Capítulo 40
Miré hacia la puerta de mi habitación, al escuchar varios golpes.
—Adelante —dije.
Mi madre asomó la cabeza y sonreí.
—Hola, cariño.
—Hola, mamá.
Dejó la puerta abierta cuando entró, para venir hasta la cama, que era donde yo estaba.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
—Bien.
—No es verdad. Has dado un bajón y desde que tu hermana se ha ido esta mañana estás peor.
—No es nada, mamá.
—Sí que lo es y no me lleves la contraria en esto, Cari, que te he parido y te conozco.
—Se me pasará.
—Ya… ¿Por qué no te animas y te vas donde tu hermana? Llegarás con unas horas de retraso, pero te lo encontrarás todo hecho.
Me hizo un guiño y sonreí.
—Ahora mismo no me apetece, pero ya se lo dije a Julia, seguramente me pasaré unos días. Lo que no sé es cuando.
Me encogí de hombros.
—¿Sabes algo de Romeo?
—Ayer me envió un mensaje muy escueto en el que me dijo que lo perdonara, que estaba hasta el cuello de trabajo y que necesitaba otras vacaciones. Se despidió diciéndome que hoy me escribiría, pero todavía no sé nada.
—¿Por qué no le escribes tú?
—¿Con lo liado que está?
Negué.
—Tienes razón, es mejor que esperes.
—Si le importaras lo suficiente no tendrías que esperar a nada.
La voz de mi padre nos sobresaltó. Ambas giramos la cabeza hacia la puerta, él estaba apoyado en el marco.
—Ernesto…
—No, Carlota. En el amor hay una verdad universal que vale para todo el mundo.
Se separó del marco de la puerta y entró en mi habitación. Se sentó al otro lado de mi cama, a la altura de mi madre. Se miraron durante unos segundos y ella terminó asintiendo.
—Tienes razón, pero son jóvenes y te recuerdo que nosotros también lo hemos sido. Llevamos muchos años juntos y no siempre fue tan perfecto entre nosotros. ¿Te acuerdas del año que discutíamos por todo?
—No es lo mismo.
—No es lo mismo porque se trata de nuestra hija y lo vemos de manera muy distinta —insistió mi madre, con cariño.
—Papá, Romeo es un hombre muy ocupado.
—¿Y en qué lugar te deja a ti?
—Es que no sé si tengo un lugar como tú piensas, papá.
Pronunciar esas palabras me dolieron, pero no lo mostré hacia ellos. No quería complicar más la situación.
—Nos conocimos en las vacaciones, hemos disfrutado a tope de ellas, pero no nos hemos prometido nada.
Solo quedamos en estar en contacto y por ahora lo estamos cumpliendo.
Pero no quiero agobiarlo con mensajes o llamadas, porque él tiene un horario de trabajo y como me ha dicho, va a tope, haciendo horas extras.
—No me convence.
—Amor, a ti no va a convencerte ningún hombre para tus hijas, hasta que no tengan hijos, lleven muchos años casados y se note que las quieren —le dijo mi madre, sonriéndole.
Mi padre bufó, al mismo tiempo que se levantaba de la cama. La rodeó para venir a nuestro lado y se agachó para darme un beso en la cabeza. A mi madre en los labios. Después se fue diciéndonos que iba a hacerle compañía a Marisa en la cocina, que nos esperaba allí.
—Lo superará —dijo mi madre, cuando nos quedamos solas.
Reímos.
—Tú mejor que nadie sabes lo que tienes con Romeo y no tengo ninguna duda de que sabrás actuar acorde con lo que se te presente. Solo voy a decirte una cosa.
—¿Qué?
—En cierta manera tu padre ha acercado, tiene mucha razón.
Cuando eres importante de verdad para alguien, siempre, siempre, encontrará la manera y el momento para estar contigo.
Aunque sea desde la distancia. Tu padre y yo hemos pasado por mucho para llegar hasta hoy, pero jamás nos hemos soltado, cariño. ¿Entiendes?
Asentí, con los ojos humedecidos.
—Por muy enfadados que estuviéramos, o decepcionados con el otro, incluso con nosotros mismos, desde que nos conocimos nunca nos hemos alejado. Físicamente sí, por nuestros trabajos, pero sentimental y emocionalmente, jamás.
—Lo entiendo —susurré.
Me sonrió y me lancé a sus brazos cuando los abrió. Estuvimos un rato abrazadas, en silencio.
—Llevo varios días dándole vueltas a una cosa —le dije, cuando nos separamos.
—¿A qué?
—Me gustaría ir a visitar a Dy. Tengo muchas ganas de verlo y, aunque sea a ratos durante el día, o a última hora de la noche, quiero estar con él. Mientras esté trabajando haré turismo.
Sonreí.
—Me parece una idea genial, cariño —dijo ilusionada—. Harás feliz a tu hermano y él conseguirá animarte.
—Lo último no sé yo…
—Yo sí.
Reímos.
—Ahora que lo has dicho…
Se quedó pensativa.
—¿Qué?
—Tu padre nos lo confirmará, pero creo que no me equivoco. Un amigo de tu hermano estará con él durante una semana. Y tú lo conoces —sonrió.
—¿Qué amigo?
—Damián. Nos hablaste de él en la isla, coincidisteis en el festival.
—¿En serio? —Agrandé los ojos.
—Sí. Tu padre llamó ayer a tu hermano y se lo comentó de pasada.
—Joder, con Damián, está en todos los sitios —dije asombrada.
Soltamos una carcajada.
—Por lo visto tenía ganas de visitar la ciudad donde está tu hermano y como ahora Dylan tardará en venir un tiempo, por el nuevo rodaje… tu hermano le dijo a tu padre que Damián se ha cogido más días libres en la bodega, después de asegurarse de que todo va bien.
—Sí, debía incorporarse después de llegar del festival. —Asentí—. Pero me extraña que no me lo hayan dicho ninguno de los dos.
—Desde que llegaste no has hablado con Damián y creo que ha sido algo dicho y hecho entre ellos.
—Entre unas cosas y otras no he tenido ganas de hablar con nadie —suspiré—. Y tengo que quedar con él, con Alberto y con Pablo, para darles los detallitos que les compré en la isla. ¿Dy dijo cuándo iba Damián?
—No lo sé, cariño. Aprovecha y pregúntale a cualquiera de los dos.
—Sí.
Sonreí.
—Voy a la cocina, de refuerzo.
Me hizo un guiño y se levantó de la cama. Me dio un beso y me dejó sola en la habitación.
Cogí el móvil y le envié un mensaje a mi hermano, para asegurarme que podía hablar. No tenía ni idea de sus horarios en el nuevo rodaje, por lo que no quise arriesgarme a molestarlo.
Carina: Hola, Dy. ¿Puedes hablar? Todo está bien, no vayas a preocuparte. Me apetece hablar contigo.
Esperé durante unos minutos, los que se alargaron sin que mi hermano viera el mensaje. Todavía no podía, por lo que entré en la conversación de Damián y probé suerte con él.
Carina: ¡Holaaa! ¿Cómo fue la vuelta? ¿La bodega bien? Espero que todo esté genial. ¿Si te llamo puedes hablar?
Esperé unos segundos…
Damián: Hola, preciosa. Qué sorpresa. Todo bien, el viaje y el trabajo, aunque en este último todavía no estoy a tope. Te llamo yo.
En la pantalla apareció su nombre y descolgué.
—Hola —volví a saludarlo.
—Hola. ¿Vas a confesarme que estás loca por mí y a aceptar por fin que soy el hombre de tu vida? Puedes hacerlo, estoy cómodo en el sofá, así que no corro ningún riesgo de caer desplomado de la emoción.
—Ja, ja, ja… no tienes remedio. Puedes esperar ahí sentado, pero te advierto que te rodees de mucha comida y bebida, porque te va la vida en ello.
—¡Qué poca consideración tienes conmigo, mi Carina! Con lo que yo te quiero.
Suspiró con dramatismo y volví a reírme.
—Gracias —susurré.
—¿Y eso? —se extrañó— ¿Qué pasa?
—Que hacía mucho que me reía.
—Cuéntame qué sucede.
—Nada que no fuese evidente. Lo mío con Romeo está en el aire, él en Italia y yo en España. No lo estoy llevando muy bien.
—Joder…
—Pero bueno, no quiero hablar de eso. Mi madre me acaba de decir que vas a visitar a mi hermano.
—Correcto.
—No tenía ni idea y resulta que le he dicho a mi madre que me apetece ir a ver a Dy unos días, para estar con él. Ha sido entonces cuando me ha dicho que mi hermano le contó ayer a mi padre que tú vas a verlo.
—¿Tú vas a ir? —se interesó.
—Me gustaría, pero todavía tengo que hablar con Dy. Llevo pensándolo varios días. Le he escrito, pero todavía está liado porque no ha visto el mensaje. Cuando hable con él terminaré de decidirme.
—Vente, te sentará muy bien el cambio de aires y distraerte. Mientras tu hermano trabaja tú y yo nos dedicamos a hacer turismo.
—Suena genial.
Sonreí.
—¿Eso es un sí? No me rompas más el corazón que ya no me caben más tiritas.
Reí.
—Es un tal vez, quizás.
—Joder —dijo de repente.
—¿Qué?
—Que acabo de caer en algo y no sé si supone un problema para ti. Mierda.
—¿Cómo?
—¿Has hablado con tu hermano últimamente?
—Hace días que no.
Fruncí el ceño.
—Es que ni he pensado en eso, como ha sido un cambio precipitado… —Bufó—. Tu hermano se traslada mañana a Italia, estará allí casi tres semanas para rodar no sé dónde, y después regresará a la ciudad en la que lleva una temporada viviendo.
—A Italia…
—Joder, Carina, no quería…
—Damián, no tienes que disculparte por nada —suspiré—. No tenía ni idea de ese cambio, pero Italia es muy grande.
—Exacto. Es grande y estarás conmigo.
—Hablaré con Dy, en cuanto pueda me llamará —susurré—. ¿Ya tienes los vuelos?
—No, quiero esperar a que tu hermano lleve acomodado allí unos días. Me ha dicho que no hace falta, pero bueno.
—Vale, me da tiempo a ir contigo si me decido.
—Yo me encargo de los billetes.
—Ni hablar.
Sonreí.
—No te pongas cabezota porque no va a servirte de nada. Tú ilusiónate por este viaje en el que estarás con tu hermano y con el amor de tu vida, o sea, yo.
Solté una carcajada.
—Después de la ilusión encárgate de preparar la maleta y se acabó. Como he dicho yo me hago cargo de los vuelos y tu hermano pone el alojamiento, ¿qué más puedes pedir?
—Como lo estás pintando nada, todo es maravilloso.
—Lo sé, soy increíble.
—Tú no, la situación.
Reímos.
—Así me gusta, me encanta escucharte reír.
Sonreí.
—Cariño —me llamó Marisa y miré hacia la puerta—. La cena ya está.
—Gracias. Enseguida bajo.
—Te esperamos —me sonrió.
Le devolví el gesto mientras asentía.
—Damián.
—Lo he oído. Hablamos mañana.
—Vale. Buenas noches.
—Buenas noches, amor de mis amores.
Riendo, de esa manera colgué la llamada. Y mucho más animada.