Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 28
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Capítulo 28

Íbamos agarrados de la mano, recorriendo los últimos metros que faltaban para llegar a la pasarela de madera que llevaba al bar tan bonito en el que desayuné el día anterior.

Romeo me había llevado por otro camino diferente al que hice yo y me había encantado, porque había podido recorrer una calle larga llena de tiendas, a cada cual más bonita.

No pude resistirme a comprar unos regalitos y otras cosas para mí, lo que me vino genial porque al día siguiente nos íbamos a la isla donde estaban nuestras familias. Imaginaba que sería al poco de despertarnos.

Cuando nos alejamos de la calle de las tiendas cargábamos con tres bolsas.

—Se las daremos a Luigi para que se haga cargo él —me comentó.

—¿Quién es Luigi? —le pregunté con curiosidad.

—El amigo que vigiló mientras nosotros estábamos en la cama balinesa, cerca del festival. Fue el primer día. El mismo que me ayudó a buscarte ayer por toda la isla y con el que aparecí en el restaurante japonés.

—Ah. No me diste tiempo a presentarme.

—Si es lo que quieres tendrás la oportunidad.

—Vale.

Sonreí.

Llegamos a la pasarela de madera y la recorrimos para llegar hasta el bar. Todos los trabajadores, incluida la camarera que me atendió, saludaron a Romeo en cuanto lo vieron.

Me quedé detrás de él, a unos pasos, hasta que terminó. Después ocupamos una mesa cerca de la parte que estaba más próxima al mar. Las olas se mecían en la orilla, cerca de nosotros.

—Yo quiero el desayuno de ayer —le dije a la camarera, cuando me preguntó.

Se lo señalé en la carta por si acaso y le recordé el cambio que hice. Romeo se animó y pidió el mismo.

—Aquí se está de maravilla —dijo.

—Sí. Este rinconcito es precioso, lo encontré por casualidad.

—Mientras huías de mí, ¿no? —Arqueó una ceja.

—Claro que sí, hombre. No tenía yo otra cosa mejor que hacer —reí—. No me recuerdes cómo comenzó el día de ayer —suspiré.

—Puedo recordarte cómo terminó —sonrió de medio lado.

—Eso tampoco —me quejé.

Atrapó en medio de la mesa la servilleta de papel que le lancé, riendo.

Romeo tuvo que atender su teléfono, como cuando lo conocí y no entendía porque estaba tan pendiente de su móvil.

Cada vez que respondía un mensaje, al terminar, me daba un beso en los labios. Tenía que compensarme, me dijo, y yo encantada de recibir tantos besos. Porque sí, fueron muchos mensajes.

A veces todavía tenía la sensación de que había algo más, esa posibilidad no desaparecía. Sobre todo, cuando me miraba de reojo, mientras escribía. Aunque lo solucionaba con un guiño y el beso del final, yo me sentía un poco extraña.

No quería pensar mal porque a estas alturas sí que me importaba que Romeo estuviera ocultándome algo importante de su vida. Por otro lado, ¿quién era yo para meterme en ella, más de lo que ya estaba metida?

Dentro de unos días dejaríamos de vernos y lo vivido en las vacaciones quedaría en recuerdos para ambos. No había más y pensar lo contrario era una tremenda locura.

—Carina.

Giré la cabeza hacia Damián, con una gran sonrisa en los labios.

Caminaba hacia mí, junto a Alberto y Pablo. Cuando se acercaron los tres miraron a Romeo e intenté no reírme porque la impresión que se llevaron de él el día anterior no le hacía justicia a Romeo.

Este, que estaba atento a su teléfono, otra vez, levantó la vista al escuchar mi nombre. Se mantuvo serio al localizar a Damián y a sus amigos y continuó con la misma expresión cuando se pararon junto a nuestra mesa.

—Buenos días —los saludé.

Me levanté para darles besos y abrazos. Cuando terminé fue Romeo quien se incorporó despacio.

—Lamento lo de ayer —se disculpó hacia los tres—. Me llamo Romeo.

Extendió el brazo, ofreciéndoles la mano, y el primero en apretársela fue Damián. A continuación, le devolvieron el gesto Alberto y Pablo, diciéndole también a Romeo que no se preocupara, que ya estaba todo olvidado.

Damián no fue tan directo, se tomó un poco más de tiempo para analizar el comportamiento de Romeo. Me hizo gracia, pero no hice ningún comentario al respecto. Sobre todo, me gustó, porque seguía preocupándose por mí, a pesar de que le había dicho varias veces que todo estaba bien con Romeo.

—¿Vais a vivir el festival hoy? —nos preguntó Alberto, animado.

—Ayer nos lo pasamos muy bien —comentó Pablo.

—Sí —confirmó Damián, sonriéndome.

—¿Queréis desayunar con nosotros? —les propuse.

—Para eso hay que traer otra mesa —dijo Romeo.

Tenía razón, en la muestra cabían nuestros desayunos y poco más. Había mesas más grandes, como en la que me senté junto a los chicos, cuando me uní a ellos al encontrarnos Damián y yo.

—Hay una libre, pero no espacio suficiente para unirlas —habló Alberto.

—Podemos desayunar por nuestra cuenta y juntarnos cuando terminemos —propuse.

—Me parece genial, siempre y cuando nuestra vida no peligre —dijo Damián, mirando con descaro a Romeo.

Apreté los labios. Romeo se lo había ganado a pulso, así que…

—No prometo nada, pero haré un gran esfuerzo para controlarme —le soltó Romeo, igualando el descaro.

Reí, no pude contenerme por más tiempo.

—Con eso me vale, por ahora —sonrió Damián—. Nos vemos en un rato.

Se despidieron de nosotros para ir hasta una de las mesas libres, justo cuando se cruzaron con la camarera que nos traía a Romeo y a mí el desayuno.

Se lo agradecimos a la chica y comenzamos a comer. Yo cogí la taza, para beber un sorbo de café, con la mirada perdida en la orilla.

—¿Qué pasa por esa cabecita? ¿Te apetece un baño?

—No —reí—. Demasiado temprano —sonreí—. Estaba pensando que hoy es el último día aquí y que en nada estaremos en la otra isla. Ha pasado volando el tiempo.

Me encogí de hombros.

—Todo corre demasiado, ¿no?

—Sí —susurré.

—¿Te arrepientes de algo?

Dejó de comer para apoyar los codos en la mesa.

—No. ¿Por qué? ¿Tú sí?

—Si estamos hablando de ti, de nosotros, en absoluto.

—Ah. ¿Y sobre otra cosa te arrepientes? —lo tanteé.

—¿Cómo qué? —sonrió.

—No sé, eso es cosa tuya. —Negué con la cabeza.

—Mido muy bien todo lo que hago, Carina. Normalmente si fallo en algo suelo ponerle solución bastante rápido.

—¿Nunca te han pillado haciendo algo malo?

Me incliné hacia delante, hablando más bajo.

—¿Algo malo? —Arqueó una ceja— ¿Cómo qué?

—Ni idea —reí, nerviosa.

Joder, qué mal se me daba lo de sacar información. Para esto necesitaba a Julia, mi hermana era una experta cuando le ponía empeño, no había nada ni nadie que se le resistiera. Lástima que con su ex no le sucediera, ahí estuvo muy ciega, pero ya se sabe lo que se dice en ocasiones del amor…

Yo no quería ser una mujer ciega enamorad… ¡Pero qué narices iba a decir! ¿Enamorada? ¿Yo? ¿De Romeo y después de…? ¿Cuántos días hacía que lo conocía? Dios… se me estaba yendo la cabeza, por completo.

Tragué saliva y aparté la mirada de él. La bajé a mi tostada y me la llevé a la boca. Mastiqué el mordisco que di y después de tragar, bebí un sorbo grande de agua. Romeo me observo todo el rato, con mucha atención, por lo que me puso más nerviosa.

—Cada persona mide las cosas bajo sus principios.

—¿Eso qué quiere decir? —Fruncí ligeramente el ceño.

—Que lo que para mí puede estar bien, para otro no. Yo puedo actuar de una manera que considero aceptable, buena, pero otra persona puede recibir esa actuación como algo malo, porque no somos la misma persona. Tenemos crianzas, pensamientos, valores y creencias diferentes.

—Ya… pero yo estoy hablando de algo que está mal visto para todo el mundo. Incluso lo estaría para ti, aunque lo hicieras.

—Puedes hablar claro y dejarte de rodeos. Me has liado. —Elevó las cejas, sonriendo.

—Un ejemplo sería ser infiel —solté.

Fui directa, aunque dudé que Romeo se lo llevara a lo personal, por cómo lo dije.

—Si eres infiel, aunque lo hagas, sabes que está mal. Pero no por ello dejas de hacerlo. Algo así.

Cogí la taza con las manos y me la acerqué a los labios.

—He sido infiel muy pocas veces.

Contuve la respiración, sujetando la taza con más fuerza.

—¿Pocas veces?

Me salió una voz muy aguda y alta.

—No tendrías que haberlo sido nunca. —Bufé, agobiada de repente.

—La primera vez fue…

—No quiero saberlo. —Negué con la cabeza.

—… cuando tenía siete años.

—¿Qué me dices? —Agrandé los ojos— ¿Te estás quedando conmigo?

—No. —Soltó una carcajada.

—Sí —reí, nerviosa.

—Que no. Como he dicho yo tenía siete años, ella seis. Se llamaba Bianca. Nos prometimos amor eterno en el patio del colegio y meses después Paola me dio un beso en los labios y como yo siempre he sido muy curioso, pues le devolví el beso. A la manera de seis, siete años.

Me hizo un guiño.

—Joder, pobre Bianca. Le rompiste el corazón a los seis años.

—Le duró poco, como venganza le pidió salir a Giovanni y este aceptó. Para que veas que era el destino, lo que tenía que suceder, Bianca y Gio todavía estaban juntos cuando terminamos la educación obligatoria. Después les perdí la pista.

—Oh.

—La segunda vez que fui infiel fue cuando tenía diecinueve años, pero porque me enteré de que la que era mi pareja me engañó primero. Fue a modo de venganza y me quedé muy a gusto, aunque jodido.

—Por ahora es aceptable —carraspeé.

—Sí, ¿eh?

Asentí y rio.

—¿Cuántas más? —le pregunté.

No aparté los ojos de los suyos, sintiendo que su siguiente respuesta podía ser la definitiva.

—Una más —me contestó.

Nos quedamos en silencio, Romeo tardó en animarse a explicar esa última vez, y cuando iba a decir algo más, después de comer y beber, la voz de una mujer nos interrumpió de la peor manera posible.

—¡Romeo! ¡ Amore mio ! —lo llamó, muy cerca de nosotros.

Agrandé los ojos cuando, con todo el descaro del mundo, ella se lanzó a los brazos de él. Y no solo eso, terminó sentada de lado en sus piernas.

Romeo reaccionó rápido. Se echó hacia atrás y se retiró de la mesa a tiempo, para que ella no tirara nada.