Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 41
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Capítulo 41

Al final me había lanzado a la aventura y me iba a Italia.

Mi hermano ya estaba allí, llevaba un par de días, y Damián y yo cogíamos el vuelo hasta Milán dentro de menos de media hora.

Al menos debía ser así, pero todavía no había nadie en la puerta de embarque de nuestro vuelo. No habían anunciado un retraso, pero todo apuntaba a que nos iba a tocar esperar.

Estábamos en una cafetería desde la que veíamos perfectamente la puerta de embarque, para controlarla.

Mi teléfono sonó encima de la mesa y sonreí en cuanto vi que mi hermana estaba llamándome. Descolgué poniendo el altavoz.

—¿Cómo va, parejita? —nos preguntó, para picar.

—Eso, eso… así me gusta, cuñadita —le respondió Damián, encantado y divertido.

Julia y él soltaron una carcajada, mientras que yo miraba a Damián negando, aunque con una gran sonrisa.

—Nos va bien —contesté yo—, esperando a que podamos acceder a la puerta de embarque. ¿Cómo va por ahí? ¿Estáis volviendo muy loca a Elena? —le pregunté por la nana de su amiga Miriam.

—Aquí genial, vamos de puntillo en puntillo y viviendo la vida sin frenos.

Rio de nuevo y nosotros con ella.

—Nuestra Elena está encantada, no nos puede mimar más.

—A ver si la mimáis vosotras —le dije.

—Precisamente estábamos hablando ahora de eso. Queremos ir al pueblo para contratar a un masajista, para que venga a la casa. Elena no quiere salir, así que no nos queda otra. La idea es que le dé una buena sesión relajante.

—Me encanta la idea, pero… ¿Qué es lo que acabo de oír? ¿Quién ha dicho esa locura? Es una broma, ¿no? —pregunté sorprendida.

Miré a Damián con los ojos abiertos al máximo, mientras él estaba a punto de reír.

—De broma nada y lo ha dicho su querida Miriam —me contestó mi hermana—. Sí, vamos a buscar a un masajista que ofrezca masajes con finales felices, para nuestra Elena.

Al otro lado de la línea todas estallaron en carcajadas. Damián ya no pudo contenerse más y también rio, con ganas. Yo no salía de la impresión.

—¿Qué queréis, que le dé algo a la mujer? Por favor.

Conocía a Elena lo suficiente para saber que sería así, como poco le entraría un ataque de nervios y a saber, si el masajista no saldría de la casa corriendo, esquivando los escobazos de Elena si al hombre se le ocurría realizar su trabajo hasta el final.

Me reí al imaginar esa escena.

—Ay, Cari, lo que te estás perdiendo —dijo entre risas Julia.

—Eh… que nuestro plan es una maravilla —se quejó Damián.

—Tienes razón, amor.

—¿Por qué esa palabra no sale de ti? —me preguntó Damián.

—Porque no eres mi amor —reí.

—Te haces la dura, pero voy por el buen camino.

Sonrió de medio lado.

—En tus sueños, Damiancito —le dijo Julia—. No tienes nada que hacer para ser mi cuñado.

—No me retes que puedo cambiar de hermana y como vaya a por ti, caerás.

Soltó una carcajada porque la dejó callada.

—Julia, voy a colgar. Acaban de aparecer los de la compañía aérea —le informé—. Vamos para la cola.

—Vale, guapos. Cari, avísame cuando lleguéis y dale un abrazo apretado a nuestro hermano y muchos besos.

—Vale. De tu parte. Te quiero.

—Yo más. Adiós, Damián.

—Adiós, preciosa.

Colgué y nos terminamos lo que nos quedaba de los cafés, antes de levantarnos para ir a la cola de embarque con prioridad.

Por suerte, al final, el vuelo tan solo se retrasó unos minutos en despegar. El viaje fue tranquilo y se nos hizo muy corto. Damián lo hizo muy ameno, ya que ninguno de los dos cerramos los ojos para descansar un poco.

Estuvimos planeando los lugares que queríamos ir a visitar y le advertí que iba a ser mi fotógrafo particular.

—Estoy encantado de serlo, preciosa —me dijo animado.

—Dentro de unos días me dices si sigues tan encantado —reí.

—Hecho. —Me hizo un guiño—. Por cierto, ¿le has dicho a Romeo que estarás en su tierra? —me preguntó con delicadeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía estamos hablando muy poco y lo justo. No lo he visto conveniente.

Me encogí de hombros.

—No sé qué piensa ese tío —dijo y su seriedad fue muy sincera—. Si yo hubiera tenido la suerte de tener lo que ha tenido contigo, no te dejaría escapar.

—Gracias —sonreí—. Pero tú juegas con ventaja porque me conoces de años, no somos desconocidos.

—Eso es insignificante.

Puso los ojos en blanco.

—Pero ¿sabes qué te digo?

—No soy adivina —sonreí.

—Te digo que él se lo pierde, por imbécil. Más para mí, así sumo oportunidades.

Me hizo un guiño y negué con la cabeza, provocando que riera.

Cuando aterrizamos en Milán y recogimos las maletas, salimos de la terminal y fuimos directos a la zona de los taxis. Nos montamos en uno para ir a la dirección que me dio mi hermano la noche anterior.

Él no estaría, pero me dijo que encontraría una llave debajo del felpudo, para que pudiéramos entrar, dejar los equipajes y ponernos cómodos.

Eso fue lo que hicimos, después de recorrer el apartamento. No era muy grande, pero lo suficiente para mi hermano. Yo dormiría con él en la única habitación que había, Damián lo haría en el salón, en el sofá cama. Todo perfecto, estábamos encantados.

Dejé mi maleta en la habitación y salí escribiéndole a Dy.

Carina: Ya estamos en el apartamento, acabamos de llegar. Todo genial hasta el momento. Vamos a salir a dar una vuelta por los alrededores y a comer. Nos vemos pronto, te quiero.

Me guardé el teléfono en el bolso que llevaba cruzado y esperé a que Damián saliera del baño.

—¿Necesitas a entrar? —me preguntó.

—No.

—¿Has visto? Ya parecemos una pareja —comentó con humor.

—Eres muy tonto.

Reí.

—Y lo que te encanta, ¿qué?

Me hizo un guiño y salimos riendo del apartamento.

Durante una hora estuvimos dando vueltas, sin alejarnos del edificio del apartamento. En ese tiempo localizamos un par de restaurantes que nos llamaron la atención.

Cuando nos entró hambre, cerca de la una y media, decidimos a cuál entrar a comer. Elegimos varios platos para compartir y por ser el primer día, pedimos una pizza de cuatro quesos, un plato de pasta a la carbonara y unos mejillones en salsa.

Le hice fotos a todo. La comida tenía una pinta estupenda, tanto en apariencia como en presentación. Y estaba igual de buena, riquísima. Disfrutamos de una comida relajada y entretenida, hasta que todo se truncó cuando Damián regresó del baño.

—¿Qué haces? —le pregunté con diversión.

Había regresado con un periódico y tuve que reírme porque lo tenía al revés.

—Joder, que acabo de cogerlo y no me he dado cuenta —se justificó.

Soltamos una carcajada.

—¿Todavía no te has dado cuenta de que domino el italiano a la perfección? —me preguntó con una ceja arqueada.

—Pensaba que solo sabías lo básico, para hablar el idioma.

—No —sonrió—. Por la bodega hablo cada semana con bastantes clientes italianos.

—Sé que exportas a otros países, pero creía que de esas gestiones se encargaban otros en tu empresa.

—Hay cosas que solo hago yo, no me gusta dejarlas en manos de nadie.

—Lo entiendo. —Asentí.

—Así que, sí. Puedo leer el periódico italiano perfectamente.

Reímos.

—¿Quieres café? —le pregunté.

—Vale.

Llamé la atención del camarero y le pedí dos cortados. Damián me ayudó para que el chico entendiera bien cómo los quería, por lo que le pidió la leche aparte.

Cuando viajaba, cada vez que pedía un cortado, me traían de todo menos lo que yo quería. Y tomarme algo forzada siempre me sentaba mal, no me caía bien al estómago si el café ni veía la leche.

—Joder —dijo de repente Damián.

—¿Qué?

Se puso más recto en la silla y se concentró en lo que leía.

—¿Algo interesante? —insistí.

Me extrañó ver su expresión cuando levantó la cabeza, para mirarme a los ojos.

—¿Qué pasa? —insistí, un poco desconcertada.

—Cari…

—Va, Damián, déjate de tonterías —le pedí riendo.

—Joder, no es una broma.

Su seriedad me dejó callada de golpe.

Me pidió que me acercara a él, con la silla, y le hice caso. Me levanté y llevé la silla a su lado.

Cuando me puso el periódico delante, apoyado en la mesa, abierto por la sección de actualidad, me quedé mirando fijamente la imagen en grande que estaba impresa.

Fue mi amigo quién me tradujo el artículo, aunque muchas cosas las entendí.

Notición de la vida de uno de los miembros más codiciados de la familia Galli, de la alta sociedad italiana. Greta, la madre de los mellizos Romeo y Marco, nos ha ofrecido unas declaraciones en exclusiva.

Gracias a ella sabemos que Romeo está entre dos amores, una española muy conocida en el mundo de las influencers, de la que por ahora nos reservamos la información, y Sofia Rossi, una italiana de nacimiento e hija del gran e importante empresario Francesco Rossi.

El tema está que arde, ¿a quién de las dos elegirá? ¿Cuál será su favorita? ¿Ellas se enfrentarán por el amor de este pasional hombre?

Esperamos actualizar la información en breve, ya que Romeo Galli es una de las personalidades más perseguidas del país.

—¿Qué…? —susurré.

Me quedé tan desconcertada que no pude reaccionar.

—Qué cabrón —Soltó Damián—. Lo siento, Cari.

Tragué saliva, sin poder apartar los ojos de la foto de Romeo. Salía solo en ella y me pareció reconocer de fondo a Marco, pero estaba muy borroso. El único que estaba enfocado con claridad era Romeo.

Le pedí a Damián que me leyera de nuevo el artículo, por si se había equivocado. Lo hizo sin ganas, por el daño que me hacía, pero me sirvió para ser más consciente de cada puñetera palabra italiana que estaba impresa en el puñetero periódico.

—¿Qué narices…?

Cerré el periódico con fuerza y lo arrugué, sin importarme una mierda que fuese del restaurante. Que me lo cobraran en la cuenta y que dieran gracias a que no la tomé con todo lo que había en la mesa.

—Joder, solo unas horas, solo unas puñeteras horas he podido estar tranquila. Mierda, ya.

Bufé, mientras la vista se me nublaba por las lágrimas.

—Vamos al apartamento —dijo Damián.

Se levantó y fue a pagar a la barra. Tuve que salir a la calle porque me faltó el aire, allí me encontró Damián, con el puñetero periódico porque no lo solté.

—Ya está, preciosa.

Susurró, abrazándome.

Me aferré a él, soltando un grito, para después llorar con rabia y una tristeza que me rompió por dentro.

—Qué tonta he sido, Damián —dije hablando entrecortadamente—. Pero qué tonta. El otro día, en uno de sus mensajes cortos, me dijo que estaba deseando verme y estar conmigo. Aunque claro, después no ha habido mucho más.

Escondí la cara en su hombro.

—No vuelvas a decir eso. Ser buena no significa ser tonta, Cari. Es ese tío el que tiene mucha cara dura y si no llegamos a venir, nos hubiésemos enterado demasiado tarde de esto. En cuanto se hubiese sabido quién es la española, la influencer , se te habrían echado encima.

—Joder, si es que sabía que escondía algo —hipé—.

No fue normal lo atento que estuvo a su móvil en todo momento durante el viaje y, aun así, yo caí.

No tengo perdón, tendría que haberme alejado de él cuando comencé a sentir.

Ni siquiera lo he buscado en internet, en mi interior tenía miedo de encontrarme con algo que rompiera todas las esperanzas que me había hecho. Esperanzas falsas.

—Me extraña que Julia no cotilleara.

—Pues ya ves, en esta ocasión hemos pecado las dos de buenas —susurré.

No supe cuánto tiempo estuvimos parados a un lado de la puerta del restaurante, abrazados. Damián no me metió prisa en ningún momento ni sugirió que nos moviéramos. Respetó mi tiempo y no dejó de consolarme de la única forma que podía, apoyándome y estando junto a mí.