Capítulo 26
Romeo
—Joder… Sííí… —Gemí.
Carina me besó con ansias y desesperación y le correspondí de la misma manera, fundiendo mi boca y mi lengua con las suyas.
Le apreté las caderas y me impulsé con más fuerza, para embestirla lo más profundo posible y aumentar la fricción. Ella gimió, sin dejar de moverse sobre mí.
Todavía la tenía sentada a horcajadas y sus pechos se elevaban y bajaban al ritmo de su cuerpo, muy cerca de mi cara. Era una delicia ver el placer en su mirada y en su expresión, mientras subía y se dejaba caer con fuerza, para acoger a mi miembro hasta el fondo.
Desde el comienzo había sido ella la que llevó el control, marcando el ritmo, pero yo ya había llegado a mi límite y no podía aguantar más, por lo que comencé a moverme para clavarme con más fuerza en su interior. Más duro, más rápido, más desesperado…
Carina gimió agarrándome del pelo, cuando le succioné un pezón, y ese fue el final para que se dejara llevar por un orgasmo que la hizo gritar. Yo no paré en ningún momento porque al cabo de pocos segundos me liberé, estremeciéndome.
—Mierda… —susurré, en el momento que dejé de balancearme.
—Estoy de acuerdo.
Reímos.
Cerré los ojos sintiéndome en la gloria y le di un beso en la cabeza. La había apoyado en mi hombro, tenía todo su cuerpo encima de mí y aún estaba dentro de ella.
Quise alargar el momento y la abracé con fuerza, para que no hubiera ni una mínima separación entre nosotros.
Tanteé a un lado para buscar el botón del yacusi y cuando lo toqué lo activé. El agua empezó a moverse y en pocos segundos estábamos rodeados de burbujas.
—No hagas eso —le advertí.
—¿El qué? —me preguntó, haciéndose la inocente.
Al mismo tiempo que hablaba se movió de cintura para abajo y me provocó un gruñido.
—¿Quieres otra ronda? ¿Volvemos a empezar?
—Ya noto que estás preparándote —rio.
—Eres malvada —la acusé—. Si casi no me has dado tiempo a que se me baje.
—Exagerado.
Se separó de mí, con una sonrisa preciosa y ocurrió lo que no quería. Carina se incorporó, separándose de mí, y dio un paso hacia atrás. Se quedó en el centro del yacusi y después se agachó para que el agua le cubriera hasta los hombros, sin dejar de sonreírme.
Negué con la cabeza, antes de ponerme de pie también. Me quité el preservativo, le hice un nudo y lo dejé a un lado.
—Con lo que te ha costado ponértelo, saliendo del agua —me picó.
—Ya ha tenido su uso —le dije con un guiño.
—¿Cuántos más tienes en el carro?
Solté una carcajada.
—Ya es hora de salir por hoy, ¿no te parece?
Me acerqué a ella, justo cuando se levantó. Se quedó de pie frente a mí.
—Sí. Estoy bastante arrugada —rio y sonreí.
—Bastante se queda corto.
Le señalé con la cabeza donde estaban los escalones y le ofrecí una mano, para que subiera al saliente que hacía de banco.
Aceptó mi gesto y salió con cuidado. Yo aproveché para observarla a conciencia, una vez más. No me cansaba de ver lo preciosa que era, tenía un cuerpo espectacular. Me atraía todo de ella, pero no solo en lo referente al físico.
La seguí y cogí la toalla que me ofreció. Me sequé bien con ella y cuando terminé la lancé a un lado. Carina se la enrolló al pecho, pero solo le duró unos segundos en esa posición. Con varios dedos tiré de la toalla y me la llevé conmigo.
—¿Qué…?
—Desnuda, ¿recuerdas? No quiero nada entre tú y yo.
—Pero no sé si voy a poder estar así —rio, nerviosa.
—Para todo hay una primera vez. Falta de costumbre, pero te adaptarás rápido.
Le hice un guiño.
—¿Tú siempre estás así? —Señaló hacia mi desnudez.
—Cuando la ocasión lo merece, por supuesto —reí al ver su cara—. Incluso vamos a salir a la terraza.
—Eso no te lo crees ni tú —rio más fuerte.
—Espera y verás —sonreí.
—No voy a salir desnuda a la terraza, Romeo. El vecino…
—El vecino se quedará dentro de su apartamento, por la cuenta que le trae —le aseguré.
Estábamos hablando de Luigi, mi amigo, aunque ella todavía no lo ubicaba como el vecino. Las únicas veces que lo había visto había sido en la calle.
—Es que habrá más.
—A esta parte donde estamos no da ninguna otra terraza, es una zona libre de miradas indiscretas.
Comencé a agacharme y fui apagando las velas. Carina me ayudó por el lado contrario y nos encontramos al llegar a la mitad. Cuando todo quedó apagado empujé el carro porque todavía quedaba comida en él. La segunda botella de vino que fui a buscar estaba vacía.
—No tengo más hambre, ahora solo quiero dormir —dijo.
—Es tarde. Ve a la cama, mientras meto en la nevera todo lo que ha sobrado. Hoy te libras de la terraza —comenté con humor.
Me sacó la lengua y me hizo reír.
Carina entró en el baño y yo me puse a agrupar los montaditos y los canapés que habían sobrado, para dejarlos en una misma bandeja dentro de la nevera.
Salió rápido porque no tuvo que secarse el pelo, lo llevaba recogido. La seguí con la vista y sonreí, al ver que en vez de tumbarse en la cama se dirigió a la terraza. Desnuda.
Cuando terminé me reuní con ella, pero antes cogí la manta de la cama balinesa. Me puse a su espalda y la rodeé con mi cuerpo y a ambos con la manta. Nos quedamos cubiertos por ella.
—Al final la valiente soy yo —rio.
—Ya lo he visto —sonreí—. Se me había olvidado el detalle de que es de noche y la temperatura es más fresca.
Hablé con los labios rozando su pelo, por la parte de atrás de su cabeza, mientras tenía la vista fija en el mar.
—Sí, no hubiera aguantado mucho tiempo, pero no iba a perder contra ti, al no atreverme a salir desnuda.
Reímos.
—Me encanta.
Y tanto que sí, mi miembro se puso contento en cuanto encajó entre sus nalgas. Comenzó a venirse arriba.
Carina empujó hacia atrás, arrancándome un jadeo.
—Si no quieres que te folle aquí mismo, te aconsejo que pares ahora.
—¿Eso se supone que es una amenaza? —rio— Porque para mí es una motivación.
—Eres…
—Mi hermana me dijo que tenía que dejar seco al italiano, o sea, a ti.
Soltamos una carcajada.
—¿Esa es tu intención? —le pregunté.
Le rocé la mejilla con los labios, con los ojos abiertos.
—Si puedo y se me presentan las oportunidades… ¿Por qué no? —habló con diversión.
—Te doy permiso para dejarme completamente seco, pero te adelanto que eso no va a suceder, tratándose de ti.
Le lamí el cuello, hasta la oreja. Carina se estremeció y soltó un suspiro tembloroso.
—Eso espero.
Se mordió el labio inferior, al apretarse más contra mí. Mi miembro encontró solo el camino y se deslizó con mucha facilidad por sus fluidos.
Ambos jadeamos al unísono, cuando comencé a deslizar la punta arriba y abajo. Cada vez que llegaba a su entrada la tanteaba.
—Shhh…
Muy a mi pesar le pedí que frenara, cuando intentó que resbalara en su interior.
—Voy a por un preservativo. Ve a la cama balinesa.
—Vale —susurró, con un suspiro.
Haciendo un gran esfuerzo conseguí separarme de ella. Le dejé la manta sobre los hombros y me dirigí al interior del apartamento.
Mientras iba hacia el carro, para coger el último paquetito del preservativo que había sobrado de los que dejé para tenerlos cerca del yacusi, vi a Carina ir hacia la cama balinesa y cómo se sentaba en el borde.
Miró hacia el mar y se cerró bien la manta a la altura del cuello. Sonreí, porque daba igual de qué manera estuviera esa mujer, siempre que la miraba me parecía de otro mundo.
—¿Quieres entrar? —le pregunté desde la corredera.
—Por ahora estoy bien.
Asentí y caminé hacia ella. Con el repaso que me dio, de la cabeza a los pies, consiguió que mi miembro se endureciera un poco más.
Me paré frente a ella, pero sin ninguna intención, solo para acomodarme en la cama. No fue el caso de Carina, ella sí tenía una intención clara y la llevó a cabo.
Jadeé cuando me rodeó el miembro con las dos manos. Le acaricié la cara, esperando su siguiente movimiento porque me dejó claro, por cómo me miró, que iba a hacerlo.
—Joder… —susurré, cuando su lengua me acarició el glande.
Llevé la mano por detrás de su cabeza y la agarré del pelo. No perdí más tiempo en preliminares, no podía aguantar, por lo que impulsé la cadera, al mismo tiempo que dirigía su cabeza hacia delante.
Le embestí la boca hasta el fondo y ambos gemimos, al unísono.
No iba a terminar así, no quería, pero la invitación era demasiado placentera como para rechazar jugar con su boca y su lengua. En esta ocasión no me negué, lo deseaba, antes de continuar con lo que tenía en mente.
Una vez comencé ya no pude parar, ni quise. Le llené la boca una y otra vez, sin bajar la intensidad, mientras ella me agarraba de las nalgas con fuerza, como si no quisiera que me separara de ella.