Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 21
39%

Capítulo 21

Pedimos un poco de todo lo que sabíamos que nos gustaba y también quisimos probar unas variedades que no conocíamos. Todo tenía una pinta estupenda y con el hambre que teníamos…

Dejé el bolso en la silla de al lado, la que estaba vacía. A mi otro lado estaba sentado Damián, Alberto y Pablo se habían puesto frente a nosotros.

Saqué el móvil despacio y mientras lo hacía, como si pesara como una piedra, me dije y me repetí que no iba a decepcionarme si no tenía nada de Romeo. Algo dentro de mí se encogió cuando confirmé que era así, que ni me había escrito un triste mensaje solitario, ni tenía una llamada perdida.

Cogí una bocanada de aire y me quedé mirando la pantalla, sin comprender qué estaba pasando.

Ni mucho menos entendí a ese hombre. ¿Para qué me había traído aquí con él?

¿Para dejarme sola y olvidada? Hasta cierto punto podía entenderlo, joder, supuestamente él estaba trabajando, pero qué menos que una llamadita o algo, ¿no?

Suerte que había encontrado a Damián, lo que había sido un lujo y una casualidad impresionante, pero si no hubiese sido así…

—¿Qué? —pregunté.

Giré la cabeza hacia Damián.

—Te he preguntado si te pasa algo —me dijo.

—Estoy bien.

Sonreí.

—Es la segunda vez que me lo dices ¿y sabes? No me he creído ninguna de tus respuestas. Te conozco un poco para saber cuándo estás inquieta o molesta, entre otras cosas. Aparte, tu cara es un fiel reflejo de tus sentimientos, no puedes ocultarte.

Me sonrió y vi cariño en su expresión, por lo que le devolví el gesto.

—Es solo que me he sentido un poco sola. —Señalé el móvil—. Pero os he encontrado a vosotros y me he venido arriba.

—Lo siento. Si hubiera sabido que venías aquí podríamos haber quedado desde el primer momento.

—No es culpa tuya, Damián. Pero gracias.

—No digas tonterías. Estando tan lejos de nuestra zona de confort me siento más responsable de ti, eso y porque no quiero que mi vida peligre por tu hermana, si te pasa algo —dijo con humor.

Reímos.

—Cuando terminemos de comer le escribo y si puede le hago una videollamada, para que aparezcas de repente en la pantalla. Se va a quedar muerta cuando te vea —reí—. Bueno, eso será si Marco no la tiene muy entretenida.

La comida llegó y la mesa enseguida se llenó de platos y bandejas. No tardamos en comenzar a comer, con muchas ganas. Con los primeros bocados hicimos sonidos de satisfacción y reímos los cuatro.

Pasamos un rato muy bueno, disfrutando de la comida y de la compañía. Alberto se levantó para ir al baño y le pedimos los postres. Cuando regresó ya estábamos comiéndolos y nos dijo que nos había invitado a comer. Pagó la cuenta.

Hubo varias quejas, pero se solucionó con que a la próxima invitaba otro. A mí me excluyeron, directamente.

—Voy a escribirle a Julia, por si puede hacerme una videollamada —le dije a Damián, captando su atención.

Pasó un brazo por detrás de mí, para apoyarlo en el respaldo de mi silla y se inclinó para mirar la pantalla de mi móvil. Se quedó atento por si mi hermana me hacía una videollamada, para cuando tuviera que aparecer en pantalla.

—Es raro que no me haya enviado un mensaje de buenos días —comenté distraída.

—Oye, Carina…

—¿Sí?

Miré a Damián.

—Me parece que estoy a punto de resolver algunas de tus dudas —carraspeó.

—¿Cómo?

Fruncí el ceño.

—Durante un buen rato, hace ya tiempo, has estado mirando mucho el móvil. Aunque has querido disimular ha sido evidente.

—Estaba esperando… algo.

—Lo sé, como también que te ha afectado que la persona con la que estás aquí te haya ignorado.

—Sí —susurré.

—Tienes el móvil en modo avión —me soltó de golpe, con una ceja arqueada.

—¿Qué? —grité con voz aguda.

Miré rápido la pantalla y agrandé los ojos.

—¿Cómo… cómo puede ser? Anoche lo puse en silencio, como siempre que me voy a la cama. No en modo avión. Ay, Dios mío.

—No te darías cuenta y te has confiado. ¿Bebiste mucho vino? —me preguntó con humor.

—Mierda. Joder, joder… —me lamenté, dándole la respuesta.

—¿Tan malo es?

—No sé qué va a llegarme ahora. —Tragué saliva—. Es que no comprendo cómo no me he dado cuenta en todo este tiempo.

—No es raro, a mí me pasó una vez. —Se encogió de hombros—. Basta con que no estés acostumbrada, por lo que no caes en fijarte en ese detalle. No te fijas porque no vas buscándolo, ni piensas en ello. Y si le sumas a que estás de vacaciones y hoy, desconectando de todo.

Hizo una pausa que aproveché para beber un sorbo de vino.

—Dale —me pidió, señalando con un gesto mi móvil—. Actívalo. Estoy contigo, lo que sea lo resolveremos juntos.

Me hizo un guiño.

Bajé la mirada al teléfono y quité el modo avión. En cuestión de segundos se me acumularon un montón de notificaciones. El móvil no dejó de sonar con entradas de mensajes y avisos de llamadas. Una y otra vez, una y otra vez…

—Madre mía.

Tenía mucho de todo de Romeo y me bloqueé. ¿Cómo no me había dado cuenta? No me entraba en la cabeza no haber visto el puñetero simbolito del avión, en una esquina de la pantalla. Es que, a no ser que volara para viajar, era algo que no utilizaba.

—Preciosa… —me llamó Damián.

—¿Qué? —Tragué saliva, mirándolo.

Se inclinó para hablarme al oído, tan cerca que su respiración me hizo cosquillas. Alberto y Pablo estaban hablando entre ellos, no se habían enterado de nada.

—La persona con la que me has dicho que llegaste a esta isla, de la que no me has dado detalles, ¿no será un tío alto con el cabello rubio, con un cuerpo muy definido y con una cara de muy pocos amigos que tira para atrás?

Volvió a carraspear y lo observé sorprendida, por algunos detalles de esas características y porque me dijera eso en este momento. No me dio tiempo a hablar, antes de que Damián continuara.

—Más que nada porque uno igualito a mi descripción viene caminando hacia aquí, directo a nuestra mesa, y no te quita la vista de encima.

Bufé al ver que estaba intentando no reírse.

—Lo digo muy en serio. Ese tío parece muy enfadado y tenso, no sé si es porque no le ha gustado verme casi encima de ti, que conste que inocentemente, o porque está cabreado, ya que lo has ignorado durante medio día. Yo opto por ambas posibilidades, mezcladas.

—No puede ser —susurré.

—Por su forma de andar parece que quiere romper el suelo y el que va a su lado y lo sigue de cerca, aunque no parece estar tan serio, también impone.

—La Virgen.

—Siento decirte que el primero, el de los pies de plomo y mirada que te hace encogerte, supera al otro en todo, por goleada.

Contuve la respiración y cerré los ojos con fuerza, preparándome para el inminente choque.

Cuando Damián me dio un beso en la mejilla, para recordarme que estaba a mi lado. Abrí los ojos y me atreví a mirar en la dirección que me indicó.