Capítulo 50
—Cari.
Entreabrí los ojos y giré la cabeza hacia Damián.
—Vamos a aterrizar.
—¿Ya?
Asintió, sonriéndome con cariño.
Solté un suspiro y me puse recta en el asiento. Me masajeé las cervicales, al notar la molestia de la mala postura en la que había estado.
A pesar de que dormí bastante, al poco de que el avión despegara del aeropuerto me quedé dormida apoyada en el hombro de Damián.
—He sido muy mala acompañante —le dije.
—¿Quién lo dice? —Elevó las cejas— Vas a ser mi futura esposa, así que conmigo lo tienes todo perdonado.
Me hizo un guiño y reímos.
—No puedo contigo. —Negué con la cabeza.
—Me adoras.
Sonrió de medio lado.
—Pues sí y desde hace unos días mucho más.
Rio él, al referirme a mi gran descubrimiento en el apartamento.
—¿Se te ha hecho muy pesado el vuelo solo?
—Qué va. Yo también he dormido un rato y después me he puesto a leer.
Le sonreí y miré por la ventanilla, justo en el momento en el que las ruedas del avión impactaban con la pista de aterrizaje.
Por suerte no viajábamos con la compañía de la familia de Romeo, al igual que cuando fuimos a la ida.
Solo faltaba, se me hubiese indigestado el trayecto.
Cuando el avión paró salimos de los primeros y nos dirigimos a la zona de la recogida de maletas, para esperar a que salieran las nuestras. Aproveché ese momento para escribirle un mensaje a mi hermano, aunque Damián ya le había enviado el suyo, y otro a mi hermana y a mis padres.
Julia todavía continuaba en la casa de verano de los padres de su amiga Miriam.
Con las maletas en mano tiramos de ellas para dirigirnos a la salida, en la que esta vez no se encontraba para recibirme al otro lado Abel.
Como Damián vino a recogerme a casa en su coche, el día que iniciamos nuestro viaje, también me llevaba de vuelta.
Fue rápido acceder al parquin, meter los equipajes en el maletero y montarnos en el coche.
—¿Qué piensas? —me preguntó, después de pasar la barrera del parquin—. Estás muy callada.
—En nada.
—Mentirosa.
—Es verdad —lo miré sonriendo—. Ahora mismo no estaba pensando en nada.
—¿Seguro?
—Sí —le contesté suspirando.
—Tienes los ojos bien, se te ha quitado la hinchazón.
Bajé la visera para mirarme en el espejo pequeño, para comprobar que Damián tenía razón.
No había podido ocultarle a él y a mi hermano lo que me pasó por la noche con Romeo, la mala suerte que tuve al coincidir con él. Tampoco cómo lo pasé después de eso, todo lo que lloré.
Me delataron mis ojos hinchados y todavía un poco rojos, cuando me levanté. Aparte de que tenía el ánimo por los suelos y una cara de pena que no podía con ella.
Si Damián se dio cuenta en cuanto salí de la habitación, mi hermano, que me leía perfectamente y me conocía aún mejor, le faltó tiempo para venir rápido hacia mí. Me abrazó y después vinieron las preguntas y las explicaciones.
El que más se enfureció fue Dy, una vez terminé. Por suerte, entre Damián y yo pudimos frenar todas las ideas que se le pasaron por la cabeza.
—Si actúas como siempre tus padres no se darán cuenta de que te pasa algo. Al menos ganas tiempo —me dijo.
—Voy a hablar con ellos hoy, aunque no cuando llegue. Necesito un poco más de espacio sin agobios, encerrarme en mi habitación con la excusa de descansar y en algún momento al final de la tarde, sincerarme con mis padres.
Suspiré.
—Tómate tu tiempo, Cari. No te va de un día.
—Ya, pero cuanto antes me lo quite de encima, antes me recuperaré.
Damián asintió y el resto del trayecto lo hicimos en un silencio muy cómodo.
Me dejó frente a la verja de la casa de mis padres, donde paró el coche. Nos abrazamos, después de que sacara mi equipaje.
—¿Mañana te incorporas a la bodega?
—Soy un empresario responsable —dijo con diversión—. Iré esta tarde. Allí tengo al alcance todo el alcohol que necesite y mi cuerpo aguante, porque estoy jodido de ahora en adelante.
Se refirió a la separación de mi hermano y él.
—Damián… joder, con lo mío no he pensado que para ti este viaje también ha sido duro.
Hice una mueca.
—Bastante tienes con lo tuyo —Sacudió la cabeza.
—Pero tú puedes volver a Milán en unos días, eres el dueño de la bodega.
—No se lo he dicho a tu hermano porque quiero que sea una sorpresa si puedo hacerlo, pero tengo esa idea en la cabeza, aunque primero necesito ponerme al día en el trabajo. Por muy jefe y dueño que sea llevo muchas cosas de la bodega.
—Lo sé. Le darás una gran sorpresa.
—Ya lo das por hecho, ¿eh?
—Por supuesto —sonreí—. Lo necesitáis los dos.
—Me ha encantado hacer el viaje contigo, Cari.
—A mí también.
Lo abracé porque me nació, porque Damián se había metido muy dentro de mí. Me había calado hondo y ya no lo veía como semanas atrás, para mí ya formaba parte de mi familia.
Había sido testigo de sus miradas hacia mi hermano, de sus gestos, incluso los de antes de que yo me enterara de lo que había entre ellos. Al saber la verdad le di a todo un sentido nuevo, uno que tenía mucho más peso que el de la amistad.
—Nos vemos pronto, ¿vale? —me dijo.
—Claro —le sonreí—. Aunque yo también estoy pensando en irme unos días a algún sitio, pero sola.
—¿Sola?
Frunció el ceño.
—Sí —reí por la cara que puso—. Es lo que se suele hacer para estar en soledad, ¿sabes?
—Muy graciosa.
Negó con la cabeza.
—Me apetece, pero, sobre todo, lo necesito.
—Tus padres no van a agobiarte.
—Lo sé, pero igualmente.
Me encogí de hombros.
—Está bien, pero avísame cuando te vayas y si no es mucho pedir, dime a dónde. Te prometo que no me presentaré de sorpresa.
—Ya veré, porque no me lo trago.
Reímos.
—Acabo de acordarme que tengo algo para ti y todavía no te lo he dado. Lo dejé en mi habitación. —Señalé hacia atrás, hacia la casa de mis padres—. Anda que…
Bufé.
—¿Para mí? —Asentí— ¿El qué?
—Un detallito que te traje de la isla del festival, en la que coincidimos. Para Pablo y Alberto también tengo otros, así que habla con ellos para quedar un día los cuatro.
—No tendrías que habernos comprado nada, pero gracias.
Nos sonreímos.
—Fíjate, ¿eh? Y en ese momento no sabía que éramos cuñados y seguías agobiándome con lo de la mujer de tu vida.
Soltamos una carcajada.
—El regalo para mi hermano también se me olvidó aquí —negué—. En fin, cuando venga él.
—Sí.
Me hizo un guiño.
—Hablaré con Alberto y Pablo y con lo que quede con ellos te digo, aunque si quieres venirte esta noche con nosotros… Tengo que hablar con ellos, los llamaré cuando llegue a casa, pero sé que quedaremos esta noche. Cena y unas copas, en plan tranquilos.
—Suena genial. Me vendrá bien despejarme con vosotros —acepté.
—Estupendo —sonrió—. Cuando sepa la hora te envío un mensaje, vendré a por ti.
Nos abrazamos de nuevo y nos dimos dos besos, como última despedida, por el momento.
Tiré del equipaje hacia la verja de la casa de mis padres, mientras que Damián se montaba en su coche.
Desde el otro lado levanté la mano hacia él y entonces, después de imitarme, se fue.
Yo me dirigí hacia la casa, por el camino que llevaba directo hasta ella, y sonreí al ver a Marisa esperándome en la puerta.
—Hola, cariño —me saludó, con los brazos abiertos.
Solté la maleta y la abracé con ganas.
—Hola —susurré.
—¿Qué tal ha ido el viaje? —me preguntó ilusionada.
Nos separamos y me frotó los brazos, sin dejar de sonreír.
—Lleno de descubrimientos.
—Eso es genial.
—Si yo te contara…
Suspiré.
Entramos en la casa y me dirigí hacia las escaleras, para subir a mi habitación.
—¿Te apetece un café o un té en el porche?
—Claro. Un café y dame unos minutos.
—Tranquila. Los preparo y te espero fuera.
Tuve que sonreír por lo entusiasmada que estaba por mi regreso, por eso mismo me olvidé de lo de encerrarme en mi habitación. Ya tendría tiempo después.
Le lancé un beso con la mano y fui a mi habitación. En ella dejé la maleta abierta encima de la cama y me descalcé, mientras sacaba el móvil del bolso.
Sonreí al ver los mensajes de respuesta de mi familia. En el de mi madre me decía que en una hora ella y mi padre estarían en casa.
Dejé el teléfono en la habitación y bajé al encuentro de Marisa, la que ya me esperaba en el porche, sentada cómoda en un banco con asiento acolchado que había en un lateral de la mesa.
Me puse a su lado y le sonreí cuando me acercó la taza de café con leche.
—Cuéntame cómo es Milán —me pidió emocionada.