Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 37
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Capítulo 37

Apreté los brazos alrededor de la cintura de Romeo, sin poder dejar de sonreír.

Cuando le dije que quería perderme con él por la isla no pensé en que terminaríamos montados en una motocicleta, yendo de un lado al otro.

En ella estábamos, Romeo la conducía y según me había dicho, estábamos a punto de llegar a una pequeña playa que le había recomendado uno de los trabajadores del resort, al que le preguntó por un sitio que fuese lo más privado posible, al mismo tiempo que bonito.

Según el chico no nos encontraríamos con nadie si íbamos antes de las siete u las ocho de la tarde, después comenzaría a aparecer gente para montar una fiesta improvisada, con la música a todo volumen.

Eran las cuatro de la tarde, ya habíamos comido. A pesar de ello, del restaurante nos llevamos en mi bolso varias piezas de comida y de fruta. También agua, por si nos entraba hambre y sed.

Por la mañana llegamos a un chiringuito muy cuco, con la motocicleta, en el que desayunamos de lujo. Cuando nos apeteció movernos nos fuimos a recorrer una parte de la isla, disfrutando de paradas cada vez que queríamos refrescarnos.

Los baños en el mar los acompañamos con caricias y besos que nos caldearon más. Porque sí, conseguí mi propósito con el bikini que llevaba puesto. Cada vez que me quitaba la camiseta y el pantalón Romeo no podía dejar de mirarme.

La braga no era tipo tanga, pero poco faltaba y tapaba. La parte delantera cubría mi zona íntima a lo justo. Se sujetaba con lazos a los lados. En los pechos solo tenía una tira de tela lo bastante ancha para taparme los pezones y un poquito de los pechos, se veían las curvas de ellos sin problema.

Era la primera vez que estrenaba el bikini y dudaba que lo utilizara en mucho tiempo, porque no era un traje de baño que me atreviera a ponerme donde vivía, ni donde pudiera haber gente conocida.

Para comer elegimos un bar que encontramos en el camino.

El día estaba siendo perfecto, tal y como había esperado. Romeo lo convertía en inolvidable.

—¿Ya hemos llegado? —le pregunté, cuando redujo la velocidad.

—Eso creo, a no ser que me haya perdido.

Solté una carcajada.

Al ir muy despacio me solté de su cintura y coloqué las manos en sus piernas, para acariciárselas despacio, con la intención de ponerlo nervioso. Cada vez que llegaba cerca de su entrepierna retrocedía. Podía notar cómo se tensaba.

—¿Quieres que nos caigamos de la motocicleta?

—No —reí.

—Pues como no pares…

—Vale, vale…

Me porté bien y puse las manos sobre sus hombros.

—Creo que hemos acertado —dijo cuando paró.

Después de recorrer un camino estrecho de tierra, rodeados por árboles y vegetación, llegamos al final, donde se abría una playa pequeña y solitaria.

—Vaya —dije, bajándome de la motocicleta.

Caminé unos pasos, admirando las rocas que la protegían por ambos lados.

—Es muy diferente a todas las que hemos visto hasta ahora.

—Sí.

Romeo desmontó y cogió mi bolso, después de desatarlo de la cesta que tenía delante la motocicleta. Se lo colgó al hombro y sonreí.

Accedimos a la playa cogidos de la mano y al llegar cerca de la orilla colocamos sobre la arena la toalla grande. Dejamos el bolso a un lado y nos quitamos la ropa. Cuando terminé los ojos de Romeo ya estaban recorriéndome el cuerpo.

—¿Tienes muchos trajes de baño parecidos? —Arqueó una ceja, mientras caminaba hacia mí.

—No —le contesté riendo—. De hecho, es el único tan atrevido.

—Atrevido, ¿eh? Eso se queda corto.

Se paró delante de mí y metió un dedo por debajo de la tira que me tapaba los pechos. Tiró de ella, descubriendo lo que escondía.

Me mordí el labio inferior.

—Este bikini, por darle un nombre, es una puñetera locura. No tienes ni idea de lo que me ha costado contenerme.

—Ya no tienes que hacerlo —susurré.

Me atrapó los labios en un beso agresivo y profundo, al mismo tiempo que me cogía en brazos. Mientras me apretaba las nalgas desnudas, le rodeé la cintura con las piernas y crucé los talones en su espalda.

Se puso en la toalla y se dejó caer de rodillas, para sentarse sobre los talones. No me soltó, cuando dejamos de besarnos me bajó de un tirón la tira de los pechos y guio mi cuerpo, agarrándome de los costados, para tener los pezones a la altura de su boca.

Jadeé cuando atrapó el primer pezón. Le agarré del pelo con fuerza, curvando la espalda para pegarme más a él. Su respuesta fue succionarme el pecho y hacerme gritar. Mordisqueó y lamió, volviendo loca, cambiando de un pecho al otro, mientras su miembro erecto se clavaba entre mis piernas.

En el momento en el que balanceé la cadera con más insistencia, abandonó mis pechos y me tumbó sobre la toalla. Separé las piernas de él, para apoyar los pies en la toalla y así dejarle un buen espacio entre mis piernas.

Llevé las manos a la cinturilla de su bañador y con varios tirones, se lo bajé. Su miembro salió libre y no tardé en agarrárselo con fuerza.

—Joder… —susurró.

Me sujetó la mano ejerciendo más fuerza y comenzó a balancear las caderas, en vez de mover nuestras manos. Durante unos minutos se mantuvo así, hasta que añadió el movimiento de nuestras manos, las que se humedecieron por su excitación.

Quise incorporarme, pero no me lo permitió.

Me apartó de su miembro y llevó las manos a los lazos de la braga del bikini, para deshacerlos.

Cuando la tela quedó suelta deslizó la parte delantera hacia abajo, dejándome desnuda por completo, porque la tira de los pechos la tenía por debajo de estos y no suponía nada.

Elevé la cadera al sentir varios de sus dedos acariciarme el sexo. Me tenía desesperada, llevábamos todo el día de precalentamientos y a estas alturas notaba que podía correrme en cualquier momento.

Gemí cuando coló varios dedos en mi interior. Los sacó y entró varias veces, al mismo tiempo que no abandonaba mi clítoris. Y cuando pensaba que había llegado el momento, que iba a dejarme llevar, se retiró dejándome al borde.

—Diosss… ¿valoras tu vida?

Soltó una carcajada por mi amenaza.

Sin apartarse de mí, se movió para coger el pantalón que se quitó al llegar. De él sacó varios paquetitos de preservativos, haciéndome un guiño.

Se los quité de las manos, cogí uno que abrí bajo su atenta mirada, y se lo coloqué. Se tensó mientras lo hacía y cuando terminé, me cogió en brazos otra vez.

Le rodeé el cuello con los brazos y la cintura con las piernas y sentado sobre sus talones, me abrió las nalgas con las manos, extendiéndome más las piernas. Me acarició el sexo con la punta de su miembro, humedeciéndola mientras recorría cada pliegue y rincón.

Jadeé y gemí, agarrándome con fuerza a él, con una necesidad increíble. Hasta que se posicionó y entró de golpe en mi interior, de un movimiento certero y profundo. Se quedó enterrado, quieto, y ambos gemimos al unísono.

Moví las piernas, sin que él me las soltara, y conseguí apoyar los pies en la toalla. De esa manera me impulsé y empecé a subir y bajar, dominando la situación por unos segundos, porque sabía que Romeo tomaría el control rápido, marcando un ritmo al que yo no podía llegar.

Jadeamos en la boca del otro, besándonos, y disfruté de cómo me llenaba. Era una locura sentirlo de esta manera, tan mío, y quedaban tan pocas horas para perder todo esto que estaba sintiendo…

Me moví con más rabia por ese pensamiento y después de pocos segundos, Romeo se apoderó de mi cuerpo por completo. Me movió a su antojo, tan rápido que lo único que pude hacer fue agarrarme con más fuerza de él y ayudarlo de vez en cuando con los pies, cuando alcanzaba la toalla.

Su cadera se elevaba para embestirme con fuerza, robándome jadeos, gemidos y gritos con cada empujón profundo y con cada roce intencionado y natural.

Me corrí gritando su nombre, con la respiración entrecortada, y Romeo me siguió al cabo de unos minutos en los que me tumbó en la toalla y me subió las piernas a sus hombros, para moverse a un ritmo de locura, ya que la posición le ayudaba para ello.

—Esto es el puto paraíso —susurró en la curva de mi cuerpo.

Se dejó caer sobre mí, pero apoyando la mayor parte de su peso en su costado que estaba en la toalla.

—Estoy de acuerdo —suspiré.

Me dio un beso en el hombro y se incorporó. Me mordí el labio cuando volvió a balancearse en mi interior, pero retrocedió y salió, dejándome fría, por completo.

Lo observé quitándose el preservativo, el que anudó y lanzó a un lado.

Se subió el bañador y después me ató la braga, haciéndome los lazos a los costados.

Por último, me tapó los pechos con la tira del bikini y se tumbó bocarriba a mi lado, levantando el brazo en una invitación clara para que me acurrucara en él.

Lo hice encantada, abrazándolo. Cerré los ojos sintiéndome totalmente satisfecha y en paz, notando el calor que me rodeaba. No me importó lo caluroso que era el día, ni que el sol todavía estuviera lo suficientemente fuerte para quemarnos la piel.

No fui capaz de moverme y Romeo tampoco lo hizo, nos quedamos abrazados por mucho tiempo, mientras nuestras pieles sudaban al estar en contacto.

Después de no sé cuánto tiempo, decidimos darnos un baño. A mí me costó meterme, por el contraste de temperatura, y agradecí que Romeo respetara mis tiempos. Llevaba haciéndolo durante todo el día, con cada baño.

Cuando conseguí mojarme entera nos abrazamos y besamos, como también habíamos hecho en cada baño en el mar.

Pasamos una tarde perfecta, a remojo, secándonos y comiendo de todo lo que metimos en el bolso. El tiempo fue pasando y cuando nos dimos cuenta el atardecer se nos echó encima, ofreciéndonos una vista preciosa y mágica.

Disfrutamos del momento abrazados, conmigo entre las piernas de Romeo, con la espalda apoyada en su pecho.

El sonido repentino de la música nos hizo mirarnos, antes de girarnos hacia atrás, para ver cómo la playa se llenaba en poco tiempo de mucha gente.

Nos quedamos asombrados porque cargaban con equipos de música, con varias mesas de madera, una cuantas neveras y cestos. Montaron un bar improvisado en segundos.

Utilizaron las mesas como barras y en ellas colocaron muchas botellas de bebidas, de todo tipo. También pusieron comida. La música no dejó de sonar.

—Hola —nos saludó un chico que se acercó.

—Hola —le correspondimos.

—Sois libres de uniros a la fiesta si os apetece. No hay problema —nos dijo con amabilidad y sonriendo—. Nos espera una noche muy larga.

Nos hizo un guiño.

—Gracias —le agradeció Romeo.

El chico se fue, y Romeo y yo compartimos una mirada. Después de soltar una carcajada, nos levantamos de la toalla y nos vestimos. Sobre todo, yo, que sin la protección del cuerpo de Romeo ya no me sentía a gusto con el bikini, rodeada de tantas personas.

Me puse el pantalón corto vaquero y la camiseta, recogimos la toalla, la que expulsamos bien para meterla en el bolso, y cargamos con este para acercarnos a los demás.

Ese fue el inicio de una noche inolvidable en la que bailamos, saltamos, cantamos, reímos, nos besamos, nos calentamos, nos miramos con deseo y necesidad, y en la que, sobre todo, compartimos algo único y especial, algo a lo que no fui capaz de ponerle nombre.

¿Por miedo? Tal vez.