Capítulo 24
—Vamos a dejar el tema ya, ¿vale? —me propuso y acepté encantada.
—Sí. ¿Ya no estás enfadado?
Se impulsó de la mesa y comenzó a caminar hacia mí. ¿Puede haber alguien más sexi que él, caminando descalzo y con solo un pantalón? No, ya os lo digo.
Cuando llegó frente a mí no se paró, subió una rodilla a la cama, a un lado de mí, y con el movimiento tuve que echarme hacia atrás. Cuando subió la otra pierna, colocando la rodilla a mi otro lado, no me quedó más remedio que bajar más la espalda y apoyarme con los brazos.
Romeo se quedó sentado a horcajadas sobre mí y se echó hacia delante. Nuestras bocas se encontraron, al principio tentativas, hasta que cogimos confianza y el beso fue abrasador. Romeo besaba para consumir, poseyendo todo a su paso.
Yo no me quedé atrás, fui al encuentro de su lengua en cada uno de sus movimientos y acompasé mis labios a los suyos. Los jadeos no se hicieron esperar, a mí se me dispararon las pulsaciones.
Me dejé caer de espaldas en la cama y él me siguió, sin apartar la boca de la mía. Gemí bajo su cuerpo, cuando hizo presión con su erección entre mis piernas. Las abrí para sentirlo más, al mismo tiempo que lo agarraba de las caderas y lo empujaba hacia abajo.
Romeo gruñó en mi boca y que lo hiciera me puso la piel de gallina.
—Es… Espera —le pedí, casi sin respiración.
—¿Qué? —levantó la cabeza— ¿Estás bien?
—De maravilla —suspiré.
Miré detrás de su espalda, preguntándome…
—El vecino puede estar en su terraza todavía —le dije, hablando muy bajito.
—Pues habrá oído los jadeos y gemidos. ¿Dónde está el problema?
—¿En serio?
Le di un golpecito en el hombro y rio.
—El vecino no me preocupa nada, que esté o no esté.
—Pero…
—¿Ya no vamos a follar aquí?
—¡Cállate!
Le tapé la boca, pero sus risas se escucharon igual.
—Podemos decirle que se una —sonrió de medio lado.
—¿Te estás quedando conmigo? —Agrandé los ojos.
—Por supuesto, nadie va a verte desnuda delante de mí.
Me agarró de la nuca y volvió a besarme. Gemí por la intensidad del beso y me derretí bajo su toque y el calor que desprendía.
Sin esperármelo se incorporó y se quedó sentado sobre mí de nuevo, aunque no se dejó caer, por lo que no noté el peso.
—¿Qué quieres hacer?
Tenía muy clara la respuesta, pero lo que podía haber al otro lado del muro de la terraza me frenó.
—Tú tienes que comer y yo quería ducharme, para poder echarme un rato en la cama. Nos hemos dado un baño rápido en una playa.
—Está bien —suspiró.
Se levantó y me mordí el labio inferior, al ver cómo se colocaba por debajo del pantalón la erección. Estuve a punto de mandar a la mierda al vecino.
—Anoche sobró mucha comida —le dije.
—Lo imagino —sonrió.
Me ofreció las manos y se la agarré. Tiró de mí para ponerme en pie y una vez estuve frente a él, me dio un beso corto.
—Voy a… —Señalé hacia el baño.
Asintió y entramos al apartamento. Romeo cogió la copa vacía y la botella y lo seguí al interior.
Fui al armario a por un vestido fresquito y una braga, y lo dejé en la cocina, cuando entré en el baño. No tardé en ducharme y el pelo solo me lo froté bien con la toalla, para quitar el exceso de agua.
Cuando salí Romeo estaba comiendo en la mesa de la terraza, con una copa de vino. Me hizo un guiño y sonreí.
Caminé descalza hasta la cama y me tumbé en el lado que había dormido. Cuando me acomodé en la almohada y me tapé un poco las piernas con la sábana, Romeo me pidió que le explicara todo lo que había hecho desde que me desperté.
Así lo hice, le di un resumen desde que abrí los ojos. Le conté en el bar tan bonito que encontré para desayunar. Lógicamente él lo conocía. Le dije que ahí nos encontramos Damián y yo, y que él ya estaba con sus amigos, Pablo y Alberto.
Le comenté que eran buenas personas, por lo menos hasta donde yo los conocía porque por el único que podía hablar más era por Damián. Aunque hay cosas que se perciben, se saben.
Después pasé a explicarle que fuimos a vivir lo que era estar en el centro del festival, ya que yo todavía no lo había pisado.
También lo bien que me lo pasé, aunque todos terminamos pasados de cervezas.
Por eso, después de bastante rato saltando, cantando y bailando, por el calor y el mareo que teníamos, decidimos ir hasta la playa más cercana para darnos un baño rápido.
—Estuve el tiempo justo en el agua, el que me llevó entrar y agacharme para sumergirme —susurré—. Después nos secamos y fuimos a buscar un restaurante. Ya está.
Bostecé cuando terminé, me costaba mantener los ojos abiertos.
Romeo seguía comiendo y al terminar yo, comenzó a contarme él cómo había sido su mañana. Me sentí mal al escucharlo, por cómo lo había vivido él.
Estaba tan cansada por el sol y el calor, por el baño, por las horas que había estado botando, dándolo todo en el festival, y después por todos los nervios que pasé al darme cuenta de por qué no había sabido nada de Romeo, con su aparición después, y los choques que habíamos tenido, que no pude mantener por más tiempo los ojos abiertos.
En algún momento se me cerraron, me dejé arrastrar por el sueño, mientras Romeo continuaba comiendo y me hablaba relajado.
Noté cómo el colchón se movía un poco, no supe después de cuánto tiempo. También me pareció sentir una sensación cálida a mi espalda y alrededor de mi cintura, y cómo esa sensación me atrapaba y tiraba de mí hacia el centro de la cama.
Me sentí en la gloria y solté un suspiro, o al menos creí soltarlo. No tenía ni idea de si estaba soñando, pero si era así no quería despertarme.
Descansada, entreabrí los ojos. El cielo me recibió al atardecer y parpadeé varias veces muy seguidas, para enfocar la vista.
—¿Qué hora es? —susurré, hablando para mí.
Me sorprendió porque parecía tarde. No sentí a Romeo cerca, por lo que me giré en la cama.
—No me lo puedo creer —suspiré, pensando en que me había dejado otra vez sola.
—¿El qué?
Su pregunta me sobresaltó y entonces me di cuenta de que salió de… ¿la pared?
—¿Qué no puedes creerte? —insistió en saber— Son las casi las siete, por cierto.
—Madre mía, sí que he dormido. —Agrandé los ojos.
—No he querido despertarte —sonrió de medio lado—. Tengo la intención de mantenerte mucho tiempo despierta esta noche.
Me hizo un guiño y su sonrisa se amplió cuando se dio cuenta de que me ruboricé.
Este hombre me hacía olvidarme de todo, era un espectáculo.
Se había duchado y no hacía mucho tiempo porque tenía el pelo húmedo. Volvía a tener el pecho al descubierto y llevaba puesto un pantalón de pijama que le caía por las caderas de una manera…
Iba descalzo y hasta que no apoyó un brazo en el marco de…
—¿Eso qué es? —le pregunté sorprendida.
—¿El qué? —Quiso saber él, intentando no reír—. ¿Lo que no puedes creerte?
—Joder, sí. No —rectifiqué y reí—. Lo que he dicho de que no puedo creérmelo era porque pensaba que estaba sola otra vez. Ahora me refiero a eso. —Señalé detrás de él.
Me moví en la cama para quedarme sentada sobre los talones, mirando asombrada donde debía haber una pared.
—Un acceso oculto.
—¿En serio?
Me dejó boquiabierta.
—Es una pequeña prolongación del apartamento.
Salí de la cama, me bajé de un salto, y caminé hasta él. Se movió siguiéndome cuando pasé por su lado, para asomarme a…
—Qué pasada —dije asombrada.
—Me alegra que te guste porque lo he preparado todo para que disfrutemos ahí.
Lo miré alucinada y después volví la mirada al enorme yacusi que había frente a un ventanal, este parecía integrarse con el mar. Las vistas eran increíbles y el yacusi…
Estaba funcionando, el agua se movía y dentro había pétalos de rosas. Olía estupendamente porque también había velas encendidas alrededor. Con la luz cálida que proporcionaban y la claridad que entraba por el ventanal la iluminación era perfecta.
Al un lado del yacusi había una cubitera que contenía una botella de vino y dos copas. Muy cerca había un carro elevado y la superficie estaba llena de platos de comida, tipo montaditos y distintos canapés.
—¿De verdad te gusta la sorpresa? —me preguntó a mi espalda y sonreí, nerviosa.
—Me encanta.
Me giré hacia él y levanté la cabeza, para mirarlo a los ojos.
—Gracias —susurré.
—Esta parte no suelo utilizarla cuando me hospedo aquí.
Elevé las cejas.
—No es mentira —rio.
Me retiró el pelo detrás de la oreja.
—No he dicho que no haya utilizado el yacusi, pero la última vez fue hace bastantes años.
—¿No has venido desde entonces?
—Claro, vengo varias veces al año. Soy el CEO de esta isla, ¿recuerdas? Tengo que estar presente aquí, de tanto en tanto, el resto del tiempo trabajo controlándolo todo a distancia. Pero esos viajes son relámpago y normalmente no me paro a utilizar esta parte del apartamento.
—Porque la has descubierto, porque es imposible que alguien piense que no es una pared.
Fui a tocar la hoja que había deslizado para dar acceso a este escondite y espacio secreto del apartamento.
—Es una corredera falsa.
—Ya lo veo.
Lo miré sonriendo.
Vino hacia mí y se pegó a mi espalda. Se inclinó para hablarme al oído y me erizó toda la piel.
—Prepárate, te quiero desnuda dentro.
Me lamió el cuello y jadeé.