Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 43
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Capítulo 43

—¡Me ha bloqueado!

Me separé el teléfono de la oreja, por el grito que soltó mi hermana.

—¡No me lo puedo creer! ¡Qué Marco me ha bloqueado! —repitió, llorando.

En sus lágrimas había muchos sentimientos entremezclados, entre ellos la rabia que sentía por la jugarreta que le había hecho Marco. Se había desentendido de ella a la mínima oportunidad, y todo por mi culpa.

No, por mi culpa no. Aquí el único culpable era Marco, porque lo que pasara entre su hermano y yo no tenía por qué afectar a su relación con Julia. Aunque claro, ese pensamiento era perfecto siempre y cuando él no hubiera estado jugando con mi hermana.

A pesar de que yo no me hacía responsable de lo tonto que era Marco, tuve la necesidad de animar a mi hermana y de disculparme.

—Seguro que ha sido por un calentón —le dije, pensativa—. Lo siento.

—Y una mierda. Calentón al que lo llevaba yo con las dos manos abiertas —Bufó—. ¿Por qué narices lo sientes? Ni se te ocurra ir por ahí porque bastante poco has hecho para lo que se merece el imbécil de Romeo. Joder, es que si los tuviera a los dos delante…

—Me alegro de que no estés aquí. Eres muy capaz de encontrarlos y no quiero ver a mi hermana entre rejas.

—Sería por una buena causa —rio—. Mierda —se puso seria y triste, de nuevo—. Qué cagada, Cari.

—Tuvimos mal ojo, sí —suspiré.

—Bueno, al menos muchos orgasmos que nos han dado han sido memorables —susurró.

Sonreí con tristeza, de la misma manera que la imaginé a ella.

—Tú no corras tanto con Marco, al me dice que te desbloqueará y te pedirá perdón para hablar.

—No quiero saber nada de los hombres italianos.

Bufó.

—No dirás lo mismo si ocurre lo que he dicho.

—Voy a investigar a esa familia —dijo con determinación—. Te contaré todo lo que averigüe.

—No te metas en problemas, por favor.

—No te preocupes, sé lo que hago.

—No me hagas reír.

Negué con la cabeza porque ahora mismo no se lo creía ni ella.

—Solo voy a buscar información, lo que tendríamos que haber hecho cuando los conocimos. Qué fallo, joder.

—Ni que tuviéramos que investigar a todos con los que nos cruzamos…

—No, pero con los que nos acostamos, sí. Visto lo visto… Qué desgraciado Romeo, qué está dudado a quién elegir, dice su madre. Qué mal me cae esa mujer, anda que si también la tuviera delante.

—Has dejado claro que arrasarías con toda la familia, sí —sonreí.

Me llevé la taza de café a los labios, con la mirada fija en la fuente que se encontraba a unos metros de mí.

El lugar era muy bonito, con mucho encanto.

Eran las ocho y media de la mañana del día siguiente al que llegamos a Milán y me encontraba en la terraza de una cafetería. Me había despertado muy temprano, tanto que comencé a agobiarme encerrada en el apartamento.

A pesar de lo tarde que nos dormimos anoche, porque cuando llegamos de cenar y abrimos la cama del sofá, para que Damián la tuviera preparada, nos acomodamos los tres en ella y se nos pasó el tiempo hablando.

Esta mañana, cuando ya estaba vestida y preparada para salir, me quedé en silencio al lado del sofá cama, para ver si Damián se despertaba. No fue así, estaba profundamente dormido, por lo que decidí bajar sola a tomarme el primer café del día.

Le había enviado un mensaje diciéndoselo, con la ubicación. Si terminaba y todavía no había aparecido, volvería a escribirle para comentarle que me movía.

Por el momento no tenía la intención de hacerlo, estaba de lujo aquí. Mi hermano se fue del apartamento mucho más temprano que yo, tenía el recuerdo de murmurarle algo y de sentir su beso en la sien. Poco más, hasta el final de la tarde no lo vería.

Por suerte en este país el rodaje de la película no era tan intensivo, ya que no había tantas escenas que grabar.

—¿Cari? —llamó mi atención mi hermana, al otro lado de la línea.

—¿Qué?

—Joder, te he llamado varias veces.

—Perdona, se me ha ido la mente. Este sitio es precioso, mira.

Hice una foto en la que saliera el final de mi mesa y gran parte de la plaza que tenía delante, con la fuente en el centro. Se la envié y enseguida la abrió.

—Oh, qué bonito.

—Sí, y hace un día increíble.

—Disfrútalo y en cuanto llegue Damián, id a muchos sitios. No sabes cómo me alegro de que estés con él, así no tienes que estar sola hasta que llega Dy del trabajo.

—Yo también me alegro. Ha sido un gran acierto venir aquí con Damián. Quién me lo iba a decir… O pasamos semanas sin vernos o nos encontramos en todas partes.

Reímos.

—Ya te digo, pero eso mola.

—Sí.

Sonreí.

—Tenemos que presionarlo para que organice un evento en su bodega, necesitamos emborracharnos.

Reí.

—¿No tienes bastante con todo lo que estás bebiendo ahí?

—Ahora mismo no. —Bufó—. Ya verás la que cojo esta tarde.

Rio ella y sonreí.

—Ten cuidado.

—Siempre, además, nuestra Elena nos cuida.

—Oye, ¿y lo del masaje feliz?

—Joder, calla, que lo hemos contratado.

—¿Qué dices? ¿Lo habéis hecho?

—Sí —rio y a mí me entró la risa nerviosa.

—Qué fuerte, pobre Elena o pobre de vosotras, porque cuando os pille…

—Nos lo agradecerá, ya te lo adelanto. Principalmente porque vamos a atarla a la camilla o a la cama, donde sea el masaje, y no podrá escapar.

—Madre mía, la que vais a liarle.

—De cintura para abajo sí, pero no quiero pensar en eso.

Hice una mueca y di por hecho que mi hermana hizo el mismo gesto que yo.

—¿Cómo estás, cariño?

—No hace falta que me lo preguntes cada poco —le dije con un suspiro—. Mi respuesta continúa siendo la misma.

—Ya… ¿Has leído el mensaje que te envió Romeo ayer, como respuesta a tu vete a la mierda?

—No.

—¿No vas a hacerlo?

—Por ahora no.

—Yo no tendría tanta fuerza de voluntad —suspiró.

—Lo sé —sonreí—. Por eso sé que, si Marco te llama o te escribe, tú estarás ahí. Después de insultarlo y ponerlo a tono, lo escucharás.

—No sabemos si sucederá —susurró y sonreí, porque lo estaba deseando por mucho que dijera.

—No somos adivina, no, pero yo creo que ha sido un calentón por lo de su hermano, un impulso del que se arrepentirá pronto. Si no lo ha hecho ya.

—Pues mi primero impulso va a ser darle una patada en los huevos.

—Suerte que será imaginaria.

Reímos.

—Me gustaría estar contigo.

—Y a mí que estuvieras, pero también quiero que sigas ahí. Te lo estás pasando genial y no tienes día de regreso. Aprovecha al máximo todo.

—¿Cuándo vuelvas de Italia vendrás?

—A lo mejor.

Sonreí.

—Me está llamando mamá —me dijo.

—Julia…

—Tranquila. No voy a decirles lo que te ha pasado, a ninguno de los dos.

—Gracias.

—Eso te corresponde a ti, a no ser que la situación se desmadre más. Entonces actuaré por mi cuenta para ponerlos al tanto.

—Tienes mi permiso.

—Y si no me da igual. Vas a tener que cargar conmigo el resto de tu vida —rio—. Lo que sí voy a hacer es advertirles sobre la familia de Romeo, para que se anden con cuidado, y, a poder ser, que no hablen con ellos.

—No sabemos si siguen en contacto —dije pensativa.

—Exacto. No van a utilizar a nuestros padres para llegar hasta a ti.

—Bien pensado.

—Lo sé, soy la inteligente de la familia.

—Sigue soñando.

Reímos.

Colgué con una sonrisa en los labios y solté un suspiro, mientras levantaba la taza.

Bebí un sorbo de café, observando a la gente que se movía de un lado al otro. Me encantaba el ambiente que se respiraba y ya había mucho movimiento porque era un día laborable.

Dirigí la mirada hacia la pantalla del móvil y volví a sonreír, al ver un mensaje de Damián.

Damián: Hola, preciosa. Perdona, no me he enterado de nada. Me arreglo enseguida y voy, ya he visto que estás cerca.

Carina: No te disculpes, he sido yo la madrugadora. Y no corras. Podemos desayunar aquí, si cuando llegues te gusta la cafetería.

Damián: Claro, tú decides. En unos minutos estoy contigo.

Di la conversación por terminada, para no retrasarlo. Cuando el camarero pasó cerca le pedí otro café con leche.

Durante el tiempo que estuve esperando a que llegara Damián, me lo tomé todo con mucha calma, tanto el café cómo mi estado de ánimo. Tuve que esforzándome para no entrar en la conversación de mensajes que tenía con Romeo.

Como le había dicho a mi hermana todavía no sabía qué me escribió como respuesta a mi largo mensaje, solo podía ver las primeras palabras.

¿Y qué más daba a estas alturas? Estaba claro que era un niño mimado y caprichoso de mamá y que ella controlaba su vida y la del resto de los integrantes de su familia, porque si no, a cuento de qué había dado ella esas declaraciones a la prensa, sentenciando el futuro de su hijo y dejándolo expuesto.

Ya me había quedado claro que creían que el mundo giraba alrededor de ellos, pero estaban muy equivocados. Empezando por mi familia, que iba muy por delante de esa, a leguas. No llegaban a nuestro nivel, por mucho que se las dieran de importantes.

—Qué falsa eres, Greta —susurré, soltando con rabia la taza en la mesa—. ¿Tú, fan de mi familia? No te lo crees ni tú. Todos sois muy falsos.

Bufé con rabia, con unas ganas tremendas de tenerla ahora mismo delante de mí, para dejarle clarísimo lo que pensaba de ella y de su falsedad.