Capítulo 52
Sentada en la cama, con la mirada puesta en la puerta cerrada, llevaba un buen rato pensando en levantarme para salir de la habitación, pero no llegaba a hacerlo.
Solté un suspiro, antes de presionarme la frente. Me había entrado dolor de cabeza y las puñeteras pastillas también estaban abajo, en un armario de la cocina, el de las medicinas.
Bufé y al final me levanté. No tenía sentido que retrasara lo inevitable, Romeo no iba a desaparecer por arte de magia. Ojalá, pero no.
Bajé la mirada al vestido fresquito que me había puesto. Era de tirantes anchos y la tela caía por mi cuerpo, sin entallar. El largo me llegaba unos dedos por encima de las rodillas.
Descalza, como siempre me gustaba estar en casa en verano, caminé hacia la puerta y salí de la habitación. No escuché voces que me indicaran dónde podían estar Romeo y Marisa, porque no tenía duda de que ella no lo había dejado solo.
Bajé las escaleras sin que el silencio se rompiera en ningún momento y cuando llegué al salón, miré hacia todos lados. No había nadie y dejé la vista fija en la corredera que daba al porche y al jardín. Tampoco estaban fuera de la casa, a no ser que estuvieran en otra zona del jardín.
Estaba a punto de gritar el nombre de Marisa, cuando me llegó un sonido de la cocina. Sonreí un poco porque era donde más horas pasaba y al mismo tiempo negué, por haberlo pasado por alto.
Pero para mi sorpresa no era Marisa la que estaba en la cocina, sino Romea. Me paré en el hueco de la puerta, sorprendida.
Romeo se movía como si estuviese en su casa. Tenía en la isla de la cocina verduras y una olla en el fuego, hacia la que fue para remover lo que había en el interior. Después regresó a las verduras y continuó troceándolas.
Hasta que notó mi presencia y levantó la cabeza hacia mí, girándola.
—Hola. ¿Has descansado?
Hacía casi dos horas que subí a mi habitación. Sí, había estado escondida ahí y no me avergonzaba, en absoluto.
—¿Qué haces? —le pregunté con el ceño fruncido.
—La comida —me contestó con una ceja arqueada.
—¿Y por qué narices estás haciendo la comida?
—Porque hay que comer, digo yo —sonrió de medio lado.
Bufé y su sonrisa se amplió.
Qué ganas tenía de hacerla desaparecer… pero no a besos, joder, quítate eso de la cabeza.
—¿Dónde está Marisa?
—Se ha ido.
—¿Cómo que se ha ido?
Fruncí el ceño.
—Que se ha ido, ha adelantado el día. En vez de irse mañana y comenzar sus vacaciones, ha decidido iniciarlas hoy.
—No me lo creo. —Agrandé los ojos.
—Ha salido por la puerta de casa con una maleta, hará una hora. Me ha dicho que te llamará más tarde.
—¿Por qué no ha subido a verme?
—Eso tendrás que preguntárselo a ella —contestó, encogiendo los hombros.
—No pude ser… ¿Qué está pasando? —susurré.
—Que es verano y todo el mundo tiene vacaciones. Tiempo libre.
—Ahora sí que puedo echarte de esta casa —sonreí—. Puede que sea de mis padres, pero a falta de ellos y de Marisa, a la que no pueden pedirle nada más, yo puedo hacer lo que me dé la gana.
—Si tú lo dices…
Pasó de mí.
Soltó el cuchillo con el que cortaba las verduras y caminó hacia la nevera, de la que sacó dos botellines de cerveza. Los abrió de dos golpes secos en el filo de la encimera y me ofreció uno.
Como no me acerqué a cogerlo lo dejó frente a él, mientras se llevaba el suyo a los labios.
—¿Me has oído?
—Estupendamente.
—¿Y qué haces aquí todavía?
Me crucé de brazos.
—¿Sabes dónde está mi hermano?
—Como si me importara.
—Yo creo que sí te importa.
Se limpió las manos en el delantal que se había puesto, con el que estaba para comérselo, y sacó su móvil del bolsillo del pantalón.
Lo dejé en la encimera y me hizo un gesto para que me acercara.
La curiosidad me pudo y fui hasta él, pero asegurándome de mantener la distancia con Romeo.
¿Por qué hasta un delantal lo hacía atractivo?
Cuando bajé la mirada a la pantalla de su teléfono agrandé los ojos y lo cogí.
Estaba viendo una foto, pero no una cualquiera. En ella salían mi hermana y Marco, y no podía decir que era antigua porque estaba tomada en el jardín de la casa de verano de los padres de Mirián, la amiga de Julia.
—¿Qué…?
—Nos hemos separado al poco de aterrizar.
No pude apartar la vista de la imagen. Mi hermana sonreía de oreja a oreja, mientras se agarraba a Marco. Lo sujetaba a ella con los brazos alrededor del cuello de él y las piernas rodeándole la cintura. Ambos miraban a la cámara.
Marco tenía la misma sonrisa que Julia, con un brazo en alto sujetando el teléfono.
—No me ha dicho nada —susurré, asimilándolo.
—Le pedí a mi hermano que le quitara la intención. Necesitaba ganar tiempo.
Levanté la mirada hacia él.
—Ya ves que no han tardado en arreglar sus problemas —sonrió de medio lado—. Está claro que a mi me ha tocado la hermana más guerrera.
Su sonrisa se amplió.
—Pues sí y muy orgullosa de ello.
—Y yo. No he dicho que me desagrade. Bebe.
Miré el botellín.
—Caliente no vale nada.
Volví a mirar la foto, a la vez que agarraba el botellín. Casi me bebí la mitad de un trago, por lo superada que me sentía por momentos.
—Vas fuerte —dijo.
—Todo esto… lo de mi hermana, tú… no sé qué significa.
—Significa que mi padre se ha retirado y ahora soy yo el que tiene el poder absoluto de la empresa aérea.
Significa que hasta ese momento no he querido propagar ninguna noticia sobre mí.
Me tomo muy en serio mi trabajo y así es como quiero que me vean y por lo que me respeten.
La empresa ya ha comenzado a mejorar gracias a los inversores que conseguí y dentro de poco todo volverá a la normalidad.
Bebió un trago de cerveza sin apartar la mirada de la mía. Cuando colocó el botellín en la encimera, continuó.
—Como ves no he necesitado comprometerme para conseguirlo, como te dije.
Nunca te he mentido, Carina, lo único que te he ocultado es que mi madre organizó el viaje a la isla porque tu familia iba.
Es verdad que es una fiel seguidora vuestra, por lo que os tenía muy controlados.
Quería provocar un encuentro con los hijos, ya sabes.
Bufé.
—A Marco y a mí nos daba exactamente igual, la dejamos hacer porque, igualmente, nosotros íbamos a lo nuestro.
Ni él ni yo nos dejamos influenciar. Nos acercamos a Julia y a ti por nuestra madre, pero a partir de que nos presentamos tanto mi hermano como yo actuamos por nosotros mismos.
Nos importa poco los planes que tenga nuestra madre.
Y por si te lo preguntas, nuestro padre nos apoya.
—Pero… ¿Cómo supo tu madre que íbamos a esa isla? Podríamos haber pasado las vacaciones en cualquier otra parte. Nadie de mi familia publicó el destino.
Por cómo me miró…
—Porque volamos con vuestra compañía —me respondí a mí misma.