Romeo y Julieta Untold: La última congregación 1. Romeo #2
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1. Romeo #2

Un terror agudo repta por mi espalda, un presagio que trepa hasta mi oído para cuchichearme palabras de miedo: Domiciana está muerta. Me sacudo esos pensamientos y la angustia y me desplazo por la pila, hasta alcanzar el borde.

Hay otro nombre inscrito ahí debajo, pero no lo miro.

Cuando murió, mi padre prohibió pronunciarlo.

A mi madre el dolor casi la devastó. Me pregunto si no nombrarlo puede ayudar a olvidar.

No lo creo. Toco sus letras y por un batimiento soy pequeño en sus brazos.

El recuerdo es vago y su ausencia me hiere cada vez que pienso en él.

Yo no era más que un niño cuando murió, pero el tono de su voz todavía resuena en mí.

Unas gotas de sangre se ensanchan en la pila. Son de mi madre. Deja caer ocho gotas de su corte: una por cada Pertenencia.

—Que esta sangre sea la Extrema que he vertido por ti —dice usando el Extremoidioma. La lengua de los Edenitas es suave, arrulladora, suena como un canto, pero en su boca resulta abrasiva como la arena.

Observo la sutil línea roja que ahora le marca la piel.

Si tras la Temporada de la Congregación finalmente obtengo mi Pertenencia, los Trasladores suprimirán la cicatriz; si muero, esta permanecerá indeleble en su brazo en memoria de lo indigno que fui.

Me sumerjo del todo en el agua. Abrazo este hielo y espero que también pueda helar mis pensamientos. Poco a poco noto una ligera tibieza. Es placentera, y me imagino que el beso de Rosalina es así: húmedo y cálido.

Un beso que espero dar esta noche.

… grito tragando agua.

Me quema el cuello. Es un corte de espada. Es un azote con un látigo de cuero. Vuelvo a emerger de golpe, buscando aire con la boca abierta y escupiendo el agua que he engullido. Toso mientras la pila humea vapor. El dolor es insoportable. Me llevo una mano al cuello, pero mi padre me lo impide.

—No te toques —me dice agarrándome, mientras se acerca a mirar el lado externo de mi garganta. Asiente—. Es una línea —murmura.

Mi madre se encoge de hombros.

—Podría ser un Eternante…

—Podría… —El ángulo de la boca de mi padre se curva. ¿Es una sonrisa?

—Lo que está hecho hecho está —dice mi madre mientras desciende la escalinata, sin dirigirme ni siquiera un sonido.

Los lirios de su vestido se descuelgan uno a uno y caen al suelo dejándola desnuda.

Las flores golpean el mármol con un batacazo.

Mi madre es una Grave; le encanta hacer estos jueguecitos.

Tener la capacidad de aumentar o disminuir el peso de lo que la rodea no debería influir en su capacidad de aumentar o disminuir el amor hacia sus hijos. En cambio, mi madre incluso eso ha logrado.

Sin embargo, durante un tiempo tuve el convencimiento de que me quería.

Hubo caricias y nanas, hubo besos y cuentos para acompañarme en las largas noches.

Nosotros los Edenitas no dormimos. Pero eso no significa que no tengamos miedo a la oscuridad, o que no imaginemos horripilantes Selfieras que nos pueden raptar.

También porque, a diferencia de los Rápidos, sabemos con certeza que los monstruos existen.

Su Marca del Alma es bien visible. Hecha de líneas y círculos, les envuelve parte del cuello y casi toda la espalda.

Para mí, los símbolos de las Pertenencias tienen un significado cristalino, pero el resto es un misterio…

Lo único cierto es que a partir de hoy también mi Marca empezará a crecer, evolucionar, se le añadirán símbolos y señales.

Y se extenderá por todo mi cuerpo, definiéndome como un ser único en Edén. Siempre que sobreviva en la Academia.

Mi madre se va sin mirar atrás. Sin decirme una palabra de ánimo.

Antes de salir de la sala se acerca a una Rápida y la besa en la boca.

Un beso ligero. Puede que solo sea un roce de labios, pero sé que acaba de ingerir un poco de su Tiempo, un poco más del necesario, tal vez, dado que en el rostro de la sirvienta se dibuja una pequeña arruga.

Los Rápidos me lavan. La nueva sirvienta de pelo rubio que llegó a mi casa hace solo algunos latelunas es un poco más joven que yo.

Se llama Lucila, y mi primo Benvolio hace un tiempo que se entretiene con ella.

Obviamente no me lo ha dicho, pero yo los he visto unas cuantas veces apartarse hacia rincones oscuros.

Lucila se ruboriza al pasarme la mano por el pecho.

Por cómo se demora en lavarme en puntos particulares, creo que no le importaría consumar un poco de oscuridad conmigo también.

Pero mi corazón pertenece a Rosalina. Sin embargo, debo admitir que si continúa lavándome con esta atención, quizá una parte de mi cuerpo podría empezar a cambiar de opinión y a pelearse ferozmente con mi corazón.

Los Rápidos añaden al agua enebro para el coraje, pimienta para la fuerza física, canela para la energía, lavanda para el equilibrio.

Me untan aceite de romero para alejar lo que ellos llaman «influencias maléficas».

No creo que todo eso sea muy útil, pero los Rápidos al servicio han hecho de la Ceremonia del Primer Paso una tradición suya, mezclando sus creencias con las nuestras.

¿El resultado? Apesto como el pastel de ciervo que Licato preparaba al inicio de cada lateluna.

Rufina se acerca con unas tijeras para cortarme el pelo.

Protesto y le aparto la mano.

—Romeo, hay que cortarlo —insiste ella—. Es la ley. —Habla en vulgar, la lengua de los Rápidos. Ninguno de ellos es capaz de usar el Extremoidioma.

Cojo las tijeras y corto aquí y allá algunos mechones dejando que mi melena casi me roce los hombros.

—La ley ha sido respetada —digo.

Mi padre asiente, me lanza una mirada que no logro descifrar, no sé si es de arrepentimiento o de lástima, y se va dejándome solo con los sirvientes. En ese momento Lavinio sale de su escondrijo.

—¡Déjame ver! —pide intentando echar un vistazo a mi cuello. Lo dejo hacer.

—Es una línea, va de la oreja a la… —No le sale la palabra.

—Clavícula.

—Exacto, eso.

Rufina me tiende un espejo. Mi marca es una señal muy clara y nítida.

Una línea significa todo y nada. Podría volverse un cuadrado o alzarse en un triángulo.

Incluso podría cambiar de color. La primera manifestación de la Marca del Alma a menudo es voluble, y antes de que termine la Academia, otras formas geométricas aparecerán en mi cuerpo, mezclándose unas con otras.

Sin embargo, sé que a partir de esta noche todos los Iniciados empezarán a especular basándose en una señal diminuta e inútil.

Convencidos de que su esencia, su individualidad, ya está escrita del todo.

—¿Duele? —pregunta Lavinio.

—Ya no.

—Es negra. —Aplaude entusiasmado—. Podrías ser Almanario.

Almanario. Con solo pensarlo me entran ganas de reír.

Un Montesco capaz de contener las almas y el poder de sus compañeros.

¿Por qué no? Quizá un Almanario de la Pertenencia de los Esenciales.

Puestos a soltar disparates. Un Montesco en la vanguardia luchando contra las Catástrofes.

Es más fácil que cambie de color, se vuelva de un gris pálido y se quede en una línea. Eternante.

—¡No necesariamente! —le respondo, un Tiempo después.

—Casi todos los Almanarios tienen una línea negra.

—Faltan diez puntitos. Podría quedarse así.

—¿Por qué tienes que ponerte siempre en lo peor? —Resopla.

—Porque así cuando «lo mejor» no llega no me quedo tan mal.

Alza los ojos al cielo. No le gusta mi pesimismo. Tampoco es que yo esté orgulloso.

—Déjame ver tus músculos. ¿A ver lo grandes que están ahora? —me pide con los ojos rebosantes de emoción.

Alargo un brazo hacia él y su sonrisa se apaga.

—Pero… ¡si están igual que antes! —me dice, decepcionado.

—Es verdad. Se requiere tiempo para la transformación completa. Empezará en la Academia.

Cavila, un poco dudoso.

—Quizá lleves razón. Serás un Eternante. Un Almanario no puede ser así… —Me señala.

—¿Así…? —Sé a lo que se refiere, nos gusta tomarnos el pelo. Mis hermanos seguramente eran más altos y fornidos que yo, él y yo somos más… normales.

—Grácil —responde con una sonrisita.

Le salpico un poco de agua en la cara, él mete las manos en la pila y hace lo mismo, entonces lo agarro, tiro de él y lo sumerjo junto a mí.

Echa a reír y empieza a salpicarme, y yo también me carcajeo, mientras derramamos agua por todas partes.

Luego descendemos al fondo. Nos miramos a los ojos a través del agua, con los pelos que parecen algas.

Nos hacemos muecas para que el otro se desternille.

El juego es resistir el mayor tiempo posible sin respirar.

Cuando veo que ya no aguanta más, hago ver que pierdo y salgo.

Lavinio emerge con el rostro enfurecido.

—¡No debes dejarme ganar!

—Te juro que no te he dejado ganar.

—Claro que sí. Tú eres imbatible.

Me mira de reojo y volvemos a echarnos agua en la cara.

Los Rápidos se ríen con nosotros, mientras Rufina nos observa con tanto amor que creo que vuelvo a ser un niño.

Quiero recordar este momento cuando esté en la Academia, quiero recordarme que la felicidad está siempre ahí, solo debes alargar la mano.

Lavinio se detiene y se apoya con los antebrazos en el borde de la pila, dejando que sus piernas floten hacia arriba. Su voz es seria. Me da la espalda.

—¿Volverás? —me pregunta sin darse la vuelta. No quiere ver mis mentiras.

—Volveré —miento acercándome a él.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo —miento de nuevo.

—¿Y Domiciana también? —susurra.

—Sí —asiento, con la garganta cerrada.

Se gira, me salta al cuello y aprieta fuerte, antes de irse con la ropa chorreándole por toda la nave.

—¡Almanario! —me grita de espaldas, y sigue andando.

—¡Eternante!

Lavinio alza la mano derecha y me muestra el dedo sin girarse, luego desaparece tras una puerta.

Me río hasta que ya no oigo el sonido de sus pasos.