Capítulo 23
Carina
—Carina… —dijo a modo de advertencia.
—¡Qué me dejes tranquila! ¡No me sigas más!
—Voy a ir a dónde vayas, así que vete haciendo a la idea.
Escuché su voz más cerca y cuando quise acelerar los pasos, solté un grito por la frustración que sentí.
Mis pies dejaron de tocar el suelo. Romeo me rodeó la cintura y me cogió.
—¿Qué haces? ¡Bájame! —le pedí.
Estaba muy agobiada. Quien me conocía habría visto hacía rato las señales para mantenerse apartado de mí, pero claro, este hombre no tenía ni idea de que yo estaba a punto de explotar.
Como me presionara un poco más…
—Compórtate como una persona adulta y después me lo pensaré —me dijo.
—Diosss… Eres imbécil.
Bufé.
—¿Qué has dicho, bella ?
Me mordí la lengua para no responderle con una barbaridad que le iba a dejar clarísimo que había dicho. Puse los ojos en blanco.
Lo que menos necesitaba en este instante era estar tan cerca de él, sentir su cuerpo completamente pegado al mío. Los recuerdos de la noche anterior me pasaron factura y me quedé bloqueada, sin saber cómo reaccionar rápido.
Romeo lo aprovechó.
—¿Ya podemos hablar? No me apetece perseguirte por toda la isla. Otra vez no. Tengo el estómago vacío, ni siquiera he desayunado porque he vuelto al apartamento todo lo rápido que he podido, para desayunar juntos. Pero claro, no estabas.
Tragué saliva porque, aunque se había pasado en las formas de hablar, entendía su postura en el asunto.
Yo lo había vivido de una manera totalmente diferente a él, mientras que Romeo, por lo visto, se había vuelto bastante loco recorriendo la isla.
Asustado y preocupado, sin poder ponerse en contacto conmigo.
Era una reacción exagerada, yo era mayorcita para moverme con plena libertad por donde se me antojara, pero entendía que el desconocimiento y la incertidumbre eran malas compañeras.
Por ese motivo cerré los ojos y solté un suspiro. El fallo había sido mío y ni siquiera me había dejado disculparme. Entre que no me había dado tiempo para poder hacerlo y que yo me había alterado al instante, por cómo se había puesto nada más verme…
—Lo siento —susurré y me nació con sinceridad.
Esperé cualquier reacción suya, desde que continuara insistiendo al nivel de sus comentarios, a que me echara encara qué era lo que sentía, pero, en cambio, Romeo se mantuvo callado y apoyó la frente en mi hombro.
Sorprendida, lo miré de reojo. Todavía me mantenía en alto y por su postura lo único que pude ver fue su pelo. Lo que sí notaba eran sus brazos, apretándome con fuerza de la cintura y su respiración y el movimiento que hacía su pecho en mi espalda.
—¿Romeo? —lo llamé al cabo de un rato que no se movió.
—Joder, Carina.
Fue todo lo que dijo, antes de bajarme al suelo.
Me giré hacia él y nuestras miradas se encontraron.
—¿Dónde quieres ir a comer? —le pregunté, nerviosa.
—¿Te parece bien ir al apartamento?
—Sí —contesté susurrando.
Asintió y me ofreció la mano. Bajé la vista hacia su palma extendida y cuando regresé a sus ojos, se la agarré.
De esa manera, cogidos de la mano, apartando a un lado cómo nos sentíamos y lo que había pasado, aguantando las ganas de hacernos preguntas, caminamos por el paseo y después por las calles, recorriéndolas para ir hacia la dirección del apartamento.
Durante todo el recorrido ninguno de los dos hablamos, a pesar de que teníamos muchas cosas por decirnos.
Lo miré varias veces de reojo, porque me chocaba mucho ver a Romeo tan serio. Estaba muy diferente a cómo me había hecho conocerlo, desde el principio.
Solté un suspiro en cuanto entramos al edificio, por el fresco que hacía. El sol apretaba con mucha fuerza y era un alivio estar a cubierto. Continuamos callados mientras subíamos a nuestro apartamento y nada más entrar Romeo fue directo al baño.
Solté el bolso en una silla y cogí el móvil. Le eché un vistazo rápido, pero como no tenía ninguna notificación nueva, lo dejé sobre la encimera de la barra de la cocina.
Tenía muchas ganas de tumbarme en la cama, estaba muy cansada, tanto física como mentalmente, pero primero quería darme una ducha rápida para quitarme la sal del cuerpo, por el baño que me había dado con los chicos, antes de ir a comer.
Fui a la cama balinesa de la terraza, a esperar a que Romeo saliera del baño. En la botella de vino y la copa de la noche anterior todavía estaban como las dejé, la primera sobre la mesa y la segunda, a los pies de la cama balinesa, en el lateral.
En cuanto me tumbé solté un suspiro y cerré los ojos, mientras pensaba que tendría que haberle escrito un mensaje a Damián, para que se quedara del todo tranquilo. Esperaba que lo estuviera.
Entreabrí los ojos cuando escuché movimiento y me encontré con Romeo. Se había quitado la camiseta, lo único que llevaba era el pantalón. Tenía el botón desabrochado, pero la cremallera subida, como si hubiera estado a punto de quitárselo, pero se lo hubiera pensado mejor.
Había apoyado el trasero en el filo de la mesa de la terraza y cruzado los brazos sobre su pecho. Tampoco llevaba calzado y me miraba fijamente.
—¿Quién era el tal Damián? —me preguntó, cortando el silencio— ¿En qué sitio de la isla lo has conocido a él y a los otros dos?
Me incorporé despacio y giré hacia él, doblando las piernas.
—A Damián lo conozco desde hace mucho tiempo. Es un amigo español —le contesté, aclarándoselo.
Arqueó una ceja.
—Ha sido una gran coincidencia, con toda la gente que hay aquí por lo del festival, encontrarnos en el bar que he elegido para desayunar.
Me encogí de hombros.
—La sorpresa ha sido grande e inesperada, para ambos. Yo no sabía que él tenía previsto venir hasta aquí con sus amigos.
—Así que un amigo…
—Eso es. —Asentí—. Me cuesta mucho confiar en alguien y no me embalo con las nuevas amistades —le dije negando con la cabeza, por lo que me había echado en cara antes.
—¿Rencorosa?
—No me toques otra vez las narices, Romeo, que la tenemos de nuevo y esta vez no sé si me contendré.
Sonrió de medio lado y puse los ojos en blanco.
—Lo siento.
Se disculpó serio.
—¿El qué exactamente? ¿El haber perdido el control o las faltas de respeto? Con Damián te has quedado a gusto.
Bufé.
—Créeme, no he perdido el control en ningún momento.
—¿En serio?
—Te lo aseguro. —Asintió, para dejarlo más claro aún.
—Pues quién lo hubiera dicho —suspiré.
—Tendría que haberme controlado, pero he llegado muy acelerado. Cuando Kenji me ha llamado, para decirme que estabas en su restaurante, después de todas las horas que llevábamos buscándote…
—¿Quién? —Fruncí el ceño.
—El encargado del restaurante japonés.
—Ah… ¿y cómo sabía él que…?
—Me he encargado de correr la voz y de que vieran una fotografía tuya, para que supieran quién eres.
—Madre mía.
—Ya lo puedes decir, ahora te conocen de vista todos los que trabajan para mí.
—Joder.
—Yo… me gustaría tener una gran historia para justificarme, yo qué sé, como que esta mañana me fui del apartamento pensando que ibas a tardar, esto es cierto, y que se me rompió el móvil o lo perdí —suspiré—. O que se me cayó al mar al hacerme una foto.
—¿Y cuál es tu gran no historia? —Elevó las cejas.
—Cada noche, antes de meterme en la cama, siempre pongo el móvil en modo silencio. Fue lo que hice anoche —reí—, al menos eso creí hasta pocos minutos antes de que aparecieras en el restaurante.
Hice una mueca.
—Anoche bebí demasiado vino y entre el alcohol y que me acosté medio dormida ya, en vez de poner el móvil en silencio puse el modo avión.
Sonreí de manera exagerada. Romeo me miró como si estuviera gastándole una broma.
—¿Qué? No me di cuenta, joder. Por eso no he activado el móvil, porque ni me imaginaba lo que hice anoche —suspiré—. Y eso que lo he mirado un montón de veces, esperando encontrar algún mensaje o llamada tuya.
Bufé, agobiado y nerviosa, por la intensidad con la que me observaba.
—Parece una broma, pero no lo es. En ningún momento he visto el puñetero símbolo del avión en la parte de arriba de la pantalla, es que los ojos no se me han ido ahí, y como para lo único que he utilizado el móvil ha sido para hacerme fotos…
Hasta que Damián me ha dicho lo que pasaba y entonces has llegado tú. Ya era demasiado tarde.
Una carcajada fuerte sonó al otro lado del muro. Vino de la terraza vecina.
—¿Qué…?
Dejé la pregunta en el aire porque no tenía que ser por mí. Quien fuera debía estar a lo suyo.
Romeo lo único que hizo fue mover la cabeza de un lado al otro, negando. No supe si fue por mí y mi brillante explicación, o por algo del vecino.
—Lo siento —me disculpé otra vez—. Me pongo en tu situación, pensado lo peor y…
—Ni te imaginas lo que me ha llegado a pasar por la cabeza, Carina. Ha faltado muy poco para que llamara a mi hermano, para avisar a tu familia. Estaba desesperado, hasta que me ha llamado Kenji.
—Yo… ha sido sin querer y como pensaba que si terminabas me dirías algo para venir a dónde estuviera yo… Por cierto, ¿te has ido muy temprano del apartamento?
—A las siete —me contestó.
—Pues sí.
—No he tardado mucho en regresar, teniendo en cuenta que tú te has despertado más tarde.
—¿A qué hora has vuelto aquí? —susurré.
—A las nueve y media.
—Joder. Yo me he ido a las nuevo y diez, más o menos.
Bufé.