Capítulo 34
Solté una carcajada al ver a mi hermana en la orilla de la playa. En cuanto nos vio comenzó a saltar, con los brazos en alto y moviéndolos.
—¡Tía buena! —me gritó— Sí, esa, ¿la ves? Es mi hermana, ¿a qué está tremenda? —rio, al hablarle al chico que estaba esperando nuestra llegada, para sujetar la lancha.
—¿Dónde está tu hermano? —le pregunté a Romeo, a pocos metros de llegar.
—Ni idea.
Miró su reloj de pulsera.
—A lo mejor durmiendo, son las nueve y media. Tu hermana lo sabrá.
Sonrió de medio lado.
Cuando la lancha taxi paró y el chico de la orilla la sujetó, no pudo ofrecerse a ayudarnos a bajar, como solía ser costumbre, porque tuvo que frenar a Julia que quería subirse a la lancha.
Yo no pude parar de reír, ni cuando nos abrazamos en la orilla.
—Para que después digas que nunca me echas de menos —le dije.
—Ay, calla —rio, abrazándome de nuevo.
—¿Dónde has dejado a tu toro salvaje?
Al mencionarle a Marco como ella se refirió a él al hablar con Dy, nuestro hermano, a Julia le entró un ataque de risa.
—¿Toro salvaje? —me preguntó Romeo.
Él sonreía, sin enterarse de que estábamos hablando de su hermano.
—Ya te lo contaré —le dije con un guiño.
Nos despedimos de los chicos, del de la lancha taxi y del que trabajaba en la orilla, y caminamos hacia el resort acompañados por otro que apareció para ayudarnos con nuestros equipajes, por la arena.
Cuando se fue tiré de mi maleta e hice el camino con un nudo en el estómago. La sensación fue haciéndose cada vez más intensa conforme nos acercábamos a la villa de Romeo.
—He dejado a tu hermano durmiendo —le dijo Julia, que durante todo el recorrido no había dejado de hablar—. Nos dormimos muy de madrugada y no he querido despertarlo.
—De acuerdo. —Asintió él.
Nos paramos frente a la entrada de su villa y Julia se quedó observándonos. Hasta que Romeo elevó las cejas y le pidió sin palabras que nos diera un poco de intimidad.
Mi hermana bufó, antes de girarse para darnos la espalda.
—Descansa —me dijo Romeo—. Nos vemos en unas horas.
—Sí. Igualmente.
Me agarró del cuello y me acarició la mandíbula, para después inclinarse hacia mis labios. El beso que nos dimos fue tan breve y corto que casi no me enteré.
Me hizo un guiño, se despidió de Julia, y se dirigió hacia la entrada de su villa. Mi hermana y yo continuamos nuestro camino y llegamos pronto a la villa de nuestros padres, muy cerca de la nuestra.
Nos paramos un momento para saludarlos y me recibieron con abrazos y besos, como si hiciera meses que no me veían. Al final lo que iba a ser un, hola, ya estoy aquí , se convirtió en casi una hora hablando de cómo me lo había pasado, mientras nos tomábamos un café.
No entré en muchos detalles, pero no porque no tuviese la suficiente confianza con ellos para hacerlo.
Todo lo contrario, no tenía ningún secreto con mis padres y no me callaba nada, pero acababa de llegar, estaba cansada, y tenía muchas cosas que pensar, por lo que ya habría tiempo de explicarles todo lo que había vivido en la isla del festival, junto a Romeo.
Lo bueno y lo malo, todo era importante.
En cuanto llegamos a nuestra villa, después de quedar con ellos en que volveríamos para comer los cuatro juntos, en plan tranquilos en su villa, no miré dónde dejé la maleta y el bolso y fui directa a la cama.
Me tumbé bocabajo y suspiré, cerrando los ojos.
—¿Qué haces? ¡Ni se te ocurra dormirte! Tienes que contarme muchas cosas, todo lo picante que te has callado.
Se subió a la cama, junto a mí, y comenzó a zarandearme.
—Yo también he dormido poquísimo esta noche —sonreí—. Romeo no me dejaba.
—Joder, qué bien suena eso —rio.
—Sí.
Me di la vuelta, para quedarme bocarriba, y Julia se sentó rozándome. Giré la cabeza hacia ella.
—¿Qué te pasa? —me preguntó, mirándome con mucha atención—. Oh, joder. ¿Dime que no te has pillado a lo grande por Romeo?
—¿Tú no te has pillado por Marco? —le devolví la pregunta.
—No.
—Mentirosa. No te lo crees ni tú.
—Lo he dicho en serio, Cari.
Desvió la mirada.
—¿Por qué me mientes?
—Solo estoy ocultándote información vital, nada de mentiras. —Bufó.
Solté una carcajada, moviendo la cabeza de un lado al otro.
—Lo he hecho por el mismo motivo por el que tú no puedes haberte enamorado de Romeo. Son italianos, viven en Italia, por si no te acuerdas —me dijo.
—Como si se me pudiera olvidar…
Puse los ojos en blanco.
—Y decir que me he enamorado de él es demasiado —continué, bajando el tono de voz.
—Claro, y lo dices con esa cara de tonta.
Cogí uno de los cojines que tenía por encima de la cabeza y le di con él, haciéndola reír.
—Me ha pedido que no perdamos el contacto cuando terminen nuestras vacaciones y volvamos a nuestras vidas.
—¿En serio? —agrandó los ojos y asentí— A mí el idiota de su hermano no me ha dicho eso, ni nada parecido. Joder —se quejó.
Se tumbó de golpe a mi lado y ambas nos quedamos mirando hacia el techo.
—Al menos tú puedes tener algo de esperanza. —Me dio un codazo en el costado, muy flojo.
—No lo sabemos, Julia. Son italianos, viven en Italia, por si no te acuerdas —dije sus mismas palabras.
Rio y sonreí.
—Menuda mierda. —Hizo una mueca—. Pero nada va a estropearme los días que nos quedan aquí —sonrió—. Me da igual que lo que tengo con Marco sea pasajero, no voy a negarme a unos buenos polvazos. Y tú tampoco.
Me hizo un guiño.
—Has pegado un acelerón y ahora no puedes parar, ¿eh?
—Sí que puedo, pero no quiero —rio.
—Pues haces bien —sonreí.
—Lo sé. Así que Dy te dijo lo del toro salvaje.
Reímos.
—Sí. Lo dejaste traumatizado.
—Como si él no hiciera cosas peores con sus conquistas. Anda que… —habló con una risilla.
—Es muy protector con nosotras, lo que haga con las demás mujeres del planeta, en las que también está excluida nuestra madre, ya es otro tema muy diferente. Y no lo quiero saber, la verdad, porque entonces sería yo la que me traumatizaría.
—Estoy segura de que aprenderíamos un montón —dijo con diversión.
—¿Te contó lo de la nueva película?
—Sí. Joder, me alegré un montón.
—Yo también, pero va a terminar agotado. Pensaba que podríamos estar unas semanas con él y ahora a saber, cuando lo vemos.
—Yo también contaba con verlo, pero tiene que aprovechar ahora. Es joven y está en lo más alto, ya tendrá tiempo de frenar.
—El estrés y la ansiedad no son buenos a ninguna edad, Julia —hablé pensativa—. Noté algo diferente en él, pero no sé qué fue.
—¿Sí?
Asentí.
—Cuando yo hablé con él estaba como siempre.
—Pues yo sentí algo, y eso que no escuché su voz. Nuestra conversación fue por mensajes.
—No te comas la cabeza —me pidió—. Le haremos una videollamada estos días, ¿vale?
—Sí —sonreí.
—Ahora cuéntame bien cómo te han ido los tres días en la otra isla, porque te has callado muchas cosas al hablar con nuestros padres.
A Julia no podía ocultarle nada, lo mismo que me pasaba con Dy.
Comencé a contarle todas mis experiencias y vivencias desde que me bajé de la lancha taxi, en la isla del festival. Me escuchó sin interrumpirme, solo variando su expresión en algunas partes, sobre todo en las más dramáticas.
Dramáticas para destacar que fueron las peores con Romeo, no porque lo fuesen en sí.
Lo solté todo, sin quedarme nada para mí. Cuando le dije que había estado con Damián y sus amigos, Pablo y Alberto, que eran estupendos, no se creyó la coincidencia.
Pensó que era una broma y tuve que enseñarle todas las fotos que me hice con ellos. Con algunas nos reímos, sobre todo con las que nos hicimos cuando estábamos disfrutando del festival, pasados de cervezas.
También le hablé de Matías y Aitana, la pareja de la que me había hecho amiga.
Le conté que me había traído muchas fotos, de todo tipo, que me había hecho con un buen repertorio para ir subiéndolas poco a poco a las redes.
Julia me comentó que ella también tenía otras tantas y quedamos en enseñárnoslas en otro momento.
—Qué fuerte con la coincidencia —dijo cuando terminé—.
Si Romeo no te hubiera invitado al festival, Damián y tú no os hubierais enterado de lo cerca que habéis estado, hasta que no hablarais de las vacaciones en nuestra ciudad —rio—.
Por cierto, qué locura que Romeo sea el CEO de toda esa isla, ¿no? —Agrandó los ojos.
—Ya te digo —negué—. Me dejó en shock —reímos.
—Madre mía, qué de cosas te han pasado.
Se giró tumbada para ponerse de lado y levantó la cabeza, para apoyarla en la mano del brazo que dobló. Yo imité su postura, para estar cara a cara.
—Y yo pensando que ibas de borrachera en borrachera —rio.
—Ya ves —suspiré.
—Me he quedado loca con muchas cosas, pero con lo del yacusi escondido y lo bonito que lo preparó… —sonrió con picardía.
—Con Romeo todo es especial.
Desvié la mirada y acaricié la sábana.
—Joder, estás peor de lo que pensaba. —Hizo una mueca.
—No quiero hablar de eso. Estoy más flojita porque estoy cansada. Aunque no haya vivido el festival durante muchas horas seguidas, la verdad es que el ritmo que he llevado también me ha cansado.
—Normal, demasiado bullicio. Me lo imagino.
Asentí.
—¿Has desayunado? —me preguntó.
—Sí.
—Vale. ¿Te apetece un café u otra cosa?
—Estoy bien —le contesté sonriendo.
—No estás nada bien, pero ese es otro tema.
—No lo digas.
La tapé la boca porque iba a decirlo de todos modos, ignorándome.
—Por favor —susurré—. No quiero oírtelo decir más.
—Sabes que eso es tapar el sol con un dedo, ¿no?
—Sí, pero es lo que necesito ahora mismo.
—Está bien —suspiró.
—Háblame de Marco y de ti, de todo lo que habéis hecho estos tres días —le pedí—. Quiero saber lo del toro salvaje.
Soltamos una carcajada.
La sonrisa que apareció en sus labios a continuación, la delató. El gesto risueño no se le borró en ningún momento, mientras me hablaba de Marco.
Soltamos otra carcajada cuando Julia llegó a la parte del toro salvaje, al pensar en nuestro hermano.
Ambas nos quedamos a gusto desahogándonos y, a pesar de todo lo que hablamos, de todos los sentimientos entremezclados que dejamos ver, todavía nos quedaban muchos momentos como este, en los que hablar de las dos personas que nos habían revolucionado la vida en cuestión de pocos días.
—Una relación con ellos no puede ser —susurró Julia.
Estaba durmiéndose, se le cerraban los ojos.
—¿Por qué? —le pregunté, haciendo esfuerzos para mantenerme despierta.
Ambas estábamos igual porque tanto tiempo tumbadas en la cama y con la falta de sueño que teníamos, nos hizo adormilarnos.
—Cari, es imposible.
—¿Por qué? —insistí.
—Porque son italianos.
Sonreí parpadeando muy lentamente.
—Lo sé, y nosotras españolas.
—Pues eso. Imposible. Cada uno tenemos nuestras vidas donde vivimos.
—Nosotras podríamos ir dónde quisiéramos, no nos ata ningún trabajo.
—Joder, ¿en serio? ¿Te irías a Italia por un tío que conoces de pocos días?
—No.
Mi respuesta fue rápida y firme, porque ni siquiera contemplaba esa opción.
Podía imaginarme muchas cosas y que la gran mayoría fuesen fantasiosas, en lo que respectaba a Romeo, pero no llegaba a plantearme lo de vivir en otro país en un caso como este. Ni en broma.
Julia cerró los ojos antes que yo, el sueño la atrapó abrazada a mí. Le di un beso en la cabeza y antes de quedarme dormida del todo, cogí su móvil de la mesita de noche, lo desbloqueé y puse una alarma, para no dejar a nuestros padres esperando a la hora de la comida.
La puse con tiempo suficiente para que pudiéramos arreglarnos, incluso darnos una ducha rápida si lo necesitábamos.
Teníamos horas por delante para descansar, era muy temprano. Porque no había mejor cosa qué hacer, que aprovechar el tiempo durmiendo cuando el cuerpo decía, hasta aquí he llegado.
Me dejé atrapar por el sueño, uno muy cálido. Eché en falta a Romeo, noté mucho su ausencia, a pesar de que el cuerpo de mi hermana estaba casi por completo encima del mío.
Era increíble cómo una se hace rápido a las buenas costumbres, y es que dormir con Romeo se había convertido en una de mis cosas favoritas.
¿Estaría pensando en mí, tanto como yo en él? ¿O al separarnos había desconectado de todo y yo ya no tenía cabida en su vida, hasta que volviéramos a vernos?
Y la gran pregunta que no me atrevía a pronunciar, ni siquiera a pensar, me asaltó de repente… ¿Teníamos alguna oportunidad, aunque fuese una?