Romeo y Julieta Untold: La última congregación 4. Julieta #3
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4. Julieta #3

¿Y yo debo quedarme aquí de brazos cruzados? ¡Por la diosa, no! No he andado bajo la lluvia por toda Verona para limitarme a mirar.

Doy un paso adelante.

—No lo hagas —digo, intentando que mi voz se oiga por encima de los truenos.

Laurela se gira hacia mí y esboza una sonrisa.

—Mi querida Florencia —dice—, de verdad que a veces estás en la luna: ¿no te has dado cuenta de que tu estúpida prima nos seguía?

Florencia se encoge de hombros y se ríe socarronamente.

Rosalina me lanza una ojeada. En su mirada hay una suerte de alivio: con mi entrada en escena, he interrumpido la barbarie, al menos por ahora.

—Ya —continúa la Valfiero—, es que eres tan insignificante que ni siquiera te hemos oído arrastrarte detrás de nosotras. Te has pasado la vida escondiéndote, hazlo ahora también, Julieta: regresa a casa y disfruta de la noche. Podría ser la última para ti. —Recalca bien esas palabras.

—Hablas por los codos —replico, arqueando una ceja—, ¿te habías preparado ese discurso? —Empiezo a andar hacia ella. No noto la lluvia; es como si formara parte de mí, junto con la noche y los relámpagos.

Laurela suelta una risotada ácida. Alza el mentón y se gira del todo hacia mí. Tiene mucho aplomo.

—¿Qué quieres hacer?

—Detenerte —digo, cuando llego frente a ella.

—¿Y cómo, Julieta? ¿Harás de espía? ¿Le dirás a tu padre que en Verona hay un perro que está a punto de morir?

¿Crees que le importa lo más mínimo? —Suspira con aire de suficiencia—.

¿Crees que no está al tanto de estas cosas?

Los Edenitas lo saben todo. Pero tú estás demasiado ocupada paseando por el jardín y acariciando los árboles y pasando todo el tiempo con aquella Rápida tuya para entender nada.

Así que déjanos en paz, Julieta. Regresa con tu nodriza antes de que te lastime.

Este es un lugar peligroso para las de tu calaña.

—Laurela se vuelve a reír—. Bueno, es peligroso para todos —dice, mientras arrebata el perro de las manos de Rosalina—. Observa.

Y le gira con violencia el hocico y se oye el mismo chasquido de una rama que se rompe y el animal cae en el lodo con los ojos cerrados, retorciéndose.

Por un batimiento, el único sonido es el gañido de la perra por su cría muerta.

Rosalina abre mucho la boca para emitir un grito mudo; sus lágrimas se mezclan con la lluvia. Luego huye hacia la noche.

Pero a mí no me importa. No me importa en absoluto. Mi rabia es toda para Laurela. Es algo que da coces, que se agita, que quiere ser liberado. Un gruñido dentro de mí, como un rechinar de dientes afilados, por el deseo de ver a la Valfiero desaparecer de la faz de Edén.

Una bestia.

Ya no pienso en nada, dejo que suceda.

Mi mano se cierra, empieza a vibrar y luego dispara.

Un puñetazo en el que imprimo todo mi peso y también una energía nueva, que no conozco y que me parece provenir de la lluvia y de los relámpagos y del viento.

Y mientras golpeo a Laurela en el rostro, mi peso es tal que tengo la sensación de que me hundo en la tierra mientras el hueso de su pómulo se agrieta y se rompe.

Laurela se desploma en el suelo con un ruido sordo.

Pero no es suficiente.

Con un rugido me abalanzo sobre ella, me arrojo encima de su pecho y la inmovilizo con las rodillas.

Un puñetazo tras otro, transformo su bonito rostro de color ámbar en un pedazo de carne blanda.

Ella cierra sus ojos de almendra apretándolos por el dolor y el miedo.

La sangre salpica y se mezcla con la lluvia y yo quiero matarla.

Pero Florencia me aparta de Laurela y yo ruedo por el barro.

—¿Qué has hecho, Julieta? ¿Qué has hecho? —balbucea mi prima.

El tiempo parece hacerse infinito: tengo la sensación de que mi corazón va a estallar; el mundo me retumba en los oídos mientras mis lágrimas se mezclan con la lluvia y caen encima del perro muerto y me siento vacía.

Florencia continúa chillando. Gritos roncos de terror que desgarran la noche.

Sin embargo, si alguien debe tener miedo, esa soy yo. Soy yo la que debería preguntarme qué he hecho. ¿He matado a Laurela Valfiero? No puedo. No con las manos. Ningún Iniciado es tan fuerte.

Pero ahora no me importa: no logro pensar en nada que no sea el perro frente a mí.

Lo tomo entre mis manos, es ligero. Si no fuera por el hocico que cuelga como si fuera de trapo, parecería casi dormido.

Pero yo sé que sus ojos, uno azul y uno oscuro, están cerrados para siempre.

Oigo que su madre ladra y sus hermanos gañen asustados.

—Déjalo —me dice una voz. Pero yo no la escucho. No lo dejo, lo acuno, y este gesto me hace sentir cansada, cada vez más cansada.

—Déjalo ir —repite la voz—. ¡Julieta Capuleto! —El tono es autoritario. Lo reconozco. Es Netria.

Mi tía está frente a mí. No se digna a mirar a Laurela, cubierta de barro, ni a Florencia, que tiene la mirada de quien acaba de tropezarse con una Selfiera.

—Ya has hecho todo lo que has podido —me dice mientras me obliga con dulzura a dejar el cachorro frente a su madre.

Luego me hace poner de pie, y yo acato mecánicamente.

—Vamos a casa —dice—. Aquí no ha ocurrido nada.