Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 18
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Capítulo 18

Romeo

Había terminado hasta las narices esta noche, o madrugada. Luigi había estado cachondeándose de mí, por las prisas que tenía por volver al apartamento.

Y una parte de mi urgencia no tenía nada que ver con lo que Carina y yo dejamos a medias, justo cuando me sonó la llamada. Que sí, que eso también, pero el motivo principal de querer volver junto a ella era que no me gustó dejarla sola en el apartamento, sin nadie conocido alrededor.

No me gustó ni me sentí a gusto, punto.

Llegué lo más silencioso posible, porque la oscuridad que vi al abrir la puerta del apartamento me indicó que Carina estaba durmiendo. La cama fue al primer lugar que miré, mientras cerraba la puerta despacio. Después de echar la llave caminé hacia ella.

Encendí la luz de la mesita de noche que tenía a mi lado, ya que era muy tenue y cálida. Como ya esperaba ella no notó el cambio, era difícil hacerlo porque la poca claridad que emitía la bombilla no era para nada molesta. Pasaba desapercibida.

Me tomé mi tiempo para observarla a placer. Carina era una mujer preciosa, eso saltaba a la vista, y tenía un carácter que a mí me llamaba a gritos. Me atraía todo de ella.

Estaba bocarriba. Tenía la cabeza apoyada en la almohada, el pelo le caía hacia varios lados.

Uno de sus brazos lo tenía levantado sobre la almohada, apoyado muy cerca de su cara ladeada.

El otro reposaba sobre el colchón, hasta el codo, porque el antebrazo lo tenía alzado, con la mano colocada en su barriga.

Esta la tenía al aire, la camiseta del pijama se le había subido y uno de los tirantes se le había deslizado hacia abajo, por lo que la tela se había movido y dejaba ver un buen inicio de un pecho precioso. Los pezones se le marcaban.

El pantalón era tan corto, pequeño, o qué sabía yo… caminé despacio hacia el final de la cama y me quedé frente a ella. La sábana se le había enrollado en una pierna, era lo único que le tapaba.

Sin dejar de mirarla, porque me parecía increíble tenerla así, tan cerca y de esta manera, comencé a desvestirme.

Saqué el móvil y la cartera de los bolsillos del pantalón, el primero me aseguré de que estuviera en silencio.

Lo dejé todo en la silla que había a mi espalda, pegada a la pared, y me quité la camisa.

Iba a desprenderme del pantalón para ir al armario a por el del pijama, ya que era lo máximo que me ponía para dormir, pero de repente Carina comenzó a murmurar algo que no entendí y se movió intranquila sobre la cama.

Después soltó un grito, al menos me pareció que lo fue y pensé que estaba teniendo una pesadilla.

Pronto, en cuanto se espabiló después de que la despertara con delicadeza, me dejó claro que mi pensamiento estaba equivocado. Y de qué manera… pero no me arrepentí de sacarla del sueño que estaba teniendo ni de cada una de las palabras que le dije.

Y de estar tumbado sobre ella, mientras sus manos me acariciaban, poniéndome cada vez más duro, ahora la tenía desnuda de cintura para abajo y yo me encontraba entre sus piernas abiertas.

La visión era una puñetera locura. Era electrizante el contacto de mis dedos en su sexo, la forma en la que los deslizaba, con la suavidad que resbalaban y lo caliente y excitada que estaba. Me resistí a tocarme la erección por encima de la ropa, a pesar de que me sentía a punto de explotar.

Busqué su mirada, en ella se reflejaba el deseo, la necesidad y los nervios del momento. Sonreí de medio lado, porque aparte de todo lo anterior, también era encantadora. Estaba preciosa y podía asegurar que, si hubiera más luz, tenía las mejillas ruborizadas.

Le cogí las piernas y se las levanté un poco, abriéndoselas más con el movimiento. Su zona íntima quedó totalmente expuesta ante mis ojos y tuve que echar mano a todo mi control para no lanzarme como un desesperado.

Carina actuó por su cuenta cuando se movió para quedarse sentada. Solté el aire despacio al ver cómo se quitaba la camiseta del pijama. La mirada se me fue directamente a sus pechos, a la maravilla que eran.

Se acercó a mí, hasta que rozó los pezones en mi barriga. La agarré de la nuca, con firmeza. Soltó un jadeo cuando le eché la cabeza hacia atrás, pero justo antes de besarla movió rápido las manos para desabrocharme el pantalón.

Me tensé en el momento exacto en el que lo noté y no pude relajarme, mirándola fijamente a los ojos. Primero me bajó el pantalón y después el bóxer, enganchando la goma con varios dedos. Mi miembro saltó libre de la prisión de la ropa.

Inicié el beso y no fui suave, mi boca se apoderó de la de Carina y mi lengua entró directa a querer profundizar lo máximo posible. Todo era poco, mientras su mano me rodeaba el miembro con fuerza y comenzaba a masturbarme.

Los primeros segundos la movió despacio, con caricias en el glande, después tomó un ritmo tan frenético como mis labios querían consumir los suyos y mi lengua buscaba enredarse con la suya.

Gemimos al unísono, faltándonos la respiración.

Al cabo de un buen rato me separé de ella y caminé de rodillas de espaldas, hasta que bajé de la cama.

Joder, estuve a punto de correrme al verla sentada, completamente desnuda y con las piernas todavía abiertas, por el espacio que yo había dejado vacío.

En cuanto puse los pies en el suelo el pantalón de lino cayó enrollado a mis pies. Al bóxer tuve que darle un tirón para sacármelo. Me liberé de toda la ropa, quedándome igual de expuesto que ella.

—Mierda, no te lamas —le pedí con una voz que no parecía la mía.

Sonó ronca y profunda, llena de deseo y contención.

—¿Prefieres que lama otra cosa que no sean mis labios?

Se mordió el inferior al decírmelo y solté un gruñido. Me agarré el miembro con fuerza, con la necesidad de aplacar un poco la tortura que suponía.

—Para la próxima vez estaré más que encantado, te lo aseguro, pero ahora tengo otros planes.

—¿Cuáles? —susurró.

—Túmbate bocarriba otra vez. Te debo varios gritos.

—Sí.

Sonreí de medio lado.

Hizo lo que le pedí y caminé rodeando la cama, yendo hacia la mesita de noche que ella tenía a su lado.

Carina me siguió, no me perdió de vista, ni siquiera cuando me incliné para abrir el cajón. De él saqué una caja de preservativos, de la que cogí uno.

—Carina… —dije a modo de advertencia, seguido por un jadeo.

Aprovechó mi cercanía para volver a agarrarme el miembro, esta vez con ambas manos.

—Joder… —gemí, al contacto de sus labios succionándome el glande.

Le acaricié el pelo, lo que solo duró unos segundos, ya que la agarré de él cuando mi miembro desapareció dentro de su boca. No puede controlar las embestidas profundas que la hice acoger, pero no pasé de ahí.

La separé de mí y me agaché para besarla. Fue un beso desesperado, tal y como estábamos los dos. Sin separarme de su boca me subí a la cama otra vez y me moví hasta quedarme de nuevo entre sus piernas.

Carina me quitó el envoltorio del preservativo y jugó con él entre los dedos. Yo no pude resistirme por más tiempo a sus pechos, por lo que cubrí su cuerpo con el mío y me llevé un pezón a la boca.

Gimió curvando la espalda y aproveché la invitación para succionarlo y mordisquear la punta dura. Me agarró del pelo con las manos y comenzó a frotar su zona íntima con mi pierna. Era una puñetera locura, cómo reaccionaba a todo lo que le hacía.

Después de torturar el pezón pasé al otro e hice lo mismo, arrancándole gemidos.

Cuando me quedé satisfecho bajé por su barriga con besos, hasta que llegué al vértice entre sus piernas y hundí la cara en él.

Carina jadeó y gritó, y no le di tiempo. Lamí, mordisqueé y succioné todo lo que fui encontrándome, y la embestí con la lengua. Elevé sus caderas para adaptar la posición y tenerla como necesitaba, y no paré hasta que volvió a correrse entre gritos. Esta vez sin mis dedos.

Se quedó relajada, pero no fue suficiente. Ambos necesitábamos una cosa y no tardé en dárnoslos a los dos.

Cogí el paquetito del preservativo y me lo puse sin apartar la mirada de la suya. Me tumbé sobre ella, sin dejarme caer del todo porque apoyé mi peso en una pierna y el brazo, mientras que con el otro le agarraba una pierna para subirla a mi cintura.

Carina me la rodeó con las dos, facilitándome la posición y la entrada. Deslicé la punta por su zona íntima, acariciándosela y al mismo tiempo humedeciendo la protección. Cuando nuestras respiraciones se acompasaron, irregulares, y noté que era el momento, me encajé en su entrada y empujé despacio.

—Sííí… —Jadeó.

Me quedé quieto durante unos segundos, solo con la cabeza de mi miembro dentro, hasta que volví a adentrarme. Lo hice muy despacio, disfrutando de todas las sensaciones, hasta que comprobé que Carina estaba perfectamente preparada para aceptarme por completo.

Impulsé la cadera hacia delante y la embestí con fuerza, terminando de entrar del todo.

Ambos gemimos. Apoyé la frente en la suya.

—¿Bien? —le pregunté.

—Estupendamente —me contestó susurrando.

Me presionó las nalgas con los pies, apretándome más dentro de ella. Esa fue la señal, ya no hubo más esperas. Empecé a moverme con ímpetu, a entrar y salir de su cuerpo, rápido, con fuerza y profundidad, sintiéndome en la gloria.

Carina era el puñetero paraíso, ni islas ni nada.