Capítulo 47
Sonreí mientras mi hermano le sacaba una foto a Damián, o al menos lo intentaba, porque a Damián no le gustaba ninguna de las que le había sacado hasta ahora.
Yo los observaba sentada en la terraza de un bar.
Eran las diez y media de la noche, llevábamos aquí unos diez minutos, aproximadamente.
Cogí mi vaso y me la llevé a los labios. Me había pedido un mojito, mi hermano y Damián algo con ginebra. No me había quedado con el nombre.
Desde que sabía que se querían, a veces, me quedaba embobada mirándolos. En la calle, lejos de la intimidad, no lo aparentaban, en el sentido de pareja. Todavía no, para eso faltaba un poco.
Principalmente porque mi hermano primero debía y necesitaba hablar con nuestra madre, en persona, lo que no sucedería hasta que Dy se fuese de Milán.
Para eso faltaban semanas y llegado el momento, mi hermano no regresaría junto al resto de su equipo a la ciudad donde llevaba viviendo una buena temporada, por el rodaje.
Se retrasaría un día porque de Milán viajaría directo a nuestra casa familiar, donde realmente él también vivía.
Entonces tendría la conversación que terminaría de liberarlo.
Julia mantenía el secreto a salvo. Ella se quedó loca al saberlo todo, hasta me preocupé porque cuando dejé de hablar no dijo nada. Se mantuvo en silencio al otro lado de la línea y pensé que le había dado algo, por el alcohol, la impresión y las emociones.
Eso hasta que chilló, claro, y me dejó sorda.
En otro momento del día mis hermanos hablaron y Dy pudo sincerarse con Julia. Resumen, que terminamos los tres llorando, mientras que a Damián le costaba creérselo del todo.
—Joder, Dylan. ¿En serio? ¿Dónde mierda estabas enfocando?
La voz de Damián me sacó de golpe de mis pensamientos.
Sonreí, viendo cómo caminaban hacia mí.
—Deja de quejarte. —Bufó mi hermano—. La foto está perfecta. —Le puso la pantalla delante de la cara.
—Mis huevos están perfectos —se quejó Damián.
—Esos también, sí —dijo Dy.
Fue un comentario espontáneo, natural, por el que ambos se pararon, mirándose.
Soltaron una carcajada al unísono y yo no pude hacer otra cosa que reírme con ellos.
Cuando llegaron a la mesa ocuparon sus sillas y bebieron de sus copas.
—¿Es o no, perfecta? —me preguntó mi hermano, alargando el tema de las fotos.
A Dy se le daba fatal perder y que le sacaran fallos a lo que hacía. Apreté los labios y fijé la vista en la pantalla del móvil.
Damian se cruzó de brazos, mirándome expectante para que le diera la razón.
—Bueno —carraspeé—. Lo de las fotos no es tu fuerte —le di la respuesta.
—No me lo puedo creer —se sorprendió mi hermano, por no apoyarlo.
Damián soltó una carcajada.
—Lo sabes de sobra —reí—. Eres el primero en decirlo siempre.
Me encogí de hombros.
—Pero esta foto está bien —insistió.
—Si querías que saliera todo menos Damián, sí.
Damián se dobló de la risa y mi hermano bufó de nuevo, varias veces. Yo le hice un guiño, al mismo tiempo que cogía mi vaso para darle otro sorbo al mojito.
—No me pidas más fotos —le dijo mi hermano, mosqueado.
—Se ha enfadado —se dirigió a mí Damián.
—Sí —le confirmé, haciendo un esfuerzo para no reírme.
—Voy al baño.
Dy cortó la conversación y se levantó. Se alejó de nosotros serio, para entrar al interior del bar.
—¿Me he pasado? —me preguntó Damián, dudando.
—No te preocupes, es su mal perder —le sonreí—. Se le pasará rápido.
—Joder, ya lo sé.
Se pasó una mano por el pelo, sin dejar de mirar hacia donde había desaparecido mi hermano. Le agarré la otra con la mía, por encima de la mesa.
—Voy a irme.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque sí —le sonreí—. Porque es la última noche aquí y quiero que la paséis solos. A partir de mañana tardaréis en veros.
—Pero, Cari, no hace falta que…
—Y tanto que sí. Además, me apetece perderme un poquito por Milán, aunque no tengo la intención de tardar en ir al apartamento. Llevo la llave, mi hermano tiene la otra.
—A tu hermano no va a gustarle, me lo vas a dejar peor de como se ha puesto.
—No tengo dudas de que sabrás llevarlo por donde quieras y apaciguarlo.
Le hice un guiño.
Me levanté con el bolso en una mano y me incliné hacia él, para darle un beso en la mejilla. No necesitaba más, el móvil no lo había sacado del bolso.
—Ten cuidado —me pidió.
—Claro —le sonreí—. Me voy antes de que salga Dy, porque entonces sí que no me dejará irme.
Reí y él negó con la cabeza.
—Ni se os ocurra venir detrás de mí —le advertí.
Lo señalé con un dedo y de esa manera comencé a caminar hacia atrás, hasta que lo hice reír. Entonces me giré dándole la espalda y me alejé sin esperar ni un segundo más.
Me mezclé con la gente, pero no me fui. Me quedé en un sitio en el que no me veían, pero yo sí a ellos. Al menos a Damián por ahora. Sonreí cuando mi hermano salió y fue hasta él.
Se sentó y después de unas cuantas palabras hablando de mí, lo sabía de sobra, mi hermano se levantó dispuesto a buscarme. Damián lo agarró del brazo y lo retuvo junto a él. Le dijo algo que provocó que mi hermano bajara la mirada y se quedara observándolo por un largo rato.
La mano de Damián bajó del brazo de mi hermano hasta su mano y sonreí de oreja a oreja cuando se la agarró y entrelazaron los dedos. Dy se sentó y no solo eso, sino que ambos acercaron sus sillas.
Moría con ellos.
Me quedé con las ganas de ir corriendo hasta la mesa, para lanzarme encima de los dos y comérmelos a besos. Por supuesto que no lo hice, porque si me acercaba mi hermano no me dejaría irme otra vez.
Sintiéndome satisfecha con la decisión rápida que había tomado me fui de la zona, caminando con calma.
Había mucho ambiente por las calles, Milán estaba muy vivo a todas horas. Era una gozada.
Me paré en un bar para pedirme un botellín de agua, ya que estaba sedienta, y seguí moviéndome sin rumbo, pero aproximándome cada vez más a la zona donde se encontraba el edificio del apartamento.
Al cabo de un rato vi salir a un grupo de chicas de un local, con vasos de plástico. Estos contenían bebidas de colores en su interior. Me llamó mucho la atención y me acerqué, porque como no me había dado tiempo a tomarme el mojito…
Se trataba de un restaurante, pero tenía una parte exterior de venta de bebidas para llevar, así como helados. No me lo pensé y me acerqué.
Cuando me paré frente a la vitrina del expositor miré las variedades de los helados, con la tranquilidad de que no había nadie para atenderme.
—Hola.
Levanté la mirada al chico que me habló.
—¿Un helado?
—Unas chicas han salido de aquí con bebidas de colores y me ha llamado la atención.
—Ah, sí.
Señaló a su espalda y entonces vi los vasos vacíos y varias botellas.
—Aquí tienes la carta con los cócteles.
—Gracias.
La agarré, la miré y se lo dije rápido. No me costó elegir. El chico me comentó que enseguida lo tendría, con una sonrisa. Le devolví el gesto y me aparté a un lado de la vitrina.
Estaba esperando tranquilamente cuando algo me llamó la atención. Vi pasar por delante de mí, a varios metros de distancia, a dos personas que reconocí al instante.
Mi primera reacción fue contener la respiración y girarme, para darles la espalda. ¿Cómo podía tener tan mala suerte de encontrarme con Romeo mi última noche en Milán? Y no iba solo, a su lado estaba su hermano Marco.