Capítulo 42
—¡Dy! —grité, en cuanto salí de la habitación.
Mi hermano se giró hacia mí sonriendo y se levantó del sofá. Nos movimos a la vez y nos encontramos a la mitad de la distancia que nos separaba, para abrazarnos con fuerza.
—Hola, cariño —me susurró al oído, apretándome a él.
—Hola —dije emocionada—. Jo, te haces muy caro de ver —me quejé.
Mi hermano rio, mientras yo le daba varios golpes.
—No tanto, la entrada del cine no cuesta mucho para ir a ver una de mis películas. —Me hizo un guiño.
—Idiota —sonreí.
—¿Por qué tienes los ojos rojos? —me preguntó con el ceño fruncido.
Se separó más de mí y me miró de arriba abajo, después dirigió la vista hacia Damián, que estaba sentado en el sofá.
Antes de que se hiciera suposiciones equivocadas…
—Ha pasado algo y…
—Y llevo toda la tarde consolándola —terminó por mí Damián, al interpretar lo que estaba pensando mi hermano.
—¿Qué mierda ha pasado? —Frunció el ceño.
Me agarró de la mano y sin separarse de mí, fuimos al sofá y me hizo sentarme a su lado. Damián se quedó a su otro lado.
—Esto —susurré.
Cogí el periódico de la mesa baja de enfrente, lo abrí por la página y se lo puse sobre las piernas. Mi hermano bajó la mirada y observó lo que le mostraba.
Le señalé el artículo y después de mirarme sin entenderme, comenzó a leerlo. Cuando terminó dejó el periódico sobre la mesa.
—La influencer española soy yo.
—¿No me digas? —Giró la cabeza hacia mí— No me había dado cuenta por cómo estás, porque casi me pones el artículo en la cara y por el nombre de quién hablan. No sé cuántos Romeos hay en el mundo, pero me a mí que no es un nombre que abunde. —Elevó las cejas
—Eres un crac —le dijo Damián, con una palmada en la espalda.
—No me toques los…
—Cuando quieras —lo interrumpió y le guiñó un ojo.
—¿Es que a ti te gustamos todos los hermanos? —le pregunté a Damián.
—Tengo mis preferencias, no pero sí —contestó, con una carcajada.
—Estás fatal —sonreí.
Damián se levantó del sofá para ir a la cocina. Le dijimos que nos trajera unas cervezas cuando nos preguntó si queríamos algo y regresó con tres botellines abiertos.
—Le he enviado un mensaje —solté de golpe.
—No me lo puedo creer —se sorprendió Damián.
Se sentó en la mesa baja, quedándose más cerca de nosotros, justo enfrente.
—Llevamos hablando toda la tarde de eso, me has asegurado no sé cuántas veces que ibas a pasar de él, como si no lo hubieras conocido, y ahora dices que le has escrito —dijo de carrerilla Damián.
—Ahora eres tú el que tienes que relajarte un poco —le pidió mi hermano, con unas palmadas en la cara.
—Joder.
Bufó Damián.
—¿Y qué le has puesto? —me preguntó mi hermano.
Solté un suspiro antes de levantarme del sofá.
Fui a la habitación para coger el móvil y regresé junto a ellos. Cuando me acomodé de nuevo desbloqueé el teléfono, entré en la conversación sin preocuparme, porque había puesto intencionadamente el modo avión para no recibir nada de Romeo, y les enseñé la pantalla.
Mi hermano me quitó el teléfono de las manos y Damián se echó casi encima de él, para leer ambos el mensaje.
Carina: Eres un impresentable, todo lo que creía conocer de ti era mentira.
A partir de ahora puedes irte a la mierda, tú y tu querida familia de la alta sociedad italiana.
Ah, y acuérdate de llevarte a Sofia Rossi, esa italiana que con la que estás entre dos amores.
Lo que está claro es que yo no soy la otra, ni en tus sueños.
Que se te atragante la italiana hija de un gran e importante empresario de aquí.
Y hazme un favor, dile a tu querida madre que deja mucho que desear y que no espere que tú tengas que elegir para saber cuál es tu favorita.
Déjale claro que puede que a ella la eligieran así, a dedo, con cero sentimientos de por medio, pero créeme, de mí nadie va a reírse y ni mucho menos van a dirigir mi vida, señor, una de las personalidades más perseguidas de Italia.
El siguiente mensaje fui una imagen de una mano que tenía el dedo corazón bien recto. Por si le había quedado alguna duda con mis palabras.
—Me he quedado a gusto —les dije, encogiéndome de hombros.
—Ya lo vemos —comentó mi hermano.
—¡Eres mi reina!
Damián se echó encima de mí y caíamos sobre mi espalda. Me contagió las risas, hasta que…
—No me lo puedo creer… ¿te has excitado? —le pregunté asombrada.
—Mierda. —Bufó—. Ha sido la emoción del momento —carraspeó.
Se apartó de mí de la misma manera. Mi hermano lo miró con las cejas elevadas y Damián se levantó.
Su agobio fue evidente, al igual que el bulto que no podía esconder al otro lado de la bragueta. Quedó a la altura de nuestros ojos y ni mi hermano ni yo pudimos apartar la vista. Cuando nos miramos entre nosotros lo hicimos conteniéndonos para no reír, mientras Damián desaparecía en la cocina.
—No te rías que bastante apuro siente ya —le pedí.
Con mis palabras lo empeoré porque Dy no pudo contenerse por más tiempo y Damián se cagó en él, desde la cocina. Más se rio mi hermano, mientras yo me contenía a duras penas.
—Bueno…
Cogió una bocanada de aire y se puso serio.
—¿Y ahora qué? —me preguntó.
—Ahora nada. —Negué con la cabeza—. Me hubiese gustado decirle muchas más cosas, pero me conformo con ese mensaje. No quiero saber nada de él.
—Has llorado.
—No pasa nada.
Me encogí de hombros.
—¿Por qué quieres hacerme creer que no te importa tanto como para que yo tenga que preocuparme?
Si fuese así ni siquiera habrías perdido tiempo en ponerte triste por ese tío.
Sé que tú y Julia regresasteis a casa muy enganchadas a los dos hermanos, por las conversaciones que he tenido con vosotras y porque también he hablado con nuestros padres.
—No quiero hablar de él.
—Pues mala suerte porque no voy a dejarte tranquila hasta que lo saques todo.
—Tengo que echarme unos amigos mejores —se lamentó Damián.
Apareció calmada y con todo en su sitio.
—Podrás quejarte… —le dijo mi hermano.
—Pues sí, porque no me esperaba este recibiendo. —Nos señaló.
—Oye, que he sido yo la que ha sentido tu cosita —reí.
—¿Cosita? Me cago… Dile que no es cierto —le pidió a mi hermano.
—¿Y por qué va a saberlo él? —le pregunté con curiosidad.
Mi hermano comenzó a reírse.
—Porque nos la hemos visto muchas veces en los vestuarios —me contestó Damián, indignado.
—¿Te has parado a vérsela bien a mi hermano?
—Joder, pues lo normal, pero sin más. —Bufó.
—No tiene una cosita colgando —confirmó mi hermano y Damián sacó pecho.
Tuve que reírme.
—Joder, saltamos de una conversación a otra y a cada cual peor —comenté.
—Ahora me dirás que tú no has visto a tu hermana desnuda —me picó Damián.
—Pues claro. Y ella a mí.
—Entonces lo mismo es, y sin vergüenza.
Se encogió de hombros.
—Vale, ya lo he pillado. No tengo que ir a mirar el traje de madrina de boda —habló con diversión.
—No, querida. El que tienes que ir mirando ya es el de novia, porque te quedan días para caer rendida a mí. Recuerda que sé dar unos masajes increíbles. Quédate, aunque sea con mis manos.
Soltamos una carcajada.
Mi hermano nos miraba sonriendo. Sabía que le encantaba que Damián me hiciera reír, con él a mi lado Dy estaba tranquilo.
—Volviendo al tema… Activa el móvil.
—No quiero todavía.
Negué.
Mi hermano lo cogió y lo hizo por mí, ignorándome. En cuanto quitó el modo avión comenzó a sonar, me llegaron todas las notificaciones seguidas.
—Te ha escrito —dijo, levantado la mirada hacia la mía.
—Me da igual.
—¿No quieres saber lo que ha puesto? —insistió— Y no es que no tenga ganas de partirle la cara, pero si no lo lees te quedarás con las dudas y será peor.
—Tu hermano tiene razón. Además, lo lees y lo bloqueas, así te quitas de problemas y evitas dolores y tristezas innecesarias.
—Carina no quiere eso —habló convencido mi hermano.
—Ah, ¿no? ¿Y qué quiero según tú? —le pregunté.
Me cruce de brazos.
—Verte con él, o que te encuentre. Tenerlo delante para que te convenza de que solo piensa en ti.
Arqueó una ceja.
—No es verdad —susurré.
—Preciosa, has perdido fuerza —comentó Damián.
Me incliné para coger mi botellín y le di un trago largo a la cerveza.
—Vamos a ver —añadió Damián.
—¿Qué pasa? —pregunté desconfiada.
Se hizo con mi móvil y comenzó a teclear.
—¿Qué haces? —le pregunté asustada, por si había entrado a la conversación con Romeo y le estaba escribiendo.
Me eché hacia delante, para quitarle el teléfono, pero Damián me esquivó y continuó a lo suyo.
—Aquí tenemos a la tal Sofia Rossi.
Damián puso la pantalla para que la viéramos los tres.
—No te hace ni sombra —dijo mi hermano.
—Totalmente de acuerdo —se unió a él Damián.
A pesar del nudo que tenía en la garganta, el que me oprimía mucho, sonreí por sus comentarios llenos de cariño y protección.
Sofia Rossi era una mujer joven espectacular, vestía elegantemente a la última moda. Ella y yo éramos totalmente opuestas en el color del pelo. Ese solo era un ejemplo porque nos diferenciábamos en bastantes más cosas.
—Voy a buscar a estos dos juntos, a ver si sale algo y tienes más motivos para cagarte en él —dijo Damián.
Esperé impaciente, porque yo no me había atrevido a hacerlo desde que el periódico de este país me destapó la verdad.
—Solo hay estas fotos. Parece que son de un evento, pero Romeo solo tiene la mano colocada en la espalda de ella.
Volvió a mostrarnos la pantalla.
—¿Dónde quieres que la tenga, por debajo del vestido delante de tantas cámaras? —le preguntó mi hermano.
—Joder, no —rio, pero se calló por mí.
Con un gesto de la mano le dije que no pasaba nada y continuó.
—A lo que me refería es que no noto nada en él, hacia ella —carraspeó—. De ti no se separaba en la isla, en los momentos que compartí con vosotros —me dijo.
—Una foto es demasiado fría para capturar esas cosas —dije, mientras me levantaba del sofá—. Voy a echarme un rato en la cama, me duele la cabeza. ¿Saldremos a cenar fuera?
—Si os apetece sí —me contestó mi hermano.
Asentí, antes de darles un beso a cada uno en la mejilla.
—Si me duermo despertadme con tiempo. Ya estoy duchada, así que solo tendré que vestirme.
—De acuerdo —me sonrió Damián.
Le devolví el gesto y caminé hacia la habitación.
—¿Se lo has contado a Julia? —me preguntó mi hermano y me paré en la entrada del pasillo.
Miré por encima del hombro.
—No. El mejor momento para encontrarla más tranquila es por la mañana. Esperaré hasta entonces.
—Vale. Más que nada por si me escribe. Y Cari…
—¿Sí?
—No opino lo mismo de lo que has dicho.
—¿Sobre qué?
Me giré del todo hacia él.
—Una foto no es demasiado fría para capturar los sentimientos, porque cuando los hay estos traspasan cualquier cosa. Así que, sí, una fotografía puede hablar mostrando tan solo una imagen.
Sonreí, pero fue un gesto triste, antes de ir hacia la habitación.
Cuando entré dejé la puerta entornada y cerré los ojos con fuerza, dejando en libertad las lágrimas que llevaba tiempo conteniendo.