Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 31
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Capítulo 31

—Hola.

Fue lo primero que solté, sin saber qué más decir o cómo empezar.

Romeo arqueó una ceja.

—Carina —me llamó Aitana, intentando no alzar mucho la voz.

Se la escuchó perfectamente, a pesar del volumen de la música que no paraba en ningún momento. No daba descanso.

—¿Es él? —me preguntó cuando la miré.

—Sí.

—Ostras, ¡qué fuerte! ¿Cómo ha llegado tan rápido? Si hace nada que se ha ido su amigo.

—Ni idea.

Negué.

—Sabéis que os está escuchando, ¿no? —nos preguntó Matías, conteniéndose para no reír.

—Para eso estás tú, para defendernos —le dijo Aitana.

—Vale, cariño. —Soltó una carcajada.

Ella le di un golpecito en el hombro y terminaron los dos riendo. Hice una respiración profunda, antes de enfrentarme de nuevo a la mirada de Romeo.

—¿Vas a convertir esto en algo habitual? —me preguntó— Lo de desaparecer y dejarme con cara de tonto, da igual cual sea el motivo.

Estaba tenso, demasiado. Era tan evidente su rigidez o contención.

—Voy a disculparme porque me he dejado llevar por impulsos y quizás, por una parte, no te lo merecías.

—¿Por una parte? ¿Qué he hecho exactamente para merecerme el resto?

—¿Tienes idea de cómo me he sentido al ver a esa tía saltar encima de ti y que tú no la apartaras? Estaba sentada delante.

Me señalé, recordando el bochorno que había pasado.

—Y no has tenido ni unas palabras para mí, solo has dicho mi nombre cuando has visto que estaba a punto de levantarme, para advertirme. Yo sí que me he sentido tonta, y encima con todas las personas de alrededor mirándome.

Bufé.

—¿Qué querías que hiciera, que la lanzara al agua?

—Para empezar, hubiese estado genial.

Puse los ojos en blanco.

—Tu amigo también te lo habría agradecido.

—¿Luigi te ha contado quién es Chiara? —se sorprendió.

—Sí. Al menos me ha dado una versión que me he creído. Si es cierta o no…

—Es su ex.

—Pues sí.

Asentí.

—¿Cómo me has encontrado? —Quise saber.

—No voy a decírtelo, por si te escapas otra vez.

Sonrió de medio lado.

—Pero me ha costado más de lo que pensaba.

Y por si te lo estás preguntando, no, Luigi no me ha avisado.

No sé qué habéis hablado, pero yo lo he encontrado por casualidad y de ahí, a localizarte a ti, ha pasado poco tiempo.

Solo he tenido que ser observador. ¿Podemos irnos a otro lado en el que no me explote la cabeza con el ruido?

—Se le dice música.

—Esto no es música ni nada que se le parezca.

Sacudió la cabeza.

—Me gustaría saber si por ahí fuera, suelta por esta isla, hay alguna más que puede echarse encima de ti.

Lo dije sin una pizca de humor, pero a él le pareció gracioso.

Sin esperármelo, me agarró de la nuca y me besó. Su boca cayó sobre la mía con fuerza, sus labios y su lengua enseguida atraparon a los míos. Solté un jadeo y lo agarré con fuerza de la camiseta, acercándolo más a mí.

—Me importa una mierda quién esté en esta isla —me dijo, acariciándome los labios con los suyos—.

¿Lo entiendes? —Asentí—. Pues es lo único que tienes que saber, porque lo que me pides no lo sé ni yo.

Yo no soy el encargado de enviar las invitaciones para que asistan al festival, tengo a otras personas que se encargan de ese trabajo.

—Vale —susurré.

—Nos vamos —dijo con decisión—. Te espero arriba, tengo que salir rápido de aquí si no quiero que vean el bulto de mi pantalón.

Me mordí el labio inferior y sus ojos se desviaron hacia lo que hacía.

—Te doy cuatro minutos para que te reúnas conmigo, no más.

Miró por detrás de mí.

—Mi nombre es Romeo —se presentó a Aitana y a Matías—. Gracias por hacer compañía a Carina.

Les ofreció la mano y ellos aceptaron encantados el gesto, sonrientes. También se presentaron.

Romeo se levantó casi de un salto y se fue rápido hacia la zona de arriba, donde me había dicho que me esperaba. Pasó sorteando a las personas que estaba en el césped, pero ninguna de ellas se fijó en él y su gran problemilla.

Algunas estaban tumbadas y con los ojos cerrados, otras disfrutaban de la música, riendo y moviéndose con el trasero sobre la hierba.

—Chicos, muchas gracias por todo —les dije a Matías y a Aitana.

—Ha sido un placer —me sonrió Aitana—. Además, nos llevamos una amistad. Ha sido breve, pero creo…

—Yo también creo que de aquí ha salido algo bonito —la interrumpí, dándole la razón.

La agarré de una mano y los miré a los dos.

—Os deseo toda la felicidad del mundo y que el día de vuestra boda vaya genial —les dije—. Disfrutad de todo. Si no es mucho pedir me gustaría que me enviarías alguna foto de ese día, para ver lo guapísimos que estáis.

—Cuenta con ello —me aseguró Aitana, dándome un ligero apretón en la mano.

Nos sonreímos y después de varios comentarios más, nos abrazamos, despidiéndonos.

Me levanté, cogí el vaso del batido y el bolso, y subí hacia el final del césped. Romeo me esperaba apoyado en un árbol, con los brazos cruzados. No vi a su amigo Luigi por ningún lado.

Cuando llegué frente a él me agarró de una mano y tiró de mí.

—¿A dónde vamos con tanta prisa? —le pregunté.

Me costó seguirle el ritmo, tuve que caminar muy rápido.

Romeo me contestó.

—¿Hola? ¿Me estás escuchando?

Suspiré porque no me sirvió de nada insistir.

—¿Qué…?

Después de girar en una calle y de alejarnos del festival y de la aglomeración de gente, Romeo entró a un pequeño pasadizo y se paró frente a una puerta.

Lo miré con curiosidad. De uno de los bolsillos sacó un llavero con muchas llaves, pero no le costó encontrar la que abría la puerta que teníamos delante.

En cuanto empujó la hoja de madera volvió a tirar de mí y nos dejó encerrados dentro, cerrando de una patada.

—¿Qué narices hacemos aquí?

Miré alrededor, parecía un almacén.

Solté un jadeo cuando se pegó a mi espalda y me subió la falda del vestido.

—No vuelvas a irte de mi lado, por muy enfadada que estés. Enfréntate a mí, grita o haz lo que te dé la gana, pero no te vayas más —me pidió con la voz tomada por el deseo.

Yo solo pude jadear de nuevo.

Con el vestido enrollado en la cintura, colocó una pierna entre las mías y me las abrió, al mismo tiempo que varios de sus dedos se colaban por debajo de la braga del bikini.

Gemí cuando me atrapó el clítoris y lo frotó, mientras que los otros dedos los deslizaba por mi sexo, humedeciendo toda la zona con mis fluidos.

—Estás tan preparada… —me susurró al oído.

Me embistió con un par de dedos y me agarré con fuerza al brazo que me rodeó por debajo de los pechos.

—Sí… —Gemí, moviendo la cadera.

Cerré los ojos cuando añadió a sus embestidas toques al clítoris, mientras su lengua me lamí el cuello y sus labios me besaban después, para terminar, dándome mordisquitos.

—Romeo… —lo llamé alzando la voz, con necesidad.

—Córrete la primera vez —me pidió, al tiempo que aumentaba sus movimientos.

No tardé en hacerlo, me dejé llevar al cabo de pocos segundos. Todavía sintiendo los coletazos de placer, me cogió en alto y me llevó hasta una mesa pequeña que había.

Continuó detrás de mí y con una mano en la espalda, me indicó que me apoyara en la mesa.

Lo hice deseando lo que estaba a punto de llegar. Apoyé el pecho y la mejilla en la superficie y llevé las manos al borde que quedaba por encima de mi cabeza.

Romeo me separó las piernas y me agarró de las nalgas. Escuché cómo se desabrochaba el pantalón y vi cómo dejaba a mi lado un envoltorio de preservativo.

—Has venido preparado —susurré.

—Contigo siempre tengo que estar preparado.

Gemí cuando se agachó y pasó la lengua por mi sexo. Me agarré con fuerza de la mesa, queriendo moverme, pero me lo impidió al colocar de nuevo las manos en las nalgas.

—Por favor…

—¿Qué? —me preguntó al cabo de un rato en el que no dejó de mover la lengua y los labios en mi zona íntima.

—Dios, o me haces terminar o entra de una vez —me quejé.

Soltó una carcajada, antes de incorporarse. El envoltorio del preservativo desapareció de la mesa y en cuanto se protegió, deslizó la punta entre mis piernas.

Me quedé con la palabra en la boca, se me atascó cuando me embistió con fuerza. Gemí apretando las manos en el borde, sintiéndome llena.

—No vas a volver a huir de mí —dijo.

Se deslizó hacia atrás despacio, para volver a entrar de un empujón de cadera, igual de rápido y duro. Jadeamos al unísono.

—Dilo —me pidió, sin moverse.

—No voy a huir más. Me quedaré contigo, a tu lado, y te partiré la cara si es necesario. Se acabó.

Soltó una carcajada que vibró por todo mi cuerpo y a partir de ese momento, cuando se calló, todo tomó una intensidad que nos llevó directos a caer en dos orgasmos que nos dejaron sin fuerzas durante un buen rato.

O quizás fue que ninguno quisimos movernos una vez terminamos. Al menos hablo por mí al decir que cualquier excusa era buena para sentirlo tan cerca de mí.