4. Julieta #2
Contengo la respiración mientras la lluvia me va calando la capucha y me mantengo cerca de las paredes de los edificios para pasar desapercibida, aunque no es buena idea.
Sabemos que los Rápidos suelen arrojar cualquier cosa por las ventanas, sobre todo el contenido de sus cuencos de noche.
El hedor me agrede las fosas nasales. Acelero el paso e intento respirar lo menos posible.
De las casas llegan risas y gritos, canciones y aullidos de rabia.
Parece que los Rápidos hacen de todo para exteriorizar al máximo sus emociones.
Debe de ser un modo para alejar el miedo de no conocer lo que viene después de la vida.
Ellos jamás se encontrarán con Alyaster.
Procuro no distraerme y vuelvo a centrar mi atención en las chicas. Laurela avanza decidida, su madre debe de haberle explicado bien adónde ir. Cruzan la calle que conduce a Ponte Pietra y en ese momento Rosalina se detiene. Casi da un paso hacia el puente.
—¿Qué pasa? —le grita Laurela por encima de los truenos.
Rosalina titubea por un batimiento.
—Nada —responde luego.
—Quizá quiera irse —dice Florencia—. Puede que su amado la espere allí, empapado de lluvia de arriba abajo.
—Bueno… Tendrá que seguir esperando: Rosalina, ven. —Laurela la trata como a un perro.
La chica se queda quieta, indecisa.
—Venga, no te vamos a hacer nada.
Rosalina alza el mentón.
—No quiero ir con vosotras.
—¿No quieres venir con nosotras? —rebate Laurela. Agarra a Rosalina del brazo y hace ademán de arrastrarla consigo—. No me interesa lo que quieres o lo que no: tú haces lo que yo te diga.
Pero Rosalina forcejea.
—Suéltame —dice. Casi le tengo estima, por cómo le planta cara a esta harpía de Laurela. Libera el brazo.
—Mira cómo gruñe, esta perrita —dice Laurela—. Piensa, en cambio, en lo que te haría tu madre, si descubriera que has desobedecido una orden mía. —La mira fijamente a los ojos—. Piensa en el castigo. Sería capaz de todo para no perder el favor de los Valfiero. Te importa tu cabeza, ¿verdad?
Florencia suelta una carcajada, mientras Rosalina inclina la cabeza y, humillada, se aleja del puente.
Me encojo de hombros y las sigo hasta que llegamos al límite de la ciudad, entre las barracas adosadas a los muros.
Casuchas de madera y ladrillos al desnudo que parecen a punto de desplomarse bajo el peso de los techos hechos con ramaje.
Los más pobres de entre los Rápidos residen aquí, los que viven de limosna y de caridad y de mala vida.
Los que mueren de peste y venden sus propios cuerpos o los de los demás.
Ningún noble debería aventurarse en esta zona por la noche.
Tal vez Rosalina habría hecho bien en irse.
Me maldigo por no haber caído en traer mi puñal conmigo: solo somos Iniciadas y no contamos con ningún poder para defendernos.
A juzgar por la manera en que se mueve, Florencia piensa lo mismo.
Laurela, en cambio, anda con la frente alta y se detiene delante de una puerta de madera.
Llama, y cuando una mujer vestida con trapos abre, le da bajo mano un bolsillo sin mediar palabra.
La mujer señala la parte posterior de la casa y luego vuelve a cerrar la puerta.
Y así las tres chicas contornean el edificio.
Para seguirlas, debo andar por la calle.
Mis botas se hunden un poco en el barro.
Me pregunto si tendré tiempo de lavar el uniforme antes de la Congregación: incluso la más pequeña mancha resalta en el blanco como una negligencia.
Busco la luna en el cielo para saber qué cadencia es, pero las nubes la cubren por completo.
Me muevo en las sombras bordeando el cercado y observo qué hacen las tres Iniciadas.
En la parte trasera de la casucha hay una valla hecha con fajos.
Parece una pocilga en mal estado, pero está desierta.
Luego entrecierro los ojos y lo distingo: hay un perro acostado junto a la pared.
No, es una perrita: intenta cobijarse de la lluvia y a la vez proteger a sus tres cachorritos.
No deben de tener más que unas pocas semanas.
Deberían estar a cubierto, frente a un fuego. Necesitan una manta y leche caliente.
Laurela abre la puerta de la valla. La perra alza el hocico en su dirección y deja colgar la lengua poco a poco. La Valfiero se inclina hacia ella y se deja husmear y lamer la mano, luego le acaricia la cabeza.
—Bien —dice—, lo has hecho muy bien. Has traído tres al mundo, debe de haber sido extenuante.
La perra le vuelve a lamer la mano y hace ademán de ponerse en pie como si quisiera hacerle fiestas, pero Laurela la vuelve a acariciar y la hace tumbarse.
Rosalina entreabre los labios, en una mezcla de estupor y ternura.
Y entonces Laurela coge un cachorro; un relámpago le ilumina al animal los ojos, uno oscuro como los de la madre y uno azul como el hielo.
Laurela lo tiene en brazos acunándolo. Lo mece lentamente y le acaricia el lomo.
Él mira a su alrededor y se estremece cuando los truenos siguen a los relámpagos, y entonces Laurela vuelve a acunarlo.
Me recuerda a una nodriza. Con pasos acompasados, Laurela se dirige hacia Rosalina.
—A ti el honor —dice, tendiéndole el cachorro.
Rosalina abre mucho los ojos y lo toma en brazos. Sus dedos se deslizan por el suave pelo del hocico.
—Ahora mátalo —dice Laurela, con una sonrisa.
Maldita sea. Siempre he sabido lo mezquina que era, pero esto realmente es… bueno, monstruoso.
Rosalina mira a la Valfiero como si no la hubiera entendido bien y luego a Florencia. Mi prima tiene una luz maliciosa en la mirada.
—¿Qué? —pregunta Rosalina, mientras un relámpago hace cerrar los ojos al cachorrito.
—Mátalo. Estrangúlalo. Retuércele el pescuezo. Destrípalo. Lo que prefieras, pero debes sentir cómo la vida abandona su tierno cuerpecito caliente.
—Laurela…
—Hazlo. En la Academia será peor, y mejor llegar preparadas.
—Pero yo… —susurra Rosalina. No debe presentarse a la Congregación hasta el próximo solasterio, pero está claro que esto a Laurela la trae sin cuidado.
—Tómatelo como un obsequio. Un recuerdo que llevar siempre contigo —dice Laurela con sarcasmo.