Romeo, ¡objetivo a la vista! Capítulo 16
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Capítulo 16

Carina

—Estupendo —suspiré.

Hice una mueca y miré a mi alrededor, hasta que terminé observándome a mí misma.

Ya no tenía sentido continuar con el vestido, por lo que me lo quité y fui con él hasta el armario. Lo dejé colgado y cogí el pijama. Era de dos piezas, de pantalón muy cortito y camiseta de tirantes.

Me puse cómoda y fui al baño para recogerme el pelo en un moño mal hecho.

Se me habían quitado las ganas de todos y eso que esperaba mucho más que el orgasmo que me había regalado Romeo. Pensé en cómo se había ido él y puse los ojos en blanco. Con lo duro que estaba iba a costarle bajar la erección.

Cogí el móvil y otro botellín de cerveza, para salir a la terraza. Total, iba a estar sola y la cena llegaría dentro de poco, por lo que no volvería a ver a nadie. Podía permitirme que me subiera el alcohol, porque algo me decía que Romeo no volvería tan pronto como él quería.

Con las urgencias nunca se sabía y dependiendo del tipo que fueran…

Con lo bien que estaba yendo la noche, ahora que ambos habíamos dado el paso definitivo para… para nada.

Solté un suspiro y me dejé caer en la cama balinesa de la terraza. No tardé en taparme con la manta fina que había a un lado, la noche refrescó lo suficiente para necesitar una capa más de ropa.

Desbloqueé el teléfono y entré en la conversación con Romeo. Solo estaba el mensaje que me había enviado, pero eso cambió cuando grabé su número y le respondí.

Carina: Ya lo tengo. Tranquilo, no voy a molestarte si no es necesario. Ten cuidado y que vaya bien.

No supe qué escribirle más, sentí vergüenza de repente, por lo que dejé el teléfono a un lado y bebí un buen trago de cerveza, viendo el agua del mar brillar bajo la luz de la luna.

Romeo no volvió a escribirme y al cabo de media hora picaron al timbre. Fui a abrir porque era la cena y recibí a un chico que me dio dos bolsas bien cargadas. Nada más verlas supe que Romeo se había pasado, sin la necesidad de cogerlas.

Cuando cerré la puerta lo llevé todo a la cocina, donde fui abriendo los envases.

Se me hizo la boca agua conforme descubrí la comida que Romeo había pedido.

Saqué una bandeja, porque el marisco ocupaba mucho más de lo que en realidad era, y me serví un poco de todo, para no dejarme nada sin probar.

Lo que sobró lo dejé bien cerrado y metí en la nevera todos los envases que no estaban calientes, el resto los dejé sobre la encimera, hasta que se enfriaran.

Cogí los cubiertos, varias servilletas, la bandeja con la cena y una copa que llené con la primera botella de vino que cogí, e hice varios viajes a la mesa de la terraza. La única luz que dejé encendida para que iluminara la terraza fue la del interior del apartamento.

Me acomodé en una silla, mirando hacia el mar, y le saqué una foto al plato, con un paisaje precioso de fondo, mientras sujetaba la copa por encima. Todo se veía perfectamente y espectacular.

La subí a las redes, con la frase: unas vacaciones maravillosas, por los pequeños o grandes placeres que nos da la vida.

Le di a publicar y me olvidé del teléfono. Lo dejé a un lado y comencé a comer. El marisco estaba delicioso y terminé chupándome los dedos, y no una vez, sino muchas.

Cené como una reina, acompañando cada bocado con el vino que me gustó mucho. Al final saqué la botella, no tuve bastante con la primera copa.

Al cabo de un rato la pantalla de mi móvil se iluminó con una llamada y sonreí de oreja a oreja. Era mi hermano.

—Dylan —dije al descolgar.

—Buenas noches, cariño.

—Buenas noches, Dy. Espera, voy a lavarme las manos.

—Ya te he visto, ya. Te estás poniendo las botas.

—Acabo de terminar —reí—. Ahora vuelvo.

Me levanté de la silla y llevé el plato a la cocina. Lo vacié en la basura y lo dejé en el fregadero, después de echarle un poco de agua.

Fui al baño a lavarme las manos y salí a la terraza para continuar hablando con mi hermano.

—Ya estoy —le dije.

Puse el altavoz y bajé el volumen, para que su voz no se escuchara muy fuerte, y con el móvil y la copa en las manos, volví a la cama balinesa. Me quedé sentada, con la espalda apoyada cómodamente en cojines, y me tapé con la manta.

—Cuéntame cómo va por ahí —me pidió.

—¿Vas a venir? —le pregunté ilusionada.

—Va a ser imposible que coincidamos estas vacaciones.

—Nooo… Qué dices… —Hice un puchero que no vio.

—Lo siento, peque. Lo tengo complicado con el trabajo, desde hoy solo tengo cuatro días de descanso y después me incorporo al comienzo de una nueva grabación. Son muy pocos días para viajar tanto. Estoy hasta las narices de moverme, la verdad.

—Es normal —sonreí y di un sorbo pequeño al vino—. No te preocupes, es solo que contaba con que podríamos disfrutar de unos días juntos. Tienes que aprovechar esos cuatro días para descansar al máximo y desconectar.

—Lo sé, yo también pensaba que me tendría tiempo. En fin… No voy ni a poder ir a casa.

Se refirió a la familiar, a la de nuestros padres. Ya comenté que vivíamos todos juntos, al igual que Dylan pasaba muchas temporadas fuera por su trabajo.

—Si necesitas algo cuando estemos allí puedo enviártelo.

—Te lo agradezco, cariño, pero ya me las apañaré. No te preocupes.

—¿Estás contento con la nueva grabación? No me habías dicho nada.

—Mucho y no podía decírtelo porque la primera notica sobre el trabajo nuevo me la dieron hace pocas horas. A mí también me ha pillado por sorpresa.

—Vaya.

—Sí. No contaba con ello, ni siquiera he tenido que hacer la audición para que me cogieran como protagonista. Marcelo me llamó para contarme que me habían elegido, que tenían claro que me querían a mí para el papel. Por lo visto llevaban un tiempo detrás de mí, pero como estaba en otro rodaje…

—¡Suena genial, Dy!

—Ya te lo diré de aquí a un mes, lo genial que es.

Reímos.

—Me alegro mucho.

—Lo sé, cariño. ¿Vosotros qué tal por ahí? Hablé con papá el día que llegasteis, pero no he podido llamarlo en otro momento. Mañana lo haré, que por fin tengo tiempo libre.

—Estamos bien y todo va genial, disfrutando cada uno por nuestra cuenta y también juntos. El primer día que llegamos Julia y yo conocimos a Romeo y a Marco, son hermanos mellizos, italianos, y ellos nos llevaron hasta sus padres.

—Te noto animada.

—Porque lo estoy —sonreí—. La madre de Romeo y Marco es una fan de nuestra familia, ha seguido toda nuestra trayectoria. Ellos también han venido juntos de vacaciones, en familia, y hemos hecho buenas migas entre todos —sonreí.

—Suena genial.

—Sí, sobre todo para Julia y para mí.

Reí, aumentando la curiosidad de mi hermano.

—¿Y eso? Dime que ese Romeo y Marco tienen seis años.

Solté una carcajada.

—Un poquito más.

—¿Diez?

—No. Sube.

—Mierda. ¿Dieciséis?

—Digamos que han pasado la etapa de la pubertad, por bastante.

—Joder, joder… ¿Veinte?

—No —reí—. No sigas porque no tengo ni idea de cuántos años tienen, pero lo que sí sé es que Julia se ha acostado muchas veces hoy con Marco.

—¿Qué dices? Quiero saber todos los detalles de ese tío, hasta el número que calza. De todo, porque no estoy refiriéndome a los pies.

Reímos con ganas.

Dylan estaba de broma, aunque no del todo. Era muy protector con nosotras y le daba igual que Julia y yo fuésemos adultas. A pesar de que nadie podía dirigir nuestras vidas, ni lo hacían, eso no quitaba que nuestro hermano siempre estuviera detrás de nosotras, en cada uno de nuestros comienzos.

Por eso Julia siempre tardaba unas semanas en contarle si había conocido a alguien. A mí me daba igual, sabía frenar a mi hermano, mejor que nadie.

Y tenía gracia, porque con el historial de conquistas y líos que llevaba él a sus espaldas… pero sus hermanas éramos intocables, en cierta manera.

—Julia ha pasado el día con Marco, en un yate privado y en alta mar. Así que imagina como le ha ido —le conté.

—Joder. Viva la vida, ¿no?

—Si —le confirmé riendo—. Solo tienes que ponerte tú en situación y entonces…

—Calla, que como me vea a mí en un yate privado, con buena compañía y aislado en alta mar…

—Tú no tendrías bastante con una única compañía —comenté con diversión.

—Nunca se sabe.

—Uy, ¿y ese cambio?

—¿Qué cambio? —rio— Era un decir.

—Ya, ya…

—¿Y tú? ¿Qué me cuentas de ti? —cambió de tema—. No me digas que te has liado con el otro hermano. Niégamelo.

—No lo he hecho.

Le di lo que me pedía, haciendo un gran esfuerzo para no reírme.

—Me cago… ahora dime la verdad, joder.

Solté una carcajada.