Romeo y Julieta Untold: La última congregación 1. Romeo
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Romeo y Julieta Untold: La última congregación

Romeo y Julieta Untold: La última congregación

Por Alyssa Woods

© inepub.com

1. Romeo

Romeo

Estoy listo para morir.

Siempre lo he estado.

En nuestra lengua la palabra muerte no existe, la aprendimos de los Rápidos.

Nosotros preferimos decir Restitución, y no necesitamos crear infiernos que temer ni paraísos a los que aspirar. Nosotros sabemos qué sucede después.

Pero los Iniciados como yo somos muy conscientes de que hasta que no sobrevivamos a la Temporada de la Congregación, la única palabra es muerte.

Si no somos dignos de florecer como los mejores de nuestra raza, tampoco somos dignos de marchitarnos como ellos.

Será una vela que se apaga. La luz que se desvanece y solo permanece la cera inútil.

Y la oscuridad.

Y la nada.

Sin embargo, nunca he temblado frente a la muerte.

Ni cuando vi quemar los estandartes de mis hermanos y hermanas, ni cuando mi abuelo dio el Último Paso, ni cuando los cuerpos de los guerreros de las casas regresaron despedazados por el enésimo cataclismo que no fui capaz de detener.

Y no temblaré esta noche, cuando la Temporada de la Congregación me reclame a mí y a los demás Iniciados.

Pero tiemblo ahora.

Desnudo.

Con los dientes castañeteando.

No por el miedo, sino por el frío cortante que se me mete bajo la piel.

En mi casa no hay Ardefríos, así que mi padre debe de haber llamado a alguien para bajar la temperatura en las salas, y también debe de haberle costado un dineral, ya que nadie se muere de ganas de asistir al Primer Paso de un Montesco.

El frío es constante, espeso como la niebla. Mi aliento se hiela nada más abandona los pulmones.

Tengo los labios agrietados y el corazón me late tan fuerte que tengo miedo de que acabe igual que ellos.

Si sigue así, corro el riesgo de estirar la pata antes incluso de entrar en la Academia.

Me río con este pensamiento.

El rostro de mi padre, en el fondo del salón, se ensombrece.

Eso basta para hacerme parar. A su lado, mi madre va vestida con lirios blancos, el símbolo de nuestra casa, que se mantienen unidos por sutiles hilos dorados.

Percibo su dulce olor, que se insinúa a través del frío y me calienta un poco.

El perfume de mi madre es mi soledad, pero también mi infancia y mi hogar.

Es fácil buscar consuelo en las costumbres, aunque doloroso.

Parece que ella me devuelve la mirada durante un imperceptible batimiento, pero es tan fugaz que me deja encima la sensación de vacío de todas sus atenciones ausentes.

No me miraba a mí, nunca me mira a mí. Sus cuidados siempre han sido para mis hermanos y hermanas.

Para ella, yo soy lo que los Rápidos llaman un fantasma.

Alguien que está pero no se ve, que habla pero no se oye, alguien que deambula, sin tener un lugar propio.

Me acuerdo de respirar y doy el Primer Paso en el suelo de mármol negro y, así, empieza mi ceremonia.

Mientras avanzo observo las treinta y dos columnas de cuarzo blanco, altas como catedrales, que sostienen las bóvedas arqueadas de finísimo cristal.

Animales antiguos y extinguidos para siempre, grabados en cada pilar, parecen observarme, sopesarme.

Aun sabiendo que no es posible, siento que me juzgan.

Tienen las fauces abiertas; los ojos, como platos; las garras, preparadas.

Confusos en el ímpetu de las batallas junto a los mejores de nuestra raza, aquellos que la Pertenencia ha estimado dignos: los Extrema Sangre.

Yo soy un Montesco. El número de Iniciados de mi casa que ha sobrevivido a la Academia es tan exiguo que mis posibilidades se reducen a cero.

Nunca seré uno de ellos.

Sin embargo, sigo avanzando.

Por todas las columnas se enrollan plantas y flores que trepan hasta lo alto para encontrarse en el centro, creando así un jardín en lugar del techo.

En el aire, el perfume de oud, una resina que huele a tierra aunque también a algas ahumadas, que huele a miel aunque también a madera amarga, me aturde ligeramente y vuelve mis pasos inciertos.

Me acerco a la pila central, donde se produce la ablución, y las flores empiezan a descolgarse y caer al suelo.

Son una advertencia para recordarme que cada casa puede caer como estas flores.

Una advertencia para recordarme que la belleza es efímera si no se protege.

Ando pisando estas maravillas, hechas de estambres, pétalos, aunque también de espinas.

Se me cortan los pies, que dejan un débil hilo de sangre sobre el suelo de mármol negro, para que yo no olvide que para proteger lo que se ama hay que pagar un precio.

Mi hermana Domiciana anduvo por el mismo suelo hace un solasterio.

No tengo noticias suyas desde que entró en la Academia. Para mí el tiempo todavía transcurre de un modo similar al de los Rápidos, y es una eternidad.

Se me encoge el corazón. Es la más fuerte de la familia.

Desde siempre se había preparado para la Congregación.

Casi todos los Iniciados esperan convertirse en Esenciales; ella no, ella desde que nació quería ser Trasladora.

Es la Pertenencia que exige el precio más alto, pero Domiciana piensa siempre antes en los demás que en sí misma.

Ruego a la diosa Alyaster que esta noche vea a mi hermana cruzar Puerta Imperia orgullosa y satisfecha.

Que me dé tiempo a abrazarla, quizá por última vez, antes de atravesar ese umbral yo mismo.

Si mi madre acaba teniendo la enésima cicatriz en el brazo, que cuenta ya cinco, no será por mi hermana Domiciana, ni por mi hermano Lavinio, que todavía juega en los mismos jardines donde yo excavaba hoyos y fingía detener desprendimientos y terremotos.

No, su cicatriz será por mí.

Una lágrima me escuece los ojos. La reprimo a duras penas.

Los Edenitas no lloran.

Percibo una figura un pelín más alta que un brazo que se escabulle detrás de la pila.

La ceremonia del Primer Paso está prohibida a los niños, pero estaba convencido de que mi hermano Lavinio no iba a respetar la orden de quedarse en su habitación.

Él no ve la hora de entrar en la Academia y convertirse en Extrema Sangre y, a diferencia de mí, ni siquiera se le pasa por la cabeza la idea de morir en el intento.

Lo entiendo. Cuando yo no era más que un mocoso, corría a ver el regreso de las batallas, a pesar de la prohibición de mi padre.

Trepaba por los tejados de Verona y asistía, apretujado entre las tejas, al regreso de nuestro ejército.

Todavía recuerdo la manera en que alzaban sus espadas hacia el cielo en señal de victoria, y yo y los demás niños las mirábamos centellear al sol sin percatarnos de la sangre coagulada en sus armaduras negras, ni de los carros de los Rápidos que regresaban vacíos, ni del canto de la Extremacción que acompañaba a las almas de los que se encontraban cerca de la Restitución.

Mi hermanito pequeño cierra el puño y lo agita para infundirme valor.

Con paso lento subo la escalinata de mármol blanco, hasta la pila central de ónice.

Los Rápidos al servicio agachan la cabeza.

Solo Rufina, mi nodriza, apenas alza la mirada hacia mí, esboza una sonrisa de modo imperceptible y, con idéntica prudencia, se toca el corazón con un dedo.

Se da dos golpecitos en el pecho: uno para mí y uno para ella.

Es nuestra señal de siempre. Significa «mis latidos son tus latidos, mi corazón es tu corazón».

Tiene frío. Lo veo por cómo tiembla, y sin embargo todavía logra sonreírme.

Para nosotros los Edenitas, los Rápidos, o humanos como se llaman entre ellos, no son nada más que alimento.

Por otro lado, un Rápido tampoco se encariñaría con una mariposa, que, por bonita que sea, solo vive un puñado de aleteos.

Ellos son nuestras mariposas, con una vida demasiado fugaz para recordarla o añorarla.

Para mí no es así. Quiero a Rufina, que me ha dado todo el afecto que mi madre siempre me negó, como si hubiera salido de su vientre.

Le devuelvo el gesto, de modo furtivo; mi padre se percata y frunce las cejas. Nunca aprueba lo que hago.

Me sumerjo en la pila.

El agua está helada. Noto que mi piel quema y después se entumece. Mis músculos tiemblan y se contraen. Tengo la sensación de que mil agujas me punzan de pies a cabeza. En el agua flotan lirios; se deslizan ligeros, insensibles al frío que me está resquebrajando la piel.

Mi padre se acerca a la pila. Sostiene entre las manos el cojín de terciopelo donde se ha colocado un puñal afilado que hace eras que pertenece a mi casa, pero parece recién forjado.

Mi padre es un Arquitiempo, y en cada ceremonia lo devuelve a su origen, al momento exacto en el que nació del hierro.

Me pregunto cuánto tiempo se habrá robado a los Rápidos para obtener eso, que en mi opinión no es más que una excentricidad. Un puñal normal cortaría igual.

Mi madre lo empuña y las flores de su vestido chocan unas con otras dejando caer el polen naranja al suelo.

Sin mover un músculo del rostro, voltea la muñeca y muestra las venas. Con un corte preciso graba su piel exactamente debajo de las otras cinco cicatrices que marcan su brazo.

Una por cada hijo perdido.

Percibo un temblor que no es de frío, sino de dolor al ver las marcas de mis hermanos y hermanas. Permanecerán ahí, en el brazo de quien los engendró, como recuerdo imperecedero de lo que pudo ser y no fue.

La cicatriz más fresca es la de mi hermana Domiciana, infligida en este mismo lugar hace solo un solasterio.

Sus nombres están esculpidos en el interior de mi mente mucho más a fondo de cuanto haya podido hacerlo el cincel en el ónice de la pila.

Para recordarlos solo hay una inscripción: FALLECIDO DURANTE LA CONGREGA CIÓN .

En cambio, para mí hay risas, cuentos susurrados en la oscuridad, promesas rotas.

Acaricio con la mano esas letras: Ado, Felipe, Beatriz, Eduardo, Adelina.

Ya no podemos nombrarlos, pero yo sí puedo recordarlos y permitirme sufrir por ellos.