Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 39
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Capítulo 39

—¡Sííí…! —grité y reí.

Me dejé caer al suelo. Me lancé exagerando.

—No es justo —se quejó Julia y más me reí.

—No sabes perder —le eché en cara.

—Es que no consigo ganarte ni una vez.

Bufó, sentándose a mi lado, en la pista.

Habíamos jugado un partido de pádel. Lo habitual era que se jugara en equipos de dos, siendo cuatro en la pista, pero las dos amigas con las que solíamos venir hoy no habían podido y Julia estaba empeñada en venir.

Así habíamos terminado aquí y con ella perdiendo, a pesar de que se pensaba que tendría ventaja.

Hacía un día y medio que llegamos de las vacaciones y yo solo quería sacar de casa a Julia, para que cambiara de aires por un rato. Le estaba costando mucho.

En la pista nos habíamos reído y varias cosas más, pero lo importante era lo primero.

—Esfuérzate más —la piqué.

—Vete a la mierda.

Reímos.

—Estoy pensando en irme unos días.

—¿Y eso? ¿A dónde y con quién?

Me incorporé para quedarme sentada como ella.

—Con Miriam. A la casa de verano de sus padres.

—¿La de la playa?

—Sí —sonrió—. Ayer me dijo que era el sitio perfecto para ahogar mis penas y como este año sus padres no van porque tienen otros planes…

—Miriam tiene razón. Te vendrá bien.

—Te apuntas, ¿no?

—No lo sé.

—Estás de broma —dijo sorprendida—. ¿Qué vas a hacer aquí?

—Lo de siempre.

—Exacto, por eso yo necesito hacer algo diferente.

—¿Vais las dos solas?

—Por ahora sí, pero Miriam iba a hablarlo con Patricia y Maite.

—Cuantas más seáis, mejor.

Le hice un guiño.

—Va, vente —insistió.

—¿Cuántos días estaréis? —me interesé, pensando.

—Mínimo una semana, pero no tenemos ninguna prisa para regresar. Miriam tiene todo el mes de vacaciones y a Patricia y Maite les quedan diez días como mínimo, si es que se apunta a venir. Hasta que nos cansemos.

Se encogió de hombros.

—Piénsalo, ponte en situación. Playita, piscina, copitas o cervezas en la mano, según el momento del día. Sol, tumbonas, columpios, césped, todo el día disfrutando porque Miriam se lleva a Elena.

Elena era la nana, de Miriam, así la llamaba desde que Miriam pudo hablar. Elena era como Marisa para Julia y para mí, por lo que la mujer estaría encantada de acompañar a su niña y así controlar que todo funcionaba bien en la casa. Lo de no hacer nada era porque Elena se encargaría de las comidas.

—Suena genial —comenté.

—Por eso, tienes que venir.

Solté una carcajada cuando comenzó a zarandearme.

—A lo mejor me lo pienso para ir algunos días. ¿Cuándo os vais?

—No hemos quedado en nada, imagino que esta tarde lo sabré cuando hablemos.

Asentí y nos levantamos del suelo, con las palas de pádel. Después de recoger las pelotas salimos de la pista y nos dirigimos al vestuario. Nos dimos una ducha rápida y decidimos a ir al club, para pasar un rato.

Eran las doce y media, nos daba tiempo a tomarnos algo y llegar a tiempo a casa, para comer. Más que nada porque antes de salir le aseguramos a Marisa que no faltaríamos.

Cuando salimos de las instalaciones fuimos directas hacia Abel. Nos esperaba apoyado en el lateral del coche y sonrió al vernos.

—¿Quién ha ganado?

—Yo —le contesté y reí, por el bufido que soltó Julia.

—Hace trampas, Abel. Tienes que ayudarme a demostrarlo.

—¿Yo?

Soltó una carcajada.

—Pues claro, ya va siendo hora de que te decantes por mí que soy tu preferida —le dijo con un guiño.

Le dio varias palmaditas en la mejilla, antes de montarse en los asientos traseros.

Abel me miró con diversión y encantando de vernos animadas. Le hice un guiño, para dejarlo aún más tranquilo.

Rodeó el coche y también nos montamos.

—Queremos ir al club —le dije.

—Al club a cumplir con la derrota.

Miró a Julia por el espejo retrovisor y él soltó una carcajada, cuando ella le dejó claro con un gesto lo que pensaba de su comentario y de lo de cumplir.

Así era, cada vez que jugábamos al pádel y no teníamos otros compromisos, la que perdía invitaba a la vencedora. Aunque jugáramos en equipos.

Abel nos dejó frente a la entrada del club y quedamos con él en que saldríamos una hora y media después. Nos bajamos del coche y accedimos al club, donde enseguida comenzamos a saludar a todos los que conocíamos.

Salimos a la zona abierta que se dividía en varias partes: la gran piscina, la zona de las hamacas con el bar y un restaurante que tenía las mesas colocadas en una terraza que daba a la playa. Tenía unas vistas inmejorables.

Caminamos directas hacia una de las mesas del restaurante. No había muchas ocupadas, tuvimos suerte de elegir una que quedaba pegada al final de la terraza. Estas eran siempre las más complicadas de conseguir porque las elegían las primeras.

—Hola —nos saludó Miguel, un camarero.

—Hola, guapo —le correspondió Julia.

Yo lo saludé después.

—¿Qué os pongo?

—Prepáranos uno de esos cócteles tan buenos que haces —le pidió mi hermana.

—Marchando, preciosa.

Nos hizo un guiño y se alejó.

—Qué pena que antes de salir de casa no se nos ocurriera meter los trajes de baño —comentó Julia.

—Pues sí, hubiese estado muy bien darnos un bañito ahora.

—Bueno, para algo ya estamos duchadas.

Rio y sonreí.

—Como si eso fuese un impedimento para nosotras —le dije con una risilla.

—También es verdad —confirmó sonriendo.

—Me encanta verte así.

—Lo mismo te digo, hermana.

Me lanzó un beso.

—¿Sabes algo de Marco?

—Anoche estuvimos hablando por mensajes.

—¿En serio? ¿Por qué no me has dicho nada? Si no te pregunto no me entero.

—Te lo iba a decir, claro que sí, pero primero quería tantear si tú también sabías algo de Romeo.

—Da igual si no sé nada, no quiero que te cortes para decirme las cosas que te pasan con Marco.

—Vale. —Levantó las manos—. No quería hacerte sentir mal.

—Lo sé, pero no es necesario —le dejé claro.

—Pero a todo esto… ¿Sabes algo de Romeo?

—Me contestó al mensaje que le envié cuando llegué del viaje y ya está, pero a su favor tengo que decir que me comentó que estaría unos días muy liado. Debe estar poniéndose al día, yo qué sé. Tampoco es que piense en eso.

Me encogí de hombros.

—Ah, vale. Eso es bueno, ¿no? Me refiero a que las dos hemos hablado con ellos y parece todo normal.

—Normal, normal…

—Ya me has entendido —se quejó, poniendo los ojos en blanco.

Miguel apareció con los cócteles y se lo agradecimos. Como siempre, entraban por la vista por la buena pinta que tenían.

—Joder, qué rico —dijo Julia. Después gritó hacia donde se había ido el camarero—. Miguel, hijo, si me prometes muchos de estos me caso contigo.

Escuchamos las risas de él, desde el interior del restaurante.

—Espectacular —estuve de acuerdo, después de dar el primer sorbo.

—Entonces todo bien con Marco, por lo que veo.

—No quiero hacerme ilusiones, pero al menos está como siempre conmigo. Tuvimos sexo telefónico.

Se tapó la boca.

—Nooo…

—Sííí…

Rio.

—Joder, y qué sexo —suspiró—. Así que, si alguna noche o en cualquier otro momento escuchas sonidos desde mi habitación, ignóralo todo porque estaré genial.

—Vale —reí, negando.

—En el coche me ha escrito Miriam, lo de la casa de verano de sus padres ya es un hecho. Nos vamos pasado mañana y Patricia y Maite también se han apuntado. Esta tarde nos llamaremos para el resto de los detalles.

—Guay.

—Va, di que sí —me pidió.

—Ahora mismo me apetece estar tranquila y tomármelo con calma, quizás aparezca en la casa en unos días, pero no tan pronto como cuando os vais.

—¿Por qué? ¿Para qué quieres estar en casa?

—No has escuchado lo de estar tranquila y tomármelo con calma, ¿no? —Elevé las cejas.

—¿En verano? ¿Teniendo esta oportunidad?

—Julia, aunque suene mal, si quiero irme a un hotel del lujo mañana mismo, puedo hacer las maletas e irme. No se trata de la oportunidad ni de que sea verano, se trata de mí.

—Joder. —Hizo una mueca.

—Anda, bebe y cambia la cara.

—Es que pensaba que te unirías. No quiero dejarte sola.

—No digas tonterías.

Sonreí.

—Oh, joder.

—¿Qué?

Sacó su móvil y me enseñó la pantalla, con una sonrisa radiante. Vi que Marco la estaba llamando y también sonreí.

—Ve tranquila —le dije.

Se levantó casi de un salto y se llevó su cóctel hacia una parte de la terraza que se encontraba solitaria.

Dirigí la mirada hacia el mar y recordé al instante todo lo que viví con Romeo en él. En un lugar diferente, a muchos kilómetros de aquí, pero no dejaba de ser lo mismo con algunas pequeñas diferencias. Lo importante no variaba, él y yo rodeados de mucha agua y arena de la playa.

Tragué saliva y cogí la copa con ambas manos, para contener las ganas que me entraron de sacar el móvil. No esperaba tener algo nuevo de Romeo, solo quería evitar que él lo tuviera de mí.

Algo me decía que debía esperar, pero no era fácil resistirse a los impulsos.