Romeo y Julieta Untold: La última congregación 2. Julieta
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2. Julieta

Julieta

Ahora me asalta el terror.

Los ojos de todo el mundo están clavados en mí, en mi cuerpo desnudo, mientras recorro el suelo de pórfido de la gran sala. Del techo abovedado cuelgan rosas de cristal que lanzan reflejos azulados: la flor de mi casa.

Más que los de todos los demás, los ojos que me atraviesan son los de mi madre.

Está en el fondo de la sala y me observa con la boca cerrada y una mano estrechando su puñal.

Lo sujeta tan fuerte que este tiembla, como si quisiera huir.

Pero ella se esfuerza en mantener la compostura, porque se trata de una ocasión solemne: lleva el pelo rubio recogido en dos trenzas que le rodean la cabeza como una corona, y el vestido de terciopelo azul y con las correas de piel que le ciñen el cuerpo parece una armadura.

Y luego está mi padre, tan seguro como siempre.

Él sabe que lo lograré: no porque tenga confianza en mí, sino porque soy una Capuleto.

Los Capuleto no fracasan.

Me trago el miedo e intento ignorar la horda de sirvientes Rápidos y de primos Extrema Sangre que han venido a celebrar mi Primer Paso.

Como si alguno se hubiera preocupado por mí alguna vez: están aquí como señal de respeto hacia mi padre, para hacerse ver y esperar recoger cuatro migajas de su gloria.

Mis primos Teobaldo y Florencia ya han afrontado este reto hace pocos esimios.

Ellos no tenían una madre que pudiera verter su sangre por ellos ni un padre que bendijese sus Marcas, como es costumbre en mi familia.

Ha sido mi madre, que hoy ya se ha cortado dos veces.

Ha sido mi padre, que los ha criado como si fueran sus propios hijos, quien ha anunciado en voz alta los primeros símbolos que han aparecido en sus cuellos.

Y ahora mis primos han abandonado la sala y es mi turno.

Entonces camino, mi mirada fija en Netria, la hermana de mi padre.

Está de pie a su lado y es la única cuyos labios esbozan una sonrisa huidiza que me infunde valor.

Siempre lo ha hecho así. Es una de las Altas Maestras de la Academia, además de la persona a la que más quiero junto con Teobaldo.

Cada vez que viene a visitarme logra que me sienta menos sola.

El hecho de que ella estará en la Academia es lo único que hace que esta jornada sea menos terrorífica.

A pesar de que hoy no está aquí para impartirme una lección privada de esgrima, consigue darme ánimos de todos modos.

Alcanzo, un paso tras otro, la pila de mármol negro en el centro de la sala.

A medida que me acerco, el suelo se va calentando hasta que me quema las plantas de los pies y el sudor me rezuma por la espalda.

Aguanto la mirada de mi madre mientras desciendo un peldaño tras otro.

La veo, es ella: está tan concentrada que ni siquiera parpadea, mientras con los pulgares traza pequeños círculos en las yemas de los índices.

Nuevas arrugas aparecen en su rostro mientras la Pertenencia empieza a consumirla.

Netria me explicó que muchos Edenitas recurren a gestos para ayudarse a manifestar su propio poder, y mi madre, que es una Ardefría, es una de ellas.

Aprieto los labios mientras el suelo se vuelve incandescente, noto las ampollas que se me forman en la planta de los pies y que revientan.

Quisiera gritar en contra: ¿por qué me pones a prueba de esta manera?

¿Por qué quieres hacerme sufrir delante de todo el mundo?

¿Qué es lo que debemos demostrar siempre, nosotros, los Capuleto?

Pero tomo aire y no pierdo el control mientras avanzo un doloroso paso tras otro.

Me sumerjo hasta los hombros y todo va mejor: es como si me acogiera un abrazo perfecto, infinito, lejos de las canalladas del mundo. Es así como me imagino la Restitución con Alyaster: calor y paz para la eternidad, mientras ella se nutre de mí.

Entorno los ojos y mi cabello se alarga flotando sobre la superficie del agua.

Es larguísimo: en el último solasterio no ha visto hojas ni tijeras, para respetar la Tradición de los Capuleto, y la verdad es que tampoco me lo había cortado en los dos solasterios precedentes.

Para demostrar cuánto me importa mi casa, sin duda, pero también porque siempre me han gustado sus reflejos de bronce.

A estas alturas me llega a media espalda.

Una vanidad por la que Liliana, mi doncella Rápida, me toma el pelo. La única que tengo.

Mi madre está a pocos pasos de mí, puñal en mano. Ahora pronunciará las palabras sagradas, alzará el brazo, se cortará y dejará caer la sangre en el agua.

Así estaré lista para la Academia.

Así llevaré gloria a la casa de los Capuleto para otra generación de Extrema Sangre.

Mi madre no hace nada.

Ahora que estamos cerca, veo sus ojos. Advierto el velo de lágrimas que los nubla.

Deja caer el puñal, que tintinea sobre el suelo de piedra dos veces antes de sellar el silencio en la sala.

Un silencio que se rompe pocos batimientos después, cuando ella se va sin mirar atrás y un murmullo recorre la multitud de parientes que han venido a asistir a mi Primer Paso, y ahora, a mi vergüenza.

Sacrilegio, murmuran.

Blasfemia.

Nunca nadie había actuado contra las Tradiciones tan ostensiblemente.

Miro a mi padre. Si fuera por él, haría Abnubilar a todos los que están en esta sala solo para eliminar el recuerdo de este evento. Pero no puede hacerlo, desde luego.

Yo permanezco inmóvil e intento no temblar. Quisiera desaparecer.

Y entonces Netria recoge el puñal y por un momento lo empuña como si no fuera solo un instrumento de ceremonia, sino un arma. Eso, junto con la posición que ocupa en la Academia, basta para hacer callar a todo el mundo.

Es ella quien se arremanga, es ella quien me mira a los ojos y pronuncia las palabras, es ella quien vierte su propia sangre.

Y es entonces cuando, como si una fuerza mayor que yo —mayor que todos nosotros— me llamase, me dejo arrastrar bajo el agua, y por un momento todo quema. Yo, el mundo.

La piel de mi cuerpo se desgarra, grito y el agua hirviendo me llena la boca. El instinto me hace alargar los brazos, una ola se propaga creando un chapoteo confuso.

Distorsionado desde debajo de la superficie, veo el rostro de asombro de Netria, y el de mi padre, que tensa los labios en lo que podría ser una sonrisa, mientras alrededor de la pila inician los gritos.

No logro emerger.

Tras esimios que parecen centurios, es la mano de Liliana la que me agarra y me devuelve a la superficie. Tiene el rostro desencajado por el dolor, las ampollas le recubren la piel quemada. Ningún Edenita jamás haría un gesto similar, pero ella es una Rápida.

Y nadie da realmente importancia a los Rápidos y a lo que hacen. Como si ellos no fueran habitantes de Edén como nosotros, sino solo poco más que objetos. Se lo agradezco con una mirada y me pongo en pie. El agua resbala por mi cuerpo, el vapor se eleva de mi piel, y los gritos se apaciguan.

Todos me miran fijamente. Observan mi Marca.

Mi padre entrecierra los ojos para aguzar la vista.

—¿Arquitiempo? —murmura. Enseguida recobra la compostura, porque Reinaldo Capuleto nunca (jamás) puede mostrar incertidumbre—. ¡Arquitiempo! —anuncia.

Un tímido aplauso se alza entre los presentes.

Miro a Liliana y ella se inclina hacia mí con la excusa de ponerme una capa sobre los hombros. Intenta hacer caso omiso de la herida en su brazo.

—¿Qué ocurre? —susurro.

—Su Marca, mi señora. Es un círculo perfecto…

Aprieto los puños. Nunca ha sucedido nada similar, y seguramente jamás haya sucedido en mi familia: desde el Primer Paso, la Marca siempre ha aparecido bien definida en todos los Capuleto, porque nuestro vínculo con Alyaster es fuerte.

Y todos los Capuleto, desde que Edén existe, siempre han sido Esenciales.

Pero entonces ¿qué significa eso, que de ahora en adelante soy una decepción?

No puedo permitirlo.

—Por suerte, con vuestra melena para cubrirlo, nadie se percatará —dice Liliana.

—Pues entonces córtala —le ordeno.

—¡¿Qué?!

—Córtala —repito frente a todos, arremetiendo contra las Tradiciones de la Familia.

La verdad es que hay una rabia que fluye en mi interior: no ocultaré lo que soy, sino que demostraré a todo el mundo que estoy a la altura de mi nombre y saldré victoriosa.

Porque los Capuleto no fracasan.

Jamás.

Una vez Liliana ha terminado de vestirme, me dirijo hacia la armería.

Me han dicho que Netria todavía está aquí, y entrenarme con ella me ayudará a olvidar por qué mi madre se ha ido y por qué mi padre ha afirmado tener asuntos más importantes que tratar.

Más importantes que dar respuestas a su hija.

Al pasar por delante de las estancias de los sirvientes, logro escuchar su trajín tras las puertas cerradas y, fuera de nuestros muros, oigo a lo lejos el trinar de los pájaros que saludan al ocaso en el mundo de los Rápidos.

Los pasillos del palacio parecen poner en escena un espectáculo exclusivamente para mí, como si fuera la última que permanece en Edén: el aroma del tilo y de la haya que se queman en las chimeneas me llena las fosas nasales a la vez que se mezcla con el olor húmedo de los tapices que adornan las paredes.

Las escenas entretejidas muestran los momentos de gloria de mi casa, desde el nacimiento de Edén, desde cuando mis antepasados fueron los primeros elegidos por Alyaster para custodiar la creación, para protegerla y para nutrirla en un ciclo infinito de Restitución y renacimiento.

Escenas de paisajes lejanos, de los bosques del Norte hasta los mares de arena que parecen de otro mundo, de criaturas recubiertas de escamas y cuernos que despuntan en una tierra de junglas y volcanes, y luego una vista de Verona de noche: nuestra ciudad, la joya de los Extrema Sangre.

Aguzando la vista, y lo sé solo porque mi padre me lo hizo notar apenas fui capaz de ponerme de puntillas, es posible observar que las estrellas que llenan el firmamento en realidad son minúsculas rosas.