Capítulo 35
Salí de la ducha, me sequé el cuerpo y me dejé la toalla enrollada en la cabeza.
De esa manera, sin nada más, salí a la habitación para ir al armario.
Julia no estaba, se fue antes de que yo me metiera en la bañera. Marco le escribió varios mensajes diciéndole que quería verla, aunque fuese un rato pequeño, ya que no iban a verse para comer.
Mi hermana se duchó rápido y se fue hacia la villa de él, después iría a la de nuestros padres, donde comeríamos con ellos.
Las horas que habíamos dormido nos habían sentado genial a las dos.
No sabía nada de Romeo, ni por mensaje, aunque yo tampoco había cogido el móvil para hablar con él. Tampoco había tenido tiempo porque entre hablar con mi hermana, dormir y después la ducha… acababa de terminar.
Cogí del armario un vestido fresquito de tirantes y un trikini, por si me apetecía darme un bañito en algún momento.
Me vestí en el baño y me cepillé el pelo, para dejármelo suelto. De esa manera se secaría, al aire.
Cuando terminé salí de la villa con el móvil y me dirigí a la de mis padres. Fue mi padre quién me abrió y me recibió con un abrazo.
—Hola, papá. —Le di un beso.
—Hola, cariño.
Me devolvió el beso y entramos.
—¿Y mamá?
—Ha ido a la recepción —contestó y rio.
—¿Y eso? ¿Qué pasa? —Lo miré sonriendo.
—O iba o todavía estaría al teléfono haciendo el pedido de la comida. Con todos los cambios que quería hacer…
Negó con la cabeza.
—¿Te apetece beber algo? ¿Vino, cerveza o refresco?
—Agua.
Reímos.
—No te lo crees ni tú, a no ser que de la otra isla haya vuelto una mujer que no es mi hija. —Arqueó las cejas.
—Una cerveza está bien y si pones algo para picar, mejor, si no quieres que salte rápido sobre la mesa y me ponga a bailar —reí—. Tengo el estómago vacío. H desayunado con Romeo antes de venir, pero era más temprano de lo normal.
—Eso está hecho. Dejamos el vino para la comida.
—Sí.
Sonreí.
—Ve a la terraza a ponerte cómoda.
—Te ayudo.
—De eso nada, señorita.
Lo dejé dentro de la villa, porque me empujó delicadamente hacia la terraza. No tardé en estar acomodada en la cama balinesa.
Me quité el vestido para quedarme con el trikini y cerré los ojos tumbada bocarriba, con la cabeza en alto, apoyada en los cojines acolchados.
Cuando escuché a mi padre abrí los ojos y me moví para quedarme un poco incorporada. Le di más espacio, porque se sentó en el borde de la cama, a la altura de mis piernas.
Cogí el botellín de cerveza que me ofreció y lo choqué con el suyo, antes de que le diéramos el primer trago.
Dejé el mío en la mesa bajar redonda y me llevé a la boca varias aceitunas y unas cuantas patatas de bolsa típicas de la zona.
—¿Tu hermana se está duchando?
—No, ha sido la primera en pasar por el baño. Está con Marco, ha ido un rato a su villa.
—Esos dos no se separan para nada —dijo pensativo.
—¿No te gusta? ¿Es algo malo? —le pregunté, tanteándolo.
—No tengo nada en contra de Marco, al igual que me pasa con Romeo. No voy por ahí. El problema es que, para mí, como para tu madre, siempre será algo malo si al final os hace daño.
Dejó el botellín y me miró.
—No quiero que lo paséis mal y es lo que va a suceder cuando tengamos que regresar a casa.
—Julia y yo ya lo hemos hablado, solo queremos vivir el momento.
—Eso sería lo ideal, maravilloso, pero de la teoría a la práctica hay un mundo de diferencias, tratándose del corazón.
—Ya…
—Cariño…
—No te preocupes, papá —le sonreí.
Me quedé sentada recta y me acerqué a él, para acariciarle la espalda.
—Estamos viviendo unas vacaciones increíbles, vamos a quedarnos con eso.
—Está bien —dijo pensativo.
—Hablé con Dy por mensaje.
—Me comentó que hablaría con vosotras, con Julia también.
—Lo ha hecho, sí —reí y me miró sonriendo.
Entonces le conté cómo se quedó nuestro hermano cuando Julia le explicó lo del toro salvaje. A mi padre le sentó de la misma manera que a Dy, aunque terminamos riendo. Qué remedio, el hombre no podía hacer otra cosa.
—¿Lo notaste raro?
—¿A tu hermano?
Asentí.
—No. ¿Por qué? ¿Tú sí? —Frunció ligeramente el ceño.
—No sé, lo noté un poco desanimado. Me dijo que necesitaba descansar porque dentro de poco comenzará un nuevo rodaje.
—Así es. Me lo contó —sonrió—. No le des importancia, seguro que lo pillaste cuando más cansado estaba.
—Vale —suspiré.
—Igualmente hablaré con él hoy.
—Estupendo —sonreí—. Julia y yo hemos dicho de llamarlo por videollamada estos días.
—Lo pondréis contento.
Me acarició la mejilla.
—Entonces has disfrutado del festival estos días —comentó.
—Sí, ha estado muy bien. Aunque…
—¿Qué?
—Ya estoy aquí, amor —gritó mi madre.
Mi padre y yo miramos hacia la corredera.
—Oh, cariño. Te me has adelantado —rio, caminando hacia nosotros.
Me pidió que no me levantara, fue ella la que se agachó para abrazarme y darme un beso en la mejilla. A mi padre se lo dio en los labios, antes de deshacer el lazo que le mantenía el vestido cerrado.
Se quedó en bikini y se sentó en las piernas de mi padre, de lado y de cara a mí. Tenía un cuerpo increíble.
Mi padre le rodeó la cintura con un brazo, mirándola de una forma… sonreí porque me encantaba ver cómo se querían, cómo se buscaban y tentaban. A pesar del tiempo, a pesar de todo lo que habían pasado en la vida, era envidiable la atracción que nunca moría entre ellos.
Mi madre cogió el botellín de mi padre y dio un trago, después se lo pasó a él. Bebió también, haciéndole un guiño.
—¿Te han entendido al pedir la comida? ¿Te has quedado a gusto? —le pregunté.
—Por supuesto y ni te lo imaginas —reímos los tres.
—Yo sí me lo imagino, sí —carraspeó mi padre.
—¿Y Julia?
—Alargando el tiempo con Marco —le contesté.
—Ha ido a verlo, como si no se tuvieran vistos a todas horas —dijo mi padre, negando.
Mi madre soltó una risilla, mientras le acariciaba la mandíbula a él.
—Amor, paciencia.
—Infinita la tengo.
Puso los ojos en blanco él.
—¿De qué hablabais? —nos preguntó mi madre.
—De todo un poco, pero cuando has llegado íbamos a hablar un poco más de mi experiencia en el festival.
—Adelante. —Me hizo un guiño.
Les expliqué los momentos desafortunados que tuvimos Romeo y yo, sin que ninguno de los dos tuviéramos la culpa. Por mi parte la culpa se la llevó el vino y el móvil, por lo del modo avión.
Me escucharon atentos y me dieron sus opiniones. En todo momento me apoyaron y entendieron las situaciones.
—Lo importante es que lo solucionasteis todo —me dijo mi madre—. No es vuestro caso porque no estáis juntos, pero incluso en el intercambio que tenéis hay que esforzarse. El amor, las relaciones, no son nada fáciles, por muy idílicas que parezcan desde fuera.
—Se trata de saber lo que se quiere y luchar cada día por ello, para mantenerlo —comentó mi padre, mirando a mi madre—.
Cuando encuentras al amor de tu vida no puedes soltarlo, es lo que sucede cuando te confías y entonces puede ser demasiado tarde.
Hasta lo más bonito se marchita si no se cuida como se merece.
—Jo, qué bonito. Vais a hacerme llorar.
Hice un puchero que los hizo reír.
—Así es, cariño —me dijo mi madre.
Ella le sonrió a mi padre y le dio un beso en la boca, beso que él le devolvió más que encantado.
—Uy, con todo lo que os he contado y no os he dicho con quién coincidí en la otra isla.
—¿Con quién? —Se adelantó mi padre.
—Con Damián, amigo de Julia, Dylan y mío. Aunque siempre ha estado más cerca de Dy.
—Claro. Hace mucho que no lo vemos —comentó mi madre.
—Pues yo lo vi mientras desayunaba, la mañana que tenía el móvil en modo avión —reí.
—Qué casualidad —dijo mi padre.
—Sí. Anoche cenamos con él y sus amigos, Alberto y Pablo. He estado muy a gusto con ellos, hemos quedado en vernos cuando esté de regreso en España. Además, tengo que darles un detallito que les compré ayer.
—Me alegro de que estuvieras con ellos —me sonrió mi madre.
—Yo también, me ayudaron mucho. Son buenos, los tres.
El timbre sonó y mi padre se levantó, para ir a abrirle a Julia. Mi madre se sentó a mi lado y me agarró de las manos.
—Tienes un brillo especial, cariño —me dijo—. Pero también noto un punto de tristeza.
—No esperaba que…
—Lo sé. —Me acarició las manos—. Muchas veces la vida no lo pone fácil, ¿verdad?
Me sonrió y negué. Me dio un beso en la mejilla y la abracé.
—Pero recuerda que lo difícil es lo que vale más la pena. El tiempo te dará las respuestas a todas las preguntas que te haces y te harás.
—¡Ya está aquí el alma de la fiesta, la hija favorita! —gritó Julia.
Mi madre rio y yo sonreí.
Esa fue la entrada triunfal de mi hermana, entrada que le tiré por tierra en cuestión de segundos. Terminamos las dos en la piscina, riendo, mientras nuestros padres nos observaban desde la cama balinesa, sonriendo.