Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 32
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Capítulo 32

Reí cuando Romeo tiró de mi mano con fuerza y corrimos por la orilla, como si escapáramos de algo.

Estábamos en una de las preciosas playas que tenía la isla. Debían ser las seis de la tarde ya.

Sin contar el inicio del día, los que habíamos descubierto que se nos daban fatal por unas cosas o por otras, el resto de las horas las habíamos disfrutado. Comenzando por el sexo en el almacén al que me llevó, al poco de encontrarme.

Cuando salimos, como si no hubiera pasado nada, nos mezclamos con la gente y paseamos por las calles de la isla. Al cabo de un rato y de dos cervezas, nos animamos a acercarnos a otra parte del festival.

Por primera vez pude vivirlo con Romeo, el que saltó, tarareó y bailó a mi lado. Me encantó verlo tan despreocupado, como cualquier otra persona de los que habían venido a la isla para vivir a tope la experiencia del festival.

Estuvimos como una hora, hasta que nos cansamos y decidimos ir a darnos un baño a la zona de playa más cercana. No tuvimos que andar mucho para llegar.

Una vez nos refrescamos y nos secamos un poco, nos pusimos la ropa y Romeo me llevó hasta uno de sus restaurantes favoritos. Difícil elegir porque por lo que me dijo tenía bastantes.

Pedimos una ensalada completa de la casa, gambas al ajillo, mejillones a la marinera, un plato de pasta a la carbonara y otro al nero di seppia . Toda la comida estuvo riquísima, para repetir, pero no pudimos porque nos quedamos muy saciados.

Cuando nos fuimos del restaurante decidimos descansar en una de las camas balinesas que había cerca de las zonas que daban a la playa. Romeo se encargó de conseguir una sombrilla y estuvimos muy a gusto y cómodos tumbados.

Nos quedamos dormidos y descansamos durante una hora. Después el resto del tiempo pasó muy rápido hasta llegar a este momento.

—No, no, no… —grité riendo.

Romeo me cogió en brazos y entró en el agua.

—No quiero bañarme ahora —me quejé.

Apreté las piernas alrededor de su cintura y los brazos en su cuello, mordiéndole el lóbulo de la oreja como queja. Romeo soltó una carcajada, pero no se paró.

—Solo un poco —me susurró en la mejilla.

—Es que no me apetece nada y ahora estará fría.

—No es para tanto, tócala con un pie.

Lo hice sin ganas. Bajé una pierna y metí los dedos. Me sorprendí porque esperaba que la sensación fuese mucho peor.

—Poco a poco, no voy a soltarte.

Me dio un beso y suspiré. Yo tampoco lo solté y aguanté. Romeo se paró cuando el agua me llegaba por debajo del pecho. La verdad es que era una gozada.

El agua estaba en calma completamente, había muy pocas personas en esta parte de la playa y solo una persona como nosotros, a remojo. Pero estaba bastante lejos.

Le acaricié la nuca y lo besé, porque cada vez llevaba peor resistirme a él. Y más si lo tenía tan cerca, pegado a mí. Sus labios igualaron a los míos, en un beso tranquilo, el que no tuvimos prisa por terminar.

Perdimos la noción del tiempo, disfrutando de los últimos momentos de estar en la playa de esta isla. Acabamos sentados en la orilla, yo entre las piernas de Romeo y con la espalda apoyada en su pecho, mientras veíamos atardecer.

—No quiero volver a la rutina —le dije, abriendo una pequeña parte de mis sentimientos.

—Después de unas vacaciones como las que estamos viviendo, va a ser complicado. Para mí también.

—¿Sí?

—¿Acaso lo dudas?

—No lo sé, señor italiano, que va diciéndole a todas bella —dije con retintín.

Soltó una carcajada.

—Ya te dije que es una forma de hablar. Además, lo sabes de sobra si conoces un poco a los italianos.

Cogió una de mis manos y con los dedos entrelazados con los míos, se la llevó a los labios para darme un beso en el dorso.

—Si te digo de seguir en contacto ¿cómo te lo tomarías? ¿Sería mucho para ti?

—Tú… ¿querrías? Quiero decir, yo daba por hecho que esto, tú y yo…

—Ya lo sé. —Me besó en la sien—. Quizás el primer día pensaba que sería un rollo de verano o tal vez nunca he pensado así —carraspeó—. No tenía ni idea, pero ahora que nos hemos conocido más y que llevamos sin separarnos varios días, me gustaría no perder el contacto contigo.

—Tenemos los números de teléfono del otro, Romeo, así que podemos escribirnos y llamarnos cuando nos apetezca. ¿No te parece? No hay que definir nada, ni una rutina. En absoluto, solo hacer lo que nos nazca.

—Igualmente mañana nos vamos de esta isla, pero todavía nos quedan días en la otra.

Noté su sonrisa en el cuello, donde me dejó otro beso después.

—Sí —susurré.

Ambos nos quedamos mirando hacia el mar, hacia donde parecía unirse con el cielo.

El atardecer dio paso a la noche y entonces fue el momento que decidimos ir al apartamento, para ducharnos, ponernos cómodos y cenar allí.

Había comida de sobra de lo que quedó la noche anterior, esperando en la nevera.

—Me gustaría ver a Damián, a Pablo y a Alberto, aunque sea rápido. No sé a qué hora se van mañana —le dije, caminado por el paseo.

—¿Es necesario?

Reí porque lo preguntó con dramatismo, queriendo hacer una broma, aunque no sabía si había algo de verdad.

—Sí —le contesté.

Busqué el móvil en el bolso, recordando que tenía que seleccionar las mejores fotos que Romeo me había sacado hoy, para guardarlas en la carpeta del viaje.

Marqué el número de Damián y me llevé el teléfono a la oreja. Descolgó al segundo tono.

—Eh, ¿qué tal, preciosa?

Él sabía que volvía a estar con Romeo, que había pasado el día con él.

Hablé con Damián por mensajes para dejarlo tranquilo, otra vez.

Lo estábamos convirtiendo en una costumbre, como me dijo mi amigo riendo.

Le escribí al poco de que Romeo y yo saliéramos del almacén al que me llevó para calmar el calentón.

—Muy bien —le contesté—. Estamos yendo de camino al apartamento, pero me he acordado de vosotros. ¿Estáis en la calle todavía?

—Estamos cenando en un restaurante, cuando terminemos iremos a descansar porque una vez que lleguemos al hotel no habrá quien nos saque de las habitaciones.

Rio y sonreí.

—Han sido unos días agotadores, sin casi parar —añadió.

—Sí. ¿En qué restaurante estáis?

Me lo dijo y Romeo asintió, ya que puse el altavoz para que se enterara.

—¿Por qué no venís y cenamos juntos? —me propuso Damián— Acabamos de pedir, seguro que llegáis antes de que nos traigan la comida.

—Romeo me ha dicho que estamos cerca del restaurante —le informé—. Y que le gustaría cenar la última noche con vosotros, todos juntos, por cómo os trató la primera vez que os vio. Se ha empañado en invitaros.

Después de decirlo todo de carrerilla solté una carcajada por la cara que puso Romeo. De él no había salido nada de lo que acababa de decirle a Damián, todo lo contrario. Iba haciendo muecas graciosas porque no le apetecía ir a verlos.

—Ya empieza a caerme mejor —rio Damián—. Pues perfecto, ahora le decimos al camarero que seremos dos más. Os esperamos.

—Vale.

Colgamos y puse mi cara más inocente.

—Lo de pagar no hace falta, yo me hago cargo, pero me hace ilusión estar con ellos. A pesar de todo, me lo he pasado muy bien con ellos y me han hecho sentir muy arropada. Alberto y Pablo han pasado a ser mis amigos, como Damián lo es desde hace tiempo.

Me encogí de hombros.

—No tienes que intentar convencerme —dijo negando con la cabeza—. Ya no podemos retroceder.

Bufó, pero sonriendo. Reí.

—Te van a caer bien.

—Si el tal Damián deja de mirarte como lo hace y no se acerca tanto a ti cuando estáis juntos, quizás haya una posibilidad. —Arqueó una ceja.

—¿Cómo me mira? —le pregunté con diversión.

—Como si quisiera comerte. No me digas que no te has dado cuenta.

—Es un amigo. Hace muchas bromas de que soy la mujer de su vida y otras tantas similares, pero de ahí a…

—Llámalo y dile que has empezado a encontrarte mal, que nos vamos al apartamento.

—No —reí.

—Joder, la nochecita que me espera.

Puso los ojos en blanco.

—Damián es inofensivo, además, estás tú, estaré a tu lado —le sonreí.

—Por supuesto.

Me pasó un brazo por los hombros y me pegó a él. Mi sonrisa se amplió, por eso y por el beso corto que me dio en los labios.

No quería pensar mucho en ello, pero parecíamos una pareja de verdad. De las duraderas, de las que se quieren y desean formar un futuro juntos.

Ese pensamiento me provocó una punzada en el estómago.

El hambre es muy mala, pensé, porque me negaba a pensar en otra posibilidad. Iba de cabeza a sufrir, lo sabía, aunque no quisiera reconocerlo. Tragué saliva.

—Te has quedado muy callada —me dijo—. Si has cambiado de opinión y quieres cenar en el apartamento…

—No cuela —dije con una risilla y él sopló.