2. Julieta #2
Porque mi padre estaba allí cuando nuestra joya por poco queda destruida para siempre.
Me la contó un sinfín de veces, esta historia, para que desde niña aprendiera lo que sucedería si fracasáramos.
En el año de los Rápidos señalado como 1117, casi tres centurios antes de que yo naciera, Verona se partió en dos.
Nuestro Enemigo metió las manos dentro de la tierra, la abrió, la dilató y la zarandeó.
Al principio se oyó un estruendo.
Siempre empieza así, decía mi padre.
Un tremendo estruendo.
Y luego la tierra tiembla, decía.
El pueblo de Verona tembló junto con su ciudad.
Esta se derrumbó en el mismo instante en que los pájaros alzaron el vuelo.
El polvo de las casas desmoronadas se elevó cambiando el color del cielo, el Adigio se desbordó en las calles cargadas de escombros.
Los Rápidos murieron a miles aplastados como las uvas en las cubas, dejando en los caminos el mismo color del vino.
Las llaman catástrofes naturales, pero de natural no tienen nada. Es el Enemigo, que usa lo que protegemos como arma en nuestra contra.
Edén es nuestro hogar, pero también lo que nos mata.
Y la única manera que tenemos para detener las Catástrofes es impedir al Enemigo que continúe con su operación destructiva y bajar a la batalla, donde hordas de Incorpóreos nos aguardan.
En aquella batalla, los Extrema Sangre fallecieron como los Rápidos. Se fueron así, como las casas desmoronadas, el agua perdida del río, los troncos desarraigados de los montes.
Pero al fin detuvieron el ataque. Mi padre detuvo el ataque. Y la Asonancia se salvó.
Los Rápidos pudieron llorar a sus muertos. Y los Extrema Sangre pudieron cantar la gloria de sus caídos.
Los Edenitas no lloran, y sin embargo se cuenta que por enteros latelunas no se oyó ni una carcajada por las calles de Verona.
—¿Por qué mi madre se comporta así? —pregunto más tarde a Netria mientras intento un fondo con mi espada y ella la esquiva con la gracia de un gato.
Nos movemos en círculo en el espacio octagonal de la armería.
Encima de nosotras, una esfera de luz flota inmóvil en el aire.
Ilumina todas las cosas con una luz lejana, suave, y se refleja en el suelo de mármol negro de la sala.
Es mi tía quien lo hace posible, y sin embargo no parece cansada lo más mínimo.
—Debe de haber temido perder a su hija para siempre —me responde Netria, golpeándome delicadamente sobre el protector, a la altura del corazón. Por más buena que sea, nunca lograré vencerla.
—Tonterías —digo—. ¿De verdad crees que mi madre puede sentir algo similar al miedo?
—A veces las personas esconden las emociones detrás de un dique —me responde mientras desvía con despreocupación un golpe desde arriba—. Pero tarde o temprano todos los diques se derrumban.
—Tiene que haber otro motivo —conjeturo, tentando una segunda estocada.
Ella la para y nos quedamos quietas, hoja contra hoja.
Me mira desde debajo de sus cejas marcadas, enarca un poco el labio en lo que se puede considerar una sonrisa y suspira.
—Julieta Capuleto —me dice mientras voltea la muñeca y me aparta el arma como si fuera una niña—, ¿acaso esto te parece un fondo?
Se necesitarían mil solasterios de correcciones solo para hacer parecer este caracolear tuyo un asalto digno de este nombre.
Y pensar que siempre me habías parecido tan prometedora…
—Curva el labio—. Quizá haya depositado mal mis esperanzas.
Su segundo golpe apunta a mi garganta. No tengo tiempo de pararlo.
Me inclino hacia atrás y noto el desplazamiento del aire de la hoja, que pasa cerquísima de mi piel.
Parece casi como si mi tía estuviese combatiendo de verdad.
No me ahorra nada: me apremia dando un paso hacia mí y su espada da vueltas con su giro de muñeca. Otro fondo, esta vez desde arriba.
Intento retroceder, pero ya he perdido el equilibrio.
Uno de mis pies cede bajo mi peso. Me caigo hacia atrás. La espada se detiene a un dedo de mi rostro.
—Decepcionante —dice.
Noto que me hierve la sangre. ¿Por qué lo hace? ¿Acaso no ha entendido que he venido aquí en busca de consuelo y distracción? Aprieto los dientes.
Siempre he sido buena con la espada. O al menos siempre he creído que lo era. Pero ahora siento que se están burlando de mí.
Afianzo la sujeción alrededor de la empuñadura, tengo la palma de la mano sudada.
—¿Tienes la intención de quedarte en el suelo hasta que repique la campana? —me pregunta Netria—. Si así es como pretendes reaccionar, entonces puedes incluso ir a tirarte al Adigio ahora mismo. Ahorrarías la vergüenza a tu familia.
Noto que una lágrima se asoma, pero la reprimo. Dejo que hable la rabia. Quiero demostrarle que se equivoca. Que soy una Capuleto. Que sin duda no seré la primera que muera en la Academia.
Ninguno de nosotros morirá.
Gruño. Un sonido gutural, largo, que me sube del vientre hasta la garganta; ni siquiera parece mi voz.
No me levanto: uso todo el peso para lanzarme hacia delante con una amplia incisión que apunta a su rodilla.
Ella la para y recula. Ahora es mi turno.
Uso el impulso para continuar el asalto con un golpe de revancha, luego uno más.
Netria retrocede. Sigue parando mis ataques, las hojas vibran al chocar.
Cantan una canción de metal. Netria está casi contra la pared de la sala octogonal.
La esfera de luz encima de nosotras parpadea.
Le está costando trabajo, no logra mantener la concentración.
Noto el sabor de la sangre en la boca, los dientes se aprietan los unos contra los otros.
Me convierto en la bestia que hay dentro de mí.
Agarro la espada con las dos manos, cargo el próximo golpe sobre la cabeza.
Ya no puede escapar, tiene los hombros contra el muro.
Por un batimiento, un solo batimiento, me parece percibir miedo en su mirada.
Siento que podría vencer. Podría despedazarla.
Con solo golpearla.
Netria salta. Un Rápido habría necesitado tomar impulso para hacerlo. Ella no. Se propulsa con la bota contra la pared y la siento brincar por encima de mí. Me supera completamente. Seis pies de altura, como si nada. Hace una pirueta en el aire y aterriza a mis espaldas.
Antes de que pueda girarme, me golpea con la empuñadura de la espada detrás de la rodilla haciendo que me desplome, luego me agarra por la melena —lo que queda de ella— y apoya su hoja contra mi garganta.
—Fin del duelo —dice. Jadea ligeramente, no quiere que se le note.
—Has hecho trampas —la acuso escabulléndome. Con la derrota, la rabia que sentía en mi interior deja espacio al vacío—. Yo no soy una Extrema Sangre. No puedes saltar así.
—A mí me parece que sí, y un día tú también podrás.
Me levanto y la miro a los ojos. Los míos todavía me escuecen.
—¿Por qué has dicho esas cosas antes?
Ella me sonríe, vuelve a ser la Netria comprensiva de siempre.
—Quería ver si me creerías y si te habrías dado por vencida tan fácilmente. La Academia es un lugar de muerte, no está hecha para quien acepta la derrota. —Observa mi espada y asiente—. Pero tú sabes luchar, Julieta. Y no hablo solo de esta.
Bajo la mirada.
—No creo que mi futuro sea el de luchar con una espada, tía. No como Arquitiempo… Probablemente me mandarán a la retaguardia para reparar muros y grietas o, a lo sumo, para contener las Catástrofes.
—No estés tan segura: nadie sabe qué destino tiene reservado Alyaster para cada uno de nosotros.
—Sí, es cierto —le respondo, pero no debo de sonar muy convencida.
Netria me acaricia la cabeza.
—Por ahora no pienses en ello… Ve a dar un paseo por el jardín: no lo volverás a ver por un solasterio.
Su mano es cálida, materna, pero no logro olvidar el destello de temor que le he infundido hace un rato.