Capítulo 38
Tragué saliva para contener la emoción.
Después de varias horas de vuelo y del tiempo que había pasado desde mi despedida con Romeo, no había conseguido sentirme ni un poquito mejor.
Todo había empeorado para mí, aunque no era la única. Julia iba sentada a mi lado, seria y con las gafas de sol puestas dentro del avión que nos llevaba hasta el aeropuerto de nuestra ciudad.
No habíamos sido capaces de hablar de ellos, de los hermanos, pero era lo mejor porque en cualquier momento una u otra podíamos estallar. Y como abriéramos la puerta a las lágrimas pararlas nos iba a costar.
Por otro lado, no queríamos preocupar a nuestros padres, aunque nos conocían tan bien que ya lo estaban. No es que fuéramos la alegría personificada. Este viaje era totalmente opuesto al que nos llevó hasta la isla.
Le agarré una mano a Julia y ella me la apretó, aferrándose a mí. Después se dejó caer en mi hombro y apoyó la cabeza. Yo no aparté la vista de la ventanilla, aguantando el tirón.
Cerré los ojos porque me molestaban, después de todo lo que había llorado en soledad. La despedida con Romeo me había dejado fatal. El único cambio que noté en él en ese momento fue su seriedad, por lo demás se mantuvo firme.
Estar en el resort sin él, durante las horas que tardamos en irnos nosotros, fueron una puñetera tortura. Lo veía y nos veía en cada rincón, no había zona en la que no hubiésemos estado y disfrutado.
Ni siquiera me consoló sentarme en la arena, cerca de la orilla, y dejar la mirada perdida en el mar. Fue peor. Ahí me encontró mi hermana y se unió a mí, en silencio.
—¿Cuánto falta? —me preguntó Julia, con la voz adormecida.
—Ya mismo llegamos. Unos minutos.
—Vale.
Se quedó de nuevo en silencio y bajé la mirada, para ver que volvía a tener los ojos cerrados. Le retiré el pelo de la cara y sonreí, por el suspiro que soltó.
El símbolo de los cinturones se encendió sobre nuestras cabezas, cuando comenzamos el descenso para aterrizar. El piloto lo hizo de lujo, con mucha suavidad. No quería pensar que el avión era propiedad de la familia de Romeo, al igual que el equipo que había dentro eran sus trabajadores.
Unos minutos más , pensé, al notar que me faltaba un poco el aire.
En cuanto fue nuestro turno nos levantamos de los asientos y Julia y yo salimos casi corriendo del avión.
Una vez en la terminal fuimos a recoger los equipajes y con ellos en las manos, después de la espera, nos dirigimos directos hacia la salida, donde nos esperaba un sonriente Abel. Nuestro chófer y seguridad.
—Bienvenidos, familia —nos dijo.
Después de abrazarlo y de darle un beso, mi padre la mano y una palmada cariñosa en la espalda, lo seguimos hasta el parquin.
—¿Cómo han ido las vacaciones? —se interesó.
—Genial —le contestó mi madre.
—Me alegro, señora.
—Oh, ¿qué señora ni señora? Dile algo, amor —le pidió a mi padre.
Él y Abel rieron, cómplices.
—Abel, tengamos el primer día tranquilo —le dijo mi padre.
—A sus órdenes, señor.
Con esas palabras y un guiño rio, mientras se retrasaba unos pasos de mis padres, para unirse a mi hermana y a mí.
—¿Cómo están mis chicas preferidas? —se dirigió a mi hermana y a mí.
—Fatal —le contestó Julia.
Abel rio, pensando que era una de las bromas de mi hermana, hasta que se fijó bien en nuestras caras y frunció el ceño.
—¿Va en serio? —nos preguntó.
Pasó la mirada de una a otra.
—Sí —le confirmé.
Julia soltó un bufido, para dejárselo más claro.
—Pero ¿qué habéis hecho para estar así? —Quiso saber, sorprendido— ¿No habéis estado bien en el resort? Por las fotos que me envió vuestro padre cuando llegasteis, se veía tan impresionante como cuando me enseñasteis a dónde ibais.
—El sitio es maravilloso, de ensueño, Abel. El problema es a quiénes hemos conocido allí.
Me encogí de hombros.
—¿Las dos?
—A unos hermanos, sí —le contó Julia.
—¿Cómo vosotras?
—Ya ves tú, la casualidad —suspiré.
—¿País?
—Italia —contesté.
—Dentro de lo malo podría ser peor.
—Siempre puede empeorar, sí —confirmé.
—Por vuestros ánimos no parece que esos hermanos se hayan quedado en unos rollos de vacaciones.
Elevó las cejas.
—¡Es lo que han sido!
Con esas palabras y un gruñido, Julia caminó más rápido y avanzó alejándose de Abel y de mí. Este se quedó preocupado.
—Todo volverá a su sitio en unos días —le dije, chocando mi brazo con el suyo.
Mis padres se pararon y le preguntaron a Abel hacia dónde tenían que girar.
—El coche está a la izquierda, en la plaza ciento nueve.
Con esa información siguieron adelantados a nosotros, con Julia yendo cerca de ellos. Nuestro padre se paró para pasarle el brazo por los hombros.
—Tal y como estáis unos días me parece muy poco —carraspeó Abel.
—A lo mejor he sido muy rápida —reí, sin muchas ganas.
—Bastante.
Sacudió la cabeza.
La conversación terminó porque llegamos junto al coche. Abel lo abrió y lo ayudamos a cargar todas las maletas en el maletero. Cuando terminamos nos montamos y tomó rumbo a casa.
Me sentó bien volver a lo conocido, a mi ciudad. Durante todo el trayecto no aparté la vista del exterior, viendo las calles y las zonas pasar, con la cabeza apoyada en la ventanilla subida.
Julia fue todo el tiempo apoyada en nuestra madre. Las tres íbamos en los asientos traseros.
Cuando llegamos a casa nuestra querida Marisa apareció rápido, para recibirnos. Nos abrazamos y besamos como si hiciera meses que no nos veíamos, y terminamos riendo. Para Julia y para mí fue un desahogo, después de la tristeza y la mala leche que llevábamos encima, desde hacía horas.
—Ven a cenar —le propuso mi padre a Abel—. Cenaremos todos en familia.
—Por supuesto —aceptó él, con una gran sonrisa.
Julia y yo nos despedimos, pero Abel nos acompañó, para ayudarnos con las maletas.
—Nos vemos a la noche, voy a invernar hasta entonces —nos dijo Julia, cuando llegamos a la puerta de su habitación.
—Solo quedan dos horas —le dijo con diversión Abel.
—Joder, qué poco —suspiró ella—. Si no bajo venid a buscarme.
Puso los ojos en blanco y desapareció en su habitación, con sus maletas.
Abel me siguió a la mía, en la que entramos. Dejamos el equipaje a un lado y lo primero que hice fue descalzarme.
—¿Estarás bien?
—Claro —le sonreí—. No te preocupes, nadie se ha muerto de un mal de amores —le dije a modo de gracia.
—No estoy tan seguro de eso. —Negó con la cabeza.
—Demos gracias a que han sido pocos días.
Reí, dándole un pequeño empujón para que dejara de estar tan serio.
—Voy a descansar.
—Sí. Perdón.
—No te disculpes —le pedí sonriendo—. Gracias, Abel.
Asintió.
—Nos vemos en la cena.
—Claro.
Le hice un guiño.
—Y espero veros con un poco más de alegría. No me gusta esta sensación, no estoy acostumbrado a veros decaídas. Julia ni siquiera estuvo así con su última ruptura.
—No siempre se reacciona de la misma manera, ni nos pilla con la misma energía. Y no lo viste porque ella se ocultó, para no preocupar a nadie, pero la primera semana de la ruptura lo pasó muy mal. El problema es que hoy estamos cansadas y no controlamos nada. Mañana será mucho mejor.
—Lo espero de verdad.
Nos sonreímos.
En cuanto Abel cerró la puerta de mi habitación y me quedé sola, fui u n momento al baño y después salí a mi pequeña terraza privada.
Estuve fuera un buen rato, intentando relajarme y ver las cosas desde otra perspectiva. No logré mucho, pero algo sí conseguí.
Cuando me cansé entré en la habitación y me tumbé en la cama. Solté un suspiro al cerrar los ojos.
—Hogar, dulce hogar —susurré.
Coloqué un brazo sobre los párpados cerrados y en vez de dormirme, que era lo que me pedía el cuerpo y los ojos, comencé a darle más vueltas a los días que había vivido.
Bufé con rabia, cuando tuve que retirarme varias lágrimas.
Me levanté de la cama y fui a por el móvil. No había querido sacarlo del bolso hasta este momento, ni siquiera había quitado el modo avión al aterrizar, modo avión que días atrás me dio algún problemilla que otro.
Pensar en eso, en lo que viví con Romeo, me hizo sonreír.
Solté un suspiro y regresé a la cama, después de activar el móvil. Me llegaron varias notificaciones, pero ninguna importante, e hice lo que quería hacer.
Entré en la aplicación de mensajes y en la conversación con Romeo, para releer su último mensaje y escribirle yo. Así quedamos cuando nos despedimos, que nos avisaríamos cuando nuestros aviones aterrizaran.
Yo me había retrasado un poco.
Romeo: Hola, preciosa. El avión acaba de parar en la pista. El vuelo ha ido bien, tranquilo. Espero que el tuyo también, sino tienes vía directa para poner una reclamación —puso una cara con un guiño—. Hablamos. Buen viaje.
Carina: Hola. Ya estoy en casa, todo ha ido muy bien. ¿Qué tal por ahí?
Dejé el teléfono en la cama y no aparté la vista de la pantalla, pero el mensaje que esperaba no llegó. Ni siquiera después de largos minutos.
Solté un bufido, cabreada conmigo misma, y bloqueé el móvil, después de poner una alarma y dejarlo en silencio. Lo coloqué en la mesita de noche y me olvidé de todo.
Hice otro intento tumbándome en la cama y esta vez, aunque me costó relajarme, conseguí quedarme dormida.