5. Romeo #2
Se acomoda mejor en el puente; a él el uniforme también le molesta.
El chaleco le tira: en el interior del círculo formado por ramas, el tulipán, símbolo de su linaje, parece más bien una margarita, de lo alargado que está.
Los pantalones le comprimen las piernas macizas.
Su muslo es tan grande como un tronco de fresno; a su lado, el mío parece más bien un junco.
El uniforme blanco lo hace parecer todavía más grande.
En el cuello tiene dos líneas de un blanco lechoso que se tocan en el ápice.
Parecen las vetas de un mármol negro. Podría ser el triángulo de un Esencial, pero el color también significa mutación.
O al menos es lo que los Pentra creen haber intuido en la Marca.
Todos los días, decenas de ellos se inclinan sobre libros para intentar comprender qué significan los símbolos que se forman en los Extrema Sangre.
Salvo alguna excepción, hasta ahora no han tenido mucha suerte.
Terencio observa la línea que recorre mi piel y luego echa un vistazo a la de Benvolio, pero a ninguno de nosotros le apetece hablar de Pertenencias ni de la Academia.
—Bonito peinado —digo cachondeándome un poco.
Terencio emite un gruñido y se alisa los lados de la cabeza.
—Los Rápidos, los muy traviesos, han tardado una eternidad. Tiraban como condenados, y vaya si disfrutaban.
Hablamos de nimiedades. A mí me va bien, podemos hablar de peinados toda la noche si es necesario.
—Me voy a la calle Cappello. Quiero hacerme con una con tetas gigantes. Puede que incluso dos… —Emula con las manos dos cuencos llenos. No hay nada que anime más a Terencio que el sexo.
—Todas las mujeres tienen dos tetas —lo chincha Benvolio.
Terencio frunce el ceño.
—No es verdad: Giovanna la Pelirroja solo tiene una; un comerciante de Venecia no quería pagarle, qué tacaño el muy cabrón, así que ella se quejó y él le amputó la mama de un corte limpio. —Se ríe mostrando sus dientes blanquísimos.
—Tonterías. La habría palmado —dice mi primo.
—No, parece que un Traslador era un cliente fijo suyo, así que le salvó la vida, pero no la teta —le responde.
Benvolio niega con la cabeza.
—Dices un montón de gilipolleces, no sé si es que te chupas el dedo o es que eres un fanfarrón. Los Trasladores no curan a los Rápidos y, por lo que sé, no van a los burdeles.
—Sea como sea, no hablaba del número de mamas, sino de mujeres. Ergo cuatro espléndidas tetas para una sola verga. Mi gloriosa verga.
Los tres echamos a reír. Seguimos charlando de todo y de nada.
El Rápido que me observaba se ha quedado en el terraplén, pero ya no le intereso.
Ahora su atención está toda centrada en la mujer que lo acompaña.
Incluso me ha dado la espalda. Cuando un relámpago lo ilumina de nuevo, vislumbro que lleva la casaca de mi casa.
Es uno de mis sirvientes. Por la complexión creo que se trata de Abraham, que ha llegado hace poco para ocuparse de las caballerizas.
—Bueno pues, ¿vamos? Venga, chicos, esta podría ser nuestra última noche de diversión.
Terencio se ha puesto de pie encima del parapeto e insiste, incluso hace morros cuando no salimos disparados a su orden.
Benvolio se tumba con las piernas cruzadas sobre la piedra.
—Sabes de sobra que no nos está permitido tener contacto con los Rápidos hasta que no nos convirtamos en Extrema Sangre. ¡Las leyes de Oudemya son claras!
—Por favor. Las leyes de Oudemya son convenientes.
Y dado que nadie aparte de nuestra Lectora puede leer el Libro, los Pentra hacen y deshacen a su gusto, inventándose lo que quieren.
Son una panda de exaltados que fingen vivir como ascetas, y detrás de su renuncia al poder está el deseo de abrazar uno más grande.
—Tienen fe en la diosa. Tienen fe en el Libro. A diferencia de ti, que eres un blasfemo.
—Vivimos en una tiranía, Benvolio, y son precisamente los Pentra quienes la crean, y tú no quieres verlo ni aceptarlo.
—Estamos en guerra. Hace falta una cadena de mando, no una asamblea que esté de cháchara. No es opresión. Es supervivencia —rebate.
—Terencio tiene razón. Los Pentra son nuestro credo, pero su autoridad se extiende mucho más allá de una plegaria. —Meto baza.
—La Primera Voz es un Extrema Sangre, no un Pentra —responde Benvolio.
—La Primera Voz es tan importante como mi pene flácido. Espera, mi pene nunca está flácido. —Terencio se ríe socarronamente. Yo aprieto los labios para no romper a reír; mi primo se percata y se exalta todavía más.
Creo que es inútil hablar de política esta noche.
Alargo el cuello para ver si Rosalina está llegando.
Pero la oscuridad oculta las sombras y no veo a nadie moverse al otro lado del puente.
Benvolio y Terencio han retomado la discusión.
Terencio todavía intenta convencerlo de que vaya con él a la calle Cappello.
Los oigo farfullar, pero mis pensamientos están en otra parte.
—Díselo tú también, Romeo, que la Enfermedad no existe.
No son más que rumores que corren para crear una distancia entre nosotros y ellos.
Para hacernos creer que nosotros somos diferentes.
¿Qué es lo que dice Escalo? Somos los Elegidos…
—Terencio pronuncia la última frase imitando nuestra Primera Voz y vuelve a sentarse, enfurruñado.
—Nosotros somos diferentes. Somos mejores. Punto. Más fuertes, más ágiles, más veloces. —Benvolio no oculta un punto de altivez.
—Cuando entremos en la Academia, nuestro cuerpo empezará a cambiar, quizá. Y tampoco estoy seguro de eso. No creo que tener poderes nos haga mejores —digo. Quiero a mi primo, pero no comparto sus ideas sobre los Rápidos.
Terencio echa leña al fuego.
—Es más, si te miro, eres igualito a ellos.
Sin poderes, con la constitución de un aprendiz en un taller.
Y con el mismo tiempo de vida. Un matarife podría dejarte tendido en el suelo de un puñetazo.
Tal vez, si tienes suerte, en la Academia te harás lo bastante fuerte para infundir un poquitín de miedo.
—Terencio une su índice con su pulgar para mostrar la exigua medida de cuánto es ese «poquitín»—.
Mientras que yo, por supuesto, me convertiré en un terrible gigante. —Se ríe.
Benvolio hace caso omiso de Terencio y de sus burlas y me responde directamente a mí:
—Nosotros somos mejores aquí. —Se señala el cráneo—.
Ellos viven de leyendas, mentiras, guerras inútiles.
Son toscos. Carecen de finalidad. No saben nada de Edén y queman a quien se acerca a la verdad, a quien quiere elevarse, instruirse y descubrir mundos más allá de su propio ombligo.
Tienen una vida breve y, en lugar de intentar vivirla lo mejor posible, hacen la guerra continuamente para conquistar pedazos de tierra que de hecho ni siquiera les pertenecen.
No puedo no dar la razón a mi primo, y sin embargo, a diferencia de él, yo veo en los Rápidos algo más que su existencia efímera.
—Querido primo, mira quién habla. Somos Montesco y nosotros también hemos hecho del homicidio un buen pasatiempo —le reprocho.
—Matar a un Capuleto no es ningún homicidio, es justicia —responde.
—Y en cuanto a nuestra longevidad, es solo sobre el papel —continúo—.
En realidad, nosotros somos más rápidos que ellos en encontrar la muerte gracias a los Incorpóreos.
¿Has visto alguna vez a un Extrema Sangre viejo?
Y no me refiero a viejo por haber usado la Pertenencia, me refiero a viejo. Naturalmente viejo.
—Como queráis. De todos modos, la Academia está a la vuelta de la esquina y no quiero pillar ninguna enfermedad que pueda retrasar mi ingreso.
—Benvolio se pasa las manos por sus cabellos negros intentando apartárselos de la cara, pero están tiesos, se parecen a la crin de un caballo y ni siquiera la cinta negra que los sujeta en una cola logra domarlos.
—En eso llevas razón —digo—. Hasta que no nos convirtamos en Extrema Sangre, somos débiles, como ellos.
—Pero ve tú, quizá pilles la Enfermedad del Encantamiento —le reprocha mi primo a Terencio.
—Un buen polvo puede contagiarte algunas enfermedades venéreas, pero sin duda no la del sueño —responde él.
Mi primo suspira, pero no replica. Conoce las ideas de Terencio y puede que hoy no tenga ganas de pelearse como de costumbre.
El otro, en cambio, no afloja.
—Venga, amigo mío, no me digas que nunca te has escapado del palacio, de noche, para darte un buen revolcón, o que nunca te has follado a una Rápida.
El rostro de Benvolio lo traiciona por un batimiento, pero nosotros nos hemos percatado. Terencio le propina un gran golpe en la pierna. Creo que le ha roto un hueso.
—Lo sabía. ¡Por todas las putas que no me he tirado, sabía que no eras todo libros y disciplina!
—Con la mano izquierda estruja la ingle de mi primo, a quien del dolor le da un ataque de tos.
Si sigue así, no llegará vivo a la Academia.
Si hay algo que Terencio no controla para nada es su fuerza física.
No suelta a su presa—. Muy deshonesto por tu parte no haberme informado.
Pero hoy lo remediamos. Vamos y te tiro de la lengua.
—Se alza, permitiendo que mi primo vuelva a respirar, y lo mira, convencido de que lo seguirá.
No sé si Benvolio ha estado de verdad en la calle Cappello, pero no me cabe duda de que con Lucila sí.
Y a mí también me sorprendió cuando lo descubrí.
Mi primo es muy cumplidor con las reglas, se toma los edictos del Coro como dogmas, y dado que todos los días escriben nuevos, su vida es una larga lista de «puedo» y «no puedo».
Evidentemente, Lucila es lo suficientemente convincente para un… «puedo».