Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 46
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Capítulo 46

—Han pasado seis años, Dy, seis años que lleváis juntos tú y Damián.

Y no me digas que no es así porque la necesidad que me transmitiste anoche cuando te acercaste a él, y el miedo que percibí…

para ti son seis puñeteros años completos, con sus días y sus noches, intensos a más no poder porque has estado sufriendo y callado.

Me callé, dándole tiempo para que fuese procesándolo todo. Ambos estuvimos en silencio durante un rato.

—¿No te gustaría poder vivir tu amor con Damián, como a vosotros os dé la real gana?

—Llevo soñando con eso mucho tiempo.

Cerró los ojos, mientras que a mí se me humedecían.

—Convierte tu sueño en una realidad, Dy —le pedí—. Lo tienes tan al alcance… Y ya no solo por ti.

—¿Qué quieres decir? —Giró la cabeza hacia mí.

—Que no quiero imaginarme lo que ha tenido que pasar Damián por respetarte. La impotencia y la desesperación que ha debido sentir. La rabia por cada nueva noticia en la que se te ha relacionado con mujeres, durante años. Todo.

—Él sabe que nada era verdad. —Tragó saliva—. He estado con muchas mujeres, pero no después de él.

—Pero eso no quita que no duela igual, porque amas a esa persona. Y está claro que os amáis. Lo que no entiendo es que Damián te pida a ti que dejes de ocultarte y él lo haya hecho siempre —dije pensativa—. Vamos, es que ni por asomo lo he visto venir de él. También me ha tenido muy engañada.

—Muchas personas saben lo de Damián, comenzando por su familia y siguiendo por sus mejores amigos, Pablo y Alberto, y su entorno más cercano. Nadie más necesita saberlo porque es su vida privada y no le gusta exponerse. Pero eso cambiaría si yo doy el paso, está dispuesto a cambiarlo.

—¿Qué quieres decir?

Me incorporé para quedarme sentada.

—Me lo ha dejado claro muchas veces —suspiró—. Si doy la cara y me muestro como soy, él me acompañará en todo momento. Por mí se expondrá, aunque nunca se ha escondido al mundo ante la gente que le importa.

—Joder, qué bonito.

Hice un puchero.

—Pues Julia y yo no debemos importarle mucho —dije bromeando.

—Con vosotras siempre ha ido con mucho cuidado, por mí. Le vino bien echar mano a iniciar las bromas de que serías su mujer algún día.

Sonrió.

—Ahora entiendo realmente el final de la conversación que tuvimos anoche, antes de salir a cenar. Le dijiste a Damián que yo era sagrada, porque nos pillaste hablado de su cosita.

Soltamos una carcajada que amortiguamos con las almohadas.

—Y entonces yo te dije que no le decías nada cada vez que comenzaba con los comentarios de que soy la mujer de su vida. Claro, tu respuesta fue firme al decirme que eso no se lo creía ni él. Y Damián se quejó comentando que lo tenemos contento los hermanos.

Sonreímos.

—Joder, ahora también tiene sentido el momento en el que Damián se indignó, cuando me referí a su miembro como cosita , al sentirlo empalmado encima de mí.

Te pidió a ti que me dijeras que no era una cosita y, después de mi pequeño interrogatorio, tú me confirmaste que no lo era , haciendo alusión a que la tenía grande.

Agrandé los ojos. Dy cogió mi almohada y me dio con ella en la cara. Terminamos riendo.

—Diosss… —Me tapé la cara con las manos—. Pero…

—¿Qué?

—¿Cómo se empalmó por estar encima de mí? —pregunté con el ceño fruncido.

—Porque se quedó con las piernas un poco abiertas, con el culo hacia mí, y yo le agarré de los huevos.

—Oh, joder.

Solté una carcajada que le contagié.

—¿Cómo podéis despertaros con tantas energías y riendo?

Al escuchar a Damián giramos las cabezas hacia la puerta abierta. Él ocupaba el hueco, todavía con cara de dormido. Disimulé cambiar de posición, para mirar a mi hermano de reojo.

Joder, no podía negar que desprendía amor por él. Cómo lo miraba… con adoración.

Me levanté de la cama riendo, por la pregunta de Damián, y caminé hasta él.

Me paré delante y lo dejé sorprendido, y sin saber reaccionar, cuando lo abracé de repente y con fuerza.

—Gracias —susurré.

Cuando me separé le di un beso en la mejilla y él miró a mi hermano. No se hablaron, pero algo tuvo que ver Damián en mi hermano porque tragó saliva, emocionado, antes de volver a mirarme a mí.

Después de tanto ocultar algo tan grande, era normal que no se lo creyese. De esa manera me observó.

—Quédate un rato con él —le pedí sonriendo—. Tenéis que hablar.

Damián movió los labios, pero no consiguió hablar. Le hice un guiño y fui a la mesita de noche, para coger el móvil.

—¿Puedo hablar con Julia? —le pregunté a Dy.

Sobraba comentar para qué y, por supuesto, respetaría su palabra.

—Sí —susurró.

Ver cómo poco a poco se desprendía del peso tan grande que llevaba encima me provocó un nudo en la garganta.

—Vale —le sonreí.

Me apoyé en la cama, subí una rodilla y me incliné para darle un beso en la mejilla. Beso que me devolvió.

—¿Has visto qué fácil es, Dy? Yo te lo haré más fácil aún. Este solo es el comienzo.

Nos sonreímos.

—¿Estará despierta tan temprano? —me preguntó por nuestra hermana.

—Ni idea, pero voy a intentarlo. Y tranquilo, le dejaré claro que mamá no lo sabe y que no puede escapársele. Eres tú quién tiene que hablar con ella.

Asintió, mirándome con cariño.

—Joder, voy a llorar —reí—. Te aconsejo que pongas ahora mismo el móvil en modo avión o que lo apagues directamente, porque Julia no te dará tregua en cuanto le cuente lo vuestro. Vuestra historia.

Miré a Damián. Si le quedaba alguna duda de hasta dónde sabía yo acababa de confirmárselo. Él no salía de su asombro.

—Tomaros vuestro tiempo, porque lo mío con Julia va para largo —les dije riendo, mientras caminaba hacia la puerta—. Te robo la cama del salón, Damián. —Le hice un guiño.

Todavía no se había movido del hueco de la puerta, por lo que lo agarré de las manos y tiré de él, para que entrara en la habitación. No reaccionaba.

—Ah, la puerta —dije agarrando el pomo—, que en mitad de la noche ya os escuché bastante, en directo.

Mi hermano bufó al imaginarse la situación, pero después soltó una carcajada.

Le hice otro guiño a Damián, quien me miraba con los ojos a punto de salírseles.

Mientas cerraba la puerta no pude contener la carcajada que me nació, al ver lo alucinado que lo había dejado. Todas sus emociones se reflejaban en su cara.

En el pasillo, esperé unos segundos a que…

—Ven aquí —escuché a mi hermano y sonreí de oreja a oreja.

Me fui al salón feliz, a pesar de cómo estaba mi situación sentimental.

En cuanto me acomodé en la cama del sofá desbloqueé el móvil y marqué el número de mi hermana. Me reí sola porque ella descolgó al segundo tono, por la suerte que tuve.

—¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loca? Joder, que tengo una migraña de campeonato —se quejó y lamentó—. No sé cuánto bebí anoche. —Bufó.

—Ya lo veo, no te acordaste de poner el móvil en silencio.

—Te odio.

—Me amas.

—Sigue creyendo eso si te hace feliz.

Reímos.

—¿Estás sentada? —le pregunté.

—Definitivamente estás loca. Estoy tumbada en la cama, como debe ser.

Reí.

—Perfecto, porque no quiero que te des un mal golpe si te desmayas. Tengo que contarte algo muy importante, grandioso. Vas a quedarte muertecita cuando lo sepas, pero tan feliz como yo. No tengo dudas sobre eso.

—¿Qué dices?

Se despertó de golpe. No me hizo falta estar a su lado para saberlo.

Sonreí de medio lado y comencé a hablar, sin alzar mucho la voz, aunque la parejita que estaba en la habitación no iba a enterarse de nada. Con las cosas tan interesantes que tenían por delante… entre ellas hablar largo y tendido, también.

Como sabía que la conversación con Julia se extendería mucho, me levanté para ir a la cocina. Me preparé un café con leche, mientras no dejaba de hablarle a Julia.

Cuando regresé a la cama del salón con mi café, ya había perdido la cuenta de todas las veces que mi hermana había gritado, por cada sorpresa que escuchaba.