3. Romeo
Romeo
El pavimento de la fuente vuelve a cerrarse apenas emerjo de la galería subterránea y salgo al aire libre. Tengo algo de tiempo antes de que la campana dé el undécimo tañido y me detengo a observar lo que una vez fue el orgullo de mi abuelo: el Jardín de los Encantos.
Enseguida evoca algo mágico: un lugar secreto repleto de maravillas.
Y así era, un jardín hecho únicamente a base de trabajar duro.
Nuestra casa nunca ha usado la Pertenencia para crear temperaturas perfectas y climas que harían crecer hortalizas como el kai-lan de las tierras de Anatolia, o los frutos de la gran isla del Sur.
Ni nunca se ha valido de los Arquitiempos, a diferencia de otras casas, para degustar la fruta en su perfecto estado de madurez ni para mantener las plantas en floración perenne.
Nosotros, los Montesco, siempre hemos trabajado el jardín como los Rápidos: agua, trabajo, sol y más agua, trabajo, sol.
Teníamos las rosas en mayo y los ciclámenes en invierno, como en todos los demás hogares de Verona, y cuando llegaba el otoño las hojas amarilleaban y caían como la lluvia, diseminando sobre la tierra los colores de las alfombras de Oriente.
Y en primavera todo volvía a florecer, en un ciclo perfecto y natural.
Ningún Montesco ha querido nunca malgastar el Tiempo de los Rápidos —tan valioso— solo por darse el gusto de morder una fruta ejemplar. Mi abuelo me decía que una manzana mustia es igual de buena, solo hay que cortar la parte magullada.
Yo, entonces, pensaba en la casa de los Capuleto, que, aun si les hubiera cortado la cabeza —cosa que habría hecho con mucho gusto— seguirían siendo igual de mustios e indigestos.
Es un pensamiento horrible, lo sé, especialmente para un niño.
Pero nosotros no tenemos niños, solo adultos pequeños sin infancia.
Nuestros juegos atañen a la guerra, las funciones de títeres se han sustituido por ejecuciones.
Crecemos sabiendo que moriremos, nos formamos para matar.
Podemos vivir incontables centurios, y sin embargo, pocos de nosotros tienen el pelo blanco.
Nacemos en brazos de la muerte, y cuando esta nos tiende a nuestras madres, les recuerda que solo somos un préstamo.
Nosotros y la casa de los Capuleto nos hemos encargado en numerosas ocasiones de devolver con rapidez esa «concesión».
Nuestras familias se enfrentan salvajemente una a la otra, provocando un continuo derramamiento de sangre.
Nuestra guerra familiar hace ya bastante tiempo que dura y, dado que vivimos un número impreciso de lo que los Rápidos llaman siglos, digamos que hace un buen rato que nos odiamos.
El verdadero motivo se perdió junto con las vidas que lo crearon.
En un mundo en el que creces combatiendo contra un Enemigo que no conoces, necesitas un rostro que menospreciar para alimentar la ferocidad necesaria para la guerra.
Yo me he dado esta explicación, al menos.
Encuentro este odio todos los días en mi interior, y lo nutro.
Porque eso es lo que me han enseñado: a quién debemos odiar, incluso antes de saber a quién debemos amar, y todos nos hemos alimentado de ese odio mucho antes de que nos alimentáramos de manzanas, estuvieran mustias o maduras.
Me siento en el borde de la fuente. Donde una vez hubo agua, ahora hay una ciénaga.
La estatua del enorme Poseidón con el brazo alzado en el acto de arrojar su tridente, que de niño contemplaba con admiración, ahora parece un mero Extrema Sangre que se rinde con su horca partida y la cabeza yaciendo en el lodo.
Observo el jardín con melancolía. Aquí ya no crece ningún fruto.
Los troncos descansan en el suelo, con las raíces fuera de la tierra, amputadas.
No hay hojas, y las ramas están secas y rotas.
Solo un poco de musgo que ha crecido alrededor de la corteza, donde no da el sol, me recuerda que una vez aquel tronco fue un árbol verde.
Las flores han desaparecido, y ya no queda ningún fruto con una parte que se pueda cortar o salvar.
El prado ha cedido el lugar a terrones putrefactos, y lo único que crece son malas hierbas.
Cuando mi abuelo fue Restituido, se prohibió a todo el mundo venir aquí.
Mi padre hizo tapiar la puerta de entrada.
Y nadie osó preguntarle por qué. Las órdenes no se discuten.
Pero se sortean. Yo regresé varias veces a través del pasaje secreto.
Luego hasta yo dejé de venir. Y el jardín murió junto con sus encantos.
Una hilera de hormigas marcha cerca de mis pies; las sigo con la mirada hasta su nido. «Los más débiles sucumben y los más fuertes encuentran una salida». Una de las muchas frases que a mi abuelo le gustaba repetirme, mientras me mostraba a las hormigas que se zampaban su lechuga.
Tenía razón, podría aplastarlas con un pie, pero no es el tamaño de un hombre lo que lo hace grande.
Cuando no combatía en la batalla se encerraba en el jardín, y a menudo me llevaba consigo.
Él escardaba y arrancaba hierbajos, y yo lo ayudaba feliz. Casi todos mis hermanos todavía estaban vivos y yo creía que la Academia era un lugar en el que se forjaban héroes.
—Mira, Romeo —me dijo un día señalándome una lechuga en el huerto—, este pequeño cogollo forma parte de nuestro círculo.
Crece en la tierra, alimenta a los conejitos glotones, y a su vez a ellos se los comen los Rápidos, que crecen y se vuelven fuertes, hasta que pueden nutrirnos con su Tiempo.
Y es gracias a ese Tiempo que podemos usar nuestra Pertenencia para combatir por Edén.
Y cuando nuestro poder se agota, restituimos nuestra energía a quien nos ha creado, que la esparce por los ríos, los árboles, el mar, la tierra.
Es allí a donde regresamos para dar fuerza a Edén, y así él podrá hacer crecer de nuevo esta lechuga. ¿Ahora entiendes por qué luchamos?
Lo miré serio y asentí. Él me acarició la cabeza alborotándome el pelo.
—El círculo no debe romperse. Por eso estamos aquí, por eso ofrecemos nuestros hijos a la Congregación. Por eso sacrificamos nuestras vidas. Recuérdalo, Romeo: los Montesco saben por qué luchan.
—Entonces ¿por qué hay quien intenta romper el círculo? ¿Por qué trata de destruir Edén enviando las Catástrofes?
Mi abuelo se sentó en el suelo, con sus fuertes piernas cruzadas, e incluso así yo ni siquiera le llegaba a la mitad. Me tomó en brazos, un gesto dulce, impropio de él, y me miró a los ojos con la circunspección de quien habla a un igual.
—Nuestro Enemigo es muy difícil de combatir. Es un enemigo taimado que se esconde detrás de sus ejércitos de Incorpóreos. Aunque no podamos vencerlo, sí podemos contenerlo, como hemos hecho hasta ahora.
—Pero yo tengo miedo. Cuando llueve con fuerza. O cuando hace mucho viento. O cuando los relámpagos iluminan el cielo. Y cuando retumban los truenos, los oigo a pesar de taparme muy fuerte las orejas…
—No todo son ataques del Enemigo. La lluvia es útil, y también el viento.
—¿Y cuando la tierra tiembla? Rufina viene de un pueblo que fue arrasado por la tierra que descendía de la montaña. Me contó que se llevó por delante casas y Rápidos. Me dijo que tuvo mucho miedo de que el mundo se acabara.
Mi abuelo cogió un tomate rojo y maduro.
—Esto es Edén.
—Edén no es tan rojo —dije, dubitativo.
—No, tienes razón. Imaginémoslo, solo por esta vez.
Yo asentí, no muy convencido de lo que había dicho.
—Veamos, este tomate es Edén. Y tu puño es el Enemigo. Ahora golpéalo. Observa qué sucede.
Alcé el puño y golpeé con fuerza el tomate, que quedó despachurrado, con su jugo rojizo derramándose.
Di un respingo y se me cortó la respiración.
Sentí que las lágrimas se abrían paso, pero puesto que los Edenitas no lloramos, apreté las mandíbulas.
Tenía bien cerrado el puño empapado de tomate y me sentía culpable, como si yo fuera de verdad el Enemigo y aquel líquido, la sangre de nuestras Estirpes.
—¿Entonces? —preguntó mi abuelo.
—Edén ya no está. —La voz me tembló al decirlo.
—Exacto. Nuestro Enemigo es tan fuerte como tu puño contra ese pobre tomate.
Es por eso por lo que nuestra diosa creó las Asonancias.
Ocho esferas impregnadas de su poder, el poder de la Creación.
Ocho esferas que reverberan entre ellas entrelazándose y creando una energía alrededor de Edén que lo fortalece.
Cogió una gran sandía (recuerdo que pensé que aquella tampoco se parecía a Edén, pero no dije nada) y con el cuchillo hizo ocho surcos en ocho puntos de la fruta.
—Ahora golpéala. Con toda tu fuerza.
Alcé de nuevo el puño y descargué sobre la corteza. Yo me hice daño, pero la sandía quedó intacta.
Sonreí, de pronto me sentí a salvo.
—Siempre que existan las Asonancias, ningún ataque del Enemigo, ninguna Catástrofe, podrá destruir Edén.
Puede herirlo, cierto, y en ocasiones lo ha hecho, directo al corazón.
Sin embargo, no puede destruirlo. —Se le ensombreció el rostro—.
Pero cuando el Enemigo azota las Asonancias, entonces presentamos batalla.
Extrema Sangre contra Incorpóreos. Edén contra las Catástrofes que intentan partirlo, inundarlo, quemarlo, eliminarlo para siempre.
El Enemigo apunta derecho a la Asonancia, y si algún día lograra destruirla…
—Mi abuelo blandió el puño y lo dirigió contra la sandía, justo en la hendidura que había creado con el cuchillo.
La fruta se abrió, desgarrándose. Sentí como si en mi interior yo también me hubiera desgarrado un poco.
—¿Y si un día no detuviéramos las Catástrofes?
No respondió a mi pregunta, se levantó y retomó la tarea de arreglar los terrones.
—Cuando introduces una semilla en la tierra, no debes pensar que no crecerá y se pudrirá, debes pensar en cómo hacer que se vuelva fuerte para que eche raíces; de lo contrario, es como si ya la hubieras matado.
Es la fuerza que reside en tu voluntad la que te permite crear tu futuro, así como el futuro de este pequeño cogollo de lechuga.
Aquel día planté una semilla de lechuga y deseé con todas mis fuerzas verla crecer.
Yo también quería participar en la construcción del gran círculo: a pesar de que todavía no detenía terremotos, avalanchas, inundaciones, a pesar de que no me enfrentaba a ejércitos de Incorpóreos, habría luchado por aquel pequeño cogollo de lechuga.
Me arrodillo para tocar la tierra, está fría, pastosa.
Su perfume es el mismo, y mientras la desmenuzo entre las manos, algo en mi pecho se agrieta con ella.
Melancolía. Una palabra que siempre he amado.
Echo de menos a mi abuelo. Mucho. En una sociedad en la que se viven centurios enteros, yo solo he pasado un puñado de vida con él.
Cuando dio el Último Paso, hace ocho solasterios, estaba furioso con mi abuelo, tanto que ni siquiera quería ir a la ceremonia.
Mi padre me arrastró por la fuerza. Yo sabía que no era culpa suya, que la Marca del Alma había desaparecido, que su Tiempo se había agotado junto con su poder, pero estaba tan enfadado que ni siquiera sentía la tristeza oprimiéndome el pecho.
En aquel momento, odié el círculo. Tal y como yo lo veía, mi abuelo iba al encuentro de la Restitución por aquel cogollo de lechuga, puede que justo el que yo mismo había plantado.
Cuando él salió de la pila para recorrer el mismo pasillo que yo debería atravesar unos solasterios después para mi Primer Paso, me quedé sin palabras.
Parecía un dios maldito salido del infierno para reclamar las almas indignas.
Decidí que no lloraría. Él no lo merecía.
En cambio, sí merecía mi orgullo. Hice de tripas corazón y miré cómo avanzaba.
Se detuvo frente a mí. Se agachó y en voz baja me dijo al oído unas palabras que todavía hoy me pregunto qué significan: «Esconde lo que eres, Romeo».
Luego se irguió y retomó sus pasos. Yo permanecí inmóvil mirando cómo se iba, cada vez más lejos, hasta que me pareció que tenía mi altura, hasta que cruzó el umbral de la puerta de la gran sala y desapareció de mi vista.
Sabía adónde se dirigía: a los sótanos de la Academia, donde todo empezó y donde Alyaster lo aguardaba.
Hay días de nuestra infancia que escapan a la memoria, pero aquel ha permanecido adherido a mí como la ortiga en los campos: por más veces que intentes arrancarla, siempre vuelve a crecer.
Licato sabía tratarla y volverla inocua para poder ingerirla, y debo decir que me encantaban los ñoquis de ortigas que preparaba, aunque me los metía en la boca con cautela.
Pero para mí, de niño, la ortiga quemaba la piel, tal como quemaba el recuerdo de mi abuelo y de aquel día.
Escardé la tierra y esperé a que la lechuga creciera.
Nunca sucedió.
Nació una plantita débil que en poco tiempo se marchitó.
Mi abuelo se equivocaba: por más que yo no quiera, mi destino ya está sentenciado, exactamente como para aquella planta de lechuga.