Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 20
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Capítulo 20

—¡Así, así…! —gritó Alberto.

Yo no podía parar de reírme.

Eran la una y media de la tarde, llevaba demasiadas cervezas bebidas como para recordarlas, y hacía una media hora que no dejábamos de saltar, junto a muchas más personas.

Nos habíamos metido en el centro de uno de los puntos más activos del festival, donde de vez en cuando nos chocábamos con los cuerpos de unos y de otros.

Yo no sabía de dónde salía la bebida, Damián tampoco. Cada vez que Pablo o Alberto nos ponían un botellín de cerveza en las manos, Damián y yo nos mirábamos sorprendidos y reíamos con ganas.

Me lo estaba pasando genial, me había olvidado de todo porque solo estaba centrada en pasármelo bien. Lo mejor posible.

Desde la última vez que guardé el móvil, hacía ya bastante rato, no había vuelto a cogerlo para mirarlo. Lo tenía por algún lado del fondo del bolso y tendría que haberlo hecho antes, para que nada me amargara el día.

Gracias a olvidarme de él había conseguido mucha paz mental, porque más veces de las que me gustaba admitir, en muchos momentos, no había podido evitar mirar el teléfono. Todo por saber si tenía algún mensaje o llamada de Romeo.

Adelanto: no fue así. Continuaba sin saber nada de él.

—¡No te muevas tanto! —le grité a Damián, riendo.

—¡Si eres tú! —me contestó él.

Estallamos en carcajadas, sin dejar de bailar. O creía que bailábamos, porque no estaba muy segura de cómo nos veían los demás. Nuestros cuerpos sí que chocaban continuamente, lo que nos servía como punto de apoyo.

Poco me importó cómo estábamos, en este instante, justo aquí, no era Carina la famosa influencer, era la chica joven que quería pasárselo bien, sin tener que medir cada uno de sus pasos y sin pensar en subir nada a las redes.

Solo quería y necesitaba dejarme llevar como cualquier otra chica de mi edad, y con quién mejor que con alguien de confianza, en un lugar apartado por muchos kilómetros de todo lo que conocía.

Al menos a Damián lo conocía lo suficiente para estar tranquila, por si perdía un poquito el control de mí misma.

Daban igual todas las insinuaciones que me hacía y todas sus bromas, en las que siempre me dejaba claro que quería que fuésemos algo más que amigos. No importaba nada porque sabía que podía contar con él como amigo.

Con Damián estaba en buenas manos, así me hacía sentir, y Pablo y Alberto también me daba mucha seguridad. Eran buena gente.

Continuamos moviéndonos al ritmo de la música, muy descoordinados, pero felices. Donde nos encontrábamos se escuchaba muy alta. Al principio me molestó bastante, pero pronto dejó de importarme. Con la cuarta cerveza, más o menos.

Las primeras nos las bebimos muy rápido, nos entraron solas. Hacía mucho calor y rodeados de tantos cuerpos, y con el sol pegando fuerte sobre nuestras cabezas, lo único que apetecía era beber mucho para hidratarse. Y si eran bebidas bien frescas mucho mejor.

Lo ideal hubiera sido agua o refrescos, pero oye, estábamos en un festival y no estaba mal desmelenarse un poco.

—Un baño nos sentaría genial —gritó Pablo.

—No, ¡qué nos ahogamos! —me quejé yo.

—¿Qué dices? —Damián se dobló de la risa—. El baño es la mejor idea que he oído en mucho tiempo. Nos damos uno, no hace falta que estemos mucho rato, solo el suficiente para refrescarnos, y después buscamos un restaurante para comer.

—Sí, tío, con tanto alcohol, calor y movimiento tengo el estómago en los pies. No me acuerdo ni del desayuno —se lamentó Alberto.

—¿Ya queréis iros? —les pregunté.

—Tenemos que comer y nos vendrá bien alejarnos por un tiempo de tanto bullicio —me habló al oído Damián, para que lo escuchara bien.

El volumen de la música subió y retumbó muchísimo por los altavoces.

—Vale —grité, tapándome las orejas.

Damián se puso a mi espalda y por delante de mí fueron Alberto y Pablo, en ese orden, siendo el último mencionado el primero de la fila que nos guio hacia cualquiera de las salidas que había.

Nos costó llegar a una y cuando lo hicimos soltamos los cuatro un suspiro de alivio.

En cuanto pudimos movernos con facilidad y libertad Damián me agarró de una mano y Pablo de la otra. De esa manera me dejé llevar por ellos. Fuimos a la playa que teníamos más cerca y al llegar a unos metros de la orilla, colocamos mi bolso en una tumbona libre y nos quitamos la ropa.

No perdimos el tiempo, al quedarnos en trajes de baño fuimos al agua, muy acalorados. Alberto y Pablo fueron los primeros en lanzarse, como si estuvieran perfectamente y no sintieran el contraste de temperatura.

A mí el alcohol también me envalentonó, pero solo por un momento. Al principio no me costó tanto como siempre meter las piernas, hasta que llegó un punto en el que el agua me cubrió por encima de las rodillas y me dio un escalofrío.

—¿Estás bien? —se preocupó Damián, agarrándome de un brazo.

—Sí, sí… —reí.

—¿Seguro? Puedes sentarte en la orilla.

—¿Y ahí qué voy a hacer? —continué riendo.

—Ya buscaremos alternativas, seguro que por aquí hay alguien que tenga un cubo. Si lo lleno puedes ir mojándote poco a poco.

—¿En serio? —Me doblé de la risa.

—¿Qué? —me preguntó riendo también.

—Damián, no sé si te has dado cuenta, pero en esta isla todavía no he visto a ningún menor. —Negué con la cabeza—. ¡Y no voy a hacer el ridículo de esa manera! —Bufé, sin perder la sonrisa—. Para eso me quedo en la hamaca y no me muevo.

—Mujer, yo era por colaborar —rio él.

—Te lo agradezco, pero así no me ayudas —suspiré.

—Venga, pues vamos a darnos el baño. Es mejor no pensarlo. Con que te mojes rápido te aliviará la sensación del alcohol y se te quitará el agobio del calor.

Asentí y comencé a dar un paso tras otro. Damián no me soltó del brazo en ningún momento, lo que le agradecí con la mirada.

—Ya te tengo en el bote —me dijo, cuando el agua me llegaba por la cintura y contenía la respiración.

—Idiota. —Solté una carcajada.

Le contagié las risas y de esa manera hicimos una cuenta atrás rápida, antes de agacharnos y meternos debajo del agua. Nos cubrió por completo. Cuando salí tuve que agarrarme a él, para mantener el equilibrio.

—¡Bravo!

Miramos hacia la orilla y reímos al ver a Alberto y a Pablo, animándonos desde allí.

Salimos del agua y nos reunimos con ellos, mucho más animados y recuperados. Se nos pasó bastante la tontuna.

Esperamos unos minutos para que el exceso de agua se deslizara sola por nuestros cuerpos y después utilizamos la toalla que saqué del bolso, para secarnos. Nos vestimos, nos calzamos y fuimos a buscar un restaurante para comer.

Solo tuvimos que caminar unos minutos, hasta que encontramos uno que nos llamó la atención a los cuatro. Era de comida japonesa.

Ocupamos una mesa en la terraza que estaba cubierta por una carpa. Esta tenía los laterales abiertos, para que corriera el aire. De arriba salía agua espolvoreada que sentaba de maravilla, para aplacar más el calor.