4. Julieta
Julieta
Arrebujada en mi capa, observo el cielo.
Dentro de poco lloverá, aunque aquí no. El jardín del Palacio de los Capuleto es un laberinto sumido en un verano perenne, para que todas las plantas estén siempre lozanas.
La temperatura es ideal y la presión del aire se ajusta de modo que llovizne ligeramente justo cuando es necesario.
De manera ininterrumpida, pues, nuestros Arquitiempos se ocupan de las plantas, para que las rosas estén siempre en flor y los árboles, cargados de fruta.
Se trata de una abundancia que la mayor parte de nosotros no necesita: por mucho que puedan, ni mi padre ni mi madre han decidido degustar los melocotones traídos de Oriente ni los arándanos que provienen de las montañas, ni las fresas que crecen en la base de los setos y que motean el laberinto cual numerosas minúsculas gemas de color rojo sangre.
No porque no puedan, sino porque no quieren: desean mostrar su distancia respecto a los Rápidos.
Únicamente cuando se ven constreñidos, prefieren alimentarse de manera frugal, movidos por la necesidad.
Por lo demás, conservan la salud gracias a la Pertenencia y al Tiempo de los Rápidos.
Así pues, las frutas permanecen en los árboles hasta que los Arquitiempos estiman conveniente que caigan y se descompongan para nutrir la tierra.
Quién sabe, quizá podría ser este el destino que me aguarda: elegir el momento oportuno para hacer morir una fruta que de otro modo sería eternamente perfecta.
Cruzo el laberinto hasta el melocotonero que crece en el centro. Es el más antiguo, el que ha oído más canciones de los Arquitiempos y el que da las frutas más jugosas. Sin embargo, antes de doblar la última esquina del seto, me detengo.
Oigo el estruendo de hojas y unas voces.
Las conozco demasiado bien: la aguda de mi prima Florencia y la ronca, más adulta y autoritaria, de Laurela Valfiero.
Incluso yo sé que en los juegos políticos de los adultos los Valfiero pueden casi considerarse nuestros iguales.
Sin embargo, entre nosotros, los Iniciados, la situación es muy distinta.
Laurela Valfiero es la que, en las jornadas pausadas de las Iniciadas, lleva la voz cantante.
Emana un carisma y una autoridad que hacen pensar que, en el fondo, ya es una Extrema Sangre.
Allí donde a nosotras nos invaden las dudas y preocupaciones y nos preguntamos qué será de nuestro futuro una vez nos admitan en la Academia, ella ya se comporta como si todo Edén le perteneciera.
Es una característica que supongo que ha heredado de su madre.
Echo un vistazo detrás del seto.
Ellas también llevan puesto el uniforme de las Iniciadas, por supuesto, y luchan con puñales de entrenamiento: no es que sean más ligeros, sino que simplemente carecen de filo.
Alrededor de un melocotonero ponen en escena un baile de estocadas y fondos, tocados y esquivas.
Netria es mejor maestra, pero no tengo un vínculo como el que tienen ellas dos.
Estoy acostumbrada a estar sola, pero parece que en la Academia los vínculos son importantes.
Laurela aprovecha su complexión pequeña y retrocede de puntillas para evitar un torpe ataque de Florencia. Su trenza morena restalla como un látigo al cambiar velozmente de dirección para dirigir un golpe a mi prima, que pega un brinco hacia atrás.
—Nunca había oído hablar de ello —dice Florencia, secándose el sudor de la espaciosa frente.
—Es una Tradición de mi familia —responde Laurela, mientras se pasa el puñal de la mano derecha a la izquierda como un ladrón de los bajos fondos.
Sus ojos rasgados, con forma de almendra, se mueven rápido buscando la mejor oportunidad para golpear—.
Pero me importa tu amistad, y nuestro vínculo es fuerte.
Es justo que comparta mis conocimientos con tu casa, ahora que un nuevo capítulo de nuestras vidas está a punto de empezar.
—Luego da un salto hacia delante, desvía la hoja de Florencia y detiene la punta de su puñal a un palmo del pecho de mi prima—.
Has perdido, amiga mía —dice—. Un palmo más y estás muerta. O peor, Abnubilada.
—No podemos matarnos entre nosotras —protesta Florencia—. Y menos aún recurrir a la Abnubilación.
—Nunca se sabe —responde Laurela con sarcasmo—. Imagínate: sin Pertenencias ni recuerdos, tu vida sería como la de un insecto.
Noto una pequeña punzada en la boca del estómago mientras Florencia se ríe socarronamente.
Ellas dos crecieron juntas, mientras que yo he pasado la mayor parte de mi infancia con mi dama de compañía Liliana y, si se me concedía, con Teobaldo.
Aunque solo bajo la atenta mirada de mi padre o de Netria, cuando estaba: Teobaldo y yo, ambos instruidos para tomar las riendas de esta casa; eso sí, en los próximos centurios.
El resto del tiempo siempre estaba vigilada, siempre distante de los demás Iniciados.
Para mi padre era natural: por encima de todo, debía aprender qué significa ser una Capuleto.
Y le estoy agradecida; sin embargo, hay una minúscula parte de mí que sabe que no he experimentado nunca esa sensación de complicidad que veo que hay entre Florencia y Laurela.
Y esto me quema, porque me hace sentir débil.
En cambio, Florencia y Laurela ahí están, emocionadísimas por quién sabe qué.
—Verás —dice Laurela envainando el puñal y arrancando violentamente un melocotón del árbol—. Será como ser Extrema Sangre. Mi madre me dice que hacerlo nos preparará para el banquete.
—¿El banquete? —pregunta Florencia, mientras se rasca la nariz aguileña con aire pensativo—. ¿Qué banquete?
—Mi madre no ha dicho nada más, pero me imagino que habrá una gran fiesta para nosotros, los Iniciados. Sea como sea, ya debe de estar todo listo para esta noche.
La noche antes de la Congregación, cuando se espera que todos los Iniciados se preparen mental y físicamente para el ingreso en la Academia.
Laurela recoge una capa oscura como el cielo encima de nuestras cabezas y se cubre el rostro con la capucha, y lo mismo hace Florencia.
—Vamos —ordena la joven Valfiero.
Mi prima deja escapar una risita tan irritante como pícara.
—Nunca me he adentrado en el mundo de los Rápidos de noche, y desde luego nunca he hecho nada parecido.
Se me eriza el vello de la nuca y un escalofrío de curiosidad me acaricia justo debajo del vientre. No sé qué tienen intención de hacer, pero estoy segura de que jamás me llevarían con ellas, incluso si se lo rogase. Y no tengo ninguna intención de rogarles.
Dejo que haya algo de distancia y, cuando cruzan la verja del jardín, las sigo. Aguzo tanto los sentidos que tengo la sensación de que logro oír cómo laten sus corazones a unos veinte pasos delante de mí. Obviamente, eso es imposible.
Mientras se pone a llover, dejo que me guíen por las calles de nuestra ciudad, y al fin me conducen hasta el límite del Cuadrado.
Unos pocos pasos más y dejaremos a la espalda los palacios de las grandes casas, dando lugar a la Verona de los Rápidos, a sus callejones mugrientos y sus placeres violentos.
Laurela se detiene.
—Sé que estás ahí —dice—. Sal.
Se me hiela la sangre, ¿cómo es posible que me haya visto? Aguanto la respiración mientras intento hacerme más y más pequeña, inexistente.
Pero entonces una sombra se aparta de la pared de una torre alta y ahusada, esculpida de un único bloque de piedra con el poder de los Arquitiempos.
No era a mí a quien se dirigía Laurela.
La sombra deja caer la pesada capucha que le oculta el rostro.
Es Rosalina Corvato. La he visto alguna vez, durante las recepciones en el Palacio de los Capuleto.
Siempre a un lado, tímida. Más pequeña que nosotras.
Su familia está ligada a los Valfiero. Cuando las recepciones llegaban a su fin, mi padre se burlaba de ellos y los llamaba obreros, o peones.
No tienen nada que perder y todo que ganar, viven de las sobras de Eleonora Valfiero y agradecen cualquier migaja.
Rosalina tiene una sonrisa tensa en el rostro: sus facciones dulces no logran ocultar su desasosiego. Inclina la cabeza hacia Laurela en señal de saludo.
—¿Ella también viene? —pregunta Florencia, algo contrariada.
Laurela esboza una sonrisa torcida, mezquina, como las que se dibujan a menudo en su rostro.
—Ahora sí. Seguramente la pequeña Rosalina no deambulaba de noche porque tuviera una cita. ¿A quién podría interesarle?
La sonrisa de Rosalina se agarrota todavía más, si cabe.
—Disculpa, en realidad sí tengo una cita…, Laurela.
—¿Y eso? ¡No me digas que alguien se interesa por ti! ¿Tienes un pretendiente? ¿Alguien a quien tengas que ver en secreto sin que tu madre ni tu hermana lo sepan? —La voz de Laurela es tan falsa que se me retuercen las tripas.
Rosalina calla, y esta es una respuesta más que suficiente.
—Entonces —continúa Laurela— es todavía más importante que vengas con nosotras y veas un poco cómo va el mundo. Aprenderás un montón de cosas para dejar boquiabierto a tu enamorado.
—Por la misericordia de Alyaster… —murmura Rosalina—. Podría ser la última noche.
—Es una orden, Corvato —sentencia Laurela, con un tono que debe de haber aprendido directamente de su madre. Un tono que no admite réplicas—. Vamos. Esa mujer no nos va a esperar eternamente.
Rosalina se queda un momento inmóvil, mientras Laurela y Florencia se dirigen hacia la calle. Luego se apresura a alcanzarlas, y yo detrás.