lugar de hablar de mí no hablamos de Lucila? —digo para distraer la atención.
Benvolio se encoge de hombros.
—Es una Rápida. A las Rápidas no se las ama.
—¿Pero por casualidad tú no estarás enamorado, Romeo? —pregunta Terencio. Maldita serpiente.
—Mucho más que enamorado —responde Benvolio, que no logra ocultar un punto de resquemor—.
Enamorado es vulgar, efímero… Aquí estamos hablando del amor sublime.
—Se pone la mano en el corazón y empieza a declamar en vulgar—: «Tú, que por los ojos entraste al corazón y despertaste el alma que dormía, mira la angustiosa vida mía que Amor la destruye suspirando».
Lo miro con el ceño fruncido.
—Por favor. Cavalcanti no es mi género… Es de lo más pesimista. —Eso es, hablemos de poesía en lugar de Rosalina.
—¡Mira quién habla, Romeo, mira quién habla! —exclama mi primo.
—No soy pesimista. Soy fatalista. Y el destino nunca juega a mi favor.
—¿Alguien va a decirme quién es la chica? —grita Terencio.
—Rosalina Corvato. —Mi primo me sonríe y yo tengo ganas de pegarle un puñetazo.
—Una Corvato… —Terencio se alisa las trencitas y silba—. Vaya si tienes valor, amigo mío. ¡Yo tendría miedo solo de rozarla, a una de esa familia! —Finge un escalofrío.
—En cambio, parece que a mi primo le gusta mezclarse con casas despreciables, y encima, vasallos de los Valfiero.
—Aparte de que quizá nosotros los Montesco valgamos menos que ellos, no cabe duda de que no es la clase social lo que me hace elegir el amor —respondo resentido.
—No, pero al menos elige a una que no te corte la cabeza.
—Su madre fue absuelta por la Inquisición. Solo se defendió del marido —la justifico. Y no solo porque sea la madre de la que amo.
—¡Haciendo volar un hacha que lo degolló de un plumazo! —Benvolio se cruza de brazos.
Me obnubilo.
—El marido le pegaba, le desfiguró la cara —murmura Terencio—.
Yo habría hecho volar mucho más que un hacha si me hubieran desfigurado mi carita bonita.
¿Sabes que dicen que tiene la cabeza cortada encima del escritorio de su dormitorio?
Y parece que guisó el resto del cuerpo y se lo dio de comer a los padres de él.
—Tú te lo crees todo, ¿verdad? —respondo con dureza, pero estoy molesto.
Yo no me meto con quién deben salir o no.
Si bien por un lado no están equivocados del todo, y sé que la casa de los Corvato está mal vista, por el otro, Rosalina no tiene mucho en común con ellos.
No debe de haber sido fácil crecer en esa familia, y sin embargo ella es dulce y generosa.
Aunque sé que ellos no lo entenderían. Por eso no me gusta hablar de ella.
Terencio pega un saltito con todo su cuerpo, apoyándose en las manos, para acercárseme. Cada vez que se mueve tengo la sensación de que el puente también lo hace.
—Hermosa es —sentencia Terencio alargando las manos—. No es mi tipo, pero comprendo por qué te cosquillea el pene.
—Terencio, ¿por qué no intentas, por una vez, pensar en una chica con otra parte de tu cuerpo que no sea el pene?
Él entorna los ojos y ladea la cabeza. Lo odio. Finge que está pensando.
—Déjalo. No lo entenderías.
—Trata de explicármelo… —dice con sarcasmo.
Lanzo un gran suspiro y mis pulmones se vacían en un solo batimiento. Será un esfuerzo en vano.
—Ella me roba el alma —digo— y la lleva a otro lugar, y yo me pierdo en los pensamientos que tengo de ella y ya no encuentro mi corazón. —¿Pero no debería dejar de hablar de ella?
Ambos me miran perplejos, se han quedado mudos. Benvolio niega con la cabeza. Terencio silba flojito y me pasa un brazo por el hombro. Me mira serio.
—¿Ves, amigo mío? Por eso prefiero un buen revolcón; al final, mi polla no se va a ninguna parte, sino que la encuentro siempre aquí. —Se aprieta con fuerza la ingle.
Nos tronchamos de risa. Y así está bien. Ellos son mis amigos, mis hermanos, mi hogar. A pesar de que uno es un tocapelotas y devoto como un mentor y el otro es vulgar como un prostíbulo, yo los quiero con todo mi corazón.
—Mira a esos dos bajo la arcada, ¿te parece que están hablando de amor? —dice Terencio.