Capítulo 29
—Chiara… —le dijo Romeo, cuando se recompuso de la sorpresa.
¿Quién narices era Chiara? Porque por lo que parecía ella estaba encantadísima de verlo a él y de colgarse de su cuello.
Ah, que también había besos. ¡Cómo no! La tal Chiara no tardó en besarle la mejilla y no se conformó con un beso de saludo, fueron varios repetitivos.
¿Y a mí qué? No me molestaba, Romeo podía hacer lo que le diera la gana sin tener que darme… ¿En serio? ¡Qué iba hacia sus labios!
Solté el aire que había retenido sin darme cuenta, cuando él se apartó de su trayectoria.
La mirada se me desvió hacia la mesa donde estaban Damián, Alberto y Pablo. Dio la casualidad de que la tal Chiara estaba montando un espectáculo porque todos los ojos, no solo los de los chicos, estaban puestos en nosotros.
En la mirada de Damián vi que me pedía paciencia y calma, algo que no tenía ni me quedaba, a estas alturas.
—¿Por qué no puedo tener una puñetera mañana tranquila? —me pregunté a mí misma, cabreada—. Me cago en todo, joder.
Cerré los ojos unos segundos, antes de…
—Carina…
—Olvídame. No quieres saber por dónde me paso esa advertencia —le solté a Romeo—. Puedes quedarte con tu amiguita, lo mismo es la siguiente en tu lista de… de nada. Mejor me callo.
Solté un bufido mientras me ponía en pie. Cogí el bolso y caminé entre las mesas, ignorando las miradas que me siguieron. No quería ver pena en ningún lado, ni sentir que cuchicheaban de mí. Me negaba porque antes me liaba a tortas con quien se me pusiera por delante.
Fui directa a la pasarela, con unas ganas tremendas de pegar unos cuantos gritos y de dejar a más de uno las cosas clarísimas. Tanto que ni se atreverían a cruzarse más en mi camino.
—Carina…
—Ahora no, Damián —le dije, para que no me siguiera.
Había venido detrás de mí.
—Te lo agradezco, pero por favor, quiero estar sola. Estoy cansada de mierdas —insistí.
—Joder, déjame acompañarte. Te prometo que no hablaré, que me mantendré callado. Carina…
—No.
Me paré unos segundos, para poder medio girarme hacia él.
Sonreí con tristeza al ver su cara de preocupación.
Y era por esto por lo que, a pesar de lo pesado que era a veces, de lo cansino que se ponía con sus bromas de que yo era la mujer de sus sueños o su vida, a saber, por cómo le daba el día que nos veíamos, precisamente por cómo estaba ahora mismo, mirándome preocupado y pidiéndome con palabras y en silencio que aceptara su compañía, que sabía que podía contar con Damián para lo que fuera.
—De verdad, quiero estar sola.
Le agarré una mano y me la apretó.
—Estoy estupendamente. —Le hice un guiño—. Te lo aseguro. Solo necesito ir a mi aire y olvidarme de todo lo demás.
—Llámame o escríbeme cuando sea, da igual la hora. ¿Vale? Iré a donde estés si me necesitas.
—Volveremos a vernos hoy al final del día, para despedirnos.
—Sí. Cuento con ello.
Nos abrazamos, nos dimos dos besos y cuando miré detrás de él y vi que Romeo estaba separando a la tal Chiara de él, mientras me miraba a mí, decidí que ya me había retrasado demasiado para largarme.
Damián no me siguió cuando le di la espalda. Comencé a caminar rápido y en cuanto llegué al final de la pasarela me mezclé enseguida con todas las personas que iban de un lado al otro de la calle.
Pude respirar tranquila cuando me alejé lo suficiente, sabiendo que Romeo no me encontraría. Imposible con tanta gente, a no ser que le chivaran que me habían visto. Ahora sabía que si no quería que me encontrara no tenía que acercarme a ningún restaurante, bar o comercio.
Estupendo… al menos ya había comprado los regalitos para mi familia y mis amigos, incluso les había comprado unos detalles a Damián, a Alberto y a Pablo que tenía pensado darles una vez estuviera en España. Así quedaríamos para vernos.
Compras que estaban en las bolsas que había dejado con Romeo. Maravilloso, solo esperaba que las dejara en el apartamento porque en algún momento u otro yo tenía que ir a por mis cosas.
Todavía estaba por ver si pasaba la noche allí. Poco me importaba hacerme con una toalla para cubrirme del fresco de la noche y pasar la noche en la playa.
Sería una pasada, aunque no era como había pensado que sería. Daba igual.
Fruncí los labios, negándome a llorar. No quería soltar ni una lágrima por lo que había pasado, no tenía sentido porque Romeo y yo no teníamos nada y…
—Joder, claro que tenéis algo. Al menos durante estas vacaciones y por eso mismo, mientras esté conmigo, me merezco un respeto que no me ha dado. Mierda. —Bufé, retirándome de la mejilla, con rabia, la primera lágrima—. Qué idiota eres, Carina.
Qué ganas tenía en este momento de largarme de la isla. Caminé sin rumbo, evitando acercarme a la gente que podía reconocerme. No quería que nadie avisara a Romeo, no me daba la gana verlo.
Y yo que pensaba que pasaríamos el último día del festival bien y tranquilos, disfrutando de la música, del ambiente, de algún baño, de una buena comida y cena, aparte de todo lo demás que surgiera. Qué tonta.
Solté un suspiro y después de caminar unos metros más, llegué a uno de los focos más activos del festival. Sonreí con tristeza, al recordar lo bien que me lo pasé con los chicos el día anterior. Ahora era muy diferente, no me veía con ganas ni fuerzas de meterme entre tanta gente.
Miré alrededor y me dirigí a una zona de césped. Hacía pendiente, pero no era pronunciada. La gente estaba sentada sobre la hierba, animando desde ahí.
Localicé un espacio lo suficientemente grande para no molestar ni ser molestada, aunque sabía que dentro de poco estaría rodeada por personas.
—Perdona —le dije a una chica, cuando llegué.
Estaba con su pareja, era evidente la relación que tenían, por la posición en la que estaban. Pareja, rollo, lio… lo que fuera, pero algo eran.
—¿Sí? —me preguntó.
—Siento molestarte y lo que voy a decir puede parecerte muy raro, pero ¿me podrías hacer el favor de ir al puesto de ahí?
Lo señalé, estaba a unos metros delante de mí. Ellos lo tenían a la espalda.
—Quiero un café frío, pero no quiero arriesgarme a ir a comprarlo yo.
Al ver que ambos me miraban sorprendidos continué.
—Es que acabo de pelearme con… bueno no es mi novio, tenemos algo.
Estamos pasando juntos el tiempo que dura el festival y lo he dejado en el bar que estábamos desayunando porque ha aparecido una tía que se le ha echado encima.
Lo ha abrazado después de decirle, amore mio , en italiano, y me he ido cuando ella iba a besarlo.
—Joder, ¡qué estúpidos! —dijo enfadada la chica y asentí— ¡Qué fuerte! ¿Y él no se la ha quitado de encima? —me preguntó indignada.
—Ni idea, delante de mí no.
Me encogí de hombros y seguí hablando.
—El problema es que él trabaja en esta isla, es alguien importante y conoce a todos los trabajadores. ¿Sabéis? —Asintieron.
—No quieres que nadie le diga que te ha visto —dijo el chico.
—Exacto.
—Claro que voy a por tu café —habló con decisión la chica.
Se levantó casi de un salto, sonriéndome.
—Muchas gracias. De corazón.
—No hay de qué y si necesitas algo más hasta que nos vayamos…
—Vale. Aunque por lo que he visto los vasos son grandes.
Así era. Varias personas, entre ellas la pareja, tenían vasos con batidos y otros con café con hielo.
—Es que no me han dejado terminar de desayunar —reí sin ganas.
Saqué del bolso la cartera y le di un billete a la chica. Cuando se fue dispuesta y decidida a conseguirme el café, le sonreí a su pareja y me alejé unos pasos, para que tuvieran un poco de intimidad. Al menos por mi parte.
El chico me devolvió el gesto sonriente y me dijo que no me preocupara, que contara con ellos.
Me senté sobre la hierba y crucé las piernas dobladas, tapándomelas con la falda del vestido. Coloqué el bolso a un lado y me obligué a no sacar el móvil. Si lo hacía me dejaría llevar por el impulso de escribir o llamar a mis hermanos y entonces notarían que me pasaba algo.
Siempre me pillaban, era muy mala fingiendo. Es que no me salía, se me notaba rápido que me sucedía algo. Para bien o para mal.
—Aquí tienes —me dijo la chica.
—Muchas gracias.
—No te levantes —me pidió, al ver mi intención.
Cogí el vaso de plástico que me ofreció y la vuelta del dinero. Le dije que podía quedárselo, como otro agradecimiento, pero se negó.
Nos despedimos por el momento. Ella regresó junto a su chico, el que la abrazó con fuerza por la espalda y yo miré hacia el café. El vaso era muy grande, como ya esperaba. Dentro tenía el café con leche con cubitos de hielo y un poco de nada arriba. Era poca y fue lo primero que me comí.
Después comencé a disfrutar del café, del ambiente y de la música. Conseguí relajarme e incluso me reí con la pareja, ya que se acercaron a mí, antes de que otros se sentaran a mi lado. Comenzamos a hablar.
A pesar de todo me dije que la experiencia del festival había merecido la pena. A la mierda Romeo, sus líos y secretos, ¿y qué, si no era lo que pensaba? Lo mismo daba. Me había hecho disfrutar de un buen sexo, varias veces, y me quedaba con eso porque por lo demás…
No quería pensar y lamenté que el café con leche no llevara algún licor para acallar a la mente con alcohol. Solo un poquito, porque necesitaba tener el control absoluto de mí misma. En fin…
Solté un suspiro y sorbí de la cañita. Me entretuve observando a toda la gente, era increíble la marcha que tenían todos los que bailaban por delante de mí.
Los que estaba derrotados se repartían por las zonas más tranquilas y dormían en cualquier parte y postura. Todo era bueno para descansar un rato.
Al cabo de un tiempo, cuando empezaba a tomarme un batido de fresa y plátano que estaba buenísimo, y que esta vez fue a buscar el chico, alguien se sentó a mi otro lado. Bastante cerca porque los huecos eran escasos.
Noté la presencia, pero no me molesté en mirar para ver de quién se trataba. Igualmente, no iba a conocer al hombre. Supe que lo era porque miré de reojo, durante unos segundos, hacia sus piernas flexionadas.