Romeo y Julieta Untold: La última congregación 56. Romeo #2
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56. Romeo #2

—Te estás preguntando qué utilidad tiene. ¿Por qué no tener un lugar maravilloso en el que hacer crecer a todas las criaturas juntas? —Se alza y anda despacio hacia el fondo del jardín. Alza su mirada hacia la ventana, donde mi abuelo observaba el tapiz con el rostro de su amada bordado.

—¿Conoces la palabra «posesión»?

Asiento.

Él niega con la cabeza.

—No tiene nada que ver con tener. Poseer es la total pertenencia.

Vida y muerte. Y eres tú quien decide. Poseer es dominación.

Poseer es disponer. Alyaster posee Edén.

Es suyo. De nadie más. Ni de los animales que la moran ni de sus Edenitas.

Pero ambos sirven a Alyaster para mantener Edén.

Y Edén existe para alimentar a Alyaster, que a su vez alimenta a los Edenitas.

—El círculo —murmuro.

—El círculo que os enseñan que no debe romperse. ¿Pero qué sucedería si existiese una Estirpe que no necesitara a Alyaster? ¿Una Estirpe tan poderosa que pudiera ser autosuficiente y poseer ella Edén? ¿Qué sucedería si el círculo se rompiera?

—Alyaster…

—Alyaster… caería en el olvido. Y Edén sería de sus hijos.

Pero ya no de la madre. Alyaster trajo al mundo a su criatura, pero no quiere soltarla.

No la está protegiendo, la retiene prisionera.

Cuando lo descubrimos… cuando tratamos de liberar a Edén y a sus criaturas, cuando pretendimos su emancipación, ella nos exterminó.

Y sigue teniendo a todos los demás pegados a su seno con la guerra.

Con un enemigo inventado, aunque el verdadero enemigo es ella…

—Su rostro se ensombrece—. He presenciado surcos de eras de muerte, de dolor, he visto a nuestra Estirpe desaparecer para siempre jamás.

Y lo he creído. Alyaster puede haber depurado una Estirpe, pero no ha domado la sangre.

Nuestra Pertenencia todavía grita. Algunos tienen la fuerza de hacer crecer este don y se convierten en… ¿cómo los llamáis?

—Eternantes —respondo, sin darme cuenta.

—Exacto. Eternantes. Carentes de poder, de grandeza.

Obligados a ser el escarnio de las demás Pertenencias.

—Su tono se inflama. Me señala con el dedo—.

Pero cuando la llamada del poder es demasiado fuerte, entonces el Encantilante resurge.

Sin embargo, antes de que su potencia real estalle, el sueño revela su naturaleza.

Y os matan, os asesinan, tanto hoy como en aquel entonces.

Siento un escalofrío que me asciende hasta los labios. Hay una pregunta que temo formular. Pero él ya la sabe.

—Sí, Romeo. Todos tus hermanos y hermanas eran Encantilantes.

Bastiano también. Pero el canto era débil en su sangre y se convirtió en Eternante.

—Me acaricia el rostro—. Hace surcos y surcos de eras que no nacía un Encantilante con tu don.

La sangre empezó a cantar en tu interior desde que naciste. Tu abuelo te protegió hasta que pudo.

—¿Mi abuelo lo sabía? —pregunto, confundido.

—Lo sabía. Desde siempre.

—Pero él… él rezaba a Alyaster. Él me decía…

—Te decía lo que debe decirse a un niño. La verdad debía serte revelada en tu Primer Paso. Pero tú la rechazaste.

Rufina. Rufina también.

No necesita oír lo que estoy pensando.

—Rufina también. No era una Encantilante. Era una Rápida, pero entre los que están al servicio, algunos son afines a nuestra causa.

Se toca el pecho dos veces.

—El gesto de Rufina —murmuro.

—No, Romeo. El gesto de los Encantilantes. Para reconocerse. Esconde lo que eres…

—Vuestro lema —concluyo.

—Nuestro, Romeo. Tú eres uno de nosotros.

Sé que ves las emociones, que las reconoces, y cuando estés vinculado con la Pertenencia, podrás manipularlas.

Tú puedes salvar a tu raza, puedes salvarnos a todos.

Tú puedes volver a insuflar fuerza a los Encantilantes.

No estarás solo. A algunos logramos salvarlos, llevárnoslos.

Pero no son muchos en comparación con los que acaban exterminados.

A otros los secuestramos de sus familias cuando todavía son pequeños, pero son pocos, cada vez menos.

Ella es buena encontrándolos y aniquilándolos.

—Pero si no reciben el Vínculo antes del decimoctavo solasterio se transformarán…

en Selfieras. Los salvas de una muerte certera solo para arrojarlos a un destino peor que la misma muerte —dice Julieta con desdén.

Ella no lo sabe. No sabe sobre Folco. No sabe que podía salvarlo y no lo conseguí.

En mi interior es como si hubiera quedado una reminiscencia de su alma, que me susurra: «Soy un muerto más sobre tu conciencia».

Amauel frunce los labios. Es pesadumbre. Ladea la cabeza. Me escudriña sin decir nada. Aguarda. Espera a que yo meta en el fuego el último taco. Lo encajo como una pieza de mosaico, pero Julieta lo dice antes en voz alta.

—¡La transformación es para destruir a quien logra huir! Fue creada adrede.

Él asiente con la cabeza.

—Los poderes no necesitaban el Vínculo, nacían espontáneamente.

—La Lectora no daba la Pertenencia… —murmuro aún incrédulo.

A Julieta no la convence lo que oye. A mí sí. Sé más cosas que ella. Ya he mantenido conversaciones disparatadas con dioses o semidioses.

—La Lectora —Amauel escupe su nombre— es una alarma para los Encantilantes… Bloqueó las Pertenencias de todos, solo para evitar que nazcan otros de nuestra Estirpe, para encontrarlos antes de que su sangre cante.

Su rostro se ensombrece. El frío me desgarra el cuerpo cuando comprendo.

—La Academia no es más que una enorme trampa para nosotros, ¿verdad? ¿No es más que eso?

—Sí. Os llevan al extremo porque es en el dolor donde canta nuestra Pertenencia, pero no las demás. La Congregación es un matadero creado exclusivamente para los Encantilantes —confirma bajando la cabeza, como para honrar a los muertos.

Una trampa. La Academia donde mandan a los hijos a morir no es más que una enorme trampa para mi…

Estirpe. No tiene que ver con la pureza de la sangre, ni con ser dignos, no es para encontrar a los mejores.

Es por nosotros. Por mí. Por mis hermanos.

Pienso en todas esas vidas que podrían haberse salvado y que en cambio fueron destruidas…

serán destruidas… solo para buscarnos. Pienso en las guerras que luchamos todos los días.

En las Catástrofes. En los muertos Edenitas y Rápidos.

Mi furia invade cada fibra de mi cuerpo, el furor enciende mis vísceras. Mi Marca brilla.

Julieta me estrecha la mano.

—Cálmate —me susurra.

Lo hago. Su tacto me apacigua. Mi Marca se apaga.

—¿Quién es Selina? ¿Quién es Agnes? —pregunta.

—Mis ojos. Mis oídos. Encantilantes, como él. Pero sin Pertenencia. Y un Edenita sin poderes no es un verdadero Edenita. Las Pertenencias son nuestra herencia. Somos aquello para lo que hemos nacido.

—¡He visto a Selina usando la Pertenencia! —digo.

Niega con la cabeza y suspira.

—Me has visto a mí usando una pizca de mi Pertenencia.

Me has visto poseerla. Pero ellos no son Almanarios.

Me fatiga entrar en su interior. Y mi permanencia debe ser ligera; de lo contrario, mi cuerpo se haría añicos.

Estas pequeñas excursiones más allá de mi prisión me regocijan y a veces me hacen luchar… a lo mejor para salvarte a ti, Romeo.

Sus ojos centellean y al ver ese destello recuerdo haberlo visto.

—Ponte Pietra. Eras tú. Tú me salvaste —digo.

—Eres difícil de proteger, Romeo. Tienes una propensión particular a meterte en líos. Casi te perdimos por culpa de este carácter tuyo generoso y a veces estúpido, pero es gracias a este carácter que tus compañeros te salvaron.

—También has sido tú contra la Valfiero en la Catástrofe, ¿verdad? —pregunto.

Asiente sonriendo.

—Ese poder era inmenso —dice Julieta—. Era… —Se queda paralizada. Su mirada se vuelve de terror—. Lo que podrías hacer si el Encantilante también fuera un Almanario…

Él sonríe. Y yo también comprendo.

—¿He nacido para contenerte? ¿Para que tú puedas luchar?

—Sí, Romeo, y juntos podremos aniquilarlos a todos.