Capítulo 33
—¡ Bella donna ! —dijo en alto Damián, en cuanto me vio.
Nos acercábamos a la mesa de la terraza del restaurante en la que estaba con Alberto y Pablo.
—¿En serio? —se quejó Romeo.
Lo miré y solté una carcajada.
—Mal ha empezado —susurró y carraspeó.
—Hola —saludé a los chicos.
Alberto y Pablo estaban sentados frente a Damián. Los tres se levantaron para saludarnos y cuando terminamos yo me puse al lado de Damián y Romeo a mi otro lado.
— Amore , estás perfecta —me dijo Damián.
—A Carina no le gusta que se dirijan a ella como bella ni amore —soltó Romeo, pasando un brazo por detrás de mi silla.
Ambos se miraron, dejándome a mí en medio.
—Si no quiere que yo se lo diga, que va conmigo, es de mi tierra, no creo que esté muy conforme con que lo hagas tú —añadió Romeo.
Damián me echó una mirada rápida, para saber si lo que decía Romeo era correcto. Asentí dándole la razón, sonriendo.
—Vale, pues vuelvo a decirte preciosa y amor. —Me hizo un guiño.
Reí.
—Pero será en España, aquí paso que quiero regresar con todos los dientes en su sitio. El dentista es un lujo —rio él, junto a sus amigos.
Los miré a los tres, divertida.
—No le hagas caso, está bromeando —me pidió Alberto.
O tal vez sus palabras fueron para Romeo, mientras disimulaba mirándome a mí.
—Lo sé. Lo conozco lo suficiente para saberlo —respondí yo, sonriéndole.
Un camarero se acercó y le pedimos la comida y otra botella de vino, ya que la que había en la mesa la vació Romeo cuando llenó nuestras copas. Antes de que se fuera el chico Damián le pidió que sacara todos los primeros platos juntos, ya que ellos tres hacía un rato que habían pedido.
El camarero nos confirmó que no había problema, a pesar de que Romeo y yo dijimos que no era necesario, que no pasaba nada si comenzaban a comer sin nosotros.
—Todavía no me he hecho a la idea de que mañana estaremos en nuestras casas —comentó Pablo.
—Es que los días han pasado muy rápido —se lamentó Alberto.
—No os quejéis que a vosotros os queda todavía una semana de vacaciones. —Bufó Damián—. Yo me incorporo a la empresa al día siguiente, necesito ponerme al día.
—Ah, pero ¿tú trabajas? Ahora me entero —le dije.
—Muy graciosa.
Reímos.
—Con todos mis respetos —se dirigió a Romeo—. Es que es la mujer de mi vida, lo que pasa es que se niega a aceptarlo —le soltó con descaro y diversión—. ¿Cómo te piensas que te mantendré en un futuro? —me preguntó a mí—. Mi bodega de vino funciona de maravilla.
—¿Eres tonto? No necesito que me mantenga nadie.
Le di un pequeño empujón en el brazo.
—Tío, que seguro que sería al revés. Carina tendría que mantenerte a ti —intervino riendo Alberto.
—Apuesto por eso, con lo que ella gana y con todo lo que tiene alrededor… —dijo Pablo, haciéndome un guiño.
Se lo devolví, sonriendo.
—¿Y vosotros sois mis amigos? —se quejó Damián.
—Damián, asume de una vez por todas que necesitas graduarte la vista —habló Romeo, serio, y los cuatro lo miramos—. Eres el único que no ve que Carina no es la mujer de tu vida, ni mucho menos, y, por supuesto, nunca vas a estar con ella.
Se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo de vino, sin dejar de observar a Damián.
Mi amigo me dio un toque con el pie, en el mío, con lo que me dejó claro que estaba picando a Romeo y que se lo estaba pasando bomba haciéndolo. Solo había que verle la cara.
El camarero volvió con la botella de vino y nos sirvió en las copas. Se fue, pero regresó enseguida, con los primeros platos de comida. La mesa se llenó y me entró mucha hambre de repente. Todo tenía una pinta increíble.
—Soy paciente, sé esperar al momento perfecto —le dijo Damián, con un guiño.
Coloqué una mano en la pierna de Romeo, por debajo de la mesa, al notar que se preparaba para iniciar algo que yo no quería que sucediera.
—Date un puntito en la boca o mete la cabeza en el vino, pero cállate —le pedí a Damián y reí.
—Tranquila, Cari, que si con eso no tiene suficiente nosotros nos encargamos de bautizarlo de nuevo, pero en el mar —me dijo Alberto, con una mirada cómplice.
—Qué poco humor hay en esta isla —se quejó Damián, pero con diversión.
—Cállate un rato y come —le pidió Pablo a su amigo.
Los tres rieron y yo miré a Romeo. Él no se lo estaba pasando tan bien y me pregunté por qué. Estaba claro que Damián bromeaba en todo momento, podía ser descarado, pero nunca traspasaría ninguna línea, mucho menos con Romeo a mi lado.
No hacía falta que Damián me dijera que lo hacía para demostrarme algo con las reacciones de Romeo.
—¿Quieres? —le pregunté a Romeo.
Tenía la mirada perdida en la gente que paseaba por el paseo, hasta que me escuchó.
Me observó y después al tenedor que mantenía en alto para él, para que probara la comida que me había pedido. Abrió la boca y sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, cerró los labios entorno al tenedor y lo retiré despacio.
Él repitió lo que hice y me ofreció de su comida. Noté las miradas de mis amigos, pero continué centrada en Romeo, para no romper este instante.
Me incliné apoyando una mano en su pecho y acerqué los labios a su oreja.
—Damián está de broma —le susurré—. Tómatelo así, no va con maldad.
—Me toca mucho los cojones que sea tan descarado.
Tensó la mandíbula.
—Pero lo que más me jode es que a él lo tendrás cerca cuando vuelvas a tu país, a tu casa.
Cogió la copa de vino y bebió un buen trago.
—¿Tanto te molesta?
—¿Esa pregunta es otra broma? Porque por lo visto esta noche no pillo ni una.
—Solo era… curiosidad —suspiré—. ¿Puedes relajarte?
—Difícil si no se calla.
Su expresión cambió cuando coloqué una mano en su pierna, por debajo de la mesa. Nos quedamos mirándonos, mientras mi mano ascendía hacia su bragueta. Tragó saliva, fue muy sutil, pero lo hizo y me sentí bien al tener el poder para cambiarle el estado de ánimo.
Romeo se olvidó de Damián, de sus provocaciones y de todo lo que nos rodeaba, mientras sentía cómo mi mano le apretaba el miembro, consiguiendo que su erección fuese creciendo.
—Recuerda esto, a quién quiero tocar y a quién quiero hacérselo, la próxima vez que Damián hable —le pedí susurrando, para que solo él me escuchara.
Llenó su tenedor de comida y volvió a acercarlo a mis labios, para disimular. Comí y mastiqué, por el mismo motivo.
—Lo tendré en cuenta, aunque me ayudaría muchísimo si dejas la mano donde la tienes, toda la noche.
Reí y él sonrió de esa manera que me hacía perder la cabeza.
Cuando dejé de tocarlo soltó un pequeño gruñido de protesta que me hizo sonreír, satisfecha. Yo no estaba mucho mejor que él.
Continuamos comiendo y nos unimos a la conversación que tenían los chicos. A partir de ese momento Romeo se relajó y estuvo más dispuesto a pasar una buena noche.
Después de los primeros piques la cena transcurrió de maravilla, en un ambiente genial. Todos nos relajamos y encajamos, de alguna manera, así que disfrutamos de la velada.
Nos fuimos de la terraza del restaurante sobre las once y media, después de que Romeo se hiciera cargo de la cuenta. Al final nos invitó a todos a cenar, antes de que me diera tiempo a hacerlo a mí, como le dije.
—Nos vemos en España —me susurró al oído Damián, mientras nos abrazábamos como despedida.
—Claro.
Le sonreí cuando nos separamos. Abracé a Alberto y a Pablo con cariño y hablamos de vernos pronto.
Ellos se fueron hacia su hotel y nosotros hacia el apartamento, dando un paseo cómodo y tranquilo. Me abracé a Romeo al sentir un poco de fresco y él me rodeó con su brazo, apretándome a él.
De esa manera llegamos al edificio y subimos hasta la puerta del apartamento. Al entrar vi a un lado las bolsas de las compras que hice por la mañana, las que dejé junto a Romeo cuando me fui del bar en el que estábamos desayunando.
—Las ha traído Luigi —me dijo Romeo, al darse cuenta de lo que miraba.
—Ah. Vale —sonreí.
Me cogió de las manos y caminó de espaldas hacia la cama. Antes de llegar estábamos besándonos con desesperación y quitándonos la ropa. Esta salió volando hacia el suelo y cuando caímos en la cama desnudos y enredados, me pidió que hiciera con él lo que quisiera.
Y lo hice, disfruté al máximo de cada centímetro de su cuerpo, para mi propio placer y dándole el suyo también.
Nuestra última noche en la isla del festival fue para el recuerdo, Romeo no me dejó dormir apenas. Las horas pasaron con nuestros cuerpos sudorosos, llenos de deseo y de necesidad, como si fuese la última noche que pudiéramos estar juntos.
Por suerte aún quedaban días por delante para continuar disfrutando, sin tener que despedirnos.