5. Romeo
Romeo
Sentado en el parapeto de Ponte Pietra, contemplo Verona.
Bajo mis pies, el Adigio está crecido por la lluvia que ha caído estos días.
Un relámpago ilumina por un batimiento la parte de la ciudad que mi vista no logra distinguir en la oscuridad.
Verona está hecha de piedra, mortero, madera.
Es auténtica, sucia, vibra con emociones. A veces me arrolla con sus pesares y sus risas y tengo la sensación de sucumbir a tanta belleza.
Cuando un nuevo relámpago ilumina la ciudad, me percato de que alguien me está observando desde el terraplén. Se esconde raudo en la oscuridad mientras Verona se apaga de nuevo.
Vivimos entre ellos y físicamente somos iguales. Nos confundimos con destreza, pero yo creo que en el fondo ellos saben que somos distintos.
Y se mantienen a distancia. Exactamente como este Rápido en el terraplén del río, que me observa de lejos. Me pregunto qué estará haciendo allí a estas horas de la noche.
Un relámpago.
Un trueno más.
La ciudad se vuelve a encender.
La lluvia cae abundante.
Otro relámpago y otro trueno. Todavía más cerca.
Verona aparece y desaparece como una dama que juega a no dejarse llevar.
El hombre sigue allí. Puede que espere a su enamorada, como yo.
No sé si Rosalina vendrá, ni siquiera estoy seguro de que haya recibido mi última carta.
Quizá haya sido una insensatez citarla poco antes de la Congregación, pero si tengo que morir, quiero recordar a qué sabe un beso.
Ella tiene un corazón frágil, aunque resplandeciente, y temo que se hará añicos como el cristal en la próxima Congregación.
Tiene un solasterio menos que yo, así que no solo yo debo sobrevivir a la Academia, sino que ella también debe hacerlo en la próxima temporada.
Admitámoslo: es jugar a los dados con un trilero, y nuestro destino usa dados trucados.
Quisiera poder tener un recuerdo, aunque sea efímero, de su perfume, de su melena negra revuelta sobre mi pecho, quisiera poder imaginar cosas prohibidas y pensar que han ocurrido. Quisiera tener una posibilidad a la que aferrarme cuando el terror me obligue a gritar.
Alzo la mirada hacia la colina. Las nubes hacen del cielo una noche sin luna.
Sin embargo, a pesar de que la oscuridad esconde la Academia, sé que está allí.
Hacer ver que no existe no cambia la situación.
La fortaleza se eleva por encima del cerro detrás del Teatro Romano, la vemos todos los días, y todos los días nos recuerda cuáles son nuestros deberes y nuestro destino.
Es dura, angulosa, amenazante, hostil. Parece viva. Los truenos son los latidos de su corazón; el viento, su voz; la lluvia, su sangre; los relámpagos, sus dientes.
Nos espera para despedazarnos.
Para los Rápidos no es más que uno de los muchos castillos imponentes, habitado por un noble extremamente excéntrico y propenso a la cólera.
Así que no se acercan. Igual que no se acercan a nuestras moradas.
El secreto para esconder algo es mostrarlo a los ojos de todos.
Los Rápidos son ciegos que creen ver. Desde fuera, nuestros palacios son como los de los demás nobles, es en el interior donde se oculta la maravilla.
La Academia es otra cosa. Nosotros también somos ciegos. Recurrimos a conjeturas y a los chismes que los Extrema Sangre cuentan en voz baja cuando creen que no los oímos. Pero las tres fortificaciones interrumpidas por torres almenadas la protegen incluso de nuestra imaginación.
Una vez oí a un Extrema Sangre explicar que el campo de entrenamiento está hecho de hierba verde que nunca amarillea, ni siquiera bajo el sol más abrasador.
Yo creo que en realidad su manto es de espinas.
Me parece más indicado que no un hermoso prado de margaritas donde tumbarse para hacer el amor a la espera de palmarla.
Los muros son tan altos que ni siquiera la imaginación puede escalarlos.
Un lugar del que jamás se filtra ni el menor rumor resulta aterrador.
Quizá los Extrema Sangre hayan hecho un voto de silencio, o tal vez lo que han vivido es tan terrible que ni siquiera quieren contarlo ni recordarlo. Espero que sea lo primero.
La Academia despunta sobre una colina; debería ser visible desde aquí, y sin embargo esta noche está envuelta en la oscuridad. Creo que no es ninguna casualidad. Algún Aeteriano la oculta en parte a nuestros ojos.
Una luz amarilla atraviesa el cielo a toda velocidad.
Se esconde entre las estrellas que las nubes nos permiten vislumbrar, intentando parecer una de ellas.
Brilla un momento y luego desaparece, como una estrella fugaz.
Ahora, en su lugar, un fuego arde en el cielo.
El brasero de la Academia se ha encendido para la ceremonia.
Aunque sé que aquella luz no es ninguna estrella, igualmente le pido un deseo: salva a Domiciana.
La campana repica la undécima cadencia. Miro a mi alrededor. Parece que no hay nadie. El puente está vacío. Así como las calles. Aparte del Rápido en la orilla del río.
Cuando la campana acaba de sonar, todavía estoy solo.
Rosalina no vendrá.
Una figura se sienta bruscamente a mi lado. Me asusto y luego veo que es Benvolio, mi primo, que se acomoda en el parapeto y deja caer las piernas al vacío, cruzando las botas. Su espada, a la que él llama Cortamontes, descansa a su lado.
—¿No tenías una fiesta? —digo.
—¿No debías venir? —responde con ironía, y luego se queda callado.
Coge una piedra y la arroja al río.
—No puedes ser el único confidente de tus tribulaciones —contesta, apoyándome una mano en el hombro.
—Estoy bien, primo.
Refunfuña.
—Una línea negra —dice, refiriéndose a mi Marca.
Me giro para ver la suya. Tiene una especie de onda clara apenas visible, que se camufla en su piel blanquísima.
Un destello de temor ensombrece mis ojos.
Es solo un momento, pero él se da cuenta, aunque no dice nada.
Podría ser un Traslador. Espero que no cargue con ese peso.
Algunos signos aparecen ya claros. Precisos.
No dejan lugar a dudas. Otros parecen vacilar y moverse poco a poco como un viejo que no sabe qué calle tomar.
Son los símbolos que nacen en mi familia.
Cuanto más fuerte es la casa, más nítido es el símbolo.
Cuanto más marcado sea el símbolo, más fuerte será la Pertenencia.
Por descontado, los Montesco no tienen este privilegio; nuestra Marca es imprecisa desde el principio hasta el fin de la Academia; a menudo, tenue.
La lluvia continúa cayendo, y a nosotros ya no nos importa.
Permanecemos en silencio. Con las piernas en el vacío.
Benvolio me conoce lo suficientemente bien para saber que no tengo ganas de charlar.
Y estoy seguro de que no apreciaría mi cita secreta con Rosalina.
Lo único que le importa en este momento es la Academia.
Si yo estoy listo para morir, él no. Escupirá sangre con tal de superar la Congregación.
Sé que en el fondo de su corazón está seguro de que lo logrará, porque vive en la ilusión de que la práctica, el trabajo duro y el estudio le salvarán la vida.
Yo sé que no bastarán. Cumplió dieciséis solasterios la temporada pasada, y aunque entre nosotros solo hay seis latelunas de diferencia, él ya parece mayor.
Me saca una cabeza por lo menos y sus brazos también son más robustos que los míos, entrenados; hace ejercicio físico continuamente cuando no tiene la nariz pegada a los libros.
Estoy convencido de que pasar tanto tiempo encerrado en las salas estudiando manuscritos le ha conferido ese aire un tanto espectral y las ojeras perennes.
Al verlo, es alguien de quien se diría que está «bien colocado», pero si lo comparas con Terencio, empequeñece por arte de magia.
Benvolio y yo estamos muy contentos de que sea nuestro mejor amigo; tenerlo como enemigo… bueno, sería un problemón.
Me doy la vuelta para buscarlo; por lo general, este par son inseparables, y de hecho lo veo, torpemente escondido detrás de un pilar del torreón del puente.
Por suerte, Rosalina no ha llegado. No hubiera sido una cita secreta de dos, sino una fiesta de pueblo.
Terencio está escondido para dejarnos a solas.
A él no se le da muy bien consolar, pero si quieres divertirte, es el rey de Verona.
Yo no quiero hablar de muerte con los demás, lo hago incluso demasiado conmigo mismo.
Su piel de color ébano resalta contra el uniforme blanco de la Academia.
Sonrío. ¿En serio cree que un pilar puede esconderlo?
Ni siquiera las columnas del templo de Segesta lo lograrían.
Todos nos preguntamos lo grande que llegará a ser una vez reciba el Vínculo.
Se han hecho apuestas sobre este tema. Yo me he jugado algunos escudos a que podría llegar a cuatro brazos de altura.
Quizá haya exagerado un poco, pero considerando cuánto cambia nuestro cuerpo con la Pertenencia, creo que ganaré la apuesta.
—Terencio, ¿por qué no vienes a sentarte aquí con nosotros? —digo volviendo la vista al río. Me imagino su rostro sorprendido por haber sido descubierto y suelto una carcajada.
—Ah —dice él un poco mosca—, ¿me has visto?
Al acercarse, sus botas retumban en la noche; fácil, cuando debes desplazar más de doscientas libras de músculos.
Se sienta a mi lado en el parapeto, y cuando su trasero toca el balaústre tengo la impresión de que el puente vibra un poco.
Lleva el pelo rapado por los lados con diseños geométricos; el resto de la cabeza está repleto de trencitas finísimas que acaban casi a media espalda, y están sujetas por un círculo de hierro.
Es la tradición de los Iniciados de su casa, que afortunadamente no es la de los Montesco.
Todo el mundo imagina que para él la Congregación será un paseo.