1. Romeo #3
Ojalá tuviera su increíble optimismo. Pero la realidad es que, salvo raras excepciones, el verdadero poder de los Montesco es el de morir, o ser Eternantes, en el mejor de los casos.
Eternantes muertos. Indispensables, hasta que logramos almacenar en nuestro cuerpo el Tiempo sustraído a los Rápidos, y sacrificables cuando ese Tiempo se agota.
Somos los graneros de invierno que se dejan pudrir en verano entre ratones y escasez.
La mayor parte de las veces yacemos consumidos en el campo de batalla, con el rostro ajado y reseco y las extremidades dobladas, por una vejez injusta y que no nos pertenece, mientras algún Almanario sin escrúpulos toma hasta el último destello de vida a nuestra disposición para arremeter contra el Enemigo, indiferente a que este último gesto nos envejezca tanto que poco a poco nos convirtamos en polvo.
Nos vamos con una ráfaga de viento, sin que nadie haya tenido tiempo, o ni siquiera la voluntad, de recitar la Extremacción.
Eso hizo Reinaldo Capuleto con mi hermano Bastiano.
Los Rápidos me visten con el uniforme de la Congregación en mi cuarto.
Meto la cabeza por la camisa de lino blanco.
Me hacen poner una chaqueta de piel negra.
Me queda tan ceñida que parece un guante, pero no es tan flexible.
Es áspera y me rasguña el cuerpo a cada movimiento.
Se trata de una advertencia para recordarnos que no vamos a hacer una excursión campestre.
Nos recuerda que será duro y doloroso, como las chaquetas que llevamos puestas.
Como si hiciera falta.
El chaleco es blanco, por descontado, así como los pantalones y los brazales que suben hasta las hombreras. Somos Iniciados, somos puros. Como ángeles malditos. El blanco cubre el negro, pero no del todo, el costado queda abierto, sujeto con correas.
La parte anterior está grabada con diseños geométricos que representan las distintas Pertenencias. Por detrás tiene una larga cola que se divide en dos; parece una capa, pero no lo es.
La piel es dura, podría ser cuero. Las hombreras son dobles.
Acaricio los relieves de los brazales. Están tallados con destreza: representan las ramas de un árbol, que confluyen en la espalda formando un círculo astillado.
En el centro hay un lirio hecho de bordados lechosos que apenas se distinguen encima del traje blanco.
Al parecer, mi casa no es digna de ser reconocida.
Los protectores de brazo son tan estrechos que las ramas se asemejan más bien a las venas oscuras que se traslucen bajo la piel.
Las piernas también quedan ceñidas por la piel, blanca asimismo, afortunadamente más suave que las pesadas botas negras que me llegan casi hasta la rodilla.
Me atan los cordones, me ajustan el cinturón de cuero a la cintura y otros dos que se entrecruzan sobre el pecho, y después me dejan solo. Soy libre de ir donde quiera hasta el tañido de la campana que firmará el inicio de la Academia: las últimas cadencias de despreocupación.
Casi todos se irán de picos pardos. Benvolio me había propuesto un banquete en su palacio.
Supongo que para celebrar mi decimosexto solasterio.
Le prometí que iría, le mentí. Tengo una cita a la undécima campanada.
Pero no se lo dije. No lo hubiera entendido, no se puede anteponer nada a nuestra amistad. Especialmente una mujer.
El viento sopla obstinado. La ventana de mi habitación vibra ligeramente, a pesar de que está empotrada en la piedra.
Uno de los cuadrados de vidrio de color rubí se resquebrajó hace dos solasterios.
Fue mi hermana Domiciana, al arrojarme un cáliz de plata que golpeó la ventana en lugar de mi frente.
Domiciana detesta que le tomen el pelo y a mí en cambio me encanta hacerlo.
Nunca mandé que lo repararan. Cuando el viento corre, como esta noche, se cuela por ese resquicio y silba.
Yo me imagino que es mi hermana llamándome para que hagamos uno de nuestros juegos con los que nos divertíamos en el Jardín de los Encantos, cuando todavía nos estaba permitido ir.
Me escabullo fuera de mi habitación, intentando hacer el menor ruido posible. Solo hay una manera de salir del palacio sin ser visto. Recorro a toda prisa los pasillos vacíos, hasta la habitación que era de mi abuelo.
Abro la puerta y entro, ojo avizor a que nadie me vea.
Detrás de su cama hay un tapiz. Por un batimiento me quedo embobado mirándolo.
Representa el cielo estrellado. En el centro, una mujer sostiene entre las manos una pequeña esfera azul y verde: Edén, nuestro hogar.
Aparto el tapiz de detrás de la cama y me escurro en la pequeña galería.
La puerta se cierra detrás de mí. El pasaje es angosto y oscuro, pero yo me muevo raudo.
Lo he cruzado tantas veces en el pasado que no necesito luz.
Hace algunos latelunas que no lo uso y los ratones, que chillan correteando por entre mis pies, me hacen comprender que ahora es su hogar.
Me percato de que he llegado cuando mis manos se apoyan en un muro de piedra que me corta el paso.
Deslizo los dedos por la pared de la gruta hasta encontrar el relieve grabado en la piedra, formado por diez círculos uno dentro de otro, con pequeños remates.
Lo giro siguiendo un orden preciso. Mis dedos recuerdan el código de memoria.
Espero unos batimientos. El techo se abre lo justo para dejarme pasar.
Apoyo los pies sobre un pequeño entrante, me levanto a fuerza de brazos y me deslizo por la abertura. Mi uniforme roza la piedra.
Apenas salgo al jardín, el viento me alborota el pelo y hace que me lloren los ojos.
Es viento de tormenta. Los truenos en el horizonte presagian que un temporal se dirige de nuevo hacia nosotros.
Llegará a tiempo para empapar la Congregación.
Siempre es así. Cada llamada de una nueva Temporada de Academia es bautizada con lluvia a cántaros.
Me pregunto si el cielo llora por nuestros muertos o si saluda a los que van a morir.
No cambia mucho; en breve, cuatrocientos Iniciados cruzaremos el umbral de Puerta Imperia y los de la Congregación anterior saldrán de allí.
Los supervivientes, al menos. Quizá el cielo llore porque nuestros padres no lo hacen.
Ninguno de nosotros, los Edenitas, lloramos. El sacrificio de muchos es necesario para el bien de pocos.
Yo estaré entre los muchos.
Siempre lo he sabido.