Capítulo 44
Después de la noticia que saltó sobre la familia Galli, sobre el estado amoroso de Romeo Galli, el mellizo más deseado de la alta sociedad italiana, nos han llegado datos nuevos que pueden dar un giro a la trama que se ha montado en torno a él, en poco tiempo.
El tema está caliente y todo el mundo quiere seguir al día la noticia, mientras muchos y muchas suspiran por Romeo.
Hay que tener presente que son solo rumores, no podemos verificarlo, pero cuando los rumores suenan es por algún motivo.
Resulta que la compañía aérea de la familia Galli no está pasando por su mejor momento.
Se comenta que es por eso por lo que la madre de Romeo, Greta Ricci, ha querido presionar a su hijo para que tome la decisión más acertada.
El propósito es unir a dos familias poderosas, la suya y la de su futura mujer.
Dato importante, ambas chicas sobre las que se especula tienen un nivel económico muy elevado y unas posiciones privilegiadas.
¿Verdadero o falso? Os seguiremos informando.
—¿Será cierto? —me preguntó mi hermano.
Dy era el que había encontrado la nueva actualización sobre la alta sociedad italiana, el nuevo artículo, mientras leía por encima algunas otras noticias.
—Ni lo sé ni me importa —contesté, encogiéndome de hombros—. Pero le tengo unas ganas a esa mujer…
Bufé.
—¿A la Sofia Rossi? —Quiso saber Damián.
—Nooo… Esa chica no me ha hecho nada. Bastante tiene la pobre con verse metida en algo así —suspiré.
—A lo mejor le va la marcha y está encantada por conseguir a Romeo —comentó mi hermano.
—Tal vez. —Cerré los ojos—. Pues tiene el camino libre completamente, si no hay otra candidata más por ahí que a Greta le interese para su hijito y para conservar su estatus. Si es que es verdad que necesitan el dinero para salvar la empresa aérea.
Estábamos sentados cómodos en el sofá, con la tele encendida, aunque ninguno de los tres le hacíamos caso. La película que pusimos hacía tiempo había pasado desapercibida, porque nos pusimos a hablar de unas cosas u otras.
Cada uno teníamos un bol con palomitas sobre las piernas estiradas. Nuestros pies reposaban en un puf alargado e independiente del sofá, por lo que podíamos moverlo a nuestro antojo. En los boles ya solo quedaban las últimas palomitas.
Eran las siete y media de la tarde, hoy mi hermano había llegado al apartamento un poco pasadas las cinco y habíamos estado los tres disfrutando en plan tranquilos.
—¿Os apetece perderos por las calles y cenar fuera? —nos preguntó mi hermano.
Se impulsó para echarse hacia delante y nos quitó los boles vacíos, los que colocó en la mesa baja junto al suyo.
—Estaría bien que nos diera el aire —comentó Damián.
Ambos me miraron.
—¿Vais a dejar que me emborrache?
—¿En serio?
—Si lo necesitas, por supuesto —me confirmó Damián, con un guiño.
—Cállate, no la animes. —Le dio un ligero empujón mi hermano.
Damián soltó una carcajada y se lo devolvió. Tuve que levantarme de sofá, para que no me llevaran por delante, pero no llegué muy lejos porque mi hermano me alcanzó y tiró de mí, para que cayera encima de Damián, que a su vez estaba encima de él, en una batalla improvisada.
Terminamos los tres riendo y sin fuerzas en el sofá, tumbados de cualquier manera y con las respiraciones alteradas, por el esfuerzo.
Damián se levantó al cabo de un rato para ir al baño.
—Me encanta verte así —me dijo mi hermano.
Mi sonrisa regresó y me acerqué a él para darle un beso en la mejilla. Después apoyé la cabeza en su hombro.
—Damián me ha dicho que has estado muy triste esta mañana.
—Damián es un chivato.
—Se preocupa por ti, más de lo que te crees, y por mí también, por eso me mantiene al tanto y está pendiente de ti.
—Lo sé —susurré—. No lo he dicho a malas.
—Lo sé —repitió y sonreímos—. Es muy buen tío.
Nos quedamos en silencio, abrazados, mientras las respiraciones se nos normalizaban.
—Entonces ¿te apetece salir?
—Claro. Estoy en Milán.
Rio.
—¿Cómo va el rodaje?
—Genial, según lo previsto. Vamos bien de tiempo.
—Me alegro.
—¿Has tenido la sensación alguna vez de hacer lo que más te gusta, pero que eso mismo te haga sentir raro?
—¿Qué quieres decir?
Me incorporé despacio y él hizo lo mismo Nos quedamos sentados.
—No lo sé. —Respiró profundo—. Sinceramente no tengo ni idea.
Se pasó las manos por el pelo.
—Noto que me falta algo, pero siento pasión por mi trabajo.
—Hay temporadas que todo nos supera.
Le acaricié el pelo, retirándoselo de la frente. Mi hermano era guapísimo, un bombón de hombre, y para mí era mi persona favorita del mundo.
—Será eso.
—¿Te ha pasado algo?
—No. No te preocupes. —Se inclinó para darme un beso en la frente—. Vamos a cambiarnos.
Asentí y nos levantamos del sofá. Cuando nos giramos hacia el pasillo nos encontramos a Damián. Nos sonreía apoyado en el marco de la puerta. Al pasar por su lado le di un beso en la mejilla y continué hacia la habitación.
—¡Te tengo en el bote! Si yo sé que no puedes vivir sin mí —me dijo.
Solté una carcajada y la sonrisa no se me borró mientras me vestía.
Me puse un pantalón largo de tela muy fina y suelta, y un top que quedaba genial con el pantalón. Me calcé unas sandalias. Me cepillé el pelo dejándomelo suelto, solo agarrado en un lateral con horquillas.
Lo último que hice fue aplicarme máscara de pestañas y pintarme los labios, nada más porque tenía un color muy bonito en la piel.
En cuanto vi a mi hermano tuve claro que esta noche sería el responsable de muchos suspiros, y no tuvo que arreglarse casi nada para eso.
—Tío bueno —le dije, silbando, cuando pasó por mi lado para entrar en el baño.
Reímos y lo dejé tranquilo para que terminara. Cogí el bolso, metí el móvil, y me reuní con Damián en el salón. Lo pillé abrochándose el pantalón vaquero, que era lo único que le faltaba para estar preparado para irse.
—Perdón.
—No pasa nada. Igualmente, no habrías visto nada nuevo.
Me hizo un guiño.
—Si hombre —reí.
—Joder, me refería a otros tíos. No a mí —se unió a mis risas.
—Ya decía yo —dijo mi hermano a mi espalda—. Ha faltado poco para que salte sobre ti. Mi hermana es sagrada.
Sonrió.
—Pues no le dices nada cada vez que me dice que soy la mujer de su vida —le hablé con humor.
—Porque eso no se lo cree ni él —fue la respuesta de Dy, encogiéndose de hombros.
—Me tenéis contento los hermanos —se quejó Damián.
Después de poner los ojos en blanco bufó, haciéndonos reír.
Nos fuimos del apartamento y en la calle comenzamos a caminar con calma, dando un paseo. Me agarré de los brazos de ambos y de esa manera llegamos a una zona peatonal que tenía mucho ambiente. En ella había bares y restaurantes, y las terrazas de ambos estaban bastantes llenas.
Alargamos el paseo y sobre las nueve de la noche elegimos una trattoria que nos encantó desde fuera.
Escogimos una mesa en la terraza, hacía una noche estupenda y una temperatura muy agradable, y cuando la ocupamos, pedimos el vino de la casa, por recomendación del camarero que se acercó a atendernos amablemente.
Cenamos de maravilla, toda la comida estuvo deliciosa. Los tres tuvimos claro que el lugar se posicionó el primero en nuestra lista de favoritos, por lo que vendríamos a menudo. Mi hermano más, durante toda su estancia en Milán.
Me dejaron beber todo lo que quise, Dy se contuvo para no frenarme y lo agradecí porque era lo que necesitaba.
Por mucho que aparentaba normalidad, por mucho que reía y me mostraba despreocupada en muchos momentos, mi herida interna cada vez sangraba más. No quería preocupar a ninguno de los dos, ni mucho menos darle el viaje a Damián, de manera que continuaría callándome y fingiendo, por esta vez.
Ya tendría tiempo para venirme abajo cuando estuviera en casa, aunque la opción de irme unos días sola cada vez tenía más peso.
Necesitaba dejar de aparentar lo que no era, porque estaba agotando mis fuerzas de tanto que lo hacía.
Dolía y necesitaba mi espacio y mis tiempos para curarme del desengaño tan grande que me había llegado.
Culpa mía todo, lo sabía, porque ante la primera duda que tuve con Romeo tendría que haber frenado cualquier avance. ¿A quién quiero engañar? Me habría dejado convencer, creyéndolo, porque lo deseé mucho desde el principio.
Solté un suspiro, abrazada a mi hermano. Caminábamos de vuelta al apartamento. Cuando entramos en él le deseamos buenas noches a Damián y continuamos hacia la habitación.
Nos quitamos la ropa y Dy se puso el pantalón corto con el que dormía. Era lo único que utilizaba. Yo me puse el pijama de pantalón corto y camiseta de tirantes.
Al terminar nos tumbamos en la cama y me abracé a él, cerrando los ojos.
Estaba mareadilla, por todo el vino que había bebido. Fue mucho, pero no tanto como para decir que estaba borracha. Aunque no hubiera podido regresar al apartamento sin ir apoyada en el cuerpo de mi hermano.
—Descansa —susurró.
—Igualmente —dije, pero hablé tan bajo que no supe si me escuchó.
Ya no me quedaban fuerzas, me sumí en un sueño profundo, sintiéndome arropada y protegida. Hasta que los ojos se me abrieron en mitad de la noche, o esa fue la sensación que tuve porque todo estaba muy oscuro y en silencio. No supe qué hora era.
Me desperté con mucha sed y me incorporé para coger la botella pequeña que solía tener en la mesita de noche. Al no encontrarla recordé que la última vez que bebí se me acabó y no la repuse.
Solté un suspiro y me giré hacia Dy, para asegurarme de no despertarlo. No estaba, su espacio se encontraba vacío, por lo que di por hecho que había ido al baño.
Sin encender ninguna luz me levanté de la cama para ir a la cocina, porque no podía volver a dormirme si no bebía. Al pasar frente a la puerta del baño de la habitación distinguí que la puerta estaba cerrada.
Salí al pasillo descalza y adormilada, pero me espabilé de golpe por la sorpresa inmensa que me llevé.
Me paré en medio del pasillo, a un par de pasos de llegar al salón, al escuchar a mi hermano hablar muy despacio.
—¿Estás despierto? —le preguntó a Damián.
—Sí —susurró el otro.
Estaba claro que se había despertado por mi hermano, no por él mismo.
—Te necesito —le dijo mi hermano.
Contuve la respiración asomándome más, para ver con la poca claridad que daba un punto de luz que alguno de los dos había encendido. Seguramente mi hermano.
Y por si no me había quedado descolocada, desconcertada, alucinada, en shock… la respuesta de Damián terminó por rematarme.
—Ven aquí —le pidió, agarrando a mi hermano de las manos.
Me tapé la boca al presenciar cómo se besaban en los labios y cómo se abrazaban. Se tumbaron en la cama del sofá con los cuerpos enredados y se quedaron así, compartiendo abrazos, caricias perezosas y besos.
Retrocedí sobre mis pasos, sabiendo que me había quedado sin beber hasta el día siguiente.
Cuando llegué a la habitación no quise ni hacer ruido en el baño, porque me hubiese encantado entrar para abrir el grifo y beber un poco. Después de lo que había visto tenía mucha más sed.
No quería que nada los alertara de que estaba despierta, por lo que me metí en la cama a tientas y una vez me tumbé, me giré hacia la puerta, con la vista fija en la oscuridad del hueco vacío.
—Joder… —susurré, al escuchar los primeros jadeos.
No eran ruidosos, pero había tanto silencio en mitad de la noche que era normal que se escuchara hasta el más mínimo sonido.
El tema se calentó enseguida y yo me tapé la cabeza con la sábana, a pesar de que tenía calor.
Tampoco me arriesgué a encender el aire acondicionado, me habría delatado y les habría cortado el rollo.
Mi intento de ocultarme no sirvió de nada, seguí sintiendo que estaba metiéndome en la privacidad de ambos, en su intimidad más íntima. Porque más íntimo y personal no podía ser lo que estaba sucediendo en el salón.
¿Cómo podía ser? No terminaba de creérmelo, incluso me pellizqué para asegurarme de que no estaba soñando. Me hice daño, por lo que quedó descartado y la verdad me dio en toda la cara.
—Joder —repetí—. ¿Cómo no me he dado cuenta?
Imposible, lo llevaban muy bien oculto, tanto que parecía todo lo contrario. Si no me hubiera despertado…
Por más que quise dormirme para sentirme mejor, no lo conseguí. Escuché e imaginé todo, absolutamente todo, y tuve ayuda con las palabras de ambos. Eran casi susurradas, pero a veces se les iba de las manos y no lo lograban. Estaba claro que si hubiese estado dormida no me habría enterado de nada.
Me quedé fatal porque tuve la sensación de que los había espiado, pero tampoco pude hacer otra cosa. No me dormí hasta tiempo después de que ellos terminaran, tiempo que mi hermano no regresó a la cama conmigo.
Se quedó con Damián y escuché el murmullo de sus voces. Yo me dormí con una sonrisa en los labios. Alucinada, pero sonriendo feliz.