Capítulo 51
—Hola, cariño —me saludó mi madre.
—Hola —sonreí mientras me daba un beso.
—Vas a retomar el deporte.
Lo afirmó porque yo llevaba puesto un pantalón corto, un top deportivo en el pecho y una camiseta de tirantes anchos que dejaba ver el top. Aparte de la funda para el brazo en la que ya tenía el móvil metido.
La funda reposaba sobre la isla de la cocina, donde yo estaba tomándome un café con leche.
—Ya está cogiendo fuerzas —dijo Marisa, de espaldas a mí.
Estaba preparando el desayuno para ella y mi madre.
—Sí, cariño, que en pocos días has perdido peso —se dirigió a mí mi madre, con gesto preocupado.
—Tampoco es para tanto.
Puse los ojos en blanco.
—Uy, que no dice. Mínimo una talla has perdido.
—Y tanto que sí —confirmó Marisa.
—Qué va —reí—. Qué exageradas sois.
Negué con la cabeza, sonriendo.
Era verdad que desde que llegué de Milán tenía el estómago cerrado. No me apetecía comer, me esforzaba en hacerlo, obviamente, pero, aun así, comía muy poco.
—¿A qué hora os vais? —le pregunté a mi madre.
—No tenemos prisa, a la hora que sea cuando terminemos de desayunar. Tu padre bajará ahora, está terminando de ducharse.
Asentí.
Mis padres se iban unos días de vacaciones a un destino de playa, ellos dos solos.
Era un viaje de pareja, como les gustaba hacer.
Según ellos para fortalecer más la relación, en lo que mis hermanos y yo estábamos de acuerdo, pero también sabíamos que esos viajes eran una gran excusa para disfrutar a tope, sin ropas durante las veinticuatro horas al día y a lo loco.
—Cuando vuelva no estaréis, así que pasáoslo muy bien. olvidaros de los teléfonos y de que tenéis hijos.
Le hice un guiño.
—Pides un imposible para tu madre —dijo mi padre.
Apareció recién duchado e impresionante, como siempre.
Sonreí.
—Bueno, yo os dejo.
Me bebí de golpe lo que me quedaba de café, llevé la taza al fregadero para lavarla, pero Marisa me apartó rápido para hacerlo ella, y me despedí de los tres con abrazos.
Reímos cuando les leí la cartilla a mis padres, para que no volvieran con el proyecto de un futuro hermano.
Al final no me había ido de viaje sola porque mis padres me dijeron los planes que tenían. La casa sería completamente para mí, a partir de mañana y durante todo el tiempo que tardaran en regresar. Eso sería dentro de cinco días.
Porque mis padres no eran los únicos que se iban, Marisa también, pero al día siguiente.
Hoy Marisa y yo nos haríamos compañía, y mañana comenzaría su semana de vacaciones. Esos serían sus días libre, ni uno más porque ella no quería tener tanto tiempo libre. Para Marisa vivir con nosotros no era un trabajo.
Mis padres hacía muchos años que desistieron de insistirle para que tuviera un mes libre, o como mínimo quince días.
Abel también estaba disfrutando de unos días de descanso.
Salí de la casa y recorrí el camino hasta la verja, a pasos ligeros. Me puse en los oídos los cascos y activé la música en el móvil que tenía en el brazo, dentro de la funda.
En cuanto pisé la acera comencé a trotar. Entre unas cosas y otras hacía tiempo que rompí con esta rutina, por lo que me lo tomé con calma. Hice la misma ruta de siempre y llegué al parque en el que podía perderme horas y horas.
Al cabo de una hora fui de regreso a casa. En total faltó poco para las dos horas fuera de casa, así que llegué muy satisfecha, pero también cansada.
—Hola —dije en alto, al entrar en casa.
—Hola, cariño —me correspondió Marisa.
Salió de la cocina, sonriendo, y le devolví el gesto.
—¿No se suponía que ibas a empezar despacio? Estás empapada.
—A lo mejor me he emocionado un poco —reí.
—Tienes visita.
—¿Cómo que tengo visita? ¿Ha venido Damián? —pregunté extrañada.
Desde la noche que quedé con él, con Alberto y con Pablo para cenar y tomarnos unas copas, el mismo día que Damián y yo regresamos de Milán, no lo había visto. Noche en la que por fin les di los regalos que les compré en la isla del festival.
Me sorprendí y preocupé porque mi última conversación por mensaje con Damián fue un par de días atrás, y en ella me confirmó que hoy volaba de nuevo hacia Milán, solo, para darle la sorpresa a mi hermano.
¿Le había pasado algo con mi hermano? La respuesta a esa pregunta era mi preocupación.
—No es Damián —la respuesta de Marisa me dejó descolocada.
—¿Entonces quién…?
No me dio tiempo a terminar la pregunta cuando tuve delante de mí la respuesta.
Agrandé los ojos al ver cómo Romeo se paraba al lado de Marisa. Me quedé en shock , sin entender qué estaba pasando.
—¿Qué narices haces aquí?
—Menudo recibimiento —dijo él.
Marisa me miró con comprensión, pero no entendí nada porque ella, al igual que mis padres, estaba informada de todo lo que me había pasado con Romeo.
Marisa nunca lo había visto, pero su nombre y alguna mención a mí habían bastado para que ella supiera quién era.
—Carina, cariño —me dijo para que no me alterara.
—Tranquila, Marisa. Estoy acostumbrado —soltó él.
—¿Tú eres imbécil o qué te pasa?
—¿Ves? A eso me refería —volvió a hablarle a Marisa, como si la conociera de toda la vida.
—¿Qué estás haciendo aquí, en mi casa?
Lo señalé.
—Venir a verte, ¿no es obvio? Pero ya veo que no te gusta recibir visitas.
—¿Y quién te lo ha pedido? No eres bienvenido y, por supuesto, yo no quiero verte.
—Pues Marisa me ha abierto las puertas sin problema y está siendo muy amable conmigo.
La miré a ella, sin comprender todavía porque lo había hecho.
—Tus padres me han llamado hace unas horas, para avisarme de que Romeo venía para aquí.
—¿Qué?
No fue mi intención, pero grité por la sorpresa.
—¿Mis padres?
Marisa asintió.
—¿Por qué? —Quise saber, alucinada y casi sin respiración.
—Podemos hablarlo más tarde —me dijo Marisa con suavidad.
Fruncí el ceño y aunque me fastidió la respeté.
—Fuera de mi casa —le ordené a Romeo.
Porque sí, fue una orden en toda regla, mientras le señalaba la puerta. Romeo se cruzó de brazos, dejándome claro lo que iba a hacer: nada.
—No voy a irme por varios motivos, entre ellos porque esta no es tu casa, sino la de tus padres, y ellos me han invitado a entrar, aunque no estén. Y aún más, me han dicho que puedo quedarme el tiempo que sea necesario.
—Estás de broma —dije con voz aguda.
—No, cariño —dijo Marisa—. Romeo va a quedarse unos días.
—No puede ser…
Me pellizqué porque me convencí de que esto era un sueño. Uno jodido, pero sueño, al fin y al cabo.
Solo conseguí hacerme daño, Romeo continuó delante de mí.
—Si no te vas tú, me voy yo —solté.
No comprendía la decisión de mis padres, necesitaba hablar con ellos de inmediato porque si era cierto todo lo que habían dicho, iba a preparar la maleta más rápida de mi vida.
—No lo creo —dijo el muy descarado.
Entrecerré los ojos.
—Tú eres tonto.
—Pero estás enamorada de mí.
Solté una carcajada y levanté el dedo corazón hacia él. Sonrió de medio lado y que lo hiciera me alteró más.
Pero no de la forma que debía hacerlo, porque mis pulsaciones se aceleraron por el efecto que tenía en mí.
Aparté la mirada de él, para sacar el móvil de la funda. Lo desbloqué y localicé el número de mi padre.
—Si vas a llamar a tus padres no te molestes, con ninguno de los dos —me dijo Romeo—. A mí me han dicho que iban a estar incomunicados unos días.
Agrandé los ojos.
—A mí también, justo antes de que se fueran. Tú ya te habías ido —me informó Marisa.
—No me lo puedo creer —susurré, mientras escuchaba el mensaje del contestador automático de la línea de mi padre.
No me conformé con eso, probé con mi madre, sin importarme lo que habían dicho. El resultado fue el mismo.
Me quedé mirando la pantalla, con la mente completamente en blanco. Al cabo de un rato pensé en llamar a mi hermana, por si sabía que estaba pasando, pero lo descarté para no preocuparla. Al menos por el momento, porque Julia era muy capaz de presentarse aquí en tiempo récord.
—Cariño.
Al escuchar a Marisa levanté la cabeza despacio y me encontré con su sonrisa de cariño.
—Confía en lo que está pasando —me susurró—. ¿Por qué no vas a ducharte? Lo necesitas después del ejercicio, te sentará bien.
O lo que era lo mismo que con la ducha lo vería todo de manera diferente.
Como si eso fuese posible…
Igualmente asentí porque estaba muy sudada y me sentía incómoda con la ropa de deporte pegada al cuerpo.
Sin fuerzas por el momento, me giré hacia la escalera y caminé hasta ella. Subí a mi habitación, cerré la puerta, lamentándome que nunca hubiese tenido pestillo, y fui hacia el baño.
Me dejé llevar por la inercia de lo conocido y habitual. Me desnudé frente al espejo sin ser consciente de ello, de la misma manera que me metí en la bañera.
Abrí el grifo y me senté dentro. Flexioné las piernas y las acerqué al pecho, para abrazarlas con los brazos. El agua corría a mi alrededor, pero no me importó. Bajé la cabeza hacia a las rodillas y apoyé la frente en ellas, mientras las primeras lágrimas se escapaban de mis ojos.
Ver a Romeo era demasiado. Ver a Romeo en la casa de mis padres era mucho más que demasiado. Que Romeo hubiese viajado a España, que estuviera en mi ciudad, y que el motivo fuese yo, lo sobrepasaba todo.
Cerré los ojos con fuerza, intentando comprender porque mis padres habían aceptado lo que estaba pasando. Era una locura, no me cuadraba, algo había pasado.
El problema era que, aunque tenía muchísimas ganas de saber qué era, no me atrevía a estar cerca de Romeo, de la forma que fuese, porque me hacía daño y me sentía débil.
Y no quería ser débil, no lo era, pero con él me superaba todo.
No podía creerme que cuando saliera de mi habitación y bajara a la planta principal, él estaría ahí. Y para colmo Marisa le sonreiría.