Capítulo 22
Romeo
—Tranquilízate —me pidió Luigi, a mi lado.
—No me toques los cojones con esa mierda —fue mi respuesta.
Llevaba toda la puñetera mañana volviéndome loco, habíamos buscado a Carina por toda la isla, yendo de sitio a sitio varias veces. Con tanta gente aquí concentrada era como buscar una aguja en un pajar.
Todos los comercios, los bares y los restaurantes estaban avisados de que tenían que ponerse en contacto conmigo si la veían. Hasta ese nivel había llegado, al sentirme desesperado conforme fue pasando el tiempo.
Y por fin recibí una puñetera llamada que sirvió para algo, la del encargado del restaurante japonés que se encontraba a unos metros de distancia de nosotros.
Tenía un cabreo monumental, por los nervios y el miedo que había pasado. Tal vez era un poco irracional, pero me importaba una mierda. Joder, se me habían pasado tantas cosas por la cabeza porque ni los mensajes le llegaban, ni le entraban las llamadas…
Carina había estado incomunicada y no tendría que haberme preocupado porque la isla era segura. Bien lo sabía yo que me encargaba personalmente de coordinar toda la seguridad, tanto la que se veía a simple vista como los que iban de incognito, mezclándose con la gente.
Pero igualmente… el dichoso corazón todavía me golpeaba con fuerza y me notaba muy acelerado.
—Ya ves que está bien —insistió Luigi—. Lo que tendrías que haber sabido, aunque no pudieras hablar con ella. Está divirtiéndose.
—Eso es evidente, mientras que nosotros no hemos parado de buscarla, desesperados.
—Habla por ti sobre lo último —dijo con humor.
Giré la cabeza hacia él y lo fulminé con la mirada. Soltó una carcajada y me apretó un hombro.
—Amigo, contrólate. Aunque me sorprenda, porque ni por asomo me lo esperaba, me has dejado muy claro que esa mujer te importa.
—No me importa más que cualquier otra persona que dé por desaparecida, porque es lo que pensaba. Joder, es normal preocuparse, digo yo.
Sacudí la cabeza.
—Ya… —Me miró de reojo—. ¿Quieres irte o vas a hacer una llegada triunfal?
Después de una breve pausa…
—No sé para qué pregunto, si te conozco tanto —dijo Luigi.
Yo ya estaba caminando hacia la terraza del restaurante japonés.
Mi enfado aumentó cuando vi lo cerca que se ponía el tío que estaba sentado al lado de Carina. Se pegó mucho a ella, para hablarle al oído. Él tenía un brazo apoyado en la silla de ella y estaba inclinado hacia su cuerpo.
Capté rápido la atención de él y no tuve ni idea de si Carina le había hablado de mí, pero supo que iba directo hacia ellos. Eso provocó que se acercara más a ella y continuara hablándole al oído.
¿Por qué acababa de darle un puñetero beso en la mejilla?
—Qué narices… —susurré.
—Huele a desastre, por si te interesa saberlo.
—Cállate —le pedí a Luigi.
—A tus órdenes, jefe.
Bufé. Sí, bufé porque estaba al límite en este instante y no soportaba ni la más mínima tontería o broma.
Carina miró hacia mí y nuestras miradas se quedaron enganchadas, mientras yo me acercaba cada vez más. Vi como su garganta se movía, subiendo y bajando, así como también detecté preocupación en su expresión.
Al llegar a la mesa me paré a su lado. Carina y el tío que tenía al lado me miraban fijamente, él con curiosidad. Los otros de dos que estaban sentados frente a ellos se callaron de golpe.
—Romeo.
Mi nombre lo pronunció el encargado del restaurante que al verme salió a saludarme. Se llamaba Kenji.
No le presté atención, no pude apartar la mirada de la de Carina, hasta que Luigi me dio un pequeño empujón, para que reaccionara.
Miré a Kenji.
—Hola —le dije—. ¿Todo bien?
—Estupendamente. —Asintió
—Perfecto.
Me sonrió y le estrechó la mano a Luigi.
—¿Os preparo una mesa?
—No —respondí rápido.
—Yo tengo hambre, no hemos parado desde bien temprano —se quejó mi amigo.
—En unos minutos te lo confirmo —le hablé a Kenji.
—Vale. Búscame.
Señaló hacia el interior del restaurante y asentí, antes de que desapareciera dentro de él.
Volví a mirar a Carina y me incliné hacia delante, para apoyar las manos en la mesa, muy cerca de ella.
—¿Me puedes explicar, como es que llevas todo el día sin móvil, pasando de todo, cuando te pedí en la nota que te escribí en el apartamento, que me esperaras allí?
Cogí aire, para intentar tranquilizarme. No me sirvió de nada.
—¿Tienes idea de cuántas vueltas hemos dado para encontrarte y de todo lo que he tenido que mover para conseguirlo? Nooo… claro que no, porque te ha importado una mierda tenernos buscándote, mientras que tú te lo pasabas en grande, ¿verdad?
—Oye, tío, no…
—Tú me haces el favor y te callas —interrumpí al que estaba sentado al lado de Carina—. No te conozco, no te he hablado a ti y no tienes ni puñetera idea de la cagada que vas a cometer como me digas algo más, metiéndote en lo que no te incumbe.
Los otros dos se sorprendieron y nos miraron sin comprender lo que estaba pasando.
—¡No te pases! —me advirtió Carina.
—Y encima tienes el valor de decirme eso —reí.
—Sé que he tenido el móvil desconectado, pero me he dado cuenta hace…
—No me importa la explicación que vayas a darme, Carina —remarqué su nombre al decirlo—. ¿Lo entiendes?
Di un golpe seco con la mano en la mesa. Ella dio un bote en la silla, sobresaltada.
—No tienes ni puñetera idea de lo que he llegado a pensar y tú, aquí, sola y a tu aire, dándote lo mismo, cuando en esta isla eres mi responsabilidad.
Fui yo el que le pedí a tu padre que te dejara venir y sí, eso fue en broma, pero el hecho es que tus padres han confiado en mí, de alguna manera.
Hemos venido juntos y nos iremos de la misma manera.
Estás conmigo, por lo tanto, como he dicho, eres mi respon…
—Que no soy nada tuyo, joder —me interrumpió—. ¡No cargues con algo que solo me pertenece a mí misma!
Se levantó de repente, rápido, arrastrando la silla. Esta cayó al suelo.
Si quedaba alguien en la terraza y de alrededor que no tuviera puesta la atención en nosotros, eso cambió totalmente. Fuimos el foco de todas las miradas.
—No tienes derecho a faltarle el respeto a Damián. No voy a permitírtelo —me recriminó, señalándome con un dedo.
—Damián… —Arqueé una ceja—. Mucha confianza, ¿no? ¿Tan rápido la coges y haces amigos?
—¿Eres imbécil o qué te pasa?
Cogió el bolso de malas maneras, lanzó dentro el móvil que hoy no le había servido de nada, y pasó por detrás del tal Damián.
Si pensaba que iba a librarse de mí…
Rodeé la mesa por el otro lado y salí de la terraza. Vi de reojo que Luigi me seguía de cerca, al igual que Damián. Me cagué en él, pero en vez de pararme para decírselo y frenarlo, continué andando detrás de Carina.
Avanzamos un poco por el paseo, antes de que la agarrara del brazo para pararla.
—¿Qué haces? —me preguntó enfadada, tirando para soltarse.
—¿Después de lo que has hecho me dejas con la palabra en la boca y te vas? ¿Así, sin más?
—¿Y qué quieres? —gritó— No has llegado muy pacífico y sinceramente, no me apetece soportarte.
—Oh, ahora sale tu vena caprichosa.
—Qué sabrás tú, imbécil —me gritó más fuerte—. ¡Yo no soy caprichosa! ¡Suéltame!
—No lo es —se metió en la conversación Damián, acercándose demasiado a nosotros—. Carina no es caprichosa —insistió.
—Y lo vas a saber tú…
Me puse más tenso.
—Pues sí, porque… oye tío, suéltame —le pidió a Luigi.
Mi amigo lo agarró para alejarlo de nosotros, pero con suavidad.
—Damián, está bien —le dijo Carina, sin apartar los ojos de los míos—. No te preocupes. Más tarde hablamos, ¿vale?
—Pero… no voy a dejarte sola con este loco.
—¿Perdona? —me dirigí a él.
Solté el brazo de Carina y me giré hacia él. Luigi puso los ojos en blanco, fue muy breve, duró milésimas de segundos, pero lo vi igualmente.
—¿Me has dicho loco? —le pregunté, señalándome— A mí.
—Ya está bien —intervino Luigi—. Yo de ti me daría prisa para alcanzarla.
Fruncí el ceño, antes de caer en lo que decía.
Me volví hacia Carina, pero ya no estaba detrás de mí. La busqué con la mirada y la localicé a bastante distancia, entre la gente que caminaba en ambas direcciones por el paseo. Ella iba corriendo.
Solté un suspiro o un bufido, no lo sé, antes de comenzar a caminar rápido hacia ella.
Miré en varias ocasiones hacia atrás y la última vi que Luigi había acompañado a Damián hasta la terraza del restaurante japonés, donde estaban los otros dos hombres.
Hablaban entre ellos e imaginé que mi amigo les estaba dando alguna información de lo que estaba pasando, para que no se preocuparan.
Me olvidé de todo, menos de alcanzar a Carina. Caminé más rápido, siguiéndola cada vez más cerca porque ella ya no corría.
—¿Puedes pararte? —le pregunté alzando la voz, a una distancia que sabía que me escucharía sin problema.
Su respuesta fue levantar un brazo y dejarme muy claro con un único dedo de la mano, lo que pensaba al respecto. Lo mantuvo bien recto hacia el cielo, todo un detalle hacia mí.
La gente que había en el paseo comenzó a molestarme y a agobiarme, porque me impidió ir todo lo rápido que quería.