Capítulo 48
Por suerte nos separaba la terraza del restaurante y algunos metros de la zona peatonal.
—Hecho.
Me sobresalté al escuchar al chico que apareció con mi bebida en una mano.
—Gracias —susurré.
Podía seguir haciéndome la fuerte, siempre y cuando no viera a Romeo. Mientras que no supiera nada más de él podía sobrellevarlo y aparentar una normalidad que no sentía. Pero así, sabiendo que estaba a mi espalda, cuando creía que ya no volvería a verlo más…
Del malestar, los nervios y la tristeza comencé a sentir rabia por lo que me había hecho, por el descaro de su familia y por la cara tan dura de ese hombre. Mi rabia fue en aumento y tuve que contenerme, mucho, para mantenerme en el sitio.
No valía la pena ir a por él y comenzar una discusión, por mucho daño que me hubiera hecho. Lo único que quería era olvidarme de él. Todavía dolía demasiado.
Pagué mi bebida y sin girarme, me moví hacia un lateral de cara a la vitrina. Sorbí de la cañita de mi bebida. El sabor era tan rico que volví a hacerlo varias veces más. Llevaba alcohol, pero estaba tan dulce que entraba como el agua.
Un peligro, lo sabía, pero en ese momento era justo lo que necesitaba para pasar el mal rato.
Mi móvil vibró en el bolso y lo saqué. Mi hermano me había enviado un mensaje.
Dylan: Te has ido a traición, ¿eh? Ya te lo haré pagar. Por cierto, gracias por la oportunidad que nos has dado esta noche. Te quiero infinito. ¿Qué haces ahora? ¿Te has parado a tomarte algo? ¿Ya estás en el apartamento o cerca de él?
Tecleé la respuesta con las manos temblorosas, pero con una pequeña sonrisa.
Carina: De traición y de pagar nada de nada, que lo he hecho con todo mi corazón —le puse un guiño y un beso—.
Estaba paseando, pero ahora estoy parada porque me he pedido una bebida.
Ya voy hacia el apartamento, me la tomaré de camino.
Yo también te quiero infinito. Disfruta de la noche y ni se te ocurra venir a la cama de la habitación.
Te dejaré todo lo que necesitas fuera y cerraré la puerta, así que tenéis el resto del apartamento para vosotros.
Dylan: Disfruta también, cariño, y cuidado con lo que bebes.
Carina: Mientras que llegue al apartamento está bien, el cómo no importa.
Dylan: No hagas que vaya a buscarte…
Carina: Ja, ja, ja… como si fueses a encontrarme. Dime que le has dado un beso de tornillo a Damián y que lo has dejado loco. El pobre últimamente no gana para poner los pies en la tierra. Ja, ja, ja…
Dylan: ¿De tornillo? ¿En serio?
Carina: Ja, ja, ja… ¿Cómo va por ahí?
Dylan: Ya no estamos tan tranquilos.
Carina: ¿Y eso?
Dylan: Ha aparecido una pequeña banda de música y tienen un buen repertorio de canciones por tocar. Me parece que va para largo. Damián ha tenido que levantarse para escuchar bien, porque lo ha llamado su padre. Lo miro desde lejos y no me creo que tenga la felicidad tan a la mano.
Carina: Pues créetelo, hermanito. Ya va siendo hora. En cuanto hables con mamá podrás soltar la bomba al mundo.
Dylan: Ahora que estoy seguro de ello no veo el momento.
Carina: Y no sabes cómo me alegro. Te dejo. ¿Vale? Es que estoy parada frente a la vitrina del restaurante en el que me he pedido la bebida, porque no quiero que se me caiga con el móvil en la otra mano. Voy ya para el apartamento, estoy a varias calles.
Dylan: Vale, cariño. Ten cuidado y escríbeme cuando estés allí, para quedarme tranquilo.
Lancé el móvil dentro del bolso y sorbí de la cañita varias veces, antes de atreverme a mirar hacia atrás.
Cuando lo hice tenía el camino despejado, Romeo y Marco ya no estaban, lo que fue un gran alivio.
Me despedí del chico que me había atendido, ya que se encontraba cerca, y me giré para largarme del sitio. De repente me entraron muchas ganas de encerrarme en el apartamento, para sentirme a salvo el resto de las horas que quedaban hasta que me fuera de Milán y de este país.
Caminé por el camino central que separaba las mesas de la terraza del restaurante, bebiendo de mi bebida.
Ya tenía el vaso casi a la mitad, otro motivo más por el que me urgía llegar al apartamento, porque tenía muy claro que el alcohol me subiría. Y no tardaría mucho porque ya comenzaba a notar algunos efectos.
O tal vez me había emborrachado y no me había dado cuenta, porque me pareció escuchar algo que no podía ser. Igualmente, por si acaso, aceleré los pasos.
—¿Carina?
—Joder, joder… Mierda —gruñí.
Como para no reconocer la voz que había pronunciado mi nombre varias veces, llamándome.
¿Cómo había cometido ese fallo? Había dado por supuesto que Romeo había desaparecido, en vez de asegurarme y descartar la mínima posibilidad de que se hubiera ocupado una mesa de la terraza del restaurante del que yo me alejaba.
Me cagué en todo, pero, sobre todo, en Romeo que volvió a llamarme.
—Carina.
En esta ocasión no hubo duda en su voz. De todas maneras, no me paré, vamos ni intención tenía de hacerlo.
Caminé más rápido y comencé a mezclarme con la gente que caminaba por la zona peatonal. Al cabo de unos minutos, cuando me había separado bastante de la terraza, me paré para mirar hacia atrás.
Necesitaba asegurarme de que estaba completamente sola, antes de llegar a la calle del apartamento. No iba a…
Solté un pequeño grito al encontrarme con la cara seria de Romeo, a tan solo unos pasos de mí.
—¿Qué mierda haces? ¿Por qué me sigues? —le pregunté, apuntándolo con el vaso del cóctel.
—¿Yo? ¿Qué mierda hago yo aquí? —Se señaló, el muy descarado—. Eres tú la que has salido huyendo y eres tú la que estás en mi país.
—Ja, ja, ja… —reí sin humor—. Tu país… ¿Qué pasa? ¿Es que eres dueño de él o qué? Como si tuviera que dar explicaciones de que estoy aquí. No te digo…
Bufé.
—Además. ¡Qué no me hables! ¡No quiero saber nada de ti! Te lo dejé bien claro en el mensaje que te envié.
—Oh, sí, el mensaje por el que te he escrito varias veces y me has ignorado.
—Por supuesto y seguiré ignorándote porque me das asco y no quiero saber nada de ti y de tu familia.
—Asco…
—Eso he dicho.
—No es lo que recuerdo.
—Solo hacen falta segundos para mandar los recuerdos a la mierda. Déjame tranquila.
Me giré de golpe y comencé a caminar, hasta que pasados otros minutos miré hacia atrás, para…
—¡No me lo puedo creer! ¡Qué dejes de seguirme! —grité, al encontrarme de nuevo con Romeo.
—No tenía ni idea de que estabas aquí —dijo como si hablara para sí mismo—.
Yo… llamé a tus padres y no conseguí sacarles ninguna información.
Necesitaba hablar contigo. No entendía cómo te habías enterado de una noticia italiana, estando en España.
Pensé que habías venido, pero no sé porque descarté esa idea.
—Como descartas todas las cosas de tu vida.
—No te pases. No me conoces —me echó en cara.
—Ja, ja, ja… exacto, ni tú tampoco me conoces a mí.
—Necesito hablarte de lo que ha pasado, necesito…
—Qué mala suerte para ti porque me importa poco y nada lo que tú necesites. Yo he necesitado muchas cosas que no he tenido, así que aprende a lidiar con tus frustraciones. Olvídate de que existo, yo ya te he olvidado.