Capítulo 25
Cerré la puerta del baño, nerviosa.
Me encerré aquí porque… pues no lo sabía porque en unos minutos estaría al lado de Romeo, o encima, o debajo. Lo que era seguro era que estaría desnuda, como me había pedido.
Me miré en el espejo, el calor que sentía se reflejaba en mi piel. Estaba colorada, sofocada.
Me agaché para quitarme la braga, fue lo único, porque del vestido me desprendería delante de él.
Me había puesto muy nerviosa, como si fuese la primera vez que iba a estar íntimamente con Romeo. El problema era que este hombre me alteraba siempre y no sabía si algún día, en algún momento, dejaría de sentirme de esta manera por él.
Bueno, estaba claro que cuando mis vacaciones llegaran a su fin y regresara a casa, a mi vida, todo esto, él y yo, y los momentos compartidos, desaparecerían. Se quedarían conmigo siempre, para llevarlos como recuerdos.
Ese pensamiento me puso triste, me desanimó. El tiempo pasaba muy deprisa, pero poco podía hacer.
—Todo estará bien —me dije a mí misma, mientras continuaba mirándome en el espejo.
Hice varias respiraciones profundas y me vine arriba, para disfrutar del final de la tarde y lo que diera de sí la noche.
Salí del baño, pasé un momento por el armario, para dejar la braga guardada, y me dirigí hacia la zona del yacusi.
—Qué vistas… —susurré.
Perdí fuerza, mis pies comenzaron a moverse como a cámara lenta, mientras veía a Romeo desnudo. Tenía la espalda, el trasero y las piernas tonificadas. Era increíble.
Estaba frente al ventanal y me daba la espalda. Miraba al exterior y se giró despacio, en cuanto me escuchó acercarme.
No os digo lo que me pareció su cuerpo por delante, solo que poco me faltó para que se me cayera la baba. Literalmente.
Tragué saliva.
Se movió para ir hacia el yacusi, sin apartar la mirada de la mía. Subió los pocos escalones del yacusi y entró en él. Cuando dio un pequeño salto me dejó sin espectáculo, ya que solo le veía de la mitad del pecho hasta la cabeza.
El yacusi parecía una minipiscina dentro del apartamento.
Se sentó sin perderme de vista.
Nerviosa, con el corazón latiéndome con fuerza, deslicé uno de los tirantes del vestido que me puse después de ducharme. Este cayó por mi brazo, dejándome al descubierto el inicio del pecho de ese lado.
Romeo se lamió los labios despacio y a mí me temblaron las piernas.
Hice lo mismo con el otro tirante y el vestido cayó deslizándose por mi cuerpo. Era suelto, por lo que no encontró ningún obstáculo para caer enrollado a mis pies.
Levanté los pies, para salir de la ropa, y caminé despacio hacia la escalera, entre las velas.
Tenía la piel erizada y los pezones duros, tan erectos que sentía una ligera molestia. Necesitaba que algo me los calmara, o más bien alguien que no apartaba la atención de mí.
La mirada de Romeo me puso atacada de los nervios y tuve que centrarme en llegar al yacusi y en subir los escalones, con cuidado, para que no me fallaran las piernas.
Una vez arriba, en cuanto puse los pies en el saliente que hacía de asiento, solté un grito por culpa de Romeo.
Se levantó de repente y me cogió de las piernas, para llevarme con él. Me agarré con fuerza a su cuello y todo me ardió al contacto con su cuerpo. No fue por el agua caliente que burbujeaba, para nada.
Volvió a sentarse en el mismo lugar y me puso a mí a horcajadas sobre sus piernas. Me mordí el labio inferior al notar su erección, su miembro me rozó.
La posición no podía ser mejor para…
Romeo se movió y me distrajo de mis pensamientos. Alargó un brazo para coger las copas vacías de la cubitera y me pidió con un gesto que las cogiera. Lo hice y el agarró la botella de vino, para descorcharla después.
Llenó las copas y cuando devolvió la botella a la cubitera y le di su copa, brindamos.
—Porque se repita este momento, muchas veces —dijo.
—Tenemos muchos días de vacaciones por delante, todavía —susurré.
—Cuento con ello, bella —sonrió de medio lado—. Estoy deseando vivirlos todos contigo, hasta el último segundo.
—¿No te cansarás? —reí.
—¿De ti? Nunca.
—Ya… —negué.
—¿No me crees? —Arqueó una ceja.
—Lo que has dicho implica mucho y abarca más, así que…
—¿Por qué no nos centramos en el presente?
—Sí —susurré—. Por una noche estupenda —dije, levantando mi copa.
Me hizo un guiño y chocamos las copas. Bebimos sin dejar de mirarnos.
Cuando terminamos Romeo dejó las copas en el borde plano del yacusi y colocó las manos en mi cintura. El contacto fue electrizante y que me acercara más a él…
Nuestras bocas se buscaron al instante, al mismo tiempo que yo me pegaba del todo a él. Su miembro quedó aprisionado entre nuestros cuerpos y dio una pequeña sacudida.
Profundizamos el beso, respirando el aire del otro y cuando más caliente estábamos, nos separamos, o más bien Romeo me separó de él. Rio por mi protesta.
Acercó el carro, que quedaba a la altura perfecta para ir comiendo, y cada uno cogimos lo que más nos apetecía. Yo elegí un montadito que tenía una pinta estupenda, qué remedio, ya que no podía continuar besando a Romeo.
Me lo comí con ganas y con un gemido en cuanto di el primer bocado. Romeo soltó una carcajada cuando fui a por otro igual. Había de sobra para los dos y repetir.
Durante los siguientes minutos nos dedicamos a comer, compartiendo miradas y gestos cómplices.
—Estás preciosa —susurró.
Me retiró con un dedo, de la comisura de la boca, un poco de salsa. Se lo llevó a los labios y lo chupó, incendiándome con el gesto y la mirada.
Al terminar llevó las manos dentro del agua y esta dejó de moverse. Debió tocar algún botón porque las burbujas desaparecieron y poco a poco el agua se quedó lisa, quieta y en calma, con los pétalos flotando. Después colocó ambas manos en mis costados y las deslizó hacia arriba.
Cerré los ojos al sentirlas calentándome los pechos. Me sobresalían del agua. Romeo me los amasó y acarició, para después tirar con fuerza de las puntas duras. Gemí echando la cabeza ligeramente hacia atrás.
Me agarró de las nalgas, apretándomelas, y me levantó hasta que me quedé apoyada de rodillas, a los lados de su cuerpo.
Mirándonos, se inclinó y acercó la boca a uno de mis pezones. Sacó la lengua y le dio varios toquecitos a la punta, para después morderla. Solté un grito y lo agarré del pelo, arqueando la espalda hacia él, necesitando más, mucho más.
Me lo dio, me torturó el pezón y jugó con mi pecho, mientras que con una mano me tocaba el otro. Intercambió la boca y la mano, cambiando de pecho, mientras que su otra mano libre la llevaba entre mis piernas.
—Romeo… —Jadeé.
Me removí inquieta, al contacto de sus dedos acariciándome el clítoris. Mi cadera comenzó a moverse sola, buscando mi propio placer. Me balanceé sobre sus dedos y acogí sus embestidas en mi entrada, acompasando los movimientos como si fuera otra parte de su cuerpo la que me llenara.
—Diosss… —Gemí.
El agua a nuestro alrededor volvió a moverse, pero por mi culpa. Romeo me llevó al límite y no pude parar. Me corrí con su boca succionándome con fuerza un pecho y con unos de sus dedos dentro de mí y otros sobre mi clítoris.
Estallé de placer, aferrándome a él con desesperación.
Cuando terminé me dejé caer sobre sus piernas, sentada a horcajadas de nuevo.
—Deliciosa —me susurró al oído.
Me rodeó la cintura con los brazos y nos quedamos abrazados, sin movernos. Escondí la cara en la curva de su cuello y fui recuperándome poco a poco. Había sido muy intenso, pero, a pesar de eso, sorprendentemente, todavía no estaba satisfecha del todo.
Continuaba necesitando mucho más. Solté un suspiro y cuando me separé de él, lo suficiente para mirarlo a la cara, lo besé.
Nuestros labios se movieron sobre los del otro de manera perezosa, aunque él debía estar conteniéndose porque la dureza que sentía clavada en mi barriga no era normal. Romeo no era para nada normal, en ningún aspecto.
Iba a ponerle remedio a su pequeño problemilla, primero con la mano y después con lo que surgiera, pero me quitó la intención cuando cogió las copas y me ofreció la mía.
—No tenemos prisa, bella .
—No me gusta que me llames así —dije, soltando un bufido.
—¿Por qué? En mi país es muy común.
—Por eso exactamente. No quiero ser como cualquier otra a la que le digas lo mismo.
Intenté levantarme, para sentarme a su lado y tomar un poco de distancia, pero me lo impidió con una mano en mi cadera.
—¿Por qué no me lo has dicho antes?
—Como si no se me notara. —Puse los ojos en blanco—. Pero claro, te hacen mucha gracia mis reacciones cada vez que me dices bella —dije con retintín la última palabra.
Soltó una carcajada.
—Es que si no me dices directamente lo que piensas o sientes no soy adivino. Me haces creer que en el fondo también te hace gracia.
Elevó las cejas.
—Ya… pues por eso te lo he dicho ahora —suspiré—. Si me llamas por mi nombre está perfecto, o Cari. Pero no de cariño, ¿eh? Cari como un diminutivo de mi nombre. Mis hermanos, mis padres y mis amigos se dirigen a mí de esa manera, muchas veces.
Me encogí de hombros.
—Está bien saberlo —sonrió de medio lado—. Es verdad, perdona, pero la que está más al día de vuestra vida es mi madre. Ya no me acordaba de que no solo estáis Julia y tú.
—No. Dylan es nuestro hermano mayor —sonreí de oreja a oreja, acordándome de él—. Somos tres.