Capítulo 17
—Me he liado con Romeo, pero para tu información hasta hace poco solo nos habíamos dado unos cuantos besos.
—Hasta hace poco. ¿Tú quieres que me dé un mareo?
Apreté los labios.
—Me ha regalado un orgasmo antes de dejarme sola.
—¿Te ha dejado sola? Todavía es pronto.
—Ha tenido que irse.
—¿Excusa o verdad? —me preguntó serio.
Sonreí con cariño.
—Verdad. Creo. Si ha sido una excusa peor para él, yo estoy muy tranquila.
—¿Seguro?
—Sí. No te preocupes. No estoy en la isla de la villa.
—Como que no. ¿Dónde estás?
—Esta mañana he venido con Romeo a otra isla que está muy cerca. Hemos llegado en una lancha taxi. Hay un festival muy famoso y me invitó a pasar los tres días con él, durante el tiempo que dura.
—¿Tres puñeteros días solos?
—Efectivamente, Dy.
—Con razón te da igual que te haya dejado sola, sabes que dentro de poco lo tienes ahí otra vez.
Sonreí.
—De ese tal Romeo quiero lo mismo que de su hermano. Datos, dame datos.
—Cuando sepa alguno importante te lo diré, por ahora solo puedo decirte que Romeo es empresario. El padre tiene una empresa aérea y los hermanos trabajan en ella, aparte hoy me he enterado de que es el CEO que dirige todo lo de esta isla en la que estamos, la del festival.
—Esa información no me impresiona. Yo soy el tío del momento, el más guapo, atractivo y que cuando me ven babean por mí. Gano millones y estoy en lo más alto de mi carrera profesional. Ja.
Solté una carcajada.
—Te has venido muy arriba, sobre todo con lo de que babean por ti.
—Si no me lo digo yo para darme ánimos no sé quién lo va a hacer.
Reímos.
Dylan no había dicho ni una sola mentira, tenía razón en cómo se había definido. Pero él era muchísimas cosas más.
—Como si pudieras quejarte… ¿Con quién estás ahora? ¿Cómo se llama?
—Se llama nadie —me contestó.
—¿En serio? ¿Vas a estar solo los cuatro días que tienes de descanso?
—Eso parece.
—No te creo —reí.
—Me he hecho mayor, peque.
—¿Estas bien? —Fruncí el ceño— Siempre estás preocupándote por nosotros y tú…
—Estoy bien —me interrumpió—. De verdad.
Lo único que ahora mismo quiero tomármelo con calma.
Salgo de un rodaje que ha sido agotador, ni te imaginas cuánto, por lo que necesito recuperar energías.
Cuando vuelva a rodar estaré con las pilas cargadas y entonces retomaré todas mis rutinas —comentó con humor.
—Vale.
Soné convencida, pero no lo estaba. Algo no me encajaba, pero no quise insistirle. Sabía que si lo hacía mi hermano se cerraría y no conseguiría sacarle nada.
—¿Ahora qué haces? —me preguntó.
—Sigo en la terraza del apartamento, donde he cenado. Me he puesto cómoda en la cama balinesa y estoy tapada con una manta fina, con una copa de vino en la mano mientras hablo contigo.
—Ojalá estuviera ahí contigo.
—Ojalá —suspiré—. ¿Has cenado?
—No. He llegado al piso poco antes de llamarte y me sentado directamente en el sofá, para hablar contigo. Todavía tengo que ducharme.
—Pide algo para no comer cualquier cosa, por lo cansado que estás.
—Sí. Ahora miro.
—Hablamos mañana, ¿vale?
—Vale, cariño. Pásatelo muy bien y cuéntame cualquier cosa que te pase, no importa si estoy trabajando o si piensas que estoy descansando y no quieres molestarme. Tampoco importa una mierda la distancia.
—Lo haré. Te quiero.
—Te quiero, peque.
Colgué con una gran sonrisa. Antes de dejar el teléfono sobre la cama entré en la aplicación de mensajes y leí el de Romeo. No había vuelto a escribirme.
Me olvidé del móvil y disfruté de la buena noche que hacía, de la musiquita que se escuchaba de fondo, que era muy buena compañía, y de la copa de vino.
Estuve como una hora al aire libre, hasta que los ojos comenzaron a cerrárseme. Por más que quise esperar, por si Romeo regresaba, no lo conseguí.
Me di por vencida cuando la cabeza se me cayó hacia un lado, al quedarme dormida, y me desperté sobresaltada, al estar en una mala posición.
Me levanté de la cama balinesa, lo único que entré al aparamento fue el móvil, lo demás ni me paré a tocarlo. Dejé la manta enrollada sobre la cama balinesa y la copa de vino vacía a los pies de esta, en el lateral. Sobre la mesa de la terraza continuaba la botella.
Puse a cargar el teléfono en modo silencio y fui al baño. En cuestión de segundos estaba tumbada en la cama, en mi lado preferido. No tenía ni idea de si Romeo tenía uno, mala suerte para él, por ser el último que se tumbaría.
Me tapé con la sábana y en cuanto mi cabeza tocó la almohada, cerré los ojos al instante. Caí en un sueño profundo, uno que al cabo de un tiempo se llenó de suspiros y de una respiración entrecortada.
Comencé a sentirme extraña, a querer despertarme, y ese algo me llevó a entreabrir los ojos en la oscuridad. No supe qué hora era, si hacía mucho que me había dormido o no.
Cuando conseguí enfocar la vista vi que había una tenue luz que iluminaba lo suficiente para ver alrededor, aunque no la necesitaba para notar la presencia de Romeo en la cama.
El olor de su perfume y las caricias de sus manos en una de mis piernas me despertó del todo.
—Hola —susurré.
—Hola.
—¿Qué hora es?
—Cerca de las dos de la madrugada. Siento haberte despertado, pero estabas murmurando en sueños, has empezado a moverte, he escuchado una especie de grito y…
—Todo eso era bueno.
—¿Cómo?
—Que estaba gritando en sueños por algo bueno. Muy bueno —suspiré.
—Déjame que te compense.
—¿De qué manera?
—Devolviéndote ese grito y todos los que he interrumpido, pero provocándotelos en la vida real. Aquí, en este apartamento.
Me mordí el labio inferior y lo miré mejor.
Romeo tenía cara de cansado. Tenía el pelo despeinado, como si se hubiera pasado las manos, alborotándoselo. Se había quitado la camisa y lo único que llevaba era el pantalón de lino. Estaba descalzo porque sus pies rozaban los míos.
—Me he quedado a medias, para venir a rescatarte. Bella .
Se señaló el cuerpo, con una sonrisa traviesa.
—Claro, sobre todo, a rescatarme. No sé yo, si de quién tengo que huir es de ti.
—No quieres eso.
Habló mientras se tumbaba despacio sobre mí. Me cubrió el cuerpo con el suyo y nuestras caras quedaron a muy poca distancia, mientras mantenía el peso de su cuerpo apoyando los brazos a los lados de mi cabeza.
—No lo quiero, no —me sinceré.
—¿Y qué quieres, bella ?
—A ti.
Llevé las manos a su espalda y se la acaricié con la yema de los dedos. Romeo cerró los ojos y respiró más profundo. Supe que me deseaba tanto como yo a él, su miembro duro se clavó en la parte baja de mi barriga.
Me lamí los labios, tenía la garganta y la boca reseca, de repente.
—¿Cómo ha ido la emergencia? —le pregunté.
Apoyó la frente en mi hombro y yo continué acariciándolo. Recorrí toda su espalda, sintiendo cada músculo que se le movía al tensarse. Seguí tocando los laterales, hasta que metí las manos entre nuestros cuerpos.
Le acaricié el pecho y le toqué los pezones. De sus labios salió una especie de suspiro. Le toqué el pelo, enredando los dedos entre los mechones, y entonces sí que suspiró bien.
Después de un rato, dejándole el pelo más alborotado, deslicé las manos hacia abajo y las colé de nuevo entre nuestros cuerpos.
—Tan mal ha ido que no quieres hablar de ello —le dije, por su falta de respuesta.
—Es que no quiero perder ni un segundo contigo hablando del trabajo —susurró en la curva de mi cuerpo.
Contuve la respiración cuando empujó su miembro erecto contra mi ingle. A partir de ahí empezó a frotarse, tan cerca, pero al mismo tiempo tan lejos del punto exacto en el que yo lo necesitaba…
Nos sobraba toda la ropa.
—Al final se ha solucionado —me contó—, pero ha llevado más tiempo del que pensaba arreglarlo. Ha habido un escape de agua importante y he querido quedarme el máximo tiempo posible.
—Vaya… Me alegro de que ya esté solucionado.
—Y yo.
Se separó de golpe de mí y se quedó de rodillas entre mis piernas. Me las acarició sin apartar la mirada de la mía, hasta que llegó a la goma del pantalón del pijama. La agarró con las manos y tiró de la ropa hacia abajo, de toda, incluso de la interior.
Sin apartar los ojos de los míos, deslizó el pantalón y la braga por mis piernas, mientras él se movía para poder sacármelo todo por los pies.
Había tenido relaciones con otros hombres, ni mucho menos Romeo era el primero, pero joder, lo sentí como si lo fuese. Los nervios se apoderaron de mí, este hombre podía llegar a acabar con toda mi cordura.
Entreabrí los labios cuando sus manos volvieron a mis piernas, pero ahora ya no tenía obstáculos, y cuando las deslizó hacia arriba y llegó a mi sexo, solté el primer jadeo real desde que me desperté.
Mis piernas se abrieron más por su cuenta, dándole aún más acceso.