Capítulo 49
—No es verdad, no me has olvidado.
Dio un paso hacia mí.
—Sí que es verdad.
Bufé.
Yo di otro hacia atrás, manteniendo la distancia.
—Pues yo no te he olvidado ni te he superado.
Solté una carcajada, una muy falsa.
—Qué poca vergüenza tienes. —Lo señalé con rabia—Te creí, pensé, pensé que realmente estabas muy ocupado con el trabajo y por eso no me prestabas mucha atención, desde que regresamos a nuestras casas del viaje. —Tragué saliva—. Fui muy tonta contigo, desde el principio, pero la culpa es solo mía.
—Carina…
—No vuelvas a pronunciar mi nombre, lo ensucias al decirlo.
Caminé de nuevo hacia atrás. Pasé por al lado de una papelera y después de beber un buen trago del cóctel, me deshice del vaso lanzándolo a la papelera.
—Déjame en paz, Romeo. Ya has jugado bastante conmigo.
—¡Nunca he jugado contigo, joder!
—¡A mí no me alces la voz!
—Pues permíteme que me explique.
—No me apetece, pero, sobre todo, no me interesa oír nada de lo que digas porque no voy a creerte.
Nos quedamos en silencio, mirándonos fijamente. Podía sentir las miradas de las personas que pasaban a nuestro lado, pero poco me importó.
—Solo quiero saber dos cosas —susurré.
—¿Qué? —me preguntó con la voz ronca.
—¿La empresa de tu padre va mal?
—Sí, está pasando por un bache. Pero solo es eso, como puede sucederle a cualquier empresa. No es el final ni lo será. He conseguido inversores, por lo que arreglaré la situación. Es cuestión de meses. Mi madre no tiene ni idea de nada y se ha metido donde no la llaman.
—Inversores… —Negué con la cabeza—. ¿Cómo tu futuro suegro? ¿El padre de tu querida Sofia Rossi? Qué rápido has sido.
—He dicho inversores, en plural. Y no, no tienen nada que ver con el padre de esa mujer, el que por cierto no va a ser mi suegro.
—Ya… Lo segundo que quiero saber es si Marco y tú os acercasteis a Julia y a mí en la piscina del resort con una intención clara. Sabíais quienes éramos, al menos en eso no mentisteis.
—Carina…
—Vale, acabas de responderme.
Solté una carcajada que me produjo más dolor.
—Y hazme un favor, no menciones a tu madre delante de mí, si no quieres que te diga unas cuantas verdades sobre ella que no van a gustarte nada. —Hice una pausa, sintiendo que estaba a punto de venirme abajo.
—Todo lo que ha pasado no ha sido cosa mía. —Tragó saliva.
—¡No me mientas más! Si fuera cierto habrías corrido para encontrarme, no habrías parado hasta que te escuchara. —Volví a señalarlo con un dedo.
Era eso o se lo clavaba en un ojo.
—Si te hubiera importado un poco habrías hecho un maldito comunicado o lo que mierda se haga para salir en la prensa. Habrías negado las palabras de tu madre y las noticias de los artículos que hablaban de ti. No has hecho nada, absolutamente nada.
—No tienes ni puñetera idea de lo que he hecho, joder.
Se pasó las manos por el pelo.
—Nunca desmiento nada de lo que dicen de mí porque me importa una mierda.
Yo sigo con mi vida como si nada. Siempre ha sido así.
Pero si hubiera sabido que estabas en Italia…
cuando me enviaste el mensaje con tantos datos y descarté la posibilidad de que estuvieras aquí, di por hecho que te habías enterado de alguna otra manera.
—No te creo —susurré.
—Carina…
—Que no digas mi nombre, joder. Tú y tu hermano sois iguales, al poco de enviarte el mensaje, descubriéndote, Marco bloqueó a mi hermana.
—Yo no respondo por él. Lo que haga o deje de hacer es cosa suya, te aseguro que no tengo nada que ver con ello. Y por si te interesa saberlo, sé que va a hacer algo para ponerle solución.
—Suerte con eso —sonreí de medio lado—. A ver qué tal se las apaña con mi hermana.
—Desde que te conocí en el viaje no he estado con nadie más.
Cambió de tema volviendo a nosotros y negué con la cabeza. No quería escucharlo.
—No vuelvas a seguirme —le pedí susurrando.
—Dame una oportunidad para poder hablar tranquilamente.
—Ya has tenido más de lo que te mereces. Adiós, Romeo.
—No puedes estar hablando en serio… Creí que te importaba, creí que habías comenzado a quererme.
—Y por quererte tanto me has roto. —Tragué saliva.
Mis palabras le afectaron, eso, o es que era mejor actor que mi hermano en el trabajo.
Romeo dio un paso hacia mí, suplicándome con la mirada que no me fuese.
Pero yo no podía aguantarlo por más tiempo, estaba a punto de colapsar y no quería llorar delante de él, porque eso era abrirle mis sentimientos, unos que no se merecía.
Tragué con dificultad, antes de dar el siguiente paso.
—Adiós —susurré, definitivamente.
Le di la espalda y comencé a caminar, pero en esta ocasión despacio. Tuve la certeza de que ya no me seguiría y así fue, porque lo vi de reojo cuando crucé una calle, en el mismo sitio que lo dejé.
Con mucha presión en el pecho y respirando profundo, porque me faltaba el aire, continué andado. Di una vuelta más grande para llegar al apartamento, mientras me despedía llorando de las calles de Milán. No las vi realmente, porque las lágrimas me nublaban la vista.
Cuando entré en el apartamento mi hermano y Damián todavía no habían llegado. Di gracias por ello, para que no me vieran en este momento. No quería preocuparlos, ni mucho menos fastidiarles la noche.
Le escribí un mensaje a mi hermano para decirle que acababa de llegar y fui directa a la habitación. Tal y como le dije a Dy le saqué al salón sus cosas, lo que iba a necesitar: el pantalón del pijama, el cepillo y la pasta de dientes, la almohada y el cargador para el móvil.
Se lo dejé todo en el sofá y me encerré en la habitación. Me aseguré de dejar la puerta bien encajada, antes de ir al baño. Al salir cogí el móvil del bolso, me quité la ropa y me puse el pijama, todo en automático y sin dejar de llorar.
No tenía fin con las lágrimas.
Me senté en el borde de la cama mientras ponía la alarma para despertarme temprano al día siguiente, aunque sabía que no hacía falta porque Damián y mi hermano también lo harían.
Me metí en la cama y me cubrí con la sábana, porque, a pesar de que hacía calor, yo estaba temblando. Sabía que no tenía nada que ver con la temperatura exterior, sino con lo mal que me sentía.
¿Por qué había tenido que ver a Romeo en mi último día en Milán? Porque el día siguiente no lo contaba, ya que Damián y yo teníamos que estar en el aeropuerto a las diez y media.
Mi hermano se las había ingeniado para estar con nosotros hasta las nueve y media, por lo que nos levantaríamos temprano y bajaríamos a desayunar a una cafetería, con las maletas. Desde ahí Damián y yo cogeríamos un taxi hasta el aeropuerto.
Lloré sin contenerme al estar sola y cuando estaba agotada, realmente sin fuerzas después de bastante tiempo, escuché abrirse la puerta principal del apartamento.
Tragué saliva, me limpié la cara con las manos, rápido, y me quedé en silencio, porque sabía que mi hermano abriría la puerta de la habitación para comprobar que yo estaba bien.
Así fue, no tardó en hacerlo. Entró descalzo, silencioso.
Mantuve los ojos cerrados para que pensara que estaba dormida y tuve que contener el llanto cuando vino hacia mí y me dio un beso en la cabeza.
Por suerte la claridad del pasillo no era suficiente para que se diera cuenta de mi gesto contenido. En cuanto salió cerrando tras de sí volví a llorar, pero en silencio.
Pensaba que la noche sería larga, que no podría parar por el vacío tan grande que sentía, pero me equivoqué porque de tanto llorar terminé agotada del todo.
El sueño me venció sin que me diera cuenta, caí en uno muy profundo.