Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 19
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Capítulo 19

Carina

Me estiré en la cama y abrí los ojos, justo en el instante que me acordé de que no estaba en la villa con mi hermana. También porque noté en mi cuerpo lo que era compartir una cama con Romeo.

Giré la cabeza despacio hacia el lado que… no estaba. Me incorporé despacio, quedándome sentada. La sábana resbaló por mi cuerpo, haciéndome más consciente de lo que había sucedido por la noche, porque estaba desnuda.

Me levanté y recogí las piezas de mi pijama y la braga, la que encontré enrollada en la sábana.

—¿Romeo? —lo llamé en alto.

La puerta del baño estaba entreabierta, pero él no me respondió.

Solté un suspiro y miré hacia la terraza, parecía que me había quedado de nuevo sola.

Caminé hasta el baño y empujé la puerta despacio, para asegurarme. Se encontraba vacío.

—Pues muy bien. —Bufé.

Fui al armario para dejar dentro el pijama, guardé la braga en el compartimento de la maleta que reservaba para la ropa sucia, y cogí un bikini diferente al del día anterior, junto a la ropa que iba a ponerme.

No pensaba quedarme en el apartamento más tiempo del necesario, ni loca, con el buen día que hacía.

Me encerré en el baño con todo y comencé a arreglarme. Después de asearme y de quedarme cómoda, me vestí.

Me puse el bikini que era una cucada y por encima una camiseta que quedaba un poco anchita en la zona de la barriga, pero entallada en el pecho, marcándolo.

Era de tirantes finos y la acompañé con un pantalón corto, pero este no era vaquero como el del día anterior. La tela era muy fresquita y suelta.

Salí del baño peinada, directa hacia el bolso playero.

En él metí el móvil, después de comprobar que no tenía ninguna notificación.

Añadí el cargador y una toalla que cogí del baño, nunca venía mal, y me aseguré de que llevaba el resto de las cosas que creía necesarias, como la crema solar, las gafas de sol, la batería externa para el móvil y la cartera con el dinero y la documentación.

Abrí un bolsillo interno del bolso y cogí de dentro un pañuelo decorativo para la cabeza.

Fui al baño para ponérmelo por encima del pelo y me lo coloqué en forma de pico, con este hacia abajo.

Lo até bien cerca de la nuca y sonreí al verme con él puesto.

Me saqué un mechón fino por cada lado y ya estaba perfecta.

Quedaba monísimo.

Me calcé las sandalias de tiras que se ataban a las piernas y después de echar un vistazo rápido por el apartamento, asegurándome que no me dejaba nada importante que sacara del bolso, cerré la corredera de la terraza y me dirigí hacia la puerta.

En ese momento, al pasar cerca de la cocina, vi que había un papel junto a la cafetera. Me acerqué porque supe que era cosa de Romeo y así fue, cuando leí lo que me escribió.

«Buenos días, preciosa. Por si no eres de mirar el móvil nada más despertarte, seguro que con el café no fallo. He tenido que salir temprano, lo siento, te prometo que te compensaré cuando vuelva. Espérame».

—Claro que sí, como que voy a quedarme aquí encerrada.

Bufé.

Fui hacia la puerta, saqué la llave de la cerradura y la eché por el otro lado.

Cuando salí del edificio a la calle sonreí, hacía un día espectacular. Comencé a caminar sin rumbo y sin tener ni idea de hacia dónde iba, pero poco me importó porque por todos lados había gente, comercios, restaurantes y bares.

Me paré varias veces para hacerme unas cuantas fotos, para acumularlas en mi galería. Unas las hice de cuerpo entero y otras de tipo selfi, con unos fondos muy bonitos a mi espalda. Quedé muy satisfecha con los resultados.

Llevaba unos diez minutos dando un paseo agradable, cuando encontré el lugar perfecto para tomarme el primer café del día y desayunar. Tuve que desviarme del camino principal e ir hacia la arena de la playa, por una pasarela de madera.

Se trataba de un bar que parecía salir de unas rocas. El mar estaba muy cerca de él, las olas rompían suavemente en la orilla, a tan solo unos metros de distancia.

El local no era muy grande, pero quedaban algunas mesas libres. Todo era de madera, pintado en blanco, azul y con unos toques de amarillo en tono pastel. Combinaba genial con la playa de fondo.

—Buenos días —me saludó una camarera, en cuanto me senté.

—Buenos días —le devolví la sonrisa.

—¿Qué te apetece tomar?

—Para empezar un café con leche. ¿Hacéis desayunos?

—Claro, en toda la isla hacemos de todo —me dijo con un guiño.

—Está bien saberlo —reí.

—Voy a por una carta, para que elijas lo que más te apetezca.

—Gracias.

Se separó de mí muy poco para ir hasta la barra y regresó con la carta.

—Enseguida te traigo el café.

—Gracias.

Observé la carta y se me antojaron varias cosas. No podía pedírmelo todo, era demasiada comida, por lo que estuve meditando bien las opciones que tenía.

—Aquí tienes —me dijo la camarera.

Me dejó la taza de café con leche en la mesa.

—Gracias. Ya sé qué desayuno quiero.

Se lo señalé en la carta y le pregunté si podía cambiar una de las cosas por otra. Me dijo que no había problema y volví a agradecérselo, antes de que se fuera para dar la orden de que me lo prepararan.

Saqué el móvil para comprobar la hora, aunque en realidad lo que quería ver era si Romeo me había escrito o llamado. No tenía nada de él, se conformó con el mensaje escrito en el papel. Solté un suspiro, preguntándome si el resto del tiempo íbamos a estar igual.

Lo mismo lo tendrían tan ocupado, yendo de un lado al otro, que no lo vería hasta que tuviéramos que regresar a la isla donde estábamos alojados de vacaciones.

Una vocecilla en mi cabeza me dijo que mientras que se presentara por las noches, para pasarlas como la de anoche… Claro, y a saber, dónde pasaba el resto del día.

No podía reprocharle nada, pero creí que al venir con Romeo no me vería tan sola en esta isla, alejada de los míos. Si lo hubiera sabido seguramente no habría aceptado. En fin…

Dejé el teléfono en la mesa, a un lado, y endulcé el café como me gustaba, sin pasarme. Lo removí y cogí la taza, para llevármela a los labios.

Acababa de darle el primer sorbo cuando…

—¿Carina?

Casi me atraganté al escuchar mi nombre, pero no fue eso lo que me provocó la sorpresa. Lo que no esperaba, para nada, era reconocer la voz y saber quién me había llamado.

Me giré en la silla hacia la derecha, buscando con la vista a…

—¿Damián? —lo llamé yo, sin salir del asombro.

—Joder, Carina.

Soltó una carcajada.

—No me lo puedo creer. ¡Qué fuerte! —continuó hablando él.

Damián estaba sentado a una mesa, junto a dos chicos más. Se levantó de su silla, con su taza de café, le dijo algo a los hombres y vino hacia mí.

—Madre mía, ¿qué haces aquí? —le pregunté riendo.

Me levanté para recibirlo. En cuanto dejó la taza en mi mesa nos abrazamos.

En este momento abrazaría con fuerza hasta al cartero que dejaba el correo en la casa de mis padres, por poner un ejemplo. Hasta ese nivel de soledad sentía, porque teniendo en cuenta que, con ese hombre, el cartero, había intercambiado muy pocas palabras…

Cualquier detalle cotidiano me resultaba maravilloso, así que encontrarme aquí con Damián me parecía lo más, aparte de increíble.

—Estás… ¡Qué nadie se acerque! ¡Esta mujer es mía y solo mía, aunque ella no lo sepa todavía! —alzó la voz.

Todos los de alrededor rieron, incluida yo, después de darle un golpe en el hombro.

Nos sentamos a la mesa, uno frente al otro.

—¿Qué haces aquí? Joder, no habíamos hablado de dónde íbamos a pasar las vacaciones —le dije, sin llegar a creerme que lo tuviera delante.

—No te he visto llegar, estaba en el baño. —Señaló hacia un lado—. Este festival es muy conocido —comentó muy animado.

—Pues yo nunca había oído hablar de él. —Elevé las cejas.

—Yo tampoco. Te he dicho lo que me dijeron a mí.

Puso los ojos en blanco y reímos con ganas.

—Entonces…

—He venido por ellos. —Señaló a los dos hombres que había dejado en la otra mesa—.

Son mis amigos y me he dejado arrastrar.

Me hablaron de esta isla y del festival, eran ellos lo que estaban al día, y me pareció buena idea para pasar unos días divertidos y en un lugar precioso.

Tenían entradas para acceder y aquí estamos.

Me hizo un guiño.

—Y ha merecido la pena —añadió—. Llegamos hace dos días, el anterior a que comenzara el festival, y nos lo estamos pasando genial.

—Me alegro. La isla es preciosa —dije mirando hacia el mar—. Da gusto pararse en cualquier parte.

—Estoy de acuerdo, aunque debo decir que tú eres mucho más preciosa. Qué bien te han sentado estos aires, Carina. Estás divina.

—Tú sigues tan exagerado como siempre —sonreí.

—Realista —me devolvió el gesto sonriente—. ¿Y qué haces aquí? ¿Dónde has dejado a tu hermana?

Miró alrededor, como si la fuera encontrar en cualquier momento.

—No está, al menos en esta isla. Yo llegué ayer aquí con otra persona, Julia se ha quedado en una isla vecina, donde estamos alojadas en una villa espectacular, junto a nuestros padres.

—¿Y eso? ¿No se ha apuntado a esta fiesta?

—Hombre, tanto como fiesta… lo único que he hecho desde que llegué ayer ha sido tomar el sol, darme un baño en la playa, pasear y cenar una mariscada.

—Vi la publicación anoche y te escribí un comentario. Para chuparte los dedos —sonrió.

—Lo hice, sí.

Reímos.

—¿No te acompaña nadie ahora?

—Estoy sola, ni idea de si será por un rato o por el resto del día. La persona con la que he venido tenía que hacer unas cosas y no tengo ni idea de dónde está.

—Pues está claro, ¿no?

—¿El qué?

—Que te quedas con nosotros hasta que, quien sea esa persona con la que has venido, porque parece muy misteriosa, le dé por aparecer de alguna manera. Pero te lo advierto, que se atenga a las consecuencias porque puede que cuando te encuentre tú ya hayas caído rendida a mis pies.

—Ni en tus mejores sueños.

Solté una carcajada.

—Tiempo al tiempo, preciosa.

Sonrió con picardía.

—No voy a decir que no a pasar el día con vosotros, pero ¿a ellos les importará?

Miré de reojo hacia la mesa donde estaban sus amigos.

—No digas tonterías, estarán encantados. Ven.

Se levantó decidido y cogió tanto su taza como la mía. Era lo único que me habían traído, por lo que no tuvimos que cargar con nada más.

Metí el móvil en el bolso y cogí este último, para seguirlo.

—Chicos, esta hermosa mujer se llama Carina. Es española, la conozco desde hace tiempo y ha sido una gran sorpresa encontrarnos aquí. En alguna conversación ha dicho su nombre, y, para dejar los puntos claros, algún día será mi mujer.

La presentación de Damián nos hizo reír. Él no se quedó atrás y rio también con ganas.

Ya no sabía si lo hacía para picarme o porque en realidad pensaba todo lo que decía.

Sus amigos se llamaban Alberto y Pablo. Me recibieron con grandes sonrisas. Nos dimos dos besos y un abrazo y ocupamos la mesa los cuatro. La camarera me trajo el desayuno a esta nueva mesa, los chicos ya tenían los suyos.

Nos pusimos a desayunar hablando un poco de todo, conociéndonos, con lo que me sentí genial y mucho más animada.